La jueza Karina Perilli: “No tengo miedo, para ser juez tenés que tener coraje”

En una nueva entrega de Sr. Juez, la integrante del Tribunal Oral en lo Penal Económico N.º 3 reconstruye su camino a lo largo de 35 años en el Poder Judicial, reflexiona sobre las mujeres en la Justicia y explica cómo se juzgan las causas económicas más complejas del país

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Causas de contrabando, lavado de activos, evasión tributaria y otros delitos económicos complejos pasan por el despacho de Karina Perilli, jueza del Tribunal Oral en lo Penal Económico N.º 3. Según dice, fue “nacida y criada en el fuero federal en lo penal económico”: lleva más de tres décadas de carrera en Comodoro Py y 16 años en el cargo.

Siempre supo que quería ser abogada pero no se imaginaba, de chica, que llegaría a jueza. En un Poder Judicial en el que pocas mujeres acceden a los altos cargos, Karina piensa que, ante todo, lo que se debe tener es formación y coraje. “Miedo no”, dice.

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En esta entrevista, la tercera entrega de Sr. Juez, un ciclo semanal dedicado a explorar las experiencias, pasiones y dilemas que moldean el pensamiento de los jueces más importantes del país, Karina Perilli habla sobre por qué las investigaciones por lavado de activos, contrabando o corrupción suelen extenderse durante años, los cambios que necesita la Justicia para responder con mayor velocidad, las amenazas y presiones de las grandes causas y la escasa presencia de mujeres en los máximos cargos judiciales.

—Apellido italiano, ¿no?

—Apellido italiano.

—¿De qué región?

—Del sur de Italia, de Potenza, exactamente. Yo soy hija de inmigrantes italianos. La típica historia de los abuelos que vinieron a hacerse la América. Vino mi abuelo con sus hermanos, algunos se quedaron en Italia, otros se fueron a Australia, los que vinieron acá fundaron una empresa. Al año llegó mi abuela con mi padre de cinco años. El resto de la familia son todos argentinos.

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—¿Una empresa de qué?

—Empresa de embalajes. Empresa familiar donde mi padre, después de terminar el primario, tuvo que ir a trabajar también. Recuerdo que era un hombre muy inteligente y mi abuela decía que la maestra le decía: “Qué pena que José no siga el secundario”. Pero bueno, había que trabajar. Me crié con eso, ¿no? Con la cultura del trabajo, del esfuerzo.

—Usted, en cambio, no sigue con ese legado.

—No, no. Yo ingresé al secundario en perito mercantil. Papá quería que siguiera Ciencias Económicas. Yo tenía mucha ligazón con papá. Se leía en casa los fines de semana los suplementos económicos de los diarios que llegaban a casa y yo me los devoraba con él. Charlábamos sobre esos temas.

Fue siempre un hombre muy inteligente, emprendedor, que lo perdimos cuando yo tenía 22 años por una enfermedad que hoy en día la ciencia avanzó tanto que es curable, pero bueno, en esa época no. Él quería que siguiese Ciencias Económicas, pero yo desde chiquita siempre dije que quería ser abogada. No me digas por qué, pero quería ser abogada.

—¿Se acuerda cuándo tuvo esa primera intuición de que quería ser abogada?

—Siendo muy chiquita, te diría en el primario, siete u ocho años. ¿Qué querés, qué querés ser cuando seas grande? La típica pregunta que se le hace a los chicos. Y yo decía abogada.

—Ese momento en el que le dice a su padre: “No voy a seguir con la empresa familiar, voy a ser abogada”. ¿Qué pasó?

—Papá feliz. Feliz que estudiaba y que fuese universitaria. Soy la primera universitaria de la familia. Me viene ahora a la mente cuando en esas épocas los estudios o los abogados ponían la placa de bronce en la puerta del estudio, de los edificios también. Y él me decía, cuando yo llegaba de la facultad, decía la nota que me sacaba. Me iba bien, siempre me fue, me fue bien en los estudios, tenía mucha facilidad. Entonces, me decía: “Bueno, ¿cuándo ponemos la, la placa en la puerta?“.

