
Cristina Kirchner sorprendió a propios y extraños cuando anunció que el candidato a presidente de su espacio sería Alberto Fernández y que ella ocuparía el segundo lugar en la fórmula.
Para su corriente, el efecto benéfico de esa decisión fue inmediato. Por su pasado ecléctico, por no ser un kirchnerista de paladar negro, el elegido les quitó las cosquillas a muchos y redujo los anticuerpos que suele generar la corriente que sigue casi fanáticamente a la ex presidente.
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Los que se felicitaron por la reacción positiva de "los mercados" ante el anuncio de que Miguel Ángel Pichetto sería el compañero de fórmula de Mauricio Macri parecían haber olvidado que pocos días antes Alberto Fernández había causado el mismo impacto favorable.
Considerando que Cristina Kirchner tiene un núcleo duro e irreductible de votantes, una estrategia de triunfo debía apuntar a convencer a los remisos, a los sectores independientes que no toleran más la grieta y a los desencantados de Cambiemos, cuyo número crece día a día; todos votantes que podrían ir hacia otras opciones.
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Desde ese punto de vista, la decisión de Cristina fue acertada.
Pero hay más. Transferir poder es en sí mismo un hecho poco común.
Carlos Menem prefirió la entronización de un opositor -Fernando de la Rúa- antes que pasarle el testimonio a un sucesor. En el 2003 reiteró el error, insistiendo con su candidatura en vez de ubicarse en el lugar de un gran elector y ungir a un tercero.
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La propia Cristina Fernández hizo lo mismo en 2015. Era evidente -incluso entendible- su falta de feeling con Daniel Scioli, el sucesor auto postulado. Lo ninguneó durante toda la campaña y le puso todas las mochilas posibles. Aceptemos que nadie podía obligarla a querer a Scioli como heredero. Pero le hubiese bastado con elegir a otro. Cualquier gobernador hubiese desempeñado correctamente el papel.
Ahora bien, en los días subsiguientes al impactante anuncio de la fórmula Alberto Fernández – CFK, desde el núcleo duro del kirchnerismo se lanzan señales contradictorias con el rumbo de apertura que indicaba aquella decisión.
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Como si, asustada ante su propio éxito, la ex presidente quisiera ahora frenar la transferencia de autoridad que oportunamente hizo hacia el elegido.
Empecemos por la composición de las listas y el desmedido rol de Máximo Kirchner en ese armado: una intervención casi obscena, como para que no queden dudas de quién tiene la lapicera. Si la transferencia de poder individual es un gesto casi "revolucionario", el uso descarado del vínculo dinástico, la portación de apellido, se ubica en las antípodas.
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No se trata sólo de que se le dio poca o ninguna participación al candidato sino que los nombres incluidos reflejan un sectarismo acérrimo que evoca el mismo espíritu que en 2017 la llevó a quedar segunda en la elección legislativa frente a Esteban Bullrich.
Apenas ungido, frente al tema del aborto, Alberto Fernández reaccionó como un estadista: "Es un tema que parte a la Argentina en dos y todos los temas que dividen no son buenos. (…) Me parece que no debe ser un delito y que con eso podríamos empezar a trabajar sin necesidad de avanzar tan rápidamente en la legalización, porque la legalización es un tema que divide a los argentinos".
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Se mostró prudente y considerado hacia quienes piensan distinto. No le habló a una sola facción, sino al conjunto.
Pero, de inmediato, por presión externa pero también posiblemente del círculo verde que hoy rodea a la ex presidente, pasó a encarnar el discurso ultra de un solo sector, olvidando que hubo en el país una ola celeste. "El tema de género llegó para instalarse, la política sólo puede seguir esa marea social…", fue el nuevo tono de Fernández.
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El candidato arrancó su periplo público tranquilizando a los "mercados" y a los acreedores.
Ahora, critica un acuerdo Unión Europea – Mercosur que, de haberse concretado durante la gestión de Néstor o Cristina Kirchner, hubiera sido ensalzado como una política nacional y popular. De hecho, los acuerdos que Cristina Kirchner firmó con China, también fueron equiparados al pacto Roca-Runciman por los críticos, como ahora hacen los seguidores de la ex presidente con el acuerdo firmado con los países de la UE.
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En el plano diplomático, Alberto Fernández empezó amagando con un viaje a los Estados Unidos. También se desmarcó del kirchnerismo puro y duro criticando severamente al régimen de Nicolás Maduro. Pero hasta ahora sólo hubo visitas -monocromáticas- a los ex presidentes uruguayo y brasileño, José Mujica y Lula Da Silva. Desde luego son ex presidentes democráticos y la causa contra Lula es mucho más fácilmente asimilable a una persecución política que otras. Sin mencionar que las revelaciones sobre la colusión del juez Sergio Moro con los fiscales de la causa contra el ex presidente del Brasil han minado fuertemente la legitimidad del proceso en su contra. Pero ambas visitas sólo halagan a los ya convencidos. No son signos de apertura ni suman nuevas voluntades.
Ese sectarismo es una de las chances que tiene Mauricio Macri para su reelección. No sería la primera vez que la ex presidente actúe de modo funcional a las necesidades del oficialismo.
Alberto Fernández seguramente aprendió la lección del modo en que sus malas decisiones -o las malas decisiones de Néstor Kirchner que él tuvo que ejecutar- le facilitaron a Mauricio Macri las llaves de la Ciudad.
Luego de la destitución de Aníbal Ibarra, en vez de respaldar a Jorge Telerman, hombre de su mismo partido, como candidato a Jefe de Gobierno, el entonces presidente Néstor Kirchner se empecinó en poner a un más manejable Daniel Filmus como candidato. El principal "defecto" de Telerman era tener cierta independencia de criterio. Filmus pasó al balotaje y lo perdió frente a Macri. Telerman hubiera sido un mejor candidato para retener el voto independiente. Toda esa operación fue piloteada por Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete. Son experiencias de las que seguramente sacó conclusiones. Habrá que ver si le permiten aplicar lo aprendido.
De momento, muchas iniciativas del entorno de CFK le están sacando el oxígeno que necesita para actuar como parecía querer hacerlo al comienzo: como un político que le habla al conjunto que, si triunfa, deberá gobernar, y no como el jefe de una facción.
Contra toda racionalidad y sentido común, la propia Cristina Kirchner parece estar saboteando su acierto inicial.
Y boicoteando las chances que tiene su fórmula de convocar a un conjunto más amplio en torno a una propuesta que no huela a revanchismo sino que convoque a cerrar la grieta que hoy divide y enfrenta a los argentinos, en especial ante los severos desafíos internacionales que afronta la Argentina y que más que nunca exigen la unidad del país.
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