Marzo, el mes que acabamos de despedir, es el mes de Juan Manuel de Rosas. Nació el 30 de marzo en 1793 y murió el 14 de 1877. Repasaremos aquí, en la primera parte de esta nota, algunas circunstancias de una vida y una obra que no disfrutó del reconocimiento de nuestra historia oficial por haber sido el líder del bando federal y popular derrotado en las guerras civiles del siglo XIX.

La severa doña Agustina López Osornio, casada con don León Ortiz de Rozas, ambos de alcurnia, acostumbraba mandar a sus hijos a servir como humildes dependientes en alguna de las tiendas de Buenos Aires. Una conducta alejada de los hábitos elitistas de la clase acomodada de entonces. Cierta vez, el adolescente Juan Manuel se negó a arrodillarse ante su despótico patrón, por lo que doña Agustina, luego de darle un coscorrón, lo encerró desnudo en una habitación a pan y agua hasta que pidiera disculpas. Pero el futuro Restaurador logró forzar la cerradura y escapar como Dios lo trajo al mundo. Dejó una esquela en la que sus padres pudieron leer: "Me voy sin llevar nada de lo que no es mío".

Cumplió, pues jamás regresaría a su hogar, nunca reclamaría ni un centavo de la abundante herencia familiar y además tampoco se llevaría el apellido, ya que de allí en más pasaría a llamarse Juan Manuel de Rosas, suprimiría el "Ortiz" y modificaría la zeta de "Rozas" por una ese.

Fue como patrón de estancia, en su obsesiva búsqueda del rendimiento eficaz, cuando don Juan Manuel cultivó su pasión por el orden y por la subordinación que años más tarde aplicaría en la conducción de los asuntos de Estado. Sus órdenes, acertadas o equivocadas, se daban para ser cumplidas. "Los capataces de las haciendas deben ser madrugadores y no dormilones; un capataz que no sea madrugador no sirve por esta razón. Es preciso observar si madrugan y si cumplen con mis encargos" escribiría en sus Instrucciones a los mayordomos de estancias.

Organizó a su peonada como una fuerza militar para enfrentar los malones indígenas y supo hacerse respetar e incorporar a sus obligaciones a gauchos perseguidos por la Justicia, peones holgazanes, mulatos escapados de sus patrones, indios rebeldes, a los que se imponía por el temor, pero también por la admiración. Eso le permitió organizar el gallardo y amenazante desfile de 500 hombres fieros y bien montados, por primera vez vestidos de rojo y bautizados como los "colorados del monte", que concurrieron, todavía leales a su origen de clase, a poner orden ante el avance de los caudillos sobre Buenos Aires, en 1820. Ya lo había dicho Tucídides, 400 años antes de Jesucristo: "La fortaleza de un ejército estriba en la disciplina rigurosa y en la obediencia inflexible a su jefe".

El encuentro de Rosas con el caudillo santafesino Estanislao López, en la hacienda de Benegas, el 24 de noviembre de 1820, puede ser considerado el comienzo del movimiento federal. López, siete años mayor, inició al joven estanciero en los fundamentos políticos, sociales, morales y económicos de la férrea oposición al liberalismo centralista, europeizante y autoritario, y la masonería volteriana encarnada en el unitarismo. Allí, en la estancia de Tiburcio Benegas, don Juan Manuel dejaría sentado su respeto por los jefes provinciales, su vocación de llegar a acuerdos con ellos y cumplirlos, en vez de intentar aplastarlos por la fuerza.

Los fundadores del terror fueron los unitarios y no el rosismo, como insistirá la historia oficial. La masacre generalizada que la "barbarie" sufre en manos de la "civilización" luego de la muerte de Manuel Dorrego hace que, en ese año 1829, las muertes superen a los nacimientos. Allí nacerá el eslogan de los "salvajes unitarios".

Don Juan Manuel representó el ascenso al poder de nuevos intereses económicos, de un nuevo grupo social ligado a la explotación de las feraces pampas bonaerenses, entrerrianas, santafesinas: los estancieros. Lo eran Rosas, Ramírez, Quiroga, López, además patrones que administraban personalmente sus haciendas, a diferencia de los que lo hacían confortablemente, por delegación, desde la ciudad. Eso les daba un estrecho contacto con la clase popular, los gauchos, que constituían su peonada, como así también con los indios, los vendedores ambulantes, los desertores, los cuatreros, etcétera que habitaban los alrededores.

