
Durante las clases de economía, propiamente macroeconomía, se utiliza un concepto que es la propensión marginal de algún concepto en relación a otro. Por ejemplo, la propensión marginal al consumo, en el cual se mide cuánto crece el consumo si crece la economía de un país.
Pongámoslo con un ejemplo más cotidiano. Si el sueldo de una persona son 100 mil pesos (lo sé, un sueldo bajo, pero para que quede claro utilizaremos números lo más redondo posibles), esa persona solamente observa el sueldo en cuántos bienes podrá comprar con ese dinero.
Supongamos, entonces, que a esa persona le gusta ir a tomar un café con leche con dos medialunas por 1.000 pesos en el café cerca de su trabajo antes de comenzar su jornada laboral. Manteniendo todo constante (vivamos en una ficción llamada país normal donde los precios no aumentan día a día o semana a semana), si esa persona obtiene un aumento de su sueldo, su propensión marginal al desayuno hará que esa persona se pida una medialuna adicional por las mañanas.
Es decir, la propensión marginal es el aumento en cierto porcentaje al aumentar otra variable de la economía. En nuestro caso, supongamos que el aumento del sueldo es del 10%, por lo que nuestro conocido del ejemplo cobrará 110.000 pesos al comienzo de cada mes y, por ende, decidirá desayunar un café con leche con tres medialunas en lugar de dos.
Esto, a su vez, va a generar una propensión marginal en su dieta, ya que comenzará a comer más calorías y empezará a engordar… Y así seguiremos con una rueda en varios factores por un desencadenante como es el aumento de su sueldo.
Dos enfoques incompatibles
¿Qué tiene que ver con las importaciones este tema teórico? Seguramente, en muchos lugares de noticias habrán leído que las importaciones son algo malo para el país, ya que se favorece los productos extranjeros en detrimento de los nacionales, generando otra cadena de sucesos fortuitos.
Sin embargo, por el modelo económico que hemos tenido en las últimas décadas (más de medio siglo), como es el modelo de sustitución de importaciones, se busca que se produzcan manufacturas con los materiales o insumos nacionales.
No nos vamos a poner filosóficos sobre si es de menor o mayor calidad, si los empresarios suben de más los precios al no competir, de si abrir o no el comercio exterior debería desfavorecer a este modelo. Tratemos de observar la incompatibilidad del modelo con el sistema de comercio exterior de Argentina.
Argentina tiene una propensión marginal a importar considerable, ya que si aumenta el consumo de la gente, va a demandar tanto productos locales como productos extranjeros (ya que buscará productos de mejor calidad).
Sin embargo, el problema lo tenemos con las industrias, ya que se pueden jactar de ser grandes generadoras de empleos y producir bienes nacionales que compitan (más o menos) con los extranjeros.
Pero las máquinas, los insumos y los repuestos no los fabricamos, por lo tanto, a mayor inversión de las industrias, también aumentaremos las importaciones, volviendo a la propensión marginal a importar.
Entonces, estas dos variables (consumo e inversión) que son el motor privado de la economía de cualquier país, generan también el aumento de las importaciones, lo que Argentina no podía permitirse hasta hace poco tiempo (y todavía tenemos al paciente en terapia intensiva hasta que las medidas den resultado).
Es decir, a mayor crecimiento de Argentina, más importaciones que generan que los dólares que se consiguen genuinamente (únicamente a través de las exportaciones) se terminan yendo nuevamente al exterior.

Una ecuación posible
Pero no nos engañemos, ese juego de suma cero, donde uno gana para que otro pierda, en el comercio exterior ya quedó obsoleto. Los países necesitan comerciar, por eso hay tantos organismos para paliar el problema de balanza comercial deficitaria (importar más que exportar). Lo que le interesa a la mayoría de los países del mundo es que todos tengamos las cuentas saneadas y, de ser así, poder prestar un poco de dinero para solucionar el problema temporal.
Argentina tiene una alta propensión marginal a importar, pero tiene las posibilidades para gestionar nuevos socios comerciales a los cuales exportar. De esta forma, los dólares que entren por las exportaciones serán bien invertidos en el mercado local, abonando importaciones de los productos que quiere la gente o de los insumos necesarios para la fabricación de las empresas.
Entonces, ¿nos conviene seguir creciendo sabiendo que eso implicará mayor cantidad de importaciones? La respuesta más obvia es que sí, cuanto más crezcamos, mayor serán las oportunidades de negocios y la gente vivirá mejor, pero debemos lograr un equilibrio entre las exportaciones y las importaciones.
El malo de la película no es quien importa y deja sin trabajo al productor local, ni el exportador que vende al exterior sus productos de calidad en lugar de ponerlos a disposición en el mercado interno, sino que el problema es llegar a tener un desbalance entre exportaciones e importaciones por un tiempo prolongado.
El aumento de calidad de vida de las personas se da con competencia a través de las empresas locales con productos importados y, también, de la integración de las importaciones para que las empresas puedan fabricar mejores productos y terminar exportando mayores cantidades.
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