
[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]
La atracción fatal de la pregunta "¿En qué momento se jodió Argentina?" contiene una trampa: supone que hay una fecha única, definitiva, precisa, donde toda nuestra historia, que podría haber sido esplendorosa, se jodió se una vez y para siempre. Hay fechas muy relevantes, por supuesto, y enseguida iremos en su procura. Sin embargo, conviene interrogar a la pregunta: "¿Está usted seguro que la Argentina se jodió en un solo momento?". La tentación es grande. Unos dirán 1930, con el primer golpe de Estado. Otros dirán 1945, con el surgimiento del peronismo. Otros escogerán 1955, cuando la violencia política antiperonista derrocó a Perón después del alucinante bombardeo de la Plaza de Mayo. Más cerca, casi nadie dudaría de que nos volvimos a joder en 1976, con terrorismo de Estado y desindustrialización.
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Una fecha es una fórmula publicitaria para responder un porqué. Ahora, si aceptamos la premisa de que la Argentina no se jodió un determinado día, sino que se sigue jodiendo hasta hoy, entonces aceptaremos que no se puede responder con un número, sino explicando un proceso y sus motivos. La tesis más difundida es que sencillamente el problema de la Argentina es el peronismo. Pues bien, si el lector tiene la capacidad de leer una tesis con la que probablemente no concuerde de entrada, podrá comprender por qué mi lectura de la historia argentina me lleva a la conclusión opuesta: el problema de la Argentina es el antiperonismo.
La Argentina de 1945 había experimentado años de crecimiento económico sin redistribución. Con un veloz crecimiento industrial en el contexto de la guerra, crecía la clase trabajadora, su explotación, su sindicalización y su descontento. Perón y el peronismo son el producto de las circunstancias históricas, entre las cuales es clave notar la incapacidad de los partidos tradicionales para representar a esa clase obrera, así como su oposición a todos los beneficios que el entonces coronel instrumentaba para ese actor emergente. ¿Por qué se oponían? Por tres motivos distintos. Unos porque creían en el binarismo sarmientino de la civilización y la barbarie, y lo traducían a la confrontación entre su visión europeísta y racista contra los "cabecitas negras". Otros por puros intereses patronales de incremento de ganancias en el corto plazo, sin capacidad alguna de comprender que los modelos de desarrollo solo son viables cuando los productores asalariados son incluidos. Por último, porque la importante tradición antifascista que había en Argentina interpretó los procesos políticos locales como si fueran sucedáneos de Europa: vieron en el surgimiento del peronismo un símil de Benito Mussolini. Ni siquiera pudieron escuchar al sociólogo antifascista Gino Germani, claramente antiperonista, cuando afirmó que los fenómenos no eran análogos en absoluto.
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Así se instaló una belicosidad política que actualizaba otros momentos de la historia argentina. El peronismo se consideró a sí mismo como representante del pueblo, sin reconocer que entre sus opositores o no adherentes había porcentajes relevantes de la población, aunque fueran una numerosa minoría. El antiperonismo se consideró a sí mismo como abanderado de la democracia contra la tiranía e intentó golpes de Estado en un in crescendo de la polarización. Esa tensión se terminó resolviendo con centenares de civiles asesinados por aviones de la Marina y con la llamada "Revolución Libertadora". Pero los supuestos "democráticos" jamás pudieron salir de su paradoja, ya que nunca pudieron llamar a elecciones libres. Solo pudieron gobernar con la proscripción de Perón y del peronismo, con fusilamientos y presos políticos, con persecución a los sindicatos y a quienes violaran la ley por mencionar la prohibida palabra "Perón".
Su objetivo era la extirpación del peronismo y su consecuencia en el mediano plazo fue la opuesta. Quienes afirman que el peronismo perduró en la historia por los primeros años de gran capacidad redistributiva olvidan tener en cuenta que ese trabajo fue culminado por el gobierno del antiperonismo recalcitrante. El primero ganó brillo en la comparación con sus sucesores. Devino así la identidad política más relevante de la Argentina. Con gran ironía, lo sintetizó el propio Perón: "No es que nosotros seamos tan buenos, sino que los demás son peores".
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Ya en 1956, intelectuales antiperonistas comenzaron a percibir el desastre. Martínez Estrada se dirigió al Gobierno: "Señores acusadores, Perón ha sido un gobernante superior a vosotros". Germani intentó explicarles a los antiperonistas que solo podrán "desperonizar" al pueblo si le otorgaban los beneficios y dignidad iguales o mayores que las que les había otorgado el peronismo.
La vida del antiperonismo es tan extensa como la del peronismo. Nace con él y se extiende hasta la actualidad. Fue sordo no solo a la movilización popular, sino a los argumentos de intelectuales no peronistas, como la revista Contorno en aquellos años. Permanece intacto su maniqueísmo (señalado hace sesenta años allí). Además, Ismael Viñas señaló que los sectores más privilegiados no había comprendido el peronismo, porque solo veían en él "el ataque contra sus intereses materiales o contra sus valores jerárquicos nacionales". Y analizaba las denuncias de corrupción peronista de aquella época afirmando que los argumentos eran deshonestos: "Así, un enriquecimiento que le parece moral, lícito cuando es practicado por particulares (…) se convertía en crimen cuando lo practicaban otros –en especial funcionarios públicos".
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Esa dicotomización proscriptiva fue la cuna de la violencia política y de 1976. Como la Argentina está jodida y tiene la chance de joderse mucho más aún, cabe hacerse la pregunta de si habrá sectores que quieran asumir el debate sobre los motivos. La Argentina está jodida por una cultura política antipluralista, que puede volverse a tentar con proscripciones, que estigmatiza a quienes piensan diferente, que arrasa con la calidad del debate público, que naturaliza un doble estándar descomunal, que erosiona la necesidad de ciertas políticas de Estado y cualquier hipótesis de un proyecto nacional de desarrollo. Porque nos permitimos saltar del desendeudamiento a una dependencia del capital financiero sin solución de continuidad. Porque se incumplió la promesa de construir sobre lo construido y así, una y otra vez, la soberbia y los intereses corporativos coadyuvan a destruir lo hecho, inclusive en ciencia y universidad, para volver a fojas cero.
No seamos pesimistas. La Argentina podría desjoderse. Seamos realistas: para ello el requisito más básico sería que entendiera por qué está jodida.
El autor es antropólogo (UNSAM y Conicet) y escritor. Su último libro es "Mitomanías de los sexos" (Siglo XXI Editores)
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