El juez Mariano Borinsky, entre la Torá, las presiones y el peso de impartir justicia

En la primera entrega de Sr. Juez, un nuevo ciclo de entrevistas, el magistrado de la Cámara Federal de Casación Penal habla de las amenazas que recibió por algunos de sus fallos y de cómo el judaísmo moldeó su manera de entender la justicia

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Mariano Borinsky, juez de la Cámara Federal de Casación Penal y actual presidente de la Comisión de Reforma del Código Penal, estima haber firmado más de veintitrés mil sentencias en sus quince años en el tribunal. Por su despacho en Comodoro Py pasaron algunos de los expedientes más trascendentes de la historia argentina reciente: la Causa Vialidad, el Memorándum con Irán, el atentado a la AMIA y la tragedia de Cromañón, entre otros.

En Federer, en cuerpo y en lo otro (2006), el autor estadounidense David Foster Wallace habla del tenis como una forma de estar en el mundo. No le interesa únicamente cómo juegan Federer o Nadal, sino qué dice ese juego sobre cada uno. En el caso del segundo, el deporte, dice, es como la guerra: “la oposición entre avanzar y ser eliminado, la jerarquía del rango y del estatus, las estadísticas obsesivas y el análisis técnico”.

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Borinsky, el juez tenista que también es esposo, padre de tres hijos, hincha de River Plate y supo ser un pibe de pelo largo que iba a ver a Los Redondos con su hermano mayor, se considera un Nadal. Esta entrevista, que inaugura Sr. Juez, un ciclo semanal dedicado a explorar las experiencias, pasiones y dilemas que moldean el pensamiento de los jueces más importantes del país, comienza, entonces, hablando de tenis.

—Hace poco leí “El tenis como una experiencia religiosa”, de David Foster Wallace, que habla de este deporte como una metáfora de la condición humana y dice que cada tipo de jugador revela una forma de estar en el mundo. ¿Qué tipo de jugador es?

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—Yo soy un Nadal, un perseverante, un trabajador. El tenis es como la vida misma. En la cancha tenés que demostrar inteligencia, templanza para los momentos difíciles, honestidad, el que está del otro lado no ve la pelota que fue, si fue buena o fue mala. Creatividad, cuando necesitás hacer algún aporte. Lealtad con tu compañero, que tal vez está en la mala. Así que me parece muy buena la metáfora, porque el tenis es la vida misma y Nadal es ese símbolo del esfuerzo y la perseverancia.

—¿Cómo fue su primer encuentro con el deporte?

—Cuando tenía cinco empecé con hockey sobre patines con mi hermano en el Club Muni y eso me dio una disciplina: entrenaba, llegaba de noche en colectivo, me tomaba el 15 y el 29. Esa conducta, ese esfuerzo, esa dedicación, esa perseverancia me marcó mucho. Después los golpes que me traía, hice artes marciales en un momento y después tenis a los trece. Toda mi vida siempre vinculada con el deporte, que me da de todo, me da amigos, me da disciplina, me divierto, me da la competencia.

—¿Esos valores lo llevaron al lugar en el que se encuentra hoy?

—Puede ser. Sobre todo porque lo que no te mata te fortalece. Mi papá falleció cuando yo era chico, dieciocho años, y la vida laboral, judicial, académica, la hice solo. Y fue a partir justamente del esfuerzo, de la perseverancia, de no aflojar, de estudiar, a pesar de estar solo, a pesar de la necesidad de que si no me esfuerzo, no llego.

—¿Qué rol tuvo su padre en su vida?

—Me enseñó mucho sin decirme las cosas. Él trabajó en la justicia, llegó a ser secretario, fue abogado, profesor. Cuando terminé el secundario, el Carlos Pellegrini, casi todos seguían Economía y yo tenía la duda de Economía o Derecho. Y mi papá me dijo: bueno, si tenés dudas, seguí Derecho. Y así fue. Yo era profesor de tenis, daba clases de tenis. Había fallecido mi papá, ya estaba estudiando abogacía. Decidí entrar a trabajar a Tribunales. Tenía el pelo largo y la jueza de aquel entonces me dijo: “no, con pelo largo no”. Así que pasé por la peluquería, me corté el pelo, empecé de ordenanza. En un momento estuve en fiscalía, en un momento en un juzgado cosiendo expedientes, llevando expedientes de aquí para allá, atendiendo a los abogados. Y así empecé mi tarea en Tribunales, con mucho honor, con mucho gusto. Me apasionaba, siempre me apasionó la justicia y de ahí fui escalando por todos los cargos, por todo el espinel, hasta llegar a concursar al cargo de fiscal primero y después al cargo de juez.

