El sentido de la escritura

Por Angela Pradelli

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Hace algunos años encontré, en uno de los estantes altos de una biblioteca escolar de Turdera, un ejemplar de El compadrito [1] de Silvina Bullrich y Jorge Luis Borges.

-No lo prestamos -me aclaró la bibliotecaria-. Ese libro no puede salir de la biblioteca –aseguró.

"El compadrito" reúne textos de Roberto Arlt, Ezequiel Martínez Estrada, Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes, Adolfo Bioy Casares, entre otros. Tiene dibujos del artista Horacio Cardo y prólogo de Jorge Luis Borges.

La bibliotecaria abrió el libro en una de las primeras páginas y me mostró la firma autógrafa de Borges. El escritor lo había firmado una tarde de 1969, cuando había estado en Turdera, invitado por un grupo de estudiantes que habían organizado un concurso de literatura para las escuelas de la zona. Por ese entonces Borges, que era director de la Biblioteca Nacional, recibió a los estudiantes que habían ido a pedirle que fuera  jurado del concurso y, ni bien supo que eran de dónde eran, aceptó la propuesta. Borges viajó el día de la entrega de premios hasta Turdera, dio una charla en el club Alumni, comentó los textos premiados y hasta entregó los diplomas. Pero después del brindis, cuando lo invitaron a la mesa que habían preparado especialmente, rechazó todos los platos. "Solo me gustaría –dijo Borges- comer un poco de pan". Antes de irse, el escritor firmó el ejemplar de El compadrito que aun hoy está en una biblioteca escolar de Turdera, pero el destino de aquel libro fue el encierro.

La firma de Borges está compuesta por cuatro segmentos, bastante separados entre sí. En esa misma página, –tal vez para alejar futuras dudas sobre  la autoría- alguien escribió con letra redonda: firma autógrafa de Jorge Luis Borges. 

Se sabe que Borges pasó varios veranos en Adrogué, ciudad que limita con Turdera, y que muchas veces se hospedó en el Hotel La Delicia. En Adrogué hubo lectores que lograron  identificar a algunos de los personajes de sus relatos con ciertos habitantes del lugar que pasaban las tardes en las instalaciones del hotel. Durante aquellos veranos, Borges caminaba mucho por las calles empedradas de Adrogué, aunque algunos afirman que prefería rumbear para Turdera porque decía que allí, zona del malevaje y tierra de orilleros, oía las mejores historias.  El escritor entraba en los almacenes de ramos generales y, tratando de pasar inadvertido, se sentaba en alguna de las mesas alejadas del mostrador y se quedaba escuchando los relatos que narraban los clientes.

En Ginebra, en una de las calles que bajan desde el casco de la ciudad hacia el lago, los caminantes atentos pueden observar sobre la pared de una de sus casas una placa que señala que allí vivió el escritor argentino. Una tarde vi, sentado frente a la casa, a un muchacho que leía un libro de Borges. Era ginebrino pero hablaba muy bien español. El libro se lo habían regalado sus vecinos, una pareja de argentinos exiliados en la dictadura. En el poema "El tanto", el muchacho había marcado la siguiente estrofa: "¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos/ se apiaden) que en un puente de la vía,/ Mató a su hermano el Ñato, que debía/ Mas muertes que él, y así igualó los tantos?". Le conté que en Turdera cruzo a menudo ese Puente Viejo, frente al que estaba el rancho de los Iberra.

Una mañana, en la escuela de Turdera, mientras leemos La intrusa en la clase, descubro que uno de los alumnos tiene sobre su banco el ejemplar aquel firmado por Borges en 1969.

-Hoy pude sacarlo porque faltó la bibliotecaria –explica el chico.

Pero el alumno no sigue la lectura de "La intrusa" como el resto de sus compañeros. Es que había descubierto en el margen superior del texto "Los Iberra", una firma, que no es la que estampó Borges en su visita del 69. Esta otra firma es parte de la edición. El estudiante las compara.

En general, no es en estas cuestiones de identidad y autoría en lo que reparan los alumnos de la secundaria. Lo que les gusta sobre todo es conocer anécdotas de la vida más íntima del autor: que a Borges los compañeros de trabajo le regalaban siempre corbatas amarillas porque ese fue el único color que siguió viendo aun en la ceguera. Que muchas veces el escritor recibía en su departamento a grupos de alumnos de escuelas primarias que lo entrevistaban. Que el Borges profesor nunca desaprobaba a un alumno y que solía decirles a los estudiantes que abandonaran a un autor cuando no les gustara. "Si usted lee a Shakespeare y no le gusta o se aburre, déjelo, quiere decir que Shakespeare todavía no ha escrito para usted".

En la última página de Los Iberra el alumno descubre una nota al pie que lo perturba aun más que las firmas. Dice la nota: "En el encabezamiento de este artículo figura la firma autógrafa de su desconocido autor. Es el único dato con que hemos contado para su publicación, ya que el artículo fue entregado a Jorge Luis Borges en febrero de 1959, sin otra identificación. Contamos, para ediciones sucesivas, con la posibilidad de identificar al autor para de este modo presentar a los lectores un nombre que por ahora es solamente un signo".

Si las tres son firmas de Borges -se plantea el estudiante-, ¿quién es más Borges de los tres? –pregunta.

Y enseguida, en nuestra conversación, nos vamos tras esa duda del alumno, ¿el que firma en la primera página cuando visita Turdera, el que escribe la nota al pie, el que firma el artículo para la edición?

-Éste –decide por fin el estudiante y señala la nota al pie. Después arriesga una teoría-. Porque en éste –dice- están también los otros.

La tarde que visité la tumba de Borges en Plainpalais, cuando ya me volvía, vi a un muchacho que caminaba justo hacia allí.  Al principio me pareció que era el mismo chico que leía a Borges en una calle de Ginebra. Sin embargo a medida que avanzaba  reconocí en él  rasgos idénticos al del estudiante que aquella mañana en Turdera se preguntaba por las tensiones de la autoría. No supe de cuál de los dos se trataba porque finalmente nunca nos cruzamos. Es que siempre a cierta altura, aun en los jardines del Plainpalais, los caminos se bifurcan irremediables.

 

[1] Borges Jorge Luis. El compadrito. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editorial, 1968

Ángela Pradelli es autora de Combi, Turdera, Amigas mías y El lugar del padre, entre otras novelas. Premios Emecé de Novela (2002) y Clarín de Novela (2004).