¿La historia se repite? He aquí una pregunta que ha desvelado a los pensadores por generaciones. Grecia o Roma. Aquellos llegaron a nuestros días a través del pensamiento (de hecho, algunos de sus principios están contenidos en la Constitución de la Unión Europea). No tuvieron oportunidad de expandirse como los romanos, imperialmente, tal vez a consecuencia de que se entretuvieron en disputas locales: Atenas contra Esparta, macedonios contra tebanos, etcétera.
Roma lo hizo por medio de la fuerza de sus legiones, del derecho que persiste hasta esta época y de sus jueces, que aplicaron aquel a las relaciones económicas o personales de todos los habitantes del imperio.
La antigua Grecia tuvo una especial preocupación por la belleza, aun cuando esta no "tenía un estatuto autónomo, hasta la época de Pericles", según Umberto Eco. Desprovistos de una cultura de lo bello, no fue de extrañar que se dedicaran a las armas: "Y no es casual que el tema de la belleza vaya asociado a la guerra de Troya" (Eco).
Los romanos tuvieron varias guerras civiles; la más importante de ellas, al menos con mayores consecuencias, fue la que culminó con el enfrentamiento entre Julio César y Pompeyo. Pompeyo tuvo el aval moral (y militar) de la república, pero lo mismo fue superado por su antagonista. Julio César puso fin a aquella, y el imperio, con posterioridad hizo posible la extraordinaria y admirable expansión de Roma.
Después del asesinato de César sobrevino un interregno compuesto por varios aspirantes, uno de los cuales fue Marco Antonio y un triunvirato. Prevaleció Octavio, que gobernó con el nombre de Augusto; a su término, su mujer, luego de varios intentos por envenenarlo, logró imponerle a su hijo, de un matrimonio anterior, Tiberio, que era vicioso y no apto para conducir el imperio. Pasaba largas temporadas en Capri, donde daba rienda suelta a sus monstruosidades, si hemos de hacer fe de Suetonio.
Con posterioridad, Tiberio logró que ascendiera al trono Cayo Julio César Germánico, un individuo loco, que ingresó en la historia con un sobrenombre, por el que fue conocido: Calígula (Botitas), cuya mayor preocupación fue hacer que su caballo obtuviera el título de senador, tanto como para humillar al Senado. Cuando Calígula fue asesinado por un miembro de su Guardia Pretoriana, se produjo una vacancia, que fue cubierta por Claudio, que llegó a gobernar el imperio.
De acuerdo con las crónicas, era este un individuo manso, con una virtud: le apasionaba la historia. Le tocó asumir el imperio después de un vicioso y un demente, lo que hizo posible que gobernara en paz, que nadie quería romper.
Invito al lector a reemplazar a Claudio por el presidente Mauricio Macri y a Calígula, por la señora de Kirchner. Se verá entonces al señor Kirchner reemplazando a Tiberio y a Julio César, por Eduardo Duhalde. El interregno que ocurrió a su muerte debe ser reemplazado por la sucesión de presidentes que tuvimos en el año 2001 y se producirá una malsana repetición de la historia.
Ojo, que después de Claudio vino Nerón, que cuando no persiguió a los cristianos, para no aburrirse interpretaba comedias, poniéndose él como actor, o incendiaba Roma.
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