
El ser humano inventó muchas cosas, desde la rueda hasta el avión, desde la escritura hasta el papel, desde la brújula hasta los mapas. Lo que no inventamos todavía fueron máquinas del tiempo ni esferas de cristal que anuncian el futuro. Podemos imaginarnos qué nos espera, pero no tenemos forma de saberlo. El futuro es incierto.
No sabemos cómo se va a vivir en la tierra en cincuenta años: ¿Habrá autos voladores? ¿Tendremos una dieta basada en píldoras? ¿Seguiremos utilizando dinero? Sin ir tan lejos, tampoco sabemos cómo va a ser nuestra vida en diez años. La incertidumbre sobre lo que va a pasar tiene un contrapeso con mucho consenso: sea lo que sea, será diferente. En este escenario, ¿cuál es, entonces, el rol de la educación? ¿Cómo preparamos a los jóvenes para un futuro que sabemos que va a ser otro pero no sabemos cuál será?
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Históricamente, el mandato que recae sobre la escuela es la formación de los ciudadanos que el país requiere, de acuerdo con los valores nacionales, las políticas de Estado y las aspiraciones sociales. Sin embargo, esta función se complejiza en escenarios de presentes cambiantes, signados por el avance vertiginoso de la tecnología, los profundos cambios sociales y las economías inestables. Es en este marco en donde la educación adquiere una nueva dimensión que es la de formar personas con las habilidades necesarias para atravesar dichos escenarios, adaptarse continuamente y construir un futuro ecológico y sostenible.
Esta realidad nos exige, a quienes pensamos y actuamos en educación, hacernos nuevas preguntas, cuyas respuestas se traduzcan en acciones concretas y superadoras al modelo actual: ¿Qué de la escuela que conocemos debemos mantener? ¿Qué nuevas formas de enseñanza podemos explorar? ¿Qué necesitan desarrollar y potenciar los estudiantes? ¿Qué propuesta ofrece la escuela para formar a los ciudadanos que se harán cargo del futuro?
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Las respuestas pueden ser muy variadas y transformarse en interesantes hipótesis de investigación. Hace más de 20 años la Unesco planteaba que la educación del siglo XXI debía centrarse en el aprender a aprender, es decir, formar para desarrollar competencias que nos permitan ser, conocer, actuar y vivir juntos. Una referencia más cercana es la propuesta del Ministerio de Educación de la Nación, que plantea que la escuela aborde las habilidades para el futuro, un conjunto de seis capacidades que se ponen en juego tanto en el saber como en el saber hacer.
Estas pistas (y muchas otras evidencias) nos dejan ver que necesitamos una educación integral y dinámica, que vaya más allá de los conocimientos académicos tradicionalmente enseñados. Tenemos que priorizar espacios que formen estudiantes con capacidad de pensar críticamente sobre su realidad, que puedan comunicar aquello que ven y sienten, que empaticen y trabajen con otros, que se hagan preguntas sobre el mundo y a la vez ofrezcan soluciones a los problemas que los desafían, que sea capaces de construir su proyecto de vida y perseverar en el intento por lograrlo.
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Necesitamos, especialmente, que todo esto signifique ponernos en acción y hacerlo con sentido de urgencia. Cuando intentamos responder a la pregunta de la escuela y el futuro, tenemos la responsabilidad de hacerlo con rapidez: es hoy y ahora, su trayecto escolar está ocurriendo en este momento. Por eso, aun si tuviéramos todas las certezas sobre el futuro, la mejor apuesta es aprender de manera constante y junto con los estudiantes, porque en educación no hay verdades absolutas, y eso implica un ida y vuelta permanente de reflexión y de acción.
La autora es directora ejecutiva de Enseñá Por Argentina.
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