
Después de arduas gestiones, la noche del 11 de octubre de 1915 el primer secretario de la embajada estadounidense en Bruselas, Hugh Gibson, y el embajador de España en Bélgica, Rodrigo de Saavedra, lograron que el jefe del Departamento Político de la administración de ocupación alemana en la capital belga, Oscar von der Lancken-Wakenitz, los recibiera en su despacho. Llegaron con una única y desesperada petición: que le conmutara la pena de muerte a la enfermera británica Edith Cavell, condenada tres días antes por “alta traición” luego de que confesara haber ayudado a unos trescientos soldados belgas, franceses e ingleses, muchos de ellos heridos, a escapar del país ocupado.
De lo ocurrido esa noche, cuando la Primera Guerra Mundial llevaba poco más de un año, la avanzada alemana parecía incontenible y Estados Unidos todavía permanecía neutral, solo queda el relato de Gibson. Por él se sabe que de esa reunión participó también el conde Franz von Harrach, el mismo que había sido testigo en Sarajevo del asesinato del archiduque Francisco Fernando y de su mujer Sofía, el hecho que fue utilizado por los alemanes como excusa para iniciar el conflicto. En un primer momento, von der Lancken-Wakenitz pareció inclinarse a favor del pedido de los diplomáticos de esos dos países neutrales, pero cambió de opinión luego de una brutal intervención del conde.
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Gibson lo dejó escrito así: “Le recordamos (a von der Lancken-Wakenitz) el incendio de Lovaina y el hundimiento del Lusitania y le dijimos que este asesinato se uniría a esos dos sucesos e inundaría a todos los países civilizados de horror y disgusto”. Con lo del incendio de Lovaina, Gibson recordaba la matanza desatada por Alemania en los primeros días de la ocupación de Bélgica: el 22 de agosto de 1914 los invasores habían destruido media ciudad y gran parte del patrimonio cultural e histórico del país, además de asesinar a cinco mil quinientos civiles. A nombrar al Lusitana, se refería transatlántico torpedeado por los alemanes el 7 de mayo de 1915, donde habían perdido la vida 1198 personas.
Después de mencionar esos dos hechos, el diplomático estadounidense le dijo al alemán que fusilar a la enfermera Cavell provocaría el mismo efecto. En ese momento intervino Harrach, que hasta entonces había permanecido en silencio, con la frase impiadosa que selló la muerte de la condenada. “En ese momento, el conde Harrach intervino con el irrelevante comentario de que prefería ver fusilada a la señorita Cavell, antes que ver el mínimo daño infligido al más humilde de los soldados alemanes. Y que sólo, lamentaba ‘no tener tres o cuatro viejas inglesas más para fusilar’”, escribió después Gibson en su memorioso relato sobre la reunión.
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El español Saavedra y el estadounidense Gibson salieron frustrados del encuentro, pero sin saber todavía que su fracasada gestión humanitaria había empeorado las cosas porque temiendo nuevas presiones diplomáticas, los mandos de la ocupación alemana decidieron acelerar la ejecución de Cavell, que fue fusilada pocas horas después. Esa misma noche, enterada de que estaba a punto de enfrentar el pelotón de fusilamiento, la enfermera pidió hablar con el capellán anglicano de prisión de Saint-Gilles, Stirling Gahan. “El patriotismo no es suficiente y no debo tener odio ni amargura hacia nadie. He visto la muerte tan a menudo que no es algo extraño que me dé temor”, le dijo.
La fusilaron al amanecer, en un terreno militar conocido como Tir national. Tenía 49 años. Como Gibson le había advertido al jefe de la ocupación en Bruselas, la ejecución de Edith Cavell fue un duro golpe para la imagen de Alemania y desató una ola internacional de protestas. La figura de Cavell fue enarbolada por la propaganda bélica y se convirtió en un símbolo de patriotismo. Su martirio recorrió el mundo entero e impulsó a miles de jóvenes reclutas que fueron a la guerra para vengar su muerte. Los medios británicos y estadounidenses la mostraron como una heroína dedicada a salvar vidas que había enfrentado con entereza su destino fatal. No tuvieron que falsear nada para describirla así.
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Enfermera y espía
Edith Cavell nació el 4 de diciembre de 1865 en Swardeston, un pueblo cercano a Norwich, Inglaterra. Hija mayor del vicario de la localidad, recibió una esmerada educación que le permitió trabajar como institutriz para varias familias europeas, entre ellas una de Bruselas de 1890 a 1895. Ese último año volvió a su ciudad natal para cuidar a su padre enfermo y luego de su muerte decidió hacer prácticas como enfermera en el Royal London Hospital, donde funcionaba un área de estudio y trabajo creada por Eva Luckes, una de las primeras enfermeras profesionales.
Cursó la carrera, que por entonces tenía una duración de tres años, y ya egresada trabajó en el St Pancras, un hospital para pobres y a enfermos crónicos, y en Shoreditch Infirmary para después ocupar el cargo de jefa de enfermeras del Instituto de Enfermería Privada y para Enfermos Pobres de Manchester y Salford. Corría 1907 cuando el cirujano Antoine Depage la invitó a viajar a Bélgica para dirigir la L’École Belge d’Infirmières Diplômées, la primera escuela de enfermería de ese país, que acababa de crear.
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Bajo su dirección, el instituto de formación belga enviaba a muchas enfermeras a trabajar en hospitales, pero también proporcionaba enfermeras para escuelas y jardines de infantes. Cavell diseñó una carrera de cinco años de estudios combinados con prácticas para obtener el diploma de enfermera profesional, y también se ocupó de difundir el ejercicio y las novedades de la profesión fundando una revista llamada L’infirmière (La enfermera).
