
Quienes se sienten humanistas están asombrados por la ola de antisemitismo que se advierte en diversas partes del mundo, que perturba, no sólo por la violencia de la acción, sino también, por la pasividad de la reacción. Es que son las pequeñas transgresiones, que luego crecen y se transforman en discursos del odio las que terminan en catástrofes humanitarias. Las sociedades comienzan a desbarrancar cuando toleran lo que debería ser intolerable.
Quienes creen en la diversidad cultural están preocupados por el rechazo al inmigrante, que lleva al extremismo político y la violencia.
Quienes creen en la igualdad de género están viendo cómo el extraordinario movimiento del feminismo encuentra barreras culturales e institucionales que parecen infranqueables.
Quienes valoran la democracia están sorprendidos porque se instalan temas que llegan a quebrar la unidad nacional y paralizar el sistema, como ocurre con el tema del Brexit en Inglaterra. En muchos países se piensa, incluso, que polarizar es útil para ganar elecciones.
Quienes creen que la naturaleza es un bien común que hay que preservar para las generaciones futuras, no logran entender cómo un tema tan evidente es negado y combatido por una buena parte de la dirigencia mundial.
Quienes piensan que la igualdad es imprescindible para la integración social, no admiten que se construya un muro invisible pero insuperable, que deja sin futuro a un grupo cada vez más numeroso de personas económicamente vulnerables.
Cada una de estas tendencias contrapuestas va hacia los extremos, estresando las personas, las familias y las instituciones.
Estos breves ejemplos deben hacer reflexionar a quienes creemos en el humanismo, la diversidad cultural, la igualdad de género, la protección del ambiente y la integración social.Estos valores han sido incorporados en nuestra Constitución Nacional y sostenidos en las decisiones de la Corte Suprema. Sin embargo, la reflexión teórica actual es más amplia, es cultural.
¿Polarizar o integrar? Ésa es la cuestión.
En la filosofía política se han revalorizado los estudios vinculados a las emociones sociales que inspiran la gobernabilidad. La historia mundial revela claramente que hubo estilos de gobierno en base al miedo y el discurso del odio a un enemigo real o ficticio. La literatura nos ha mostrado cómo se puede construir un enemigo con la finalidad ganar elecciones y la crónica exhibe demasiados ejemplos sobre las tragedias de la polarización.
Argentina ha sido motivo de análisis en este tema por parte de varios autores, que no entienden cómo todavía no pudimos resolver las divisiones que comenzaron entre los unitarios y federales y continúan hasta el presente. Es recomendable el libro de Nicolás Shumway que señala que realmente no hay una "invención" de la Argentina.
La idea de "invención" significa lo opuesto de la polarización. Es la construcción de un ideal común. Nussbaum comenta los casos de Lincoln en Estados Unidos o Rabindranath Tagore en la India como ejemplos de discursos unificadores de sociedades divididas. Se trata de líderes notables que, como Mandela, no promovieron divisiones, sino que intentaron superarlas uniendo a sus pueblos, porque la sabiduría enseña que no hay futuro en la pelea permanente.
La historia muestra que hay ciclos: en el siglo XX muchas sociedades se guiaban por esperanzas: cambiar el sistema y hacerlo más igualitario, o ser independientes, o ser la primera potencia; En el siglo XXI no son pocas las que se guían por miedos: al terrorismo, al inmigrante, a la crisis económica, al pasado, a la ausencia de futuro.
El temor puede ser un recurso utilizado en lo inmediato pero sus efectos son siempre negativos. Desde el punto de vista de las neurociencias, es un factor que paraliza porque el cerebro empieza a detectar peligros donde no los hay y evalúa los riesgos en exceso. En el campo económico, la aversión al riesgo frena las decisiones, sobre todo las de inversión. En sistema institucional, surge la "vetocracia", es decir, la capacidad de vetar toda iniciativa por temor, como bien lo describen Agamben o Sunstein.
Las emociones son contagiosas y por eso se habla de alegría o tristeza popular, ya no como suma de los sentimientos individuales sino como fenómeno colectivo. La polarización reiterada en el tiempo produce la pérdida de esperanza, una suerte de sociedad depresiva, que no se considera a sí misma como valiosa. Así decimos "esto es argentina", como un demérito.
Vivimos momentos de gran trascendencia en todo el planeta, porque se discuten opciones que van a definir la vida de los jóvenes y niños de hoy: el fanatismo casi medieval que lleva a la persecución o el diálogo interreligioso; la igualdad de género o la discriminación de la mujer; La sociedad multicultural o el rechazo de los diferentes; la igualdad de oportunidades o el ostracismo de los humildes; la protección de la naturaleza o su destrucción.
Los primeros son valores que pueden ser difundidos como esperanzas integradoras, los segundos pueden generar triunfos transitorios y tragedias permanentes.
La responsabilidad de esta generación es el fortalecimiento del Estado de Derecho con el contenido pleno de los valores que motivaron la lucha y el sacrificio de tantas personas y que determinará cómo vivirán las generaciones futuras.
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