
Todos los caminos llevan al mar. Una bolsa de plástico que se “escapa” con el viento, un fumador que descarta la colilla del cigarrillo en el suelo, una tapita de botella que hace su camino hasta la playa, un desagüe clandestino en la gran ciudad.
“Nadie se da cuenta de eso, porque todos vivimos de espaldas al océano. Pero los animales que salen enfermos nos están avisando que algo pasa mar adentro, fuera de nuestra vista”, advierte Sergio Rodríguez Heredia, biólogo responsable del Centro de Rescate y Rehabilitación de San Clemente del Tuyú.
Su aviso no es para tomar a la ligera. “Pappo” tiene 57 años, tres décadas de experiencia y lo ha visto todo: pingüinos empetrolados, lobos de mar ahorcados por redes, ballenas varadas en la arena a la espera de ser salvadas y hasta delfines que mueren a los días de nacer sin ninguna explicación.

En 2021 una de las tortugas rescatas y rehabilitadas por el equipo que lidera se convirtió en noticia a nivel nacional por haber expulsado 22 gramos de plástico, o lo que es más gráfico, poco más de cuatro tarjetas de crédito.
Ubicado en las inmediaciones del puerto y a 6 km del Faro de San Antonio, el centro de Fundación Mundo Marino es de tamaño relativamente pequeño, pero entre sus paredes han pasado 10.200 animales entre aves, reptiles y mamíferos marinos.
“No hay nada que te conmueva más que la mirada de los animales, saber leer esa mirada”, sostiene Heredia. Ese “fanatismo” lo descubrió siendo apenas un niño. Pasaba tardes enteras entre el Zoológico de La Plata -al lado de su casa- y el Museo de Ciencias Naturales, donde jugaba a dibujar los dinosaurios que veía.

Hoy, en su equipo trabajan nueve profesionales de forma permanente entre veterinarios, biólogos y técnicos, además de investigadores y médicos humanos. La labor es a favor de la fauna marina impactada por la actividad del hombre, por lo que es importante diferenciar entre procesos naturales -enfermedades, edad avanzada- y amenazas causadas por el humano.
“Uno se pone a pensar en las grandes industrias, en las petroleras, la sobrepesca y la pesca clandestina, pero también hay acciones que hace la gente común. Nosotros yendo a la playa y comportandonos de una manera inadecuada también estamos impactando. No hay que echarle la culpa siempre a lo que no vemos”, asegura Sergio.
El centro se encarga de cubrir el partido de La Costa, aunque también llega a Pinamar y Villa Gesell en casos de necesidad. Estos rescates suelen iniciarse a través de un llamado de un vecino o turista que encontró un animal marino enfermo o lastimado, mientras que en invierno hacen recorridas semanales en la playa.

“Yo me puedo llegar a acordar de la cara de muchísimos de ellos. Los números quedan en los libros de actas que tenemos que presentar, eso se suma y se saca rápido. Pero yo no llevo números, llevo historias. Toda la gente que trabaja en rescate y rehabilitación piensa así”, asegura el biólogo.
Las especies que comúnmente llegan al centro son lobos marinos, focas, tortugas marinas y pingüinos de Magallanes. Los lobos suelen necesitar asistencia por desnutrición e hipotermia debido a la sobrepesca y el calentamiento global, que cambia la temperatura del agua y provoca que los cardúmenes cambien de “ruta”.
Los cuadros que más tardan en sanar son las heridas abiertas, provocadas por redes de pesca; aunque la consigna del centro es que los animales se queden en el lugar el menor tiempo posible para evitar la transmisión de enfermedades y el acostumbramiento a la presencia humana: “Queremos que se vayan tan salvajes como llegaron”.

Lo más preocupante para los investigadores es el delfín franciscana. Son pequeños, de un color amarronado que se confunde con el mar y en toda su distribución -desde Bahía, Brasil, hasta Río Negro- se encuentra el misterio de las muertes sin explicación.
“No solo tienen el problema de la vulnerabilidad asociada a las redes, que quedan enmallados y se ahogan, sino también que tenemos un problema que es la gran cantidad de lactantes que aparecen muertos; crías recién nacidas que aparecen muertas en las playas o que mueren a los pocos días”, explica Sergio.
En el centro tienen una sala de lavado para pingüinos empetrolados que actualmente funciona como guardería “guardería” para crías de franciscanas: son como bebés, necesitan mamaderas y cuidado las 24 horas del día.
“A mí lo que más me conmueve, porque sé el sufrimiento, son los varamientos de las ballenas o los cetáceos. No es que el animal simplemente está acostado en la playa esperando que lo ayuden, no. Está muerto en vida. Se está comprimiendo y no puede respirar”, agrega.
“¿Cuál es el beneficiario? No es el prestigio del investigador, no es el prestigio del rescatista, no es el prestigio de la institución. Es la vida del animal, a eso tenemos que apuntar”, concluye.
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