Justicia Mariano Borinsky
Mariano Borinsky, juez de la Cámara Federal de Casación Penal

—¿Es difícil ser juez?

—La verdad que sí, es muy difícil porque uno trabaja primero con el conflicto ajeno, con un conflicto humano, con una persona que hizo algo mal y que pierde la libertad, pierde la capacidad de disposición sobre sus bienes, su familia, su entorno, genera toda una angustia y uno vive, trabaja y administra esas angustias y no se puede equivocar. Entonces, la tarea de juez es difícil porque estás permanentemente pensando. Y algunas de esas causas tienen impacto mediático, comunicacional, y uno no puede dejar conforme siempre a todos. Entonces, siempre hay alguien que con la sentencia no está de acuerdo, no está conforme, pero uno tiene que estar con la tranquilidad de espíritu de haber tomado esa decisión adecuada. Eso no le quita estrés ni le quita preocupación al juez que toma esa decisión.

—¿Un juez tiene que caer bien? ¿Tiene que ser simpático?

—No, no necesariamente. Uno no busca empatía, no busca popularidad. Uno lo que busca tal vez es prestigio. Puede ser en la función judicial, puede ser en la función académica y tal vez la decisión que toma es impopular, pero es de acuerdo a la Constitución, es de acuerdo a las leyes, es de acuerdo al principio de igualdad, que es de todos los ciudadanos por igual. Ese es el objetivo del juez.

—Sin embargo, esta falta de popularidad tiene sus costos. ¿Sufrió amenazas, presiones?

—Tuve amenazas, tuve que hacer denuncias por esas amenazas. Una de esas amenazas la descubrió mi hija en Tik Tok después de haber hecho una sentencia condenatoria que una persona me amenazó y lo descubrió mi hija, la más chica, que ahora tiene diecisiete años. Así que tuve que ir a tribunales en virtud de ese Tik Tok que lo había visto.

—¿Cómo es una amenaza en Tik Tok?

—“Vos condenaste a tal persona, te vamos a colgar de la Plaza Mayor”. Y eso lo encontró mi hija en un Tik Tok. Eso motivó una denuncia que terminó en un juzgado federal. Apareció la persona que había hecho ese comentario y me pidió disculpas. Terminó en un acuerdo conciliatorio. Es una preocupación para la familia. Hablo permanentemente con todos para que tomen conciencia y conocimiento de las cosas que hace papá y de las dificultades que puede generar. Pero la llevamos bastante bien. Para uno no es simple, para el entorno tampoco es simple.

—¿Y el costo emocional?

—El costo emocional lo tratamos de canalizar de distintas formas. Hago terapia para tratar de ver todas las inquietudes personales que a uno le genera esta situación. En una causa importante donde hubo muchos muertos, me acuerdo que estaba por leer el veredicto, levanto la vista y estaban los familiares con todos sus hijos o parientes que habían fallecido mostrándome la cara de esa persona fallecida. Así que es mucha energía angustiante que a uno le traslada y uno tiene la obligación de dictar esa sentencia conforme a la ley, a la Constitución y a todos los principios. En ese sentido, terapia, me gusta jugar al tenis, me gusta estar con mis amigos, me gusta salirme de lo que hago los días de la semana, los fines de semana para poder hacer otras cosas y tener una vida como cualquier persona.

—¿Puede tener una vida normal?

—Sí, de hecho la llevo, la trato de compatibilizar. Me encanta ir al estadio Monumental de Núñez, me encanta ir con mis hijos, me apasiona el fútbol, me gusta el deporte, me gusta jugar al tenis. Me apasiona también mi tarea de juez, me gusta escuchar música.

—¿Qué escucha?

—Me gusta la música nacional. De chico me llevaba mi hermano mayor a ver a los Redonditos. Me gusta Charly, me gusta Virus, me gusta Tan Biónica ahora, que la he acompañado a mi hija a ver. También música internacional, me gusta Coldplay, que también he ido con mi otra hija a ver.

