
La relación entre la crítica y la obsecuencia es directamente proporcional a la vitalidad de una democracia. Empiezo diciendo esto porque como muchos sabrán, y asustado por la impericia del Gobierno, salí a cuestionar a Macri y enseguida me largaron la perrada, esos que responden a las ideas tirando patadas al tobillo.
Aclaro: yo enfrenté a Lopez Rega, a Menem y a los Kirchner. Es cierto, antes de eso fui parte de sus gobiernos, pero no me quedé en silencio como tantos que hicieron plata jugando al oficio mudo. Intento debatir la concentración de la riqueza, algo de lo que no se habla, porque en Argentina lo robado no se toca, desde el juego a los aeropuertos, pasando por los laboratorios y las obras sociales sindicales.
Intento discutir ese saqueo al que nos sometieron Martinez de Hoz y Menem y no me responden, o me cuentan que no les gusta a los poderosos. Si no se toca esa injusticia no hay salida: las ganancias de las privatizadas, desde el teléfono al cable, la necesidad de recuperar empresas nacionales y ponerle límites al saqueo, son cuestiones esenciales.
La concepción política de Cristina era sectaria y fanatizada, iba por mal camino; el PRO ganó en democracia pero nos endeudó demasiado sin saber siquiera para que lo hizo. El pasado no vale la pena y el presente no ofrece una salida. Derrotar al populismo implica gobernar con aciertos, de lo contrario se están derrotando a ellos mismos. El relato que imagina que el culpable es el otro era esencial para Cristina, ahora parece jugar el mismo papel para Macri. Una cosa es la democracia y otra la guerra, la confrontación. Unos quieren derrotar al populismo y los otros al neoliberalismo, y sigue habiendo una mitad de cada lado.
Los economistas hablan de ajuste, los encuestadores acomodan sus números a sus clientes, y la política siempre ausente asesinada por la codicia de los vencedores. El maestro Marechal, en "Autopsia de Creso", nos habla de la agonía del hombrecito económico, del rico, nos cuenta que es "una biopsia in extremis". Pero la bestia codiciosa se impuso en nuestra patria al sueño colectivo.
El peronismo y el PRO terminan siendo solo expresiones de este poder del vencedor. Primero los negocios, después, muy detrás, la sociedad. La deuda y la pobreza vienen creciendo en paralelo, y los ricos acumulan en su perverso juego de ver quién tiene más amontonado en los bancos del exterior.
La corrupción es tan solo lo que se ve del iceberg, las empresas privatizadas son el saqueo legalizado por esa triste ideología que desprecia al Estado como propiedad colectiva e impone el triunfo del negocio privado como hijo de la competencia, casi siempre en su versión monopólica.
Con el peronismo la mitad de las ganancias eran para los trabajadores y nuestros actuales gobernantes imaginan que lo van a sumergir en el olvido. Como dice el tango, "berretines de carnada que le manda el hospital".
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