Valijas, fletes y escenografías transportables: el teatro argentino también se exporta

Lucila Gandolfo, actriz, cantante y maestra de canto, cuenta cómo se planifica una gira fuera del país y qué decisiones de transporte y costos definen que una producción teatral pueda viajar

Lucila Gandolfo
Lucila Gandolfo es actriz, cantante y maestra de canto (Foto: Movant Connection)
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“Exportar cultura es tan importante como exportar vinos y dulce de leche”. Con esa convicción, Lucila repasa su experiencia llevando obras argentinas a Madrid, los números que hay que hacer antes de mover una escenografía y las barreras que todavía enfrentan los artistas para trabajar fuera de su país, junto con lo que el escenario y la docencia le fueron enseñando.

Cuando una obra sale de gira, ¿qué tan determinante es la logística para que se concrete?

Es fundamental, es lo más básico. No hay forma si no agarramos desde cero una agenda y planeamos de cuándo a cuándo: los pasajes, las estadías, los tiempos afuera y los tiempos de ensayo. Sea una obra de teatro, un concierto o un evento, salir a moverse sin esa planificación no se puede.

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El año pasado me fui solita a Madrid con dos monólogos: fue sacar el pasaje, ver dónde me iba a quedar y que entraran en las valijas los vestuarios de las dos obras. Y una vez allá, toda la prensa y la comunicación para que viniera gente: ir a un programa de televisión, poner afiches, salir a volantear, incluso disfrazada con los personajes.

¿Y qué pasa con las escenografías más grandes, con paneles o varias escenas? ¿Cómo se trasladan de un lugar a otro?

Depende de la obra. Mis monólogos no requerían más que una mesa y unas sillas, y el resto lo llevé en dos bolsos grandes. Pero en una coproducción como la que acabo de hacer en Madrid, que el año que viene se hace en Buenos Aires, cada teatro confecciona su escenografía, porque hablamos de paneles y de vestuario que habría que trasladar.

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En una gira al interior, o te adaptás a una caja negra con algún panel, o se reproduce en el lugar según el presupuesto del productor, o se contratan fletes y camiones. Por eso, cuando uno sabe que se va de gira, planea una escenografía fácil de transportar, para que el costo del transporte no te quite todo lo que hubiera podido ser ganancia. Tenés que hacer numeritos.

Más allá de lo operativo, ¿qué descubrís de vos misma cada vez que interpretás un personaje?

Aparecen facetas mías que en el día a día no tengo tan presentes. En una serie infantojuvenil me tocó ser la villana, y cuando me veía en la tele decía: no puedo creer que soy yo. Aparecía una mujer irónica, cruel, que en mi personalidad no está. Los personajes habilitan primero el juego y después la osadía de buscar esas facetas.

Para sostener eso, algo que aprendí de grandes como Norma Aleandro o Enrique Pinti es la disciplina. El día de función le dedico un rato a la relajación, a la respiración y a meditar, porque arriba del escenario no podés estar con el miedo a olvidarte la letra. Me pongo en órbita para salir a la carga.

¿Sentís que una obra o un artista también pueden pensarse como parte de una exportación cultural?

Sí. Cuando estudiaba teatro musical en Boston fui a hablar con el decano porque sentía que estaba preparando un montón de cosas que no iba a poder aplicar: no podía trabajar ni allá ni acá. Él me dijo algo que con el tiempo me fue cayendo: que tenía que considerarme internacional.

Transporte de escenografía
"Llevar una obra o un concierto afuera también es exportación", sostiene Lucila (Foto: Shutterstock)

Durante años pensé que lo único que teníamos de exportación eran los bailarines clásicos o los cantantes líricos. Sin embargo, tuvimos a Elena Roger haciendo Evita en Londres y a Gerónimo Rauch en grandes musicales en España e Inglaterra.

Yo llevé a Madrid un monólogo de un autor argentino y una obra que escribimos acá con un equipo argentino, y las dos fueron recibidas con los brazos abiertos. Siento que exportar cultura es tan importante como exportar vinos y dulce de leche, porque también es nuestra identidad. Así que sí, llevar una obra o un concierto afuera también es exportación.

¿Qué barreras siguen existiendo para que un artista pueda trabajar en otro país?

Cuando estudiaba en Londres audicioné para una obra que ya había hecho en Buenos Aires. Me eligieron, tenía el contrato firmado, y me rechazaron el permiso de trabajo porque no tenía pasaporte británico ni europeo: me dijeron que había gente local que lo podía hacer.

De a poquito esas fronteras se están cayendo, sobre todo con las plataformas y a partir de la pandemia. Hoy las series que se hacen acá se ven en Estados Unidos, en Europa y en China, así como nosotros vemos series coreanas o danesas. También tenemos cultura for export, y el arte tiene que poder trascender sin importar de qué nacionalidad seas.

Desde la docencia, ¿qué detectás en alguien que tiene talento pero todavía no sabe cómo aprovecharlo?

Veo alumnos que durante años preparan el repertorio y siempre tienen un pero. Mi hijo, en cambio, a los 16 sabía que quería cantar como un crooner: buscó un pianista, preparó el repertorio, consiguió un espacio en San Telmo e hizo cinco funciones. Si es una pasión y estás convencido, tenés que salir y hacer. Podés equivocarte, no se termina el mundo.

Después viene la disciplina, elegir el repertorio que te gusta y salir a venderte, que también es parte de esto. No alcanza con hacerlo bien: hay que atreverse y, hoy, con las redes sociales, ser creativo e ingenioso para captar al público que después te venga a ver.

Y eso vale para cualquier profesional. Me tocan alumnos que no se dedican a esto, incluso de 60 o 70 años. El canto y la actuación ayudan a tener disponible el camino para conectarse con el otro, sin el temor ni el que juzga. Así que bienvenidos los empresarios: vengan las clases de canto y de teatro.

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