—Hay un libro de Andre Agassi, “Open”, su autobiografía, que narra su relación de amor-odio con la disciplina. ¿Hay algo que le genere esa tensión?

—Es un trabajo estresante, tensionante, me apasiona. Tal vez te lleva mucho tiempo mental, porque uno se va a dormir, pero sigue pensando en los casos y en cuáles son las mejores decisiones. Y ese trabajo mental te detrae de tu familia, de tus hijos, de hacer lo que a uno le gusta. Es decir, me gustaría, y es parte de mi terapia, que el trabajo mental que me lleva la tarea de juez, que a veces la complemento con el código, con la tarea académica, me saque menos tiempo de lo que le saco a la familia.

—¿Cómo le explicó a sus hijos en qué consiste su trabajo como juez de Casación?

—La Cámara de Casación es la máxima instancia penal federal del país, es como la corte penal de todos los delitos federales, desde fraudes al Estado, lavado de dinero, delitos que tienen que ver con lesa humanidad. Entonces, son decisiones muy difíciles que vienen de todo el país, de todas las provincias. Y le expliqué a mis hijos: “Mirá, papá va a tener que tomar decisiones difíciles en casos trascendentes, pueden tener algún impacto mediático, comunicacional, así que tal vez lo vas a ver en algún ámbito. Y además, enhorabuena que así sea, para que los jueces puedan explicar y comunicar las decisiones que toman”. Desde ese lugar, mis hijos ya están bastante acostumbrados. Estoy cumpliendo quince años como juez de la Cámara Federal de Casación Penal, así que un poco ya saben lo que hace el papá.

—¿Tiene un estimado de cuántas sentencias firmó?

—Aproximadamente unas veintitrés mil quinientas sentencias he firmado en estos quince años como juez y antes fui fiscal siete años. Habré estado en unos cinco mil juicios aproximadamente.

Justicia Mariano Borinsky
Mariano Borinsky inaugura Sr. Juez, el ciclo semanal de entrevistas conducido por Paula Guardia Bourdin

—Me imagino que algunos fueron más difíciles que otros. Dijo que a veces se queda pensando a la noche…

—Hay casos que me llevan días, semanas y meses de seguir pensando el mismo caso, estar seguro de la decisión que uno toma. Uno trabaja en equipo, trabaja con colegas y lo más importante es no equivocarse, porque se va la libertad, los bienes, la propiedad de las personas, la familia. Entonces, sí, por supuesto que sí, que me lleva tiempo. Dicen que la tarea de juez es full life, que no para, no tiene stop, sobre todo desde el punto de vista mental. Así que, bueno, ahí es donde viene la terapia, otras actividades para tratar de cortar un poco.

—Habló de la amenaza que recibió por TikTok. Usted estuvo en dos proyectos de reforma del Código Penal, ¿qué debería cambiar en el Código Penal argentino para alojar estas nuevas formas de criminalidad?

—El Código Penal debe ser un espejo de los valores fundamentales de la sociedad, para que cuando uno lo more diga: ¿a la sociedad qué le preocupa? ¿Cuáles son sus intereses fundamentales? Hoy tenemos un código de 1921, por eso es fundamental la sistematización y tener un código que incluya esa criminalidad. ¿Qué implica esa criminalidad? El motovehículo, la estafa piramidal, el ciberdelito, la pornovenganza, la extorsión mediante medios digitales, el crimen organizado. En toda esa nueva criminalidad que no está incorporada al Código Penal estuvimos trabajando desde el proyecto que tiene estudio el señor Presidente de la Nación.

—¿Por qué el derecho penal?

—Porque el derecho penal es el que está directamente cercano a los conflictos sociales. Es decir, cuando nosotros hablamos de alguno de estos delitos, cuando hablamos de un delito contra la propiedad, cuando hablamos de una estafa, cuando hablamos incluso de un homicidio, cuando hablamos de un ataque sexual, estamos con el ciudadano de a pie, estamos con la persona de carne y hueso que te está pidiendo: dame una solución. La víctima, dame una solución. El contrato social se está incumpliendo. Necesito justicia y necesito tener un acceso directo al sistema de administración de justicia. El objetivo un poco es tratar de atender ese pedido del ciudadano.