—Orgulloso.

—Orgulloso, exactamente. Y bueno, esas cosas de la vida. No me vio recibida, falleció, como yo te decía, cuando yo tenía veintidós años. Cuando me nombran secretaria de juzgado, en el juzgado se pone la placa de bronce en la puerta de los funcionarios, magistrados, y... se me pone la piel de gallina cuando cuento. Y cuando entraba al juzgado, yo veía la placa con mi nombre y yo pensaba: “Bueno, papá, acá está la placa en la puerta, ¿no?“. Y bueno, eso siempre me trajo esa reminiscencia a papá de llegué, triunfé, fui universitaria como vos querías. Él quería que estudiáramos.

—Le hubiese gustado que esté para ver todo ese recorrido.

—Sí, totalmente. Sí, sí, sí, absolutamente, absolutamente. Ni hablar que llegué a jueza, ¿no? Impensado, porque no es que yo decía: “Quiero ser jueza”. No, yo quiero ser abogada.

—¿Y cómo llega a jueza?

—Recuerdo estando en la facultad, yo entré a los 21 años a Tribunales y yo veía a mis compañeros que trabajaban en Tribunales y yo decía: “Qué lindo poder trabajar en Tribunales”. Tenía como una ilusión de querer ingresar a trabajar en Tribunales.

—¿Cómo se imaginaba que era trabajar en Tribunales?

—Me imaginaba estar en un equipo de trabajo con un juez líder, trabajando con él. Me imaginaba que el equipo ayudaba al juez en la toma de decisiones, a resolver un caso. También influían las películas, quizás, en cómo una imagina que puede llegar a ser.

Mi primera incursión fue cuando me enteré de que en el fuero laboral había un ingreso. Se tomaba un examen y me inscribí. Yo ya era perito mercantil, tenía mucha ductilidad para la dactilografía, escribía muy bien a máquina y, además, me encantaba la taquigrafía o estenografía. Había un cupo determinado de personas que ingresaban. Bueno, no ingresé.

Después la vida me dio otra oportunidad. A través de un contacto pude entrar al fuero federal en lo penal económico, que es donde me formé. Como decimos nosotros, nacida y criada en el fuero federal en lo penal económico.

Tuve la suerte de ingresar con el doctor Luis Gustavo Lozada, que después fue colega mío en el tribunal. A él no le gustaban los meritorios. En esa época, hace 35 años, si uno tenía la posibilidad de ingresar para conocer cómo se trabajaba adentro, lo hacía sin cobrar. Después, entre todos los empleados, se hacía una vaquita, aunque fuera para cubrirle los viáticos. Pero a él no le gustaban los meritorios, así que ingresé directamente en un interinato, una suplencia que duró unos tres años. Recién entonces efectivicé el cargo.

Ahí empezó mi derrotero por los tribunales, siempre en el mismo fuero, pasando por distintos juzgados y ascendiendo en los cargos administrativos del escalafón hasta que me nombraron secretaria. Ahí empieza, en algún punto, una etapa de mayor responsabilidad como funcionaria.

Yo siempre sentí que tenía un plus por mi padre, que era empresario, y porque me casé con un gran compañero que también es abogado. Él siempre ejerció la actividad privada, con lo cual siempre viví lo que significa “patear tribunales”: lo que busca el ciudadano de a pie, lo que pretende y las vicisitudes que tiene el abogado. Siempre fui muy respetuosa del ejercicio profesional.

—¿Cómo es el vínculo de los jueces con los abogados?

—No hay que tener miedo de hablar con los abogados. A veces muchos se quejan: “Nunca puedo ver a un juez”. Bueno, hay reglamentaciones que establecen que, cuando uno recibe a alguien, tienen que estar todas las partes presentes, si hay algún tipo de inquietud o alguna audiencia.

Yo estuve doce años como secretaria, después fui juez penal tributario durante más de tres años como subrogante y, después, concursé. Hace 16 años que soy juez de cámara en lo penal económico, en el Tribunal Oral en lo Penal Económico N.º 3.

