La misión secreta que cambió la historia argentina: un avión secuestrado y siete banderas plantadas en las Islas Malvinas

Hace exactamente 60 años, un grupo de 18 militantes del peronismo nacionalista desvió un vuelo. Buscaban “un gesto patriótico” de gran repercusión global

Algunos de los integrantes del Comando Cóndor. Tenían entre 18 y 32 años.
Algunos de los integrantes del Comando Cóndor. Tenían entre 18 y 32 años.
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Dardo Cabo discó el teléfono y pidió que lo comunicaran con Héctor Ricardo García. Le dijeron que no era posible, pero que si quería dejarle un mensaje al director del diario Crónica, le pasarían el mensaje. Cabo, dirigente de la facción nacionalista del peronismo, convocó a García a una reunión en la confitería El Ciervo, en el cruce de Callao y Corrientes. Dijo que era urgente.

El director del diario decidió ir y encontró allí no sólo a Cabo sino a Alejandro Giovenco, un militante de 21 años. Escuchó una oferta imposible de rechazar: “Le propongo una nota periodística muy importante. Si quiere saber de qué se trata, tiene que sacar un pasaje en el avión de Aerolíneas Argentinas que sale a las 0.30 desde Aeroparque hacia Río Gallegos”, dijo el dirigente.

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García quería más precisiones. Intentó hacer algunas preguntas pero no obtuvo respuestas concretas. Ofreció enviar a un cronista del diario y escuchó la respuesta categórica del hombre que lo había citado en El Ciervo: “Es usted o nadie”. El director de Crónica, entre la intriga, el instinto y la ambición de obtener una gran primicia, decidió comprar su pasaje en el vuelo AR-648. Su equipaje: una cámara de fotos y una libreta de apuntes.

Volvió a ver a Cabo y a Giovenco en la sala de preembarque de Aeroparque: ellos hacían de cuenta que no se conocían entre sí. Cuando el personal de la aerolínea de bandera indicó que era el momento de abordar, García subió a la nave. No sabía que iba a ser el único periodista a bordo del primer secuestro de un avión comercial en la historia argentina: se acababa de poner en marcha el Operativo Cóndor.

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Años convulsionados

Era septiembre de 1966, hace exactamente 60 años. Tres meses antes, la autoproclamada “Revolución Argentina” había derrocado al presidente Arturo Illia y había instaurado una dictadura militar encabezada por Juan Carlos Onganía. Un año antes, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) había aprobado la Resolución 2065, que reconocía de manera formal la existencia de un diferendo de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido respecto de las Islas Malvinas.

Dardo Cabo
Dardo Cabo, obrero metalúrgico y periodista, encabezó el operativo.

En octubre de 1964, el piloto civil Miguel Fitzgerald había volado hasta las islas del Atlántico Sur a bordo de una pequeña avioneta Cessna con el objetivo de desplegar allí la bandera argentina. Ese acto de arrojo inspiró a un grupo de 18 militantes, que empezaron a pensar cómo llegar hasta el archipiélago y generar una repercusión global.

En 1966, Dardo Cabo tenía 25 años. Trabajaba como obrero metalúrgico y como periodista. Junto a Giovenco, lideraron el llamado Comando Cóndor, del que participaron en total 17 varones y una mujer, María Cristina Verrier, que tenía 27 años, era dramaturga y también periodista. Era la hija de un ex integrante de la Corte Suprema de Justicia que había ejercido ese rol durante el gobierno de Arturo Frondizi.

Los otros integrantes del Comando Cóndor eran Juan Carlos Rodríguez, Pedro Tursi, Víctor Chazarreta, Pedro Bernardini, Edelmiro Navarro, Edgardo Salcedo, Andrés Castillo, Juan Carlos Bovo, Fernando Aguirre, Ricardo Ahe, Luis Francisco Caprara, Norberto Karasiewicz, Fernando Lisardo, Ramón Sánchez y Aldo Ramírez. El más joven tenía 18 años; el más grande, 32. Había estudiantes, obreros metalúrgicos, empleados de oficinas.

Al mismo avión que todos ellos y que Héctor Ricardo García subió José María Guzmán, gobernador de facto del entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

Un desvío inesperado

El despegue del vuelo hacia Río Gallegos fue a las 0.34 de la madrugada. El avión, un Douglas DC-4, se conmocionó hacia las 6.05 de la mañana, cuando volaban entre Comodoro Rivadavia y Puerto San Julián. Los militantes se levantaron de sus asientos e hicieron ver los fusiles Mauser y las pistolas Beretta que habían escondido en sus bolsos de mano. Cabo y Giovenco se metieron a la fuerza en la cabina de mando y encañonaron a la tripulación.

Operativo Cóndor- Malvinas
Los diarios se hicieron eco de la impactante noticia, pero Héctor Ricardo García tenía la gran primicia: era el único periodista a bordo del avión.

“Mi nombre es Dardo Cabo y con el Comando Cóndor a mis órdenes tomamos el control de la aeronave para dirigirnos a las Islas Malvinas. Pongan rumbo 105”, anunció el líder de la operación a través de la radio del avión. El comandante del vuelo ensayó una lista de todos los peligros que ese intento conllevaba: que no iba a alcanzar el combustible, que no había aeropuerto en las islas, que no tenían las cartas de navegación necesarias. Giovenco desplegó los mapas marítimos y las cartas náuticas que había llevado para ejecutar la operación. Nada haría retroceder al Comando Cóndor.

