Reformas del Gobierno: deseo y lógica política

La impresión general es que desde el lunes siguiente a las elecciones ha comenzado un nuevo gobierno, uno que se espera que dure seis años

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El discurso del presidente Mauricio Macri en el Centro Cultural Kirchner sin duda adquiere una dimensión fundacional, ya que expresa tanto los deseos de mandatario sobre el país que quiere como su lógica de construcción de poder. Queda claro ahora que, para llevar adelante el programa de gobierno de Cambiemos, ganar las elecciones, ganarle a Cristina, era condición necesaria pero no suficiente.

En los comicios la alianza oficialista desplegó una estrategia discursiva difusa apuntando a un futuro mejor, pero indeterminado, combinado con la demonización del pasado kirchnerista, apuntalado por el accionar de los jueces federales y un sistema de medios muy favorable. En ningún momento el corpus de reformas planteado en el CCK fue expresado como plataforma electoral.

Sin embargo, el rumbo que Macri delineó en el ex Palacio de Correos fue avizorado por quienes han sabido rastrear las miguitas de pan que los funcionarios fueron dejando en los encuentros tête-à-tête con empresarios, cuya frutilla del postre fue el encuentro de Idea. La pregunta de rigor fue por qué el conjunto de reformas explicitado ayer no se trazó a cielo abierto en uno de los tantos actos de campaña. Sin dudas, los generales electorales de Cambiemos habrán estimado el riesgo de un impacto negativo que podrían tener estas novedades en el cuerpo electoral y en cuyo caso le hubieran dejado un flanco fértil de ataque a su archirrival CFK.

Dentro del género de discurso político, el estilo del speech presidencial estuvo más cercano al que se realiza cuando un presidente asume el cargo, frente a la Asamblea Legislativa, que una disertación de mitad de gobierno. Por eso, la impresión general es que desde el lunes siguiente a las elecciones ha comenzado un nuevo gobierno, uno que se espera que dure seis años, reelección de por medio, ya sin la procuradora Alejandra Gils Carbó y con cambios en el gabinete a la vista.

La otra pregunta es por qué Macri no hizo su planteo frente al pleno del Congreso, que son en definitiva quienes deben votar las leyes. Eligió, en cambio, a un conjunto heteróclito de personas: gobernadores, empresarios, sindicalistas, ministros, dirigentes sectoriales, jueces de la Corte Suprema, etcétera. Seguramente porque el Presidente cree que el grupo de personas reunidas bajo la cúpula azul del CCK son el poder real de la Argentina y los necesita, en una combinación consenso-coacción, para obtener los acuerdos necesarios para llevar adelante la agenda legislativa, que podrían transformarse en decretos de necesidad y urgencia de ser imperioso. La literatura política conocerá ahora con nombre y apellido quiénes integran el famoso círculo rojo, que representa una ínfima porción de los votos, pero que llevan la marca de la élite del poder que tan brillantemente mostrara Charles Wright Mills en 1956.

En las líneas principales de reformas, una de las más esperada será la nueva legislación que propondrá el Gobierno para cambiar las reglas del mundo del trabajo, tanto en la reducción del número de sindicatos y obras sociales como para reemplazar las indemnizaciones por despido por otro instrumento, combatiendo a la industria del juicio, para promover el empleo joven y, en definitiva, generalizar los cambios a los convenios colectivos de trabajo, cuyas pruebas pilotos han sido consideradas exitosas por los funcionarios.

Si el Gobierno puede triunfar en el mismo terreno escarpado donde fracasaron Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa, es una incógnita, cuya ecuación a la que pertenece será despejada en un futuro muy próximo.

El autor es sociólogo.