Una tarde de 1983 mi viejo entró a mi pieza con un pésimo semblante. Yo tenía 14 años, compartía el cuarto con mi hermano. Y mi viejo me miró. No sabía qué pasaba. Y me dijo: "Se murió Labruna". Y se quebró.
No recordaba haberlo visto así en otra ocasión que no fuera la muerte de algún familiar. Él y mi tío Jorge eran fanáticos de River.
Tenía todavía el recuerdo fresco de estar con ellos, en la popular de Vélez, viendo al River campeón del 75 después de 18 años de sequía. Ganamos con un gol de Bruno, que integraba ese equipo suplente, sin roce, que salió a la cancha porque había huelga de jugadores de primera.
Yo tenía solo 6 años… pero el equipo de ese campeonato me los sabía de memoria: Fillol, Comelles, Perfumo, Ártico y Héctor López, Juan José López, Raimondo (a veces, Merlo) y Alonso, Pedro González, Morete y Mas.
No sé si fue por ese campeonato o por otro que ganamos más adelante pero a la puerta blanca de mi pieza le pintamos una banda roja. Éramos de River, señores.
No sabía exactamente qué significaba. Pero ser River… era ser de mi viejo, ser de mi familia… tener una pertenencia. ¿Y saben qué? Ir de la mano con mi viejo a la cancha era hermoso. Uno no va a hinchar por esos 11 tipos detrás de la pelotita, como se dice. Uno no va a hinchar para que esos 11 pibes, con la situación económica resuelta, sean cada vez más millonarios. Uno va a hinchar por la familia de uno, por los afectos, por el encuentro.
Esos que están en la cancha son la representación de muchas historias, de lazos afectivos. Eso era así, en aquellos tiempos, sobre todo para los varones. Porque muchos varones tercerizamos el amor. Porque lo transmitimos con vergüenza. Nos cuesta tanto expresarlo que lo manifestamos llevando a nuestros hijos a la cancha. Y lo reproducimos.
¿Qué es lo primero que muchos padres le regalan al recién nacido? La camiseta de River, el babero de River, la mamadera de River. Y la verdad es que soñaba con llevar a mi hijo a la cancha de la mano del mismo modo que lo hizo mi viejo conmigo. No quería que fuera de River de capricho.
Quería que fuera de River para compartir —con la excusa del fútbol— un momento de complicidad, un ritual que incluía la caminata de ida, los comentarios de las jugadas dentro de la cancha, y la alegría o la bronca del regreso.
Soy de River. Pero eso no es lo importante. Soy de River y guardo en mi placard una diminuta camiseta de Boca, que me regaló Carlos cuando nací. Carlos, el hermano de mi madrina, quería que fuera de Boca. Pero yo me hice hincha de mi viejo. Y mi viejo era de River. Pero la camiseta de Boca la guardo porque esa fue una manifestación de amor.
Después, todos crecimos. Los tiempos cambiaron. Ir a la cancha dejó de ser lo que era. Y algunos hoy creen que ser de un club es ser de una secta fundamentalista. Algunos creen que el otro es el enemigo.
Y ahora que mi hijo, y también mi hija, son grandes… a veces, y lo digo sinceramente, me da miedo haberles transmitido semejante pasión. Pero me puede. Me puede. Porque River me evoca la infancia. Porque River es reunirse con los amigos, de River y de otros equipos.
Y aunque sé que hay partidos arreglados, y aunque sé que esto es un negocio formidable, uno lo sigue viviendo con pasión. Aunque algunos creen que la patria es el fútbol, que ahí se juega la vida, lo cual es una locura, uno lo vive con pasión.
¿Por qué? Porque no es el partido lo que importa. River es la excusa. River es el vehículo a través del cual muchos transmitimos nuestro amor de padres. Para mí es River, para otros será Boca, San Lorenzo, Racing, Independiente…
El fútbol, en la vida de muchos de nosotros, siempre fue un salvavidas que nos permitió relacionarnos, a pesar del miedo, de la timidez, de los prejuicios.
Mi viejo está más viejo. Ya no va a la cancha. Dice que no le importa. Pero lo vi ir y venir en la primera final del Superclásico. Mi tío, con el que fuimos a ver al River campeón del 75, también está más grande. Pero sigue loco con River. Cada tanto me manda mensajitos por WhatsApp. Ellos me hablan de Labruna, Loustau, Pedernera. Yo hablo de Fillol, Alonso, Francescoli, Ortega.
Mi hijo habla de Cavenaghi, Barovero… Pero no importa el nombre.
River, como cualquier otro equipo, es en este caso una metáfora. Es el lugar donde muchos desplazamos nuestros sentimientos genuinos, donde evocamos lo mejor de nuestras vidas.
River es eso. Es mi infancia. Son mis amigos. Es mi familia.
Y, por el dolor que le produjo la muerte de Labruna —y que le atravesó de lado a lado, como la banda roja de la camiseta, como la banda de la puerta de mi cuarto de infancia. River, River es mi viejo.
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