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Es una experiencia habitual en la intimidad del consultorio encontrarnos con personas que viven su cuerpo o partes del mismo con desagrado, rechazo o vergüenza. Frecuentemente escuchamos frases como “no quiero mirarme al espejo”, “nada me queda bien”, “detesto mis piernas o mi panza o mis brazos”... Y no hace falta ser terapeuta para cruzarnos con esta situación, de hecho es un sonido habitual en los probadores de cualquier tienda. Tampoco es exclusivo de algún trastorno psíquico específico.

Hasta no hace tanto tiempo atrás era dominante en las mujeres pero en los últimos años, tristemente, hemos sumado a los hombres a esta experiencia. En mi modesto conocimiento de los procesos económicos locales y regionales, puedo pensar que la creación del talle único, obedece a la necesidad de reducir costos y con una menor inversión tratar de abarcar a más compradores. Más allá de las complejidades del talle único, están las invisibles variaciones entre los talles que no respetan las medidas de largos o anchos pensadas para categorizar a cada uno de ellos.

Sin embargo, las consecuencias sobre la confirmación de la auto imagen especialmente en las personas más vulnerables, adolescentes y púberes, es devastadora. La imagen personal abarca varios aspectos, la vivencia del propio cuerpo, la valoración del si mismo, y aspectos relacionados con la interacción con otros. Como dice Telma Barreiro en su libro “Experiencias en Grupo”, las personas tenemos dos necesidades básicas, la necesidad de confirmación y la necesidad de pertenencia. Ambas necesidades se van jugando en la construcción de la imagen de nosotros mismos, que inicialmente se da a partir de nuestras figuras significativas, las personas que nos crían y se encargan de presentarnos el mundo. Pero a medida que vamos creciendo va cobrando cada vez más importancia el mundo social más allá del ámbito familiar.

Ser confirmados es a su vez confirmarnos a nosotros mismos, pertenecer es la sensación de encajar en … y formar parte de…un grupo, una comunidad, una sociedad.

En la medida en que la experiencia a la hora de comprar ropa se transforma en una permanente desilusión porque el “no encajo o no entro” en esa prenda específica que me estoy probando se repite, se desarrolla la auto percepción de que hay algo mal en mi, algo diferente de lo que los otros tienen, un cuerpo “mal hecho” que no entra en los parámetros sociales de lo lindo, lo esperable y lo valorado. Y no lo valorado desde afuera pasa a ser lo no valorado desde adentro. La imagen de mi mismo se tiñe de desilusión porque no cubre las expectativas sociales y por ende las propias.

No podemos pretender ser ajenos a lo social porque nos desarrollamos como personas gracias a lo social. Pero tenemos la obligación de ser reflexivos sobre lo fenómenos sociales y tratar de observarlos al menos por un momento para evaluar la forma en la que nos influyen y buscar las maneras de corregir o disminuir su influencia si esto fuera necesario.

Desde el nuestro lugar de adultos cuidar y proteger a quienes son más proclives a sus impactos. Y desde el lugar de terapeutas no perder de vista que somos agentes de salud y la intervención en prevención primaria , antes de que se produzcan los trastornos sigue siendo la más efectiva.

Por Rosana Speranza, M.N 25907

contacto Licrsperanza@gmail.com