"¿Cómo está Venezuela?". Le hago esa pregunta a una joven venezolana que está trabajando de moza en un restaurante de la Ciudad Vieja de Montevideo, y que es ingeniera pero tiene tres meses de llegada al Uruguay. Me mira, hace un breve silencio y, con los ojos bien abiertos y con voz firme, me espeta: "Está como cualquier lugar del mundo en el que se instala un grupo de delincuentes a gobernar. ¿Qué va a ordenar de almuerzo?". No he encontrado mejor definición que esa para interpretar lo que pasa en ese país.

Seamos sinceros, Venezuela siempre tuvo una clase política afecta al despropósito y a la corrupción, básicamente porque vivieron décadas sumidos en la riqueza del petróleo sin trabajar, y eso les hizo tanto daño y había tan bajos valores morales que fue envileciendo la vida política a límites inauditos. Todavía me acuerdo de Rafael Caldera clamando por mesura, sonaba "naif". Por eso, Hugo Chávez, guste o no, pareció significar al inicio un tiempo de depuración inicial. Luego, todo se tornó como en el presente: oscuro, delincuencial, violento y alienante.

Empezó con Chávez, pero su patología explotó en estos últimos años. Eso es lo que representa el gobierno totalitario de Nicolás Maduro, un gobierno de sátrapas que ya no saben cómo hacer para continuar parapetados en el poder y succionar lo que queda de él. El proyecto político es solo ese: el poder. Ya no hay revolución bolivariana ni ningún relato oficial, esa es la supuesta fuente de legitimidad. Lo que buscan es mantenerse, aguantar, resistir y combatir a quien sea si es necesario. Quedaron encerrados en su propia alienación kafkiana.

Hoy la cleptocracia que se instaló en Venezuela sabe que no tiene destino en el mundo. Les queda Cuba como amigos, Rusia según como se vayan dando las circunstancias y China queriendo dominarlo todo. No mucho más. En un mundo que reinstaló la Guerra Fría bajo nuevo formato, la élite delincuencial venezolana está condenada a morir encerrada allí, a vivir con el desprecio ciudadano mayoritario y sin destino alguno en el exterior. ¿Quién le brindaría asilo a semejante grupo de individuos amorales? ¿Qué país en serio se anima a eso?

Claro, han sacado millones de dólares para el exterior en cifras difíciles de cuantificar. Han vaciado Venezuela con la complicidad de una parte del sistema financiero internacional, que se ha hecho el distraído de manera vergonzosa, para llevar dinero corrupto a varios bancos del planeta. Lo que se robó en Venezuela está en manos de hijos, sobrinos, amantes y amigos testaferros del poder. ¿O acaso no lo sabemos? Está en esas cuentas bancarias. Eso lo sabemos los que analizamos el entramado de poder venezolano. Algunos han tenido hasta el descaro de exportar sus dividendos a bancos en los Estados Unidos (y esos bancos han estado callados). A ellos habrá que solicitarles que demuestren cómo de un día para el otro, sin trabajar jamás, con el envío electrónico de ingentes sumas de dólares, existen cuentas multimillonarias.

¿Esto puede seguir así? ¿No es un delito acaso semejante traslado de dinero electrónico con justificaciones falsas sobre negocios ficticios? ¿No hay lavado de dinero internacional allí? ¿No corresponde que esos dineros sean devueltos a su país de origen para intentar recuperar algo la economía deprimida que tiene a un pueblo desesperado y con hambre? ¿Hay que quedarse impávido ante esas desviaciones fraudulentas sin hacer absolutamente nada? ¿Cuál es la fiscalía, del exterior de Venezuela, que se dispone a ingresar en semejante asunto de justicia plena? ¿O no se advierte que esos dineros son los que también le sirven a la causa violatoria de los derechos humanos en Venezuela? ¿Solo para los derechos humanos violentados ayer hay jurisdicción planetaria y no para los derechos humanos de los venezolanos de hoy? Los dineros non sanctos usurpados al pueblo deberían retornar a su origen y procurar reparar la lesión que se ha proferido a ese pueblo. Esto es obvio, pero no lo observan todos. O no tienen el coraje de afirmarlo.

