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[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]

La pregunta de Conversación en La Catedral puede responderse sin dudarlo señalando a la dictadura militar de 1976. Además del drama del terrorismo de Estado, en términos económicos y sociales, esa dictadura sentó las bases de un saqueo descomunal y una destrucción del potencial productivo nacional que no ha sufrido ningún país que no haya atravesado una guerra en su territorio.

La dictadura fue parte de una estrategia de restauración hegemónica de Estados Unidos, concebida por Henry Kissinger en los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford, ante el significativo debilitamiento de este polo de poder a nivel mundial en los treinta años anteriores. Durante más de cuatro siglos y hasta el fin de la Segunda Guerra, los imperios occidentales y Japón habían impuesto su predominio bajo formas coloniales o neocoloniales sobre el 80% de la población del planeta en las regiones de Asia, África y América Latina. En el nuevo esquema de poder bipolar, liderado respectivamente por Estados Unidos y la Unión Soviética, se iniciaron en esos territorios los movimientos de liberación nacional, los procesos de descolonización, las revoluciones y los gobiernos populares, que cuestionaban los dominios con mayor o menor dureza. China, India, Indochina, Indonesia, los países africanos y del Medio Oriente, Cuba o Argelia y sucesivos gobiernos latinoamericanos de signo popular, debilitaron sensiblemente el tradicional poderío del Occidente central. En este proceso se desintegran los imperios coloniales de Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica y Japón, que se subordinan a los Estados Unidos.

Hasta inicios de los años setenta, el peligro de nuevas revoluciones habilitará en parte de las naciones centrales y periféricas de Occidente la implantación de esquemas keynesianos, con Estados de bienestar y redistribución de la riqueza, sin descartar los golpes militares ante una eventual radicalización política. La nacionalización de los yacimientos de petróleo de los nuevos países independientes y la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) va a significar una grave pérdida de poder para las naciones capitalistas centrales. A la derrota norteamericana en Vietnam se suma en 1973 la decisión de la OPEP de incrementar los precios del crudo en un 400%, lo que genera una crisis económica que pone fin al desarrollo capitalista basado en energía barata y habilita un avance relativo de la Unión Soviética como productora y exportadora de petróleo.

Ante este escenario, la estrategia de Kissinger promueve una ola sincrónica de golpes militares con terrorismo de Estado en África, América Latina y países asiáticos menores, imponiendo una represión sin límites morales para quebrar cualquier resistencia. En nuestro continente se suceden las dictaduras: 1971, Bolivia; 1973, Uruguay; 1973, Chile; 1975, Perú; 1976, Argentina, que se suman a las existentes en Brasil y Paraguay, facilitando el Plan Cóndor de represión regional; y se completa con los atentados aéreos donde mueren Jaime Roldós de Ecuador y Omar Torrijos de Panamá.

La acumulación de ingentes ganancias en las naciones de la OPEP planteaba el peligro de consolidar un polo financiero fuera del control de los países capitalistas centrales; y se inician tratativas para que esos fondos se depositen en los bancos ingleses o norteamericanos. Pero la crisis se traduce en una escasa demanda de créditos: la solución será presionar a las dictaduras periféricas para que tomen deuda a bajo interés. En el caso argentino, el incremento de una deuda externa fraudulenta, ya que en muchos casos esos capitales ni siquiera llegaron al país y a ello se sumó la estatización de las deudas privadas de bancos y corporaciones, se combina con la política del "satélite privilegiado" impulsada por Kissinger en su estrategia restauradora. Dadas las dificultades del proteccionismo para las transnacionales instaladas en las periferias durante los sesenta, la idea era elegir en cada continente un país que sería el "satélite privilegiado": India en Asia, Nigeria en África y Brasil en Sudamérica. En ellos iba a concentrarse la producción industrial, a fin de no dispersar esfuerzos y, al imponer el libre comercio eliminando las barreras arancelarias, podían contar con mercados de alcance regional.

Con este objetivo, Argentina debía desindustrializarse para ser nuevamente productora de materias primas, destruyendo las pymes nacionales y habilitando el traslado de las corporaciones industriales a Brasil: José Alfredo Martínez de Hoz, acompañado por Domingo Cavallo, iniciará ese proceso. La crisis del endeudamiento externo en 1981, cuando la Reserva Federal incrementa las tasas de interés, sentaría las bases de un despojo de grandes proporciones, habilitado además por el "espíritu de época" que significó la caída del Muro de Berlín 1989 y el "triunfo final" del liberalismo. La década siguiente, con Carlos Menem y nuevamente Cavallo, presenciará una devastación sin precedentes de la economía nacional.

Desde la dictadura se destruyeron, entre otros, el polo industrial ferroviario, el polo naviero, el polo aeronáutico, el polo petrolero, los altos hornos y fabricaciones militares. Se destruyó el sistema nacional de ferrocarriles y la flota mercante y fluvial, mientras las empresas públicas se privatizaron a precio vil: Somisa estaba valuada en 3.000 millones de dólares y se entregó por 135 millones; y algo similar ocurrió con YPF, Gas del Estado, Aerolíneas Argentinas o el Correo Argentino. Desde entonces, se han pagado 500 mil millones de dólares por la deuda; se perdieron 400 mil millones más en concepto de renta petrolera y gasífera y otros 200 mil millones por el pago de fletes debido a la destrucción de las flotas navieras.

En lo social, se pasó de un 90% de los trabajadores en blanco y con derechos laborales al actual 46%: el resto está precarizado, en negro o desocupado. El desempleo pasó de un 3% al 10% o 12%, pero, al sumar los inactivos en condiciones de trabajar, ronda el 20 por ciento. La pobreza creció desde un 6% a cifras que superan el 35% real. El sistema educativo público, que diera tres premios Nóbel en Ciencias, ha sido devastado. A lo cual se suma ahora el desfalco de la especulación financiera y la fuga de capitales; el contrabando de mineras y cerealeras; y los beneficios a las petroleras y distribuidoras de energía, sin contar peajes y similares.

Un proyecto de reconstrucción de la Argentina no puede eludir este diagnóstico: sin duda, el punto de partida es frenar el saqueo en sus distintas manifestaciones. Porque no es cierto que no haya salida posible ante el fracaso de la globalización neoliberal: los impulsores del neoliberalismo, Estados Unidos e Inglaterra, son ahora proteccionistas; Francia está incendiada y los otros europeos no están mejor. Se impone así un riguroso debate acerca de nuestro futuro, ante un Occidente que atraviesa una profunda crisis política, económica, social y de valores humanos.

La autora es docente. Socióloga. Investigadora del Conicet.