Cómo repartir el trabajo del hogar sin que quede del lado de las mujeres: así es el libro de “la Marie Kondo de las tareas domésticas”

La consultora Eve Rodsky pone sobre el tapete el “trabajo invisible” y plantea un un método innovador para equilibrar la balanza de las tareas.

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Eve Rodsky Vanity Fair Portada
Eve Rodsky y su libro "El método Fair Play para las tareas domésticas"

Existe un problema de larga data en pleno siglo XXI: las mujeres cargan con la mayor parte de las responsabilidades domésticas, independientemente de si trabajan fuera del hogar o no, llamado comúnmente trabajo invisible. Entonces, ¿cómo dar solución a un problema tan candente y más frecuente de lo que podemos imaginar? La administradora y consultora de empresas Eve Rodsky, cansada de vivir esto en carne propia, encontró un método innovador para equilibrar la balanza de las tareas mal repartidas.

Así surgió el libro El método Fair Play para las tareas domésticas, publicado por Paidós, en el que Rodsky plasma el resultado de la encuesta que realizó a más de 500 parejas en Estados Unidos para descubrir qué es realmente el trabajo invisible en una familia y cómo hacerlo de manera efectiva para fortalecer aún más las relaciones. Lavar la ropa, programar las visitas al médico, comprar los regalos de cumpleaños, llevar a revisar el coche o pasear el perro son algunas de las tareas de la desigualdad naturalizada, cuyo peso recae, en general en las mujeres del hogar.

PORTADA - EL MÉTODO FAIR PLAY PARA LAS TAREAS DOMESTICAS
"El método Fair play para las tareas domésticas", de Eve Rodsky

Con solo cuatro normas y una baraja de cien cartas/tareas, el método que plantea “la Marie Kondo de las tareas domésticas” es innovador y sencillo para la intervención en la rutina. El libro, con más de 300 páginas, identifica las tareas principales en cualquier hogar y luego las divide de manera justa (no necesariamente mitad y mitad). ¿Qué será prioritario en este “juego”? En definitiva se trata de pensar lo que es importante para la familia, definir roles y expectativas, decidir quién hace qué y, en definitiva, conseguir más tiempo de mejor calidad para todos. “Es un juego simple con reglas fáciles de seguir que fomentan la comunicación colaborativa. También te devuelve el tiempo que te mereces desesperadamente. Solo tenemos una vida”, supo decir Rodsky.

Rodsky, licenciada en Economía y Antropología por la Universidad de Michigan y doctorada en Derecho en Harvard, supo definir en su libro con qué se encontrará el lector: “Fair Play te ofrece una nueva manera de pensar en cómo puedes compartir el trabajo en tu familia, pues crea un cambio sostenible basado en soluciones con el que ya no tendrás que volver a pensar”. En su trabajo con cientos de familias durante una década se dio cuenta de que su experiencia en mediación familiar, estrategia y gestión organizacional podría aplicarse a un problema más cercano: un sistema para parejas que buscan equilibrio, eficiencia y paz en su hogar.

Sobre cuáles son los problemas más frecuentes a los que se refirieron en la encuesta que realizó dice que “los mayores problemas que las parejas reportaron en su matrimonio fueron, irónicamente, los detalles más pequeños, que están creando enormes brechas en nuestras relaciones”. Así, supo detallar que: “Un director ejecutivo me llamó llorando porque su esposo se olvidó de sacar la arena para gatos, un hombre me informó que no pudo entrar a su casa porque se olvidó de traer una barra de pegamento”. Y concluye: “Si miramos bien, veremos que todos estos ejemplos son el resultado del resentimiento: injusticia percibida en el hogar que conduce al resentimiento.”

Eve Rodsky
Eve Rodsky

“El método Fair Play para las tareas domésticas” (fragmento)

1. La maldición de la madre por defecto

Considera el siguiente escenario: el caso de los arándanos olvidados

Me sorprende que no hayas comprado arándanos. Me quedé mirando el mensaje de mi marido y me lo imaginé pronunciando esas palabras con lo que yo denomino su «voz porno»: jadeando, como cuando se siente frustrado o abrumado.

Me puse de inmediato a la defensiva y pensé: «Esto…, ¿por qué no puedes comprar tú los arándanos?».

Me había tomado la tarde «libre» para pasarla con mi hijo mayor, que necesitaba urgentemente tiempo para reconectar con su madre tras la reciente llegada de su nuevo hermanito. Después de repasar mi larga lista de instrucciones para la niñera (dos veces), salí a toda prisa por la puerta de casa para ir a buscar a Zach a la escuela; todo eso mientras trataba de sujetar los tentempiés que acababa de preparar, una bolsa que se había olvidado un amiguito que había venido a casa el día anterior, un paquete de FedEx que tenía que enviar, un par de zapatos de niño por estrenar que ya se habían quedado pequeños y tenía que devolver, y el contrato de un cliente que tenía que revisar antes de la mañana siguiente. Estaba a punto de perder la calma cuando recibí el «mensaje de los arándanos» de mi marido, y las lágrimas me saltaron tan rápido y con tanta fuerza que tuve que parar al costado de la calle.

madres con más trabajo doméstico en cuarentena - mujeres y coronavirus
(Shutterstock)

¿Cómo era posible que hubiera pasado de gestionar con éxito todo un departamento en mi empresa a fracasar en la gestión de la lista de la despensa para mi familia? ¿Y qué mujer que se precie se echa a llorar por haberse olvidado de comprar algo en el mercado? Y lo que era igual de preocupante: ¿una cajita de arándanos fuera de temporada sería el presagio del fin de mi matrimonio?