—¿Cuál es el costo emocional de tomar la decisión sobre la libertad de una persona?

—Es un costo muy alto, porque esa libertad puede estar limitada por bastante tiempo. Es parte de mi trabajo, uno lo toma como su trabajo. Es como si tuvieras que entrevistar a una persona que tal vez no te cae bien desde lo personal, pero vos cumplís con tu trabajo de hacer esa entrevista y te tratás de independizar de lo que a vos más menos te cae bien esa persona. Acá de alguna forma pasa algo similar. Es mi trabajo y mi objetivo es asegurar esa lectura, ese trabajo meticuloso y esa aplicación de la ley conforme a lo que surge de las leyes. Por lo tanto, más allá de las situaciones, que uno no las puede dejar de apreciar, mi objetivo es hacer bien mi trabajo.

—¿Se puede separar la persona del juez a la hora de dictar una sentencia?

—Uno de los objetivos más importantes del juez, además de la templanza, la inteligencia, la capacidad, es la independencia de criterio aún de los propios prejuicios. Es decir, yo pienso algo, pero no lo tengo que aplicar al caso porque a mí me parece. Yo tengo que juzgar ese caso por lo que surge de ese caso, por las pruebas que surgen de ese caso. A veces yo puedo tener una idea, un prejuicio, pero la prueba, y en derecho lo que vale es lo probado, dice otra cosa. Entonces, esa opinión personal uno la hace a un costado y la separa de lo que es el caso en particular.

—¿Cuál es su mirada sobre el sistema carcelario argentino?

—Es una mirada crítica, es una mirada difícil. hay en el sistema, entre Servicio Penitenciario Federal, comisarías, algo así como ciento cincuenta mil personas privadas de su libertad. No son exactamente las condiciones adecuadas, que son las que establece la Constitución en todos los casos. Eso motiva muchos planteamientos, muchos habeas corpus y se trata de mejorar permanentemente sobre la marcha. Así que mi mirada es una mirada crítica y de una necesidad de superación constante y permanente para poder cumplir con el mandato de la Constitución, que dice que las cárceles deben ser sanas y limpias para cuidado y no para castigo. El castigo ya es la sentencia, no el lugar en el cual uno está detenido. Así debería ser.

—Su comunidad religiosa es una parte fundante de su actividad tanto personal como profesional. ¿Qué le enseñó su religión sobre la justicia?

—La Torá, que la hemos leído varias veces, mis tres chicos han hecho bar mitzvah, me casé con mi mujer también por templo, nos enseña la importancia de la ley, pero no solamente la ley para, la sanción o el castigo frente a un incumplimiento, sino la ley para la convivencia comunitaria, la ley para generar confianza a partir de la Torá. A partir de los diez mandamientos, lo que uno genera es confianza en la sociedad. Y eso aplica para todas las instituciones. Aplica para la sociedad, aplica para la economía, aplica para la familia. Y eso es fundamental para el país, para que el país tenga previsibilidad, seguridad jurídica, inserción en el mundo. Así que desde ese punto a mí me ha formado mucho. He tenido una designación en el Congreso Judío Latinoamericano, como comisionado para la diplomacia judicial.

—¿Hay una deuda de la justicia argentina con la colectividad judía?

—Yo creo que ha mejorado muchísimo. Cuando fui presidente de la Cámara de Casación pudimos poner la placa del 7 de octubre. Mis colegas valoran y toman mucho todo lo que yo trato de comunicar o aquellos días festivos que me ausento, llámese Kipur, llámese Año Nuevo. El señor Presidente a través del Ministerio de Justicia ha designado para los concursos magistrados y magistradas judías. Esa deuda que vos decís, yo creo que se fue saldando y sobre todo se está saldando en estos últimos tiempos.

—¿Cree que hay una crisis de confianza en Argentina?