Siempre fui de las juezas que, si estaba en mesa de entradas y escuchaba alguna inquietud, atendía. Todo esto cambió mucho después de la pandemia. La pospandemia cambió también el ejercicio profesional. Hoy te diría que los tribunales se navegan más de lo que se caminan. Eso de “voy a patear tribunales”, como decían antes los abogados, ya no es tan así. Los tribunales se navegan. Tenemos el sistema LEX, el expediente digital, con lo cual hay que navegar para ingresar al expediente.

Pero siempre fui una jueza que no tuvo ningún inconveniente en hablar con los abogados. Me he acercado a la mesa de entradas si había alguna inquietud. Siendo secretaria, ni hablar, porque ahí tenés un contacto mucho más directo con los letrados.

—El paso de secretaria a jueza, ¿cómo se dio ese salto?

—Antes de tener este cargo de juez de cámara fui juez penal tributario, en la primera instancia del fuero penal económico. En ese cargo fui subrogante, en función de las vacantes. Mirá que te estoy hablando de hace veinte años y ya había vacantes.

En esa época las ternas de las subrogancias las armaba la Cámara de Apelaciones del fuero. En este caso, la terna quedó integrada por tres secretarios del fuero y se enviaba al Consejo de la Magistratura. El Consejo analizaba los currículums de cada uno y fui seleccionada. Me nombraron juez penal tributario. La paradoja fue que estuve más tiempo como juez penal tributario que el propio titular, que al año ya se había ido a subrogar otro tribunal.

Mientras tanto, como estaba la vacante en estos tribunales, me presenté al concurso, terminé ternada y se dio también una de esas cosas de la vida: el juez que me había nombrado secretaria también concursó y los dos fuimos seleccionados para el mismo tribunal. Así terminamos siendo colegas, jueces de cámara.

El gran desafío fue el cambio de instancia. Nosotros tenemos un proceso penal que, en ese momento, era un sistema mixto: la parte escrita correspondía a la instrucción. Yo venía de formarme en ese ámbito y pasé, como juez de cámara, al tribunal oral, al tribunal de juicio.

La oralidad es más desafiante. Tenés que poner mucho el cuerpo, estar en los juicios orales y decidir frente a las partes en el momento del debate. El juez dirige el proceso, dirige ese juicio. Fue un desafío muy interesante y ya hace dieciséis años que lo transito.

—Sobran vacantes, ¿faltan nombramientos en el poder judicial?

—Bueno, gracias a Dios se están nombrando, y con creces. Hay todo un ímpetu desde el Ministerio de Justicia y también una decisión gubernamental de cubrir esas vacantes. Antes de que, hace un par de meses, empezaran a cubrirse, habíamos llegado a un estado crítico del Poder Judicial. Como nunca, tuvimos casi un 40 % de vacantes. El último porcentaje que recuerdo era del 38,7 %. De hecho, nosotros mismos, hasta hace apenas dos semanas, de nueve jueces titulares solo éramos cuatro. Teníamos seis vacantes. La Cámara de Apelaciones sigue teniendo dos titulares sobre seis. Y así te podría seguir nombrando la Cámara, los juzgados federales de instrucción y todas las especialidades: el fuero civil, el civil y comercial federal, el comercial. En todos los fueros hay una gran cantidad de vacantes.

—¿Eso de qué manera impacta en la calidad de la justicia?

—Impacta de una manera, te diría, no muy positiva, porque nosotros, al tener que subrogar otro tribunal, tenemos que dividirnos. Tenemos que dividirnos, coordinar agendas. Yo te digo: hasta hace dos semanas, hacía cuatro años y medio que estaba subrogando un tribunal totalmente vacante, que integrábamos subrogantes de distintos tribunales. Teníamos que compatibilizar agendas. Imaginate que coordinar tres agendas de tres tribunales es engorroso y eso, quizás, va en contra de la celeridad que uno pretende en los procesos, de la respuesta que la sociedad requiere para ese conflicto por el cual fue al sistema judicial. Eso ocurre en todas las especialidades, no necesariamente en la mía. Uno ingresa al sistema de Justicia por un conflicto y ese conflicto necesita una respuesta. La sociedad quiere esa respuesta y el litigante necesita una respuesta rápida. Bueno, esta celeridad, esta inmediatez que se necesita, va a ir mejorando con la cobertura de estas vacantes. Es muy importante.

