¿El derecho a la vida implica el derecho a morir? La eutanasia como libertad individual

“Si pudieras elegir de qué manera morir... ¿qué harías?”, se pregunta el médico y obstetra argentino Mario Sebastiani en su nuevo libro. Después de 45 años de lucha por el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, el autor se plantea: ¿se puede decidir sobre la propia muerte?

En sus 45 años de carrera, el médico y obstetra argentino Mario Sebastiani ha luchado por el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Fue una de las voces que defendió el aborto hasta su legalización en Argentina, y ahora aboga por el derecho a la eutanasia.
En sus 45 años de carrera, el médico y obstetra argentino Mario Sebastiani ha luchado por el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Fue una de las voces que defendió el aborto hasta su legalización en Argentina, y ahora aboga por el derecho a la eutanasia.

Mario Sebastiani, doctor en Medicina argentino, lleva 45 años de una carrera signada por la defensa de las libertades individuales y el ejercicio de la autonomía sobre el propio cuerpo. El obstetra, que atendió más de 12 mil partos, luchó durante años para que la interrupción del embarazo fuera legal y segura. Ahora que el aborto es legal en Argentina, su energía está puesta en otro tema controversial cuya reglamentación está próxima a debatirse: la eutanasia.

Si pudieras elegir de qué manera morir... ¿qué harías? es el título del libro publicado por la editorial Ateneo y el punto de partida con el que Sebastiani plantea la idea de la eutanasia -es decir, el derecho a decidir sobre la propia muerte- como un derecho individual.

“La medicina se apropia del proceso de muerte a través de largas internaciones, cuidados paliativos o unidades de cuidados intensivos, por lo que el paciente o la persona pierde toda posibilidad de escribir su propio final en un entorno cercano a sus afectos y a su morada habitual”, escribe Sebastiani.

El autor plantea que, aunque siempre ha habido un espacio para acompañar la muerte (rituales, misas, funerales, cantos, rezos), hace algunas décadas “el final de la vida dejó de ser natural para convertirse en intervenido”. La muerte siempre estuvo ahí, pero nuestra manera de lidiar con ella fue mutando.

El valor vida supera largamente el valor muerte”, explica Sebastiani sobre la tendencia médica de querer alargar la vida cuanto sea posible, cueste lo que cueste. Pero, ¿y si se invirtiera la ecuación y la muerte tuviera una puesta en valor?

Si pudieras elegir de qué manera morir... (fragmento)


Reflexiones sobre el dolor

En la historia de la humanidad, siempre ha habido un espacio para acompañar la muerte. Rituales, misas, funerales, cantos, rezos, todas las culturas en Oriente y Occidente destinan un tiempo para despedir a la persona en el pasaje de la vida a la muerte. Sin embargo, apenas hace unas décadas, el final de la vida dejó de ser natural para convertirse en intervenido.

Queda claro que la misma palabra natural no tiene ninguna connotación ni benigna ni maligna, sino que, en todo caso, habla de una muerte no intervenida por otro ser humano.

Debemos recordar que, si la muerte no se debe a un accidente o a un suicidio, el fin de la vida ocurre por eventos naturales, pero que, al fin y al cabo, son, inexorablemente, por enfermedades y por el desgaste esperable de un cuerpo, que podríamos llamar vejez, incluso sin enfermedad alguna. Por ello, muerte natural equivale a decir una muerte por enfermedad o por un desgaste biofísico y aun social.

Sin embargo, la medicina intenta prolongar la vida. Trata, en su afán ilusorio, de evitar la muerte, puesto que este afán siempre tendrá un límite o un fracaso. La medicina impone la actitud de no bajar los brazos, de creer en los esfuerzos y aun en los milagros. El valor vida supera largamente el valor muerte. De hecho, para muchos médicos, la muerte equivale a un fracaso profesional. Claro que depende del cuadro o de la escenografía del enfermo, pero esta premisa llega a extremos insondables.

Y, dentro del cuadro de enfermedades, hallamos las agudas (circulatorias, infecciones o accidentes) -que derivan en una muerte súbita o rápida- o las crónicas, en las que el final de vida suele ser lento, progresivo y, muchas veces, con una pérdida de la dignidad a causa del dolor y el sufrimiento. Se trata de patologías pulmonares obstructivas crónicas, alteraciones que llevan a la insuficiencia renal, la diabetes o el alzhéimer, por citar tan solo a algunas de ellas.

