Leopoldo Schiffrin, un juez digno de veneración

Se fue un magistrado probo y calificado. Sobrio y austero. Humilde y generoso. Justo. Es decir, todo lo que es, o debería ser, un juez

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Conocí al doctor Leopoldo Schiffrin solo de manera protocolar. No fui su amigo ni su discípulo. Sin embargo, llegué a admirarlo. Profundamente.

Lo recuerdo como un hombre amable, humilde. Con mirada tímida, sobre todo cuando los más jóvenes lo reconocíamos en la calle y lo saludábamos con cierta veneración.

Los colegas que han trabajado con él lo describen como metódico, exigente y generoso. No se guardaba para sí ni sus conocimientos ni su vasta experiencia.

Fue un referente de los organismos de derechos humanos. Sin embargo, no se subió a las tribunas políticas para desnaturalizarlos.

No hizo campaña para ningún partido político ni para candidato alguno, aunque nunca haya ocultado su ideología.

Habló por sus sentencias y por sus trabajos científicos y académicos.

Practicó el derecho penal y, aun siendo un magistrado crítico de muchos de sus postulados, no quiso abolirlo ni adhirió a pseudo-doctrinas foráneas.

Pretendió seguir en la función más allá de los 75 años. Cuando su reclamo judicial fue rechazado, renunció. Creyó en el sistema que había integrado por 60 años.

Respetó la Constitución y las leyes. Honró su juramento.

Se fue un magistrado probo y calificado. Sobrio y austero. Humilde y generoso. Justo.

Es decir, todo lo que es, o debería ser, un juez.

Que en paz descanse.

El autor es abogado y fiscal