Justicia Jueza Karina Perilli
Karina Perilli, jueza del Tribunal Oral en lo Penal Económico N.º 3

—En la actualidad, solo el 24 % de los camaristas en la justicia federal y nacional son mujeres. En la Corte Suprema, en toda su historia, tuvimos ciento cuatro hombres y solo tres mujeres. ¿Por qué hay tan pocas juezas?

—En los altos cargos jerárquicos de la Justicia Federal hay muy pocas mujeres. Por supuesto, hay concursos. Uno se presenta, llega a la terna y, después de un largo proceso, el Consejo de la Magistratura eleva esa terna al Ministerio de Justicia. Es un proceso complejo. El Consejo de la Magistratura está representado por consejeros de distintos estamentos: el consejero juez, representantes del Poder Ejecutivo, del Poder Legislativo, académicos y de la abogacía. Imaginate, hoy tenemos veinte consejeros. Todo ese proceso, con oposición, antecedentes y entrevistas, lleva un derrotero que tiene su duración.

Cuando la terna llega al Poder Ejecutivo, los tres están en igualdad de condiciones. ¿Por qué? Porque es el Presidente de la Nación en ejercicio, cualquiera sea la gestión, el que tiene la facultad de elegir a cualquiera de los tres de la terna. No tiene que dar ninguna explicación: lo elige, punto. Se supone que los que llegaron son gente idónea, gente preparada, que, como te decía, ha pasado por todo este proceso de selección.

Hay una realidad que, como vos decís, la estadística misma lo demuestra. En los altos cargos jerárquicos de la Justicia Federal hay pocas mujeres; se eligen pocas mujeres. Quizás también hay que mirar esto, que yo lo he estudiado: ¿cuántas mujeres se presentan a concurso? ¿Qué cantidad de mujeres? Un 20 %. Vos me decías que el 24 % de los altos cargos jerárquicos de la Justicia Federal está ocupado por mujeres, que son los cargos donde se toman decisiones, porque los jueces tomamos decisiones. También se presentan pocas mujeres. Quizás porque, al final del camino, se advierte que se eligen pocas mujeres.

No tengo una respuesta de por qué. Pero también hay que presentarse, no hay que tener miedo. Yo me he presentado a concursos y, cuando lo hice, quedé ternada. Independientemente de eso, no es que haya concursado en una multiplicidad de concursos. Siempre fui muy puntual cuando me presenté. Pero hay una realidad: fui ternada para la Cámara Federal de Casación Penal. Eran cuatro cargos y doce postulantes. Éramos dos mujeres las que quedamos ternadas. Pero hay que tener el coraje de presentarse.

—¿Qué hace una jueza de un tribunal en lo penal económico?

—La competencia nuestra es la investigación y el juzgamiento de delitos complejos. Los delitos complejos comprenden el contrabando de mercaderías de todo tipo, estupefacientes, lavado de activos, todos los tipos penales que involucran el lavado de activos, la intermediación financiera. También, en la instrucción, se ve todo el tema del régimen penal cambiario. Son todos delitos económicos: delitos tributarios, toda la evasión impositiva y previsional. Todo eso involucra delitos complejos, delitos económicos que requieren una investigación y un proceso que, muchas veces, puede ser largo.