—Yo creo que sí. Tal vez por algunos déficits susceptibles de ser mejorados. Obviamente, si tenemos mejores códigos, mejores instrumentos, cobertura de vacantes, que es lo que está sucediendo, mejora también el funcionamiento. Entonces, alguno es por déficit propios, otros por déficit comunicacional, porque no está la adecuada comunicación. Entonces eso hace un poco que los índices de confianza bajen. Yo creo que son susceptibles de ser, pero esto pasa a nivel mundial. Yo creo que son susceptibles de ser mejorados con mejora de esos instrumentos, con mejora actitudinal, con mejora comunicacional y creo que se puede levantar. Es cierto que los índices son bajos, pero también creo que es cierto que con una buena actitud, con buenos instrumentos, se puede mejorar el sistema de administración de justicia en particular y las demás instituciones en general.

—¿Los concursos son justos?

—Los concursos y el Consejo de la Magistratura ha sido un buen instrumento constitucional. De hecho, si no hubiera sido por el Consejo de la Magistratura, yo no hubiera concursado, tal vez no hubiera llegado tan joven a ser fiscal o a ser juez.

—¿A qué edad llegó?

—A los treinta y un años a fiscal y treinta y siete, treinta y ocho años a ser juez de la Cámara Federal de Casación Penal. Y eso lo facilitó, el concurso y el Consejo de la Magistratura de la Nación. Obviamente, esfuerzo, dedicación, trabajo. Creo que sí, que es un instrumento útil. Después viene la parte política, donde están las ternas y el poder político elige y el poder legislativo les da conformidad. La base, es decir los que quedan ternados, son una base superior, porque son todas personas que estudiaron, trabajaron. Después es la parte política y uno puede estar más menos de acuerdo, pero creo que en definitiva, al final del día son personas idóneas.

—¿Es independiente la justicia?

—Sí, y hoy creo que más que nunca. Vos te das cuenta la independencia cuando los jueces pueden trabajar tranquilos. Sí, obviamente, los medios de comunicación comunican, transmiten, puede haber una crítica, eso es algo normal, es algo habitual y enhorabuena que así suceda. Libertad de expresión, derecho a la información a la sociedad. Pero lo más importante es que cada juez pueda, con independencia y criterio, tomar sus decisiones y que no se vea afectado por otros poderes del Estado. Y creo que hoy, desde ese lugar, desde la teoría clásica de Montesquieu de la división de poderes, yo creo que funciona muy bien.

—¿Un juez debería escuchar o darle lugar a las presiones de la opinión pública?

—Vivimos inmersos en los medios de comunicación por distintas vías, desde el celular, desde TikTok, desde Instagram, desde lo que sucede en los medios. Es decir, escuchamos, percibimos. No podemos no percibir todo eso. Lo importante es al momento de fallar, al momento de dictar la sentencia, que el juez se enfoque en las pruebas, en las constancias, en lo que dice la ley, en lo que dice la constitución, en lo que las partes plantean. Ese juicio penal a veces no coincide con el juicio mediático, a veces sí, a veces no, a veces tiene distintos niveles. Uno escucha, pero después toma su propia decisión en base a esas actuaciones, que son las que él leyó.

—¿La justicia es el poder permanente de este país?

—Sí, es el poder permanente. Los cargos del poder ejecutivo tienen un periodo acotado, los cargos del poder legislativo también, y el cargo del poder judicial tiene esta sensación de mayor prolongación en lo que dura, ese cargo específico, con un límite que es el que fija la constitución. Tiene que ver con la necesidad de la independencia de la cual vos bien me habías preguntado. ¿Por qué? Y porque ese juez tiene que tener la tranquilidad de espíritu que va a dictar una sentencia y que al día siguiente no va a ser desplazado por esa sentencia que dictó. Ese es un poco el fundamento constitucional de por qué los jueces que toman decisiones trascendentes tienen este carácter de mayor prolongación en la duración de su cargo en comparación con otros poderes del Estado.

—Hacia el inicio de nuestra conversación dijo algo que me llamó la atención. Terminó la escuela secundaria, falleció su padre, empezó a estudiar, luego a trabajar y dijo que estaba solo. ¿Sigue sintiendo esa soledad?

—Ahí justo la conocí a mi mujer. Es mi actual esposa, madre de mis hijos, y fue un soporte fundamental. Mi familia también, siempre acompañando pero sí, es esa sensación de que me hice a pulmón, con mucho esfuerzo, con mucha dedicación. Esa sensación de solo que vos me decís, sí, absolutamente.

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