Me limpié el rímel que se me había corrido y pensé: «Así no es como imaginaba mi vida, como alguien que satisface las necesidades de batidos de frutas de mi familia». Un momento. Rebobinemos.

Cómo llegué hasta aquí

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía tres años y mi madre estaba embarazada de mi hermano. Mi madre optó por renunciar a la pensión alimenticia para evitar el rencor y nos crio a mi hermano y a mí en un hogar monoparental mientras trabajaba tiempo completo como profesora de trabajo social en Nueva York. No era un empleo muy bien remunerado, pero nos daba para vivir. O eso era lo que yo creía hasta que un día llegó la primera orden de desalojo por debajo de la puerta. Mi madre había dado clases todo el día, vino a buscarnos a mi hermano y a mí a la escuela, nos llevó al dentista en la parte alta de la ciudad, luego nos dejó en casa con una niñera en el centro y después… volvió al trabajo. Cuando vi el sobre en el suelo, lo abrí, leí la carta que contenía y me quedé despierta hasta tarde para esperar a mi madre. Cuando por fin entró por la puerta, le di la noticia de que ya no tendríamos un sitio donde vivir. Tenía ocho años. Mamá me aseguró que simplemente se había olvidado de pagar el alquiler y que a primera hora de la mañana siguiente enviaría un cheque.

Cumplió su promesa y no tuvimos que mudarnos, pero a partir de ese momento comprendí lo dura que era la vida para mi madre, porque soportaba el cien por ciento de la carga en casa. Durante todos mis años de formación y en demasiadas ocasiones para contarlas, recuerdo que miraba a mi madre al final de otro día largo y agotador, mi supermamá sobrecargada que intentaba hacerlo todo, y pensaba: «Yo nunca seré así. Cuando sea mayor, mi pareja será una pareja de verdad». Aunque no tuve un modelo en el que inspirarme, estaba decidida a construir y mantener una relación equilibrada algún día.

Trabajé duro y me gradué en Derecho, y entonces conocí al hombre que se convertiría en mi pareja. Mi mejor amiga nos tendió una trampa. Zoe dijo sobre Seth: «Es judío y está obsesionado con el hip hop». En ese mismo instante recordé cuando sorprendí a nuestros invitados con una coreografía de Children’s Story, de Slick Rick, durante mi bat mitzvá. Tenía que conocer a ese tipo.

Yo era abogada de primer año en un bufete de Nueva York, lo que significaba que hacía un montón de horas, de modo que para nuestra primera cita Seth y yo quedamos en un bar nocturno de Union Square. Pero a las nueve y media de la noche recibí la llamada de un cliente que me tuvo casi dos horas al teléfono. Cuando llegué al bar, prácticamente era medianoche y Seth… todavía estaba allí. Uno de los amigos de Seth se quedó con él hasta que yo llegué. Más tarde, Seth me dijo lo que le había dicho su amigo cuando entré por la puerta: «Ha valido la pena». Y Seth también. Me gustó en cuanto lo vi.

Nuestro incipiente romance solo tenía un inconveniente: Seth vivía en Los Ángeles y yo acababa de hacer el examen del Colegio de Abogados de Nueva York. Mantuvimos una relación a distancia durante un año y el día de nuestro primer aniversario le regalé Lo mejor de 2003, todos y cada uno de los correos electrónicos que nos habíamos enviado desde la noche en que nos conocimos.

Ahora pasamos a la escena del matrimonio con hijos; todo cambió. Madre por defecto.

Me convertí en el progenitor por defecto o, mejor dicho, la madre por defecto, y como tal, lo único que me comía eran los guisantes que trituraba para mi bebé. En honor a la verdad, Seth se apresuraba con entusiasmo a cambiar los pañales, dar el biberón y consolar a su primogénito en mitad de la noche. Pero aparte de establecer esta crítica conexión inicial con su hijo, Seth decía a menudo sobre nuestra nueva dinámica familiar: «No hay mucho que pueda hacer yo». Aunque mi marido no es ningún neandertal, se hacía eco de lo que un buen compañero de caverna le había prometido durante mi embarazo: «Relájate. Los padres realmente no hacen nada durante los primeros seis meses. Es más una cosa de madres».

Quién es Eve Rodsky

♦ Se licenció en Economía y Antropología de la Universidad de Michigan y obtuvo su doctorado en Derecho en Harvard y es fundadora de una consultoría especializada en asesoramiento filantrópico.

♦ Entrevistó a más de quinientas parejas para identificar cuáles son las tareas del hogar y para descubrir cómo llevarlas a cabo de la forma más eficiente y equitativa posible.

El método Fair Play para las tareas domésticas es su primer libro y el resultado de su particular investigación.

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