La propia palabra lo indica: son delitos complejos y también es compleja la forma en que se ejecutan. Si bien somos penalistas, tenemos que tener una gran formación en otras especialidades vinculadas con la investigación de estos delitos. En una causa por lavado de activos, por ejemplo, nos encontramos con entramados de sociedades que se van formando justamente para ocultar esos bienes que se están lavando. Entonces tenemos que saber derecho comercial. En la investigación de delitos tributarios, tenemos que conocer derecho administrativo. Tenemos que analizar todo lo que hizo el organismo administrador, el organismo fiscalizador, para llegar a formular la denuncia: todas las órdenes de intervención, todas las impugnaciones que hizo el contribuyente ante ARCA.

Toda esa investigación, esos estudios y ese análisis requieren, además, una sólida base constitucional, que todo juez debe tener para garantizar el debido proceso y los derechos de las partes. Ese entramado de sociedades para llegar a cometer el delito de lavado de activos hace que, muchas veces, la prueba esté en otra jurisdicción o en otro país. Y también es importante explicar todo esto. Por eso agradezco esta oportunidad de poder contar cómo es nuestro trabajo.

—Uno cuando ve los casos más mediáticos de, por ejemplo, lavado de activos, delitos económicos... la gente siente que la justicia no está haciendo nada, que son causas largas, lentas. ¿Qué está haciendo la justicia en ese momento?

—Hay que entender esto: sin prueba no hay caso. Entonces, nosotros, jueces que juzgamos este tipo de delitos, tenemos que tener la prueba en el expediente. Lo que no está en el expediente no existe. Ese es un gran apotegma que decimos: lo que no está en el expediente no existe. Entonces tenemos que ir a buscar la prueba. Muchas veces la comisión de estos hechos se produce afuera, la prueba está afuera. Empiezan los canales diplomáticos, los intercambios interjurisdiccionales y los exhortos diplomáticos, que tienen todo un protocolo que seguir. Muchas veces en ese país no se habla la lengua española y hay que traducir el requerimiento del juez para que la Justicia del otro país conteste lo que nosotros requerimos. Todo eso lleva un tiempo. Sé que no son los tiempos que a veces la sociedad requiere para estos casos mediáticos, para estos casos de interés público. Y está muy bien que se sepa, que el periodismo y los sistemas de comunicación informen a la sociedad qué está pasando, máxime con los delitos de corrupción y de soborno transnacional. Tenemos mucho de eso.

Justicia Jueza Karina Perilli
Karina Perilli es la tercera invitada de Sr. Juez, el ciclo semanal de entrevistas conducido por Paula Guardia Bourdin

—¿Se podría hacer algo para agilizar el proceso de la justicia?

—Mirá, siempre va a haber cosas para hacer. Siempre hay cosas para reformar. Estamos en un buen camino desde el sistema penal. Como te habrán dicho otros colegas, la incorporación del sistema acusatorio, del sistema adversarial, va a dar mucha agilidad porque la oralidad comienza desde el inicio.

Nosotros, los jueces de los tribunales orales, corremos con una ventaja, porque ya estamos entrenados en la oralidad desde hace muchísimo tiempo; en mi caso, desde hace dieciséis años. Pero ahora todo el sistema va a ser oral desde el inicio. Se terminó lo escritural, se terminó el sistema mixto que tenemos desde hace muchísimo tiempo. Eso va a dar más agilidad.

El fiscal va a ser quien impulse la acción y va a tener, además, el principio de oportunidad. Esto es muy importante. Por eso toma tanta relevancia la figura del fiscal, que hoy también tiene muchas vacantes y se están tratando de cubrir, porque es fundamental. Acá, en la Ciudad de Buenos Aires y en algunas partes de la provincia de Buenos Aires donde todavía no llegó el sistema acusatorio, aunque en gran parte del país ya está implementado, necesitamos cubrir esas vacantes para ponerlo en funcionamiento. Independientemente de la infraestructura que se necesita, hacen falta fiscales titulares y jueces titulares para que esto funcione y dé sus frutos, que son la inmediatez y la celeridad en el proceso.

El fiscal va a tener el principio de oportunidad. ¿Qué significa? Que se va a hacer esta pregunta: ¿amerita que esta denuncia, este hecho que llega a mi conocimiento, se judicialice, que ingrese al sistema judicial o no? ¿O es insignificante? Esa es la gran pregunta que va a tener que hacerse frente al hecho que toma conocimiento.