Tan cierta es la evolución de la enfermedad crónica que la muerte se convierte en un luto anticipado para familiares y amigos. En este contexto puntual, la medicina se apropia del proceso de muerte a través de largas internaciones, cuidados paliativos o unidades de cuidados intensivos, por lo que el paciente o la persona pierde toda posibilidad de escribir su propio final en un entorno cercano a sus afectos y a su morada habitual.

Estos escenarios nos llevan a pensar que muchos de nosotros no tememos a la muerte, sino que tememos al dolor y al sufrimiento. Aquí, literalmente, dejamos nuestras vidas en manos de médicos, familiares, jueces. Aquí, entonces, perdemos nuestra autonomía, nuestra libertad, e ingresamos en el terreno de los debates y las disputas teñidas siempre por la cultura personal de cada uno de nosotros.

Entonces, entramos en las discusiones. Para algunos, el derecho a la vida implica el derecho a morir. Para otros, en cambio, disponer de la vida no es un sinónimo de disponer de la muerte. Es así como las libertades personales están a merced de cada opinante. Quizás haya acuerdo en que proteger la vida no significa llevar el proceso de morir a horizontes inmanejables por el solo hecho de vivir una vida biológica y no moral, si acaso se puede desligar una de otra.

De una manera simplista, por ahora, entendamos que una vida biológica significa una vida mediada por el funcionamiento bueno o inadecuado de nuestros órganos vitales; una vida moral es la que nos permite sentir y comunicarnos con el medio externo. No hay una respuesta única a estas definiciones o a estos estados de salud o enfermedad y, en todo caso, si hay una única pregunta que debemos hacernos, es esta: ¿qué esperan los pacientes de los médicos? Tener una única respuesta implicaría caer en un reduccionismo inadmisible.

Más adelante, hablaremos de las directivas anticipadas que pueden, de alguna manera, ayudar a un mejor desempeño de la medicina y la familia en los últimos momentos de la vida. Por ahora, solo diremos que es importante que, cuando no podamos expresarnos por algún déficit propio de una enfermedad, nuestros deseos hayan quedado plasmados en un documento -preferentemente, escrito o cargado en la historia clínica- o en el diálogo con los familiares y nuestro médico de cabecera sobre qué queremos y qué no queremos para nuestro final de vida.

Actualmente, Sebastiani se postuló para un puesto en el Senado italiano para América del Sur por el Partito Democrático.
Actualmente, Sebastiani se postuló para un puesto en el Senado italiano para América del Sur por el Partito Democrático.

La comunicación en el fin de la vida

Culturalmente, preferimos no hablar de la muerte. Nos disgusta; hacemos la mano cornuta y ponemos cara de espanto; nos parece que, si lo hacemos, la estamos llamando. Y estamos en todo nuestro derecho y libertad.

Diría que la cultura occidental agnóstica prefiere no hablar de muerte. Los que profesan una fe están más reconciliados con la idea de la finitud, y los orientales más todavía. De todos modos, es interesante ponerlo en perspectiva para advertir que hay muchas maneras de pensarlo sin caer en delirios místicos.

Sin embargo, por un lado, por más que nos queramos escapar, la muerte nos va a llegar o a sorprender. Pero, por otro, como dice el Dr. George Burnell en Elección final. Vivir o morir en la era de la tecnología médica, la muerte es un asunto de familia, por lo que sería razonable no solo que pudiéramos divagar sobre esta, sino prepararnos y preparar a nuestros seres queridos para ese momento si es que podemos elegir.

En algunas oportunidades, la muerte hace su aparición de manera repentina. Esto lo he visto en la práctica de mi especialidad, la obstetricia, en la que mueren alrededor de 1 de cada 10 000 mujeres, con cifras aún superiores en lugares muy afectados socioeconómicamente y con escasos recursos de sanidad. Hoy, nadie se enfrenta a un embarazo pensando que puede morir; sin embargo, puede ocurrir. Lo mismo vale para cualquier cirugía o cualquier anestesia. Como se podrán imaginar, el caos al que se enfrenta la familia es muy importante y las diferencias pueden ser distintas según el grupo familiar. Hay mujeres que dejan más de un hijo vivo, un hijo vivo, o bien no sobreviven ni la madre ni su hijo. Estos son muchos de los casos propios de la obstetricia.

Por una deformación profesional, circunscribí esta parte a una embarazada, pero una muerte puede ocurrir en distintas circunstancias fortuitas, tales como un viaje, una operación quirúrgica menor o luego del inicio de una enfermedad, al principio, benigna. La muerte súbita, además, puede darse en cualquiera de nosotros en cualquier momento. Otras veces, la muerte es un evento esperado por la ocurrencia de una enfermedad crónica o un diagnóstico relativamente certero de muerte en un lapso breve o por la edad (tercera o cuarta) que transita una persona.