Es así que Rosas era menos ducho en tertulias y saraos ciudadanos que en matar zorrinos. Escribirá para instrucción de sus capataces y sus peones: "Después de muertos se les pisa la barriga para que acaben de salir los orines, y luego se les refriega el trasero en el suelo, y con esa operación no hieden los cueros". Adopta la vestimenta, los modales y los hábitos de sus gauchos. "Hablar como ellos y hacer todo lo que ellos hacían", escribiría.

Con Rosas en el poder se concretará el signo de los nuevos tiempos: se mirará menos a las naciones del otro lado del mar en busca de ideas, de capitales o de honores. Ahora se tendrá en cuenta al interior habitado por "bárbaros", allí estará el nuevo poder político, social y económico. Dirá con claridad Rosas: "Algo de eso había comenzado en el corto tiempo de Dorrego, cuando las orillas predominaron sobre el centro, pero los compadres no atinaron a defender la nacionalidad con el mismo ímpetu que los gauchos. De allí la debilidad de Dorrego y la fortaleza de Rosas. Si aquel significó el advenimiento de las masas urbanas, este le agregó el factor decisivo de las masas rurales".

¿Rosas se negaba a dar una Constitución a su patria por no perder lo absoluto de su poder? ¿O era sincero en su prevención de que la Argentina volvería a sumirse en la anarquía, como efectivamente sucedió durante muchos años después de Caseros, hasta el sospechable triunfo de Mitre sobre Urquiza en Pavón y la organización nacional por la fuerza?

Sobre la Campaña del Desierto que emprendió Rosas luego de renunciar a su primer gobierno puede decirse que siempre fue enemigo de emplear la violencia contra los indígenas y, en cambio, privilegió, cuando fue posible, los acuerdos, los regalos, los sobornos. Tanto respetó el Restaurador a los pueblos originarios que, además de dominar sus lenguas, escribió de su puño y letra una Gramática y diccionario pampa. Además, difundió la vacuna antivariólica entre ellos, lo que le valió un premio internacional al gran médico Francisco J. Muñiz.

Doña Encarnación Ezcurra fue una mujer de carácter. Estando su esposo lejos, en la campaña, ella asumió el liderazgo del movimiento rosista: "Las masas están cada vez más dispuestas y lo estarían mejor si tu círculo no fuera tan callado, pues hay quien tiene miedo. ¡Qué vergüenza!". Ella exige a los rosistas su misma fanática lealtad: "Pero yo les hago frente a todos y lo mismo me peleo con los cismáticos (federales no rosistas) que con los apostólicos (leales a Rosas). Aquí en mi casa solo pisan los decididos".

Doña Encarnación, a quien sus enemigos ridiculizaban apodándola "la mulata Toribia" por su fealdad, fue la creadora de la temible Mazorca que la historia oficial escrita por sus enemigos identifica como un grupo parapolicial que practicaba el terrorismo de Estado para acabar, por muerte o por destierro, con la oposición. Los historiadores revisionistas le adjudican en cambio una intencionalidad solo amedrentatoria.

Juan Manuel tuvo un hondo sentido nacional cuando este aún era raro entre sus coterráneos, sobre todo en porteños que se habían empeñado en la revolución de Mayo con su interés y su esperanza vueltos hacia el exterior. El Restaurador concibió al Estado también como una expresión de lo territorial y por ello lo fusionó con el concepto de soberanía. Es hora ya de reconocerle que fue gracias a sus esfuerzos que nuestra patria no sufrió otras fragmentaciones como las que propugnaban sus adversarios porteñistas, los que argumentaban, como lo hiciese el unitario Salvador del Carril: "Es conveniente el achicamiento de nuestro territorio para explotarlo mejor con las posibilidades que tenemos". También Sarmiento concluiría que el problema argentino era su extensión, lo que fue recogido por Jauretche como una de las "zonceras" criollas.

El mismo Sarmiento, en su rabioso antirrosismo, hizo todo lo que estuvo a su alcance para que Chile, cuya nacionalidad había asumido, se apoderase de la Patagonia. También la Comisión Argentina con sede en Chile, presidida por Gregorio de Las Heras, héroe de la independencia, avaló el reclamo chileno por las provincias de Cuyo. En otras publicaciones nos hemos ocupado de las antipatrióticas maniobras de Florencio Varela, antes, y de José María Paz, luego, para independizar las provincias del litoral (República de la Mesopotamia), con la complicidad de potencias extranjeras que de esa manera se garantizaban la libre navegación de los ríos interiores. La invasión de la Confederación Peruano-Boliviana con el propósito de anexar las provincias de Salta y Jujuy contó con el guiño de los gobernadores unitarios y el diseño estratégico de Carlos de Alvear, el vencedor de Ituzaingó. Todo eso lo impidió don Juan Manuel.