Estaba de regreso en Inglaterra en 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Decidió regresar a Bruselas, donde la escuela y el hospital local había quedado en manos de la Cruz Roja, que atendía a soldados heridos de los dos bandos en conflicto. Se sospecha, aunque nunca hubo confirmación oficial, que para entonces ya había sido reclutada por el MI6, el servicio británico de espionaje exterior. Algunas fuentes sostienen que estuvo vinculada a una notable red de espionaje conocida como La Dame Blanche, que operó en la Bélgica ocupada y el norte de Francia recopilando y enviando información al gobierno británico. Al menos un tercio de sus miembros eran mujeres, desde aristócratas y monjas hasta comerciantes y trabajadoras agrícolas.
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Los alemanes invadieron Bélgica el 4 de agosto de 1914 como parte del Plan Schlieffen, un movimiento militar con el que buscaba derrotar rápidamente a Francia en el frente occidental antes de volverse contra Rusia. Una de las primeras medidas de los ocupantes al llegar a Bruselas fue ordenar que todos “los heridos peligrosos o sospechosos” fueran sacados del hospital. A partir de ese momento, Cavell se dedicó a ayudar a cientos de soldados a escapar hacia los Países Bajos a través de una red de evasión organizada por belgas de la zona de Mons y franceses de Lille y Valenciennes, violando la ley marcial impuesta por los ocupantes.

Delatada, capturada y ejecutada
Para fines de julio de 1915 Cavell había logrado sacar de Bélgica a alrededor de trescientos soldados sin ser detectada por los alemanes. Todo se vino abajo el 3 de agosto, cuando decenas de integrantes de la red fueron capturados en un mismo día gracias al trabajo de inteligencia pacientemente realizado por un infiltrado alemán. Cavell fue capturada entre los primeros y llevada a la prisión de Saint-Gilles donde esperó que se la sometiera a juicio.
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Los detenidos fueron sometidos a un proceso sumario ante un tribunal militar entre el 7 y el 8 de octubre. Cavell no hizo intento alguno por defenderse y confesó sin reparos haber “conducido con éxito a soldados aliados al enemigo del pueblo alemán”. Fueron prácticamente las únicas palabras que pronunció antes sus interrogadores y los jueces, que no pudieron arrancarle ninguna información sobre otros agentes de la red u otras misiones cumplidas en territorio belga.
El 8 de octubre fue condenada a muerte por “alta traición”. Como ya se relató, los intentos diplomáticos por salvar su vida fueron inútiles y fue fusilada a primera hora de la mañana del 12 de octubre. A pedido del embajador español Rodrigo de Saavedra fue sepultada en el pequeño cementerio cercano al sitio de la ejecución. El poeta alemán Gottfried Benn, que era el médico militar de la prisión de Saint Gilles y presenció la ejecución escribió impresionado que nunca había visto a una mujer enfrentar la muerte con tanto valor y terminó preguntándose: “¿Cómo debe juzgarse el fusilamiento de Edith Cavell? Entró en la guerra y la guerra la destruyó”.
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Cuando la indignación internacional por ejecución arreció, los alemanes intentaron una justificación oficial, a cargo del ministro de Asuntos Exteriores, quien declaró que su muerte había sido “lamentable pero necesaria. (…) Consideren qué le sucedería a un estado, sobre todo en guerra, si permitiera que los delitos contra la seguridad de sus ejércitos no recibieran castigo alguno por haber sido cometidos por mujeres (…) Si se les perdona, se haría a expensas de la seguridad de nuestros ejércitos pues hay que temer nuevos intentos de hacernos daño si se cree que los delincuentes no sufrirán ningún castigo o sólo una pena leve”.

La heroína y su ejemplo
Al terminar la guerra, los restos de Edith Cavell fueron trasladados desde su tumba en Saint Gilles a Londres, donde lo escoltaron tropas británicas y fue recibido por una multitud conmovida. Se le celebró un funeral de Estado con la presencia de la familia real y su cuerpo fue luego trasladado en tren a Norwich, donde descansa en Lifes Green, cerca de la catedral. El vagón que llevó el ataúd de Cavell desde el puerto de Dover hasta Londres, cubierto por la bandera del Reino Unido, fue llamado “Cavell Van” y se exhibe hoy en la histórica estación de tren de Bodiam.
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La vida de enfermera heroína de guerra llegó ese mismo año al cine, con The Woman the Germans Shot una película muda dirigida por John G. Adolfi y protagonizada por Julia Arthur en su debut en la pantalla. En 1939, el mismo año del inicio de la Segunda Guerra Mundial, su historia fue nuevamente recuperada por el director británico Herbert Wilcox en Nurse Cavell, ganadora del Oscar a la mejor banda de sonido.
Existen monumentos en homenaje a Edith Cavell en varias ciudades inglesas y en Bruselas, la ciudad que fue escenario de su misión, pero su ejemplo también dio lugar a una heredera que llegó a igualarla: Andrée de Jongh, una enfermera belga y agente del MI6 que en 1941 organizó en la Francia ocupada por los nazis la “Red Cometa”, a través de la cual casi un millar de soldados británicos, en su mayoría pilotos, fueron evacuados burlando todos los sistemas de seguridad alemanes. Su nombre en clave era Dédée y, a diferencia de su inspiradora, sobrevivió a la guerra, retomó su profesión y murió pacíficamente a los 90 años en Bruselas. Siempre dijo que se hizo enfermera y espía porque cuando era apenas una adolescente leyó apasionadamente la biografía de Edith Cavell y se prometió emularla.
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