En numerosas ocasiones, veo grupos familiares que solicitan al médico que no diga nada, que no devele el diagnóstico al enfermo que asiste como un acto de piedad. Me pregunto qué fantasías de supuesto control tienen esas personas que creen que el que está sufriendo la enfermedad no se da cuenta de que está muriendo. Incluso, muchas veces, es el mismo paciente el que les dice a sus familiares que va a morir, y ellos lo niegan.

En lo personal, me colocan en una posición sumamente incómoda, dado que no encuentro el fundamento moral o ético para no decir la verdad. La mentira piadosa se viste con un ropaje bondadoso, pero esconde una mentira, la no comunicación de una verdad, las ansias de control o el avasallamiento de la libertad de las personas y la libertad de saber su verdad. Solo acepto que no se diga la verdad cuando un paciente categóricamente expresa que no desea saberla. Debo admitir, sin embargo, que más de una vez he escuchado de boca de mis colegas que no expresaron un diagnóstico o un pronóstico porque interpretaron que el paciente no quería saberlo. Esta idea no me queda clara y siempre me pregunto si el médico no tiene el deber de informar.

Erróneamente, se cree que, cuando se comunica una terminalidad, se está dando una sentencia de muerte. Me parece un pensamiento inaceptable, habida cuenta de que el deber de un médico es comprometer a su paciente en el diagnóstico y en el pronóstico de una enfermedad. Para eso, vino a consultar un paciente y, para eso, pregunta: “¿Qué piensa, doctor?”.

Dicho de una manera más burda: un paciente viene a comprar una casa para descansar y se va con un auto deportivo que nunca utilizará. Y lo peor es que el médico se siente satisfecho con esta conducta piadosa sin entender que, lisa y llanamente, ha mentido o ha evitado una verdad.

Asimismo, dentro de este clima piadoso, se suele decir que no se comunique la verdad a los enfermos y que, una vez que mueran, los familiares ya saben qué medidas tomarán. Esta situación es tan común que muchas personas, si se dan ciertas circunstancias, no quieren seguir viviendo y comprometen a un familiar o a un amigo a que les brinden la ayuda para morir. Muchos lo hacen, pero no siempre es fácil llevar a cabo esta tarea.

No hablar de la muerte abona el terreno de conflictos para familiares y médicos en situaciones terminales de la vida. La clave radica en no centrarse en cuánto tiempo de vida tenemos, sino manifestar cómo queremos que transcurra ese tiempo. No se trata de una charla, sino de una conversación seria, que implica dejar directivas precisas. Asimismo, es razonable que hoy digamos una cosa, mañana otra y, pasado mañana, un mix de las dos o una tercera idea. Las frases “no decir la verdad” o “edulcorar la vida de un enfermo” no se justifican más, o bien pueden ser aceptadas solo con razones verdaderamente excepcionales.

De más está decir que convertir las situaciones excepcionales en habituales no resiste análisis moral alguno. Por eso, en vez de tomar actitudes ligadas a la superstición o interpretar los hechos como un milagro incomprensible, intentemos dar vuelta esta oscura página, comprendiendo que cada uno de nosotros merecemos disponer mejor de nuestros últimos días. De esta manera, podremos intentar determinar el lugar en el que queremos morir y la modalidad, si las leyes lo permiten. Anteriormente, las personas morían en su casa. Este era un evento tan común que todos sabían, de alguna manera, cómo comportarse y qué rituales poner en marcha. Me imagino, además, que los médicos sabían también cómo comportarse y, con la aparición de las primeras drogas, es probable que muchos hayan ayudado a morir a sus pacientes.

Es imposible generalizar, pero, probablemente, las muertes hayan sido pacíficas si el dolor lo permitía. La muerte era el último suspiro, no un asunto legal. Hoy la muerte, en cambio, se verifica muchas veces en una unidad de cuidados intensivos, con los pacientes conectados a distintas máquinas, con fluidos intravenosos y desconectados del mundo exterior y lejos de sus seres queridos. La muerte no se comparte con un ser querido, sino que es informada por los médicos tratantes.

Hoy la muerte no es el último suspiro, sino la desconexión de las máquinas que aportan el sostén vital. Este morir tecnológico no nos debe quitar la posibilidad de elegir qué queremos y qué no queremos para ese trance.

Quién es Mario Sebastiani

♦ Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1951.

♦ Es doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires, obstetra y profesor.

♦ Escribió libros como Embarazo ¿Dulce Espera?, ¿Por qué tenemos hijos?, Lo que nadie te contó del embarazo y del posparto, entre otros.

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