Trompetillas agudas resonaban por todo Paseo de la Reforma, un desfile de sombrillas decoró la avenida y lo que por un momento fue una alfombra verde de camisetas del Tri, se convirtió en una marea de lodasal combinado con espuma, cerveza y lluvia, fenómeno que coronó el paso perfecto de la Selección Mexicana.
Decir que las personas estaban mojadas queda corto a la realidad; todos abrazaron la tormenta, algunos se resistieron a vencerse por Tláloc —dios de la lluvia— pues se aferraron a ese plástico improvisado convertido en su único protector, bolsas negras andantes empezaron a desfilar en busca de refugio, los más preparados sacaron de sus mochilas la adquisición de 20 pesos que hicieron en el Metro: el impermeable práctico para la ocasión, pero si a la mera hora querías comprarte uno, ya tenías que desenvolsar 50 pesotes. Y aunque esa prenda fue nula ante la torrencial lluvia, fue lo suficiente para darle ánimo a la gente que permaneció de pie a lo largo de los 90 minutos frente a una pantalla.
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Fue la mediotiempo que las primeras gotas empezaron a dar pistas del festín que habría, pocos observaron que las nubes negras advirtieron lo que se avecinaba... En el reinicio del segundo tiempo del México vs Chequia, las sombrillas fueron el enemigo número uno de quienes estaban ahí, “¡Qué la baje, qué la baje!“, gritaban al pormayor a quienes se aferraban a la idea de no mojarse, algunos cedieron al espectáculo, otros más prefirieron ser bañados de espuma y recibir mentadas antes que desprenderse del paraguas dejarse empapar por la lluvia.
Desde Paseo de la Reforma los aficionados continúan viendo el partido. (Luz Coello/Infobae)
El agua ya era parte de la indumentaria de quienes estuvieron ahí, de los más de 800 mil personas que se congregaron en los diferentes puntos de la Ciudad de México, uno de ellos fue el Ángel de la Independencia. Ya no existía gran diferencia entre las cabezas destapadas de los aficionados que chorreaba de agua con las personas que se cubrían con los paraguas, el agua escurría por todos lados. Mientras el partido seguía, la preocupación se acumuló por la cantidad de gotas que caían del cielo y más porque el marcador seguía en ceros.
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Toda esa agua tenía que irse a algún lugar, y terminó absorbida por los tenis, zapatos, y botas de quienes estaban ahí de pie; cada quien se llevó su respectiva porción de agua pluvial, no había manera de evitarlo. Y si algo caracteriza a esta ciudad, es que con la mínima lluvia las calles se inundan y nos recuerdan que en algún momento todo esto fue un lago, y así estaba, el Ángel convertido en un lago chocolatoso, el agua café reflejaba los pixeles de la pantalla que transmitía las imágenes de lo que pasaba en el Estadio Ciudad de México.
Los minutos transcurrieron y la lluvia también, centímetro a centímetro subió el nivel del agua en la avenida, ya no había salvación, el barco se induría, pero lo más dramático es que aún no caía la anotación. El resonar de las gotas que golpeaban violentamente las sombrillas apagó la voz de la narración de Andrés Vaca, solo los que estaban de frente entendían lo que estaba pasando, los demás ya ni imaginar era posible, por ello algunos decididieron emprender el regreso a casa cuando de repente... ¡Gooooool!
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Un microsismo con epicentro en la pasión futbolera cimbró desde el Ángel de la Independencia hasta la fuente de la Diana Cazadora. ¿De quién fue?... ¡qué importaba! ¡había que alocarse y desquitar la mojada!... Y, solo entonces, la tormenta desapareció, porque la fanaticada la convirtió en parte de los festejos. Adiós sombrilla y ¡al agua pato!, no, no era Merlín, eran los aficionados más jóvenes que saltaron sin dudarlo al charco de lodo más cercano que había.
Una espuma blanca pintó el agua acumulada, y en la inspiración de los ajolotes de Clara Brugada, los hombres se ajolotizaron y se lanzaron al lodazal a nadar como si fuera su hábitat natural, con las manos y rodillas en el piso, se empezaron a arrastrarse en el mini lago que nació de la lluvia. México estaba ganando uno cero, después se supo que fue Mateo Chávez el autor del gol, lo que en ese momento importaba era demostrar quién tenía más valor de nadar en las aguas negras de la capital.
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Vino el segundo gol y ya la sombrilla estorbaba para celebrar. La lluvía no desaparecía y entre tanta humedad, las personas necesitaban hidratarse, pues la gargante quedó rasposa con el primer grito de gol. Ya no había nada seco en la capital y mucho menos ley seca, comerciantes astutos apresuraron sus métodos de venta para sacar a flote su inversión; de a 50 pesos los latones ¿Vicky o carta blanca? lo que sea, con tal de tomar algo más que no fuera lluvia.
Pocos eran quienes estaban viendo en su totalidad el juego, si los de adelante gritaban ¡Memo, Memo, Memo! los de atrás replicaban los cánticos al legendario portero. Cayó el segundo y hasta tercer gol de México, pero con la primera anotación la euforia se desbordó, también empezaron a llover shots de tequila, bacardí o ya de lo que fuera que embriagara, ya era una absoluta fiesta mexicana.
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¿Ya acabó? ¡Sí ya acabó! ... ya nadie prestaba atención a las pantallas pues la nublosa vista que dejaba la lluvia cansó a las personas, prefirieron enfocarse en la celebración, y si uno gritó que terminó, el otro le seguía, y el otro, y el otro, y el otro, y así hasta que las miles de almas ahí reunidas terminaron de mojarse con espuma... ¡México, México, México! resonó por todo Paseo de la Reforma. El mariachi comenzó su show, el sonidero sonó los éxitos que pone a todos a bailar ¡un, dos, tres, cuatro! y con una pasión desbordada, empezaron a aventarse el agua entre todos, los vasos que antes tuvieron cerveza, se rellenaron con la lluvia estancada para ser lanzada a quien fuera, la idea de no querer ser mojado abandonó el sitio.
Y si se buscaba algo más poético en esta noche, los mariachis atinaron en su setlist al interpretar Así fue de Juan Gabriel “¿Y si, sí?" rondó la estatua del ángel.
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