El 15 de diciembre se cumplen 40 años de la declaración conjunta Estados Unidos-China para el establecimiento de relaciones diplomáticas. El presidente James Carter leyó el documento por la televisión para señalar la trascendencia del cambio en la política exterior. Los Estados Unidos reconocieron al Gobierno de la República Popular China como el único gobierno de China, la terminación de las relaciones diplomáticas y la derogación del Tratado de Defensa Mutua con Taiwán, pero remarcaron la necesidad de encontrar una solución pacífica a la disputa.

El romance entre China y Estados Unidos comenzó con el viaje de Henry Kissinger, siguió por la visita oficial del presidente Richard Nixon, en 1972. Mao Zedong apoyó sin sonrojarse el cambio de política propiciado por Zhou Enlai ante la debilidad económica y militar de China provocada por sucesivos fracasos políticos y los riesgos de una confrontación militar con la Unión Soviética después de los enfrentamientos en 1969. Mao Zedong abandonó en las postrimerías de su vida las aventuras del Movimiento Cien Flores, el Gran Salto Adelante (1958-1962) y la Revolución Cultural que causaron cientos de miles de muertos.

La relación con los Estados Unidos modificó la política china respecto a Vietnam y los movimientos de liberación en el sudeste asiático. China no compartió la posición de Vietnam durante las negociaciones de los Acuerdos de París de 1973, retiró su apoyo a los movimientos guerrilleros para normalizar sus relaciones con los países vecinos y en 1979 invadió Vietnam como castigo por la intervención en Camboya. China se alineó con los Estados Unidos en su apoyo al Khmer Rouge y su guerra contra el gobierno instalado por Vietnam en Camboya, y participó del boicot de los juegos olímpicos de Moscú por la invasión de Afganistán.

Deng Xiaoping fue recibido en Washington en 1979 consolidando su posición como estadista. Deng sostenía que el desarrollo era prioritario y rechazó todo intento de desempeñar un papel hegemónico en la política internacional. El Gobierno chino abandonó la política de exportación del sistema político y declaró su aceptación del derecho de cada país de elegir su propio gobierno. El cambio de orientación le permitió a Deng concluir las negociaciones en 1985 para la transferencia de Hong Kong en 1997.

Estados Unidos y China firmaron un acuerdo de comercio en 1979, concediéndose el tratamiento de nación más favorecida. La renovación anual del acuerdo recién concluyó en 2001, cuando el presidente Bush firmó el otorgamiento definitivo como parte del proceso de ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC). China aprovechó estos años de bonanza para crecer con el apoyo de las inversiones externas y erigirse en la segunda potencia económica.

La confrontación actual atizada por la personalidad de Donald Trump puso fin a este largo período de buenas relaciones. El informe sobre estrategia nacional sostiene que China quiere exportar su modelo autoritario mientras busca su ascendencia económica y militar para reordenar la región indo-pacífica a su ventaja. El Jefe del Estado Mayor Conjunto, Joseph Dunford, declaró al Congreso de los Estados Unidos: "China representa la mayor amenaza a nuestra nación en 2025". La posición de los Estados Unidos trasciende el tema de las tarifas; cuestiona la naturaleza del régimen porque representa una "opción totalitaria" al sistema democrático. Los Estados Unidos consideran que China, habiendo superado la debilidad económica y militar que motivara la reorientación de su política exterior en 1972, está iniciando con Xi Jinping una etapa agresiva fortaleciendo a sus fuerzas armadas y expandiendo su influencia coercitiva.

La coexistencia de países con sistemas antagónicos representa un importante desafío y en especial para los países periféricos. La experiencia pasada con la Unión Soviética mantuvo al mundo en zozobra con picos de tensión cuando hubo intentos de perforar las esferas de influencia. La insistencia en querer resolver las visiones encontradas en forma bilateral no facilita los acuerdos porque tienden a forzar las posiciones, atizan las divergencias y dejan escaso margen para las concesiones. La alternativa son las organizaciones multilaterales donde se pueden arbitrar los consensos. Si bien esta opción pareciera hoy remota por el rechazo de una de las partes, insistir en su revalorización podría evitar consecuencias mayores.

El autor es diplomático.