La voz de la OEA en boca de su secretario general, Luis Almagro, no alcanza solo mostrando esta injusticia, o con aliados retóricos coyunturales, requiere del concurso fáctico de los países poderosos para que se actúe en procura de la redemocratización en Venezuela, para que haya elecciones libres y legales, y para que se restablezca el respeto al Estado de derecho. De lo contrario, ya sabemos que hay dictaduras que se van eternizando ante la inercia internacional. Lo sabemos, varias de ellas inclusive son consentidas sin demasiado ruido por muchos de los que se consideran principistas dentro de la diplomacia y los organismos internacionales que se llenan la boca con los principios, pero, cuando llega la hora de actuar, decir la verdad, poner coraje, combatir autocracias y arriesgar sus cómodas poltronas, son más los que se tiran debajo de una mesa que los que levantan la voz.

La necesidad tiene cara de hereje. Y ese es el objetivo del gobierno totalitario de Venezuela, ir dejando que el tiempo pase y ellos queden como otro modelo sui generis. Eso es lo que hay que impedir de manera concienzuda. Eso es ser demócrata, no otra cosa. Y los que no entienden esa lógica, es sencillo: o son cobardes o son cínicos. Sobran los ejemplos de lesiones democráticas en la región. No abundemos en esta oportunidad.

Hay gente que no entiende cómo no estalla una guerra civil en Venezuela, por la misma razón que no estallaba una guerra civil contra la dictadura argentina, chilena o uruguaya. El que tiene las armas somete al débil e inocente. Punto. Principio básico del autoritarismo. Esa (la cleptocracia venezolana) es una izquierda golpista tan inmoral como lo era la derecha militar golpista de los setenta en el sur de América. No teman en hacer el paralelismo, son la misma decadencia.

Pregunta obscena: ¿Y si alguien le quitara la vida a Nicolás Maduro, se beneficiaría Venezuela con semejante barbaridad? (Esos actos criminales suceden en el mundo de los países en eterno conflicto. Nos cansamos de mirar atentados de ese tenor en el mundo islámico, lo que pasa es que no los vemos porque no parecen interesarnos). Primero, parto de la premisa humanista de que al peor dictador (Nicolás Maduro es eso) no le cabe la justicia por mano propia de nadie. O venganza. Llámese como se nos antoje. Soy un humanista y ni a Hitler mandaría a la pena de muerte. Pero, en caso de que alguien creyera que esos "métodos", son válidos (realpolitik); lo único que se lograría sería al martirologio y la victimización de un régimen que requiere de todo, menos justamente de eso.

Es cierto, Nicolás Maduro con su empoderamiento demencial ha construido una especie de salvaguarda de vida. Claro, todo esto será así hasta que los militares que lo usan sigan creyendo que les conviene mantenerlo con vida. El día que le larguen la mano, ese día seremos testigos de una escena digna del Senado romano de la época de Julio César. Lo asesinará su aliado más próximo. Está en el manual básico. No tiene misterio.

La verdad es que la muerte de los dictadores no resuelve nada. La muerte del dictador tiene que ser la muerte del régimen autocrático. Eso es lo que debe caer. Y la oposición venezolana, digamos las cosas como son, con todo lo que ha sufrido, no logra consolidar un bloque férreo donde los posicionamientos sectoriales no sean un tema. Todos saldrán en la foto si es que hay foto. De lo contrario, parece delirante, pero el régimen encontrará recovecos donde continuar con vida.

Es verdad que los regímenes implosionan, a veces, pero a veces y con el pasar de muchísimo tiempo y por razones siempre colaterales. Esperemos que Venezuela no sea el caso de esa perpetuación. Ya lleva demasiado sufrimiento esa población y es hora de devolverle dignidad a gente que no tiene culpa de nada. De nada.