Eso también implica un cambio de paradigma. Hoy, cuando un juez recibe una denuncia, le corre vista al fiscal para que impulse la acción. El fiscal lo que tiene que analizar es si existen elementos para presumir la comisión de un delito. ¿Sí o no? Si la respuesta es sí, puede haber indicios y, con eso, impulsa la acción. Ahora, con el sistema acusatorio adversarial, la pregunta es distinta: ¿amerita que este hecho que llega a mi conocimiento ingrese al sistema judicial? Esa es la diferencia. Por eso los fiscales tienen que estar muy capacitados para dar las respuestas que la sociedad también requiere.

—¿Hay algún caso en particular, tal vez algún caso mediático de alto perfil que haya tenido un costo personal o emocional?

—Nosotros, como jueces federales en lo penal económico, también subrogamos alternativamente la Justicia Federal Criminal y Correccional. A mí me tocó, allá por 2012, ir con mis queridos colegas cordobeses, muy formados, a hacer juicios orales en La Rioja. Fueron juicios muy caros para esa sociedad. Ahí fue donde personalmente me involucré con lo que significaron esos procesos, porque los juicios orales tienen la publicidad de los actos: está presente el público en general, están presentes las víctimas. Eso tuvo un gran impacto para mí.

Después, por supuesto, con mis colegas de la Justicia Federal acá en Buenos Aires, me tocó el caso AMIA, allá por 2015. Creo que el juicio duró casi cuatro años. Hicimos el juicio que había sido anulado en su momento por otro tribunal y ver y escuchar a las víctimas y a los familiares del caso AMIA fue tremendo. Fue muy movilizador. Uno es un ser humano, lo entiende. Creo que más de una vez se me llenaron los ojos de lágrimas mientras los escuchaba.

En los juicios orales uno pone el cuerpo. Te puedo asegurar que uno pone el cuerpo. Independientemente de que uno es profesional y se preparó para esto, no deja de compadecerse en casos tan tremendos, tan terribles. Los sentimientos también están.

—¿Y cómo maneja sus sentimientos?

—Y uno es profesional. Tiene un cargo de mucha responsabilidad y tiene que ser objetivo cuando juzga. Nosotros decidimos, dictamos sentencias. Alguna vez un colega de una cámara muy prestigiosa me dijo: “Yo no sé si pudiese ser juez de sentencia”, que es quien tiene la palabra final respecto de un caso. La responsabilidad es mayúscula. Tenemos en nuestras manos la libertad de las personas, el patrimonio; son bienes jurídicos muy preciados, de los primeros que protege el Código Penal. Uno toma todo con mucha responsabilidad. Tenemos que juzgar en base a las pruebas. Cuando dictamos una sentencia tenemos que tener certeza. Tenemos que estar convencidos de lo que estamos diciendo. Si no hay prueba, se absuelve. Si no hay certeza, si hay duda, se absuelve por la duda. Para eso hay que ser muy profesional. Entonces, los sentimientos quedan un poco de lado. Sin perjuicio, por supuesto, de que tenemos que aplicar la sana crítica razonada. La experiencia de uno también se involucra en esa decisión.

—¿Tuvo miedo alguna vez, sea de equivocarse o bien de las repercusiones de alguna sentencia?

—Mirá, miedo no. Soy una persona con coraje. Para ser juez tenés que tener coraje; si no, no seas juez. Porque las decisiones que tenemos que tomar muchas veces causan molestia.

Como dije al principio, cuando un ciudadano va a la Justicia, va con un conflicto. Lleva un conflicto para que otro lo decida. Hablo de la Justicia en general, no de mi especialidad, donde se investiga la presunta comisión de un delito, que es otra cosa. Pero uno lleva un conflicto que no puede dirimir. ¿Y qué mejor que acudir al Poder Judicial para que la Justicia intervenga? Porque, si no, sería la ley del talión o la ley del más fuerte. Nosotros vivimos en un Estado de derecho, en una democracia.

