Por Santiago Kalinowski *

La Academia Argentina de Letras no ha emitido un dictamen acerca del uso de las fórmulas de inclusión (el "todos y todas", la @, la x, la e). Desde su Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas, sin embargo, surgió la necesidad de consensuar una postura para dar respuestas a la comunidad, dada la creciente visibilidad del fenómeno.

La cuestión gramatical y la pregunta sobre el origen

El primer punto es fácil de resumir. En español, el género se estructura de la siguiente manera: el femenino solamente designa a un grupo de mujeres; el masculino designa tanto a un grupo de hombres como a un grupo mixto. A este último caso se lo conoce como masculino "genérico" o "no marcado". De esa manera está codificado en la mente de los hablantes de español del mundo, sin excepción, puesto que se aprende naturalmente desde el nacimiento.

En contra del uso de las fórmulas de inclusión, se suele argumentar que el origen del masculino genérico es puramente convencional. Ante esto, hay que señalar dos cosas:

– Primero, el hecho de que algo sea puramente convencional (las lenguas son básicamente códigos convencionales) no impide que pueda tener los efectos denunciados por quienes no se ven incluidos en ese masculino. En estos casos, la discusión debe ser acerca de qué percepciones están asociadas a determinado uso lingüístico, más que si ese uso es o no inherentemente discriminatorio o invisibilizador. Por otra parte, esas percepciones no son caprichosas: están fuertemente atadas al contexto social e histórico de nuestras sociedades, en las que la desigualdad entre el hombre y la mujer es un hecho consumado, sostenido a lo largo del tiempo y defendido por sus beneficiarios.

– Segundo, el hecho de que esta desigualdad es prácticamente un universal humano no puede disociarse creíblemente de que haya sido el género masculino el que se codificó como no marcado, en español y en tantas otras lenguas, con la indudable ventaja cultural o ideológica que eso comporta. Es decir, la realidad social e histórica configura la lengua, luego la lengua refuerza esa configuración.

Herramienta de la acción social

La lengua es el principal medio que tenemos para interactuar con la realidad. Es, consecuentemente, la principal herramienta para intentar modificarla. Por lo tanto, en el contexto de las luchas actuales, nada hay más esperable que la intensa atención prestada al masculino genérico y el surgimiento de diferentes propuestas para cambiarlo.

Estas fórmulas de inclusión, algunas de las cuales surgieron hace al menos una década, son recursos de intervención del discurso público (y este carácter de público es un rasgo central) que persiguen el fin de denunciar y poner en evidencia una injusticia de la sociedad. Es decir, no son fenómenos de orden gramatical sino retórico (y de extraordinaria potencia), puesto que se usan para crear un efecto de toma de conciencia sobre un problema social y cultural. Criticarlas con argumentos puramente gramaticales sería como haberle objetado a Oliverio Girondo que el verbo "enlucielabismar" o el sustantivo "trasfiebre" —ambas de En la masmédula, de los poemas "Mi lumía" y "Alta noche", respectivamente— no figuran en ningún diccionario. El gesto de apropiarse de las posibilidades que brinda la lengua para perseguir un fin (formal y estético en un caso, social y político en el otro) no es una verdadera novedad.

Su funcionamiento es claro. Cada vez que aparece alguno de estos recursos, se inaugura una segunda capa de sentido que expresa un posicionamiento político del enunciador ante una realidad social, echa luz sobre ella, la actualiza, la denuncia, la hace presente y anima su reconocimiento por parte del auditorio o del lector.

Proyección a futuro

Vemos que muchos hablantes están considerando necesario adoptar alguna de estas fórmulas, en declaraciones que son públicas en algún sentido, como un modo de pronunciarse contra algo que repudian, porque sienten la discriminación en carne propia o se solidarizan con quienes consideran víctimas de discriminación. Esto provoca que exista una tensión entre la variante tradicional, más económica pero asociada a la perpetuación de una injusticia social, y las nuevas propuestas, con diversos problemas estilísticos, morfológicos o de pronunciación pero sin esa carga. El hecho de que esta tensión se resuelva en numerosos casos a favor de las nuevas fórmulas y que su uso se esté extendiendo visiblemente habilita la hipótesis de que se trata de una necesidad comunicativa real de muchos hablantes.
Es, por último, frecuente la pregunta, formulada tanto por quienes adoptan las novedades como por quienes las resisten, acerca de si este fenómeno terminará cambiando la gramática de la lengua. La respuesta nunca satisface a ninguno de los dos grupos: nadie puede saber cómo evolucionará una lengua en el futuro. El flujo natural de cambio y adaptación de las lenguas es más impredecible e incontrolable de lo que muchos están dispuestos a admitir en este tipo de debates. Especialmente, cuando se trata de algo tan profundo como la manera en que se estructura el género gramatical. Como siempre, la última palabra la tendrán, con el tiempo, los 500 millones de hablantes de español del mundo.

* Lingüista y lexicógrafo. Director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras.