
Hace 60 años, el astrónomo Gerald Hawkins creyó haber descifrado uno de los misterios más persistentes de la historia: Stonehenge no era un templo ni un altar de sacrificios, sino una computadora prehistórica capaz de predecir eclipses lunares, una suerte de calculadora astronómica capaz de predecir eclipses lunares. La teoría sacudió al establishment arqueológico y dominó el debate público durante casi dos décadas. Hoy, sin embargo, los especialistas la dan por tierra.
Hawkins era catedrático de astronomía en la Universidad de Boston cuando, en 1961, visitó Stonehenge por primera vez. De pie entre los grandes arcos de piedra al amanecer, tuvo la impresión de que las estructuras controlaban deliberadamente su campo visual, apuntando hacia puntos específicos del horizonte. Regresó a Estados Unidos con mapas detallados del sitio y una hipótesis que quería poner a prueba.
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En el Observatorio Harvard-Smithsonian de Massachusetts, Hawkins y su equipo introdujeron en una computadora IBM de la época las coordenadas de 165 posiciones dentro de Stonehenge —desde los enormes trilitos hasta pequeñas depresiones en el suelo— y calcularon qué habrían visto los habitantes de la Prehistoria a lo largo de cada alineación posible. El resultado: 32 líneas de visión coincidían con las posiciones de salida y puesta del Sol y la Luna durante los solsticios y equinoccios. La investigación fue publicada por primera vez en la revista Nature en 1963 y luego expandida en el libro Stonehenge Decoded (1965), coescrito con J.B. White.

De acuerdo con el relato de BBC, la novedad del método fue tan llamativa como las conclusiones. Que un científico utilizara una computadora electrónica para resolver un enigma arqueológico era en sí mismo una rareza en la época, y eso amplificó el impacto mediático de la teoría. Time dedicó una nota al asunto en 1965, calificando a Stonehenge como “la octava maravilla del mundo”.
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Los 56 hoyos que supuestamente contaban eclipses
El elemento más controvertido de la hipótesis de Hawkins era el papel que le asignaba a los llamados hoyos de Aubrey, una hilera de 56 oquedades circulares que rodean el perímetro interior del monumento, bautizadas así en honor al anticuario del siglo XVII John Aubrey, quien las registró por primera vez. Hawkins argumentó que el número 56 no era casual: tres ciclos del movimiento nodal de la Luna —de 18,61 años cada uno— suman aproximadamente 55,83, una cifra que se redondea a 56. Con marcadores desplazados de hoyo en hoyo a intervalos precisos—como una suerte de calculadora astronómica—, los sacerdotes o astrónomos neolíticos habrían podido anticipar cuándo ocurrirían los próximos eclipses.
En 1966, el astrónomo Fred Hoyle revisó la propuesta y ofreció una versión más refinada: cuatro marcadores —uno para el Sol, uno para la Luna y dos para los nodos lunares— avanzados a distintas velocidades alrededor del anillo. Cuando el marcador solar y el lunar quedaban en oposición y los nodos ocupaban los mismos puntos enfrentados, el eclipse estaba garantizado. Su libro On Stonehenge (1977) sigue siendo la versión más rigurosa matemáticamente de esta hipótesis.
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Sin embargo, el problema es que la elegancia matemática no basta. Los hoyos de Aubrey contienen restos de cremaciones humanas, no evidencia de marcadores ni postes que hubieran sostenido un sistema de conteo. Además, el ciclo de 56 años no es, en la práctica, un predictor fiable de eclipses a largo plazo, porque estos no se repiten en las mismas fechas y posiciones a lo largo de tres ciclos nodales consecutivos.
Las críticas llegaron desde el principio
Hawkins presentó su teoría como “el primer análisis de Stonehenge aceptado académicamente y publicado en revistas científicas”. Pero la recepción fue, desde el inicio, más tibia de lo que el relato popular sugiere.
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El arqueólogo británico Richard Atkinson, en un artículo publicado en 1966 en Antiquity bajo el título “Moonshine on Stonehenge”, señaló que algunas de las fosas usadas como líneas de visión eran probablemente depresiones naturales y no estructuras intencionales, y que Hawkins había admitido un margen de error de hasta dos grados en sus alineaciones. Calculó que la probabilidad de encontrar tantas coincidencias entre 165 puntos no era “una en un millón”, como afirmaba Hawkins, sino cercana al 50%.
Atkinson también advirtió en el New York Review of Books que, si bien nadie discutía que Stonehenge tenía algún significado astronómico, “la interpretación de esa alineación requiere el ejercicio de la cautela académica”.
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Otro problema estructural que los críticos señalaron: las Piedras de Estación —cuatro bloques que Hawkins incorporó a sus alineaciones lunares— estaban ubicadas encima de los hoyos de Aubrey, lo que hacía ilusorias muchas de las líneas visuales que trazó entre ambos conjuntos.
La arqueología moderna reescribió el relato
Las décadas siguientes transformaron radicalmente el conocimiento sobre Stonehenge. El Proyecto Riverside de Stonehenge, dirigido entre 2003 y 2009 por el profesor Mike Parker Pearson del University College de Londres, acumuló pruebas de que el monumento fue ante todo un cementerio monumental. Las excavaciones de 2008 en el hoyo de Aubrey número 7 extrajeron restos de más de 50 individuos —hombres, mujeres y personas de distintas edades— enterrados entre aproximadamente 3000 y 2800 antes de Cristo. El análisis isotópico de los huesos reveló que algunos provenían de lugares alejados, lo que sugiere que Stonehenge atraía a personas de distintas regiones de las Islas Británicas desde sus primeras etapas.
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Parker Pearson también determinó que el monumento se construyó en al menos cinco fases a lo largo de más de 1.500 años, desde alrededor de 3000 hasta 1600 antes de Cristo, una cronología que contradice la imagen de Hawkins de una obra integrada y diseñada con un propósito único. La primera fase incluyó la construcción del banco y foso circular, y la colocación de los 56 hoyos de Aubrey —que hoy se consideran, en realidad, antiguos soportes de piedras verticales de basalto azulado traídas desde Gales, no un mecanismo de conteo.

Los grandes bloques de arenisca silicificada —los sarsens, que forman el círculo exterior y los trilitos— fueron erigidos entre 2600 y 2400 antes de Cristo. En 2020, una investigación publicada en Science Advances identificó con precisión geoquímica su origen: West Woods, en los Downs de Marlborough, a unos 25 kilómetros al norte del sitio. Ese mismo año, el Proyecto Stonehenge Hidden Landscapes anunció el hallazgo de un anillo de grandes fosas —de hasta 10 metros de ancho y 5 de profundidad— alrededor del complejo de Durrington Walls, un enclave neolítico asociado a los constructores del monumento.
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En 2024, investigaciones geológicas de las universidades de Curtin y Aberystwyth revelaron que la Piedra del Altar, una de las más singulares del sitio, no proviene de Gales como se creía, sino de la cuenca orcadiana en el noreste de Escocia, a más de 700 kilómetros de distancia.
Un monumento que celebraba, no que calculaba
Para Parker Pearson y la mayoría de los arqueólogos actuales, las alineaciones solares y lunares de Stonehenge son reales, pero no precisas. El astrónomo Clive Ruggles, de la Universidad de Leicester, concluyó que las orientaciones astronómicas del sitio —principalmente hacia el solsticio de verano al amanecer y el de invierno al atardecer— tenían un carácter simbólico y ritual, no instrumental. “El objetivo era simbolizar esos movimientos del Sol y la Luna, no marcarlos con exactitud astronómica”, escribió Ruggles.
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Un proyecto de monitoreo iniciado en 2024, liderado por Ruggles junto a Fabio Silva de la Universidad de Bournemouth y Amanda Chadburn, realizó observaciones directas desde el interior del monumento durante la gran parada lunar de 2024-2025 —el período en que la Luna alcanza su declinación extrema, con una periodicidad de 18,6 años. Los resultados completos se publicarán entre 2026 y 2027.
La hipótesis de la computadora de eclipses sigue siendo matemáticamente posible, pero arqueológicamente insostenible, según el consenso especializado citado por BBC. Parker Pearson lo dijo sin rodeos al ser consultado: la teoría de Hawkins es hoy “una metáfora pasada de moda”, y la idea de que Stonehenge fue un instrumento de medición del tiempo, “completamente inapropiada para entender el monumento”.
La visión que prevalece ubica a Stonehenge como un lugar de conmemoración de los muertos, cuyas alineaciones astronómicas servían a un calendario ritual —el solsticio de invierno como momento liminal de tránsito entre la vida y la muerte— y no a un programa de observación sistemática del cielo.
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