Entonces, si se trata de casos de interés público, las repercusiones van a existir. Uno es un juez profesional. En mi caso, por suerte, las instancias revisoras han confirmado nuestras decisiones en estos grandes temas. Nosotros tenemos, por ejemplo, la Casación Federal, que revisa nuestras sentencias. Por supuesto, hay casos que llegan a la Corte, pero el porcentaje de confirmación de nuestras decisiones en estos grandes temas ha sido absoluto.

—¿Alguna vez sufrió presiones, amenazas?

—A ver, las presiones en casos de trascendencia pública muchas veces están. Pero yo insisto en el juez profesional. Soy una jueza profesional y, aunque puedan existir presiones, uno tiene que hacer lo que corresponde.

¿Amenazas? Sí. Nosotros tenemos grandes causas de narcotráfico. Alguna vez un imputado me escribía todos los viernes y me mandaba una carta al tribunal hablando sobre mi persona y sobre mis hijos. Decía que sabía dónde estaban mis hijos, cuando ellos eran muy chiquitos.

Me dijeron de ponerme custodia en ese momento. La verdad es que yo no quería que mis hijos la tuvieran. Nosotros tenemos una vida muy normal, muy común. Yo quería seguir llevándolos al colegio, ir a buscarlos o movernos en colectivo. No quería que, siendo tan chicos, tuvieran una custodia para ir al colegio. Preferí que siguiéramos con una vida lo más normal posible. Atenta, por supuesto. Mi marido también ejerce la profesión y nuestras direcciones son públicas. Durante ese proceso estuvimos muy atentos a todo lo que pasaba alrededor nuestro.

Me acuerdo de que dejaba esas cartas incorporadas al expediente para que, cuando fueran a la instancia revisora, también leyeran lo que escribían sobre mi persona. Pero las pruebas estaban en el expediente, eran contundentes, y dictamos sentencia.

Mirá, lo que uno tiene que tener en claro cuando dicta sentencias de esta naturaleza es que debe tener libertad de conciencia para fallar conforme a derecho y dormir tranquilo. Yo me levanto muy tranquila todas las mañanas, duermo tranquila. Siempre hice y ejercí mi trabajo con mucha responsabilidad.

—Con estos casos de alto perfil, estos personajes que, en muchas ocasiones tienen muchos recursos económicos, ¿cree que la justicia en algún punto beneficia o es más sencilla para las personas con más recursos?

—No. No, porque el que tiene más recursos económicos y va a la justicia, por supuesto, va a tener abogados particulares, abogados muy avezados, con mucha experiencia, pero en lo que se refiere al fuero penal federal hay defensores públicos oficiales que son espectaculares. Tienen todas las herramientas o más, quizás más expertise en la especialidad. Yo he tenido causas muy grandes, complejas, con multiplicidad de imputados, donde estaban los grandes estudios, los grandes abogados muy reconocidos en la materia, en la especialidad a la par del defensor oficial. Los primeros que hacían los buenos planteos eran los defensores oficiales. Así que, ellos están a la par.

—Vuelvo al inicio de la historia. Su padre quería que estudie Ciencias Económicas y terminó siendo jueza en lo penal económico. ¿Siente que se cerró algún tipo de círculo ahí?

—Sí, totalmente. Mirá lo que quiso la vida, que ingresara al fuero penal económico, que hiciera toda mi carrera ahí, formándome, capacitándome, haciendo especializaciones, posgrados, doctorado. No se termina nunca la formación del juez. Ahora estoy haciendo una especialización en justicia constitucional orientada a la inteligencia artificial, que es lo que se viene. Tengo mis hijos: mi hijo estudió Informática y gracias que lo teníamos en la pandemia, porque bueno, hubo que hacer un cambio de chip total con el expediente digital, mi hija menor se recibió el año pasado de abogada. Lo que es la vida, sí, totalmente. Seguí en el fuero penal económico y papá quería que siguiera Ciencias Económicas y sí, se cerró un círculo. Es así.

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