
Hace 34 años, un terremoto sacudió a la Ciudad de México. Cuatro minutos de duración fueron suficientes para provocar la muerte de al menos 20 mil personas -aunque el gobierno sólo reconoció 3 mil muertes-, 800 edificios derrumbados, 2 mil 831 construcciones severamente afectadas y daños materiales por alrededor de 5 mil millones de dólares.
En cuanto el movimiento telúrico empezó a sentirse, la tierra se estremeció y el pánico se apoderó de la gente; las paredes crujían, las escaleras se desmoronaban y las lámparas habían dejado de moverse porque habían caído junto con el techo de las viviendas.

Las escenas eran insólitas: hombres, mujeres y niños bajaron de sus automóviles para implorar la piedad de los dioses; hincados y con las manos en señal de oración intentaban mantener la calma, mientras los edificios aledaños caían como fichas de dominó y el asfalto de las calles se abría en enormes boquetes.
Una densa capa de humo pintó el ambiente. El olor a sangre empezó a apoderarse de las calles, donde horas después irían apilando los cadáveres. Si los hospitales estaban rebasados, en las morgues ya no había espacio alguno. En el Parque del Seguro Social, se olvidaron de las bolas y los strikes, el diamante del estadio de béisbol estaba cubierto por las víctimas fatales de un terremoto que marcó la vida de los mexicanos.
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Los bebés que sobrevivieron al derrumbe de la zona de maternidad del Centro Médico fueron una luz de esperanza, el pueblo de México estaba desconsolado, abatido, pero rápidamente surgieron improvisadas brigadas de rescate. Sin máquinas de excavación, picos ni palas, las manos y brazos de miles de voluntarios se unieron con solidaridad y valor para rescatar a los heridos y muertos.
Cuando el Ejército mexicano instrumentó el Plan DNIII, la población ya estaba volcada en las calles, realizando labores de rescate, recopilando medicinas, ropa y víveres para los primeros damnificados e instalando albergues en calles, parques y aceras. Más de 4 mil personas fueron rescatadas de los escombros. Hubo personas que sobrevivieron hasta 10 días bajo la tierra, solos, asustados, heridos, sin agua ni comida.

El apoyo internacional surgió con destreza y rapidez. La ONU, Cuba, España, Estados Unidos, Argentina son algunas de las 31 naciones hermanas que con total generosidad enviaron a México 1081 toneladas de ayuda: dese equipo especializado para rescate y salvamento de personas atrapadas en los edificios destruidos, hasta suministros para quirófanos, terapia intensiva y laboratorios clínicos.
Luego vendrían las críticas a la sensibilidad gubernamental, a los reflejos oficiales. Propios y extraños criticaron la incapacidad del entonces Presidente Miguel de la Madrid Hurtado para reaccionar a la emergencia.
La labores de reconstrucción fueron lentas, interminables. Todavía durante el sexenio de Carlos Salinas había damnificados del terremoto sin hogar, viviendo a la intemperie.
La fuerza de la naturaleza azotó el territorio de la Ciudad de México pero fue la corrupción, la verdadera responsable de la catástrofe: reglamentos de construcción que las empresas ignoraron con la complicidad de la autoridad, utilización de materiales menos costosos para abaratar la obra. Las ganancias económicas de unos cuantos, se tradujeron en desolación y muerte para la mayoría.
El entorno urbano de la Ciudad de México cambió para siempre. Nuevos parques, plazas y unidades habitacionales ocuparon los espacios de las construcciones derrumbadas. También surgió un movimiento social que avanzó en la democratización de México entero: la participación política de la ciudadanía se multiplicó, nuevos grupos políticos y organizaciones no gubernamentales surgieron para relevar al gobierno, exigir cuentas y transparentar acciones.
No sólo se asomaron los primeros esfuerzos para construir una cultura de prevención y protección civil, sino que inició el desarrollo institucional para prevenir y mitigar los efectos de los desastres naturales.
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