En un intento de mantener la calma de los pasajeros, se les comunicó que el avión regresaría a Comodoro Rivadavia por inconvenientes técnicos. A las 7.27 de la mañana, la torre de control del continente recibió un mensaje que pasaría a la historia: “Siendo 6.05, comandos a bordo toman aeronave solicitando poner rumbo 105 Malvinas para aterrizaje”.

Aterrizaje en la turba

El piloto se guió por las formaciones nubosas que gobernaban el Atlántico Sur y logró divisar la Isla Soledad. Volaron en círculos por al menos 40 minutos con un objetivo concreto: consumir combustible para amortiguar la posibilidad de un incendio al impactar en la tierra. El comandante pudo distinguir la población de Puerto Argentino (Puerto Stanley, según los habitantes británicos) y enfiló el avión hacia la pista de hipódromo, justo detrás de la residencia oficial de las autoridades locales.

El Douglas DC-4 aterrizó en la Isla Soledad a las 8.42. No hubo heridos. La nave carreteó unos 800 metros después de tocar tierra, y quedó enredado en la turba malvinense. Apenas bajaron del avión, una acción que hicieron a través de sogas, los 18 militantes renombraron el lugar: le pusieron “Puerto Rivero”, un homenaje al gaucho que lideró la rebelión contra la ocupación británica en 1833.

Justo después, el Comando Cóndor desplegó siete banderas argentinas que había confeccionado especialmente la madre de Cristina Verrier. Las colgaron en alambrados, postes y sobre el fuselaje del avión. Los militantes y los tripulantes cantaron el Himno Nacional.

El aterrizaje se produjo en la Isla Soledad. EFE/Leo La Valle
El aterrizaje se produjo en la Isla Soledad. EFE/Leo La Valle

Los pobladores locales -llamados kelpers por los británicos- llegaron enseguida. Recibieron notas redactadas en inglés por los militantes que informaban que todo eso era “un acto patriótico y pacífico de reafirmación soberana”. Algunas autoridades locales, como el jefe de la Policía y el titular del destacamento de los Marines Reales, fueron tomados como rehenes por un breve tiempo.

A las 9.57, el Comando emitió un comunicado que fue escuchado por radioaficionados y retransmitido al continente. Decía: “Operación Cóndor cumplida. Pasajeros, tripulantes y equipo sin novedad. Posición Puerto Rivero (Islas Malvinas), autoridades inglesas nos consideran detenidos”.

Dardo Cabo y Cristina Verrier se presentaron en la residencia de Sir Cosmo Haskard, el gobernador que el Reino Unido había establecido para las islas. Haskard estaba de viaje en Londres, así que recibió el mensaje uno de sus representantes. “Señor, como argentinos hemos venido a esta tierra para quedarnos, ya que la consideramos nuestra”.

Reacción británica

Las fuerzas militares y policiales locales reaccionaron enseguida. Además, se sumaron civiles isleños con armas de fuego. Rodearon la aeronave. El enfrentamiento armado se volvió una posibilidad inminente, y en ese escenario, intervino el párroco católico de las islas. Era Rodolfo Roel, un sacerdote neerlandés, que entró al fuselaje del avión y brindó una misa en castellano. Su mediación fue clave para lograr la liberación de los pasajeros civiles -incluido Héctor Ricardo García-, que fueron alojados en casas de familias isleñas.

Las autoridades de las islas instaron al grupo de militantes a que se rindieran de manera incondicional e inmediata. Si eso no ocurría, les dijeron, abrirían fuego. Pero el Comando rechazó entregarse. Resistieron 36 horas, lapso que les alcanzó para que la acción que llevaban adelante llamara la atención en el mundo entero y visibilizar el reclamo argentino sobre la soberanía de las Islas.

Dardo Cabo y Cristina Verrier se casaron en la cárcel. Ella conservó las siete banderas en su casa, hasta donarlas al Estado. (Crédito: Hector Ricardo Garcia)
Dardo Cabo y Cristina Verrier se casaron en la cárcel. Ella conservó las siete banderas en su casa, hasta donarlas al Estado. (Crédito: Hector Ricardo Garcia)

Finalmente, se llegó a un acuerdo: los militantes dejarían sus armas en el avión bajo custodia del comandante Fernández García, el único que había sido reconocido en las islas como una autoridad argentina legítima. Esos militantes quedarían bajo custodia y protección de la Iglesia Católica en la parroquia de la Isla Soledad. Cabo, Giovenco, Rodríguez y Navarro escondieron las banderas que habían desplegado debajo de su ropa: envolvieron sus pechos con esas telas.

El 1º de octubre, los 18 militantes fueron trasladados en lanchas hasta el buque de la Armada Argentina ARA Bahía Buen Suceso. En ese momento, Dardo Cabo entregó las siete banderas al gobernador de facto José María Guzmán y le dijo: “Señor gobernador, le entrego estas siete banderas. Una de ellas flameó durante 36 horas en estas islas y bajo su amparo se cantó por primera vez el Himno Nacional”. El buque de la Armada llegó dos días después al puerto de Ushuaia. Los integrantes del Comando Cóndor fueron detenidos y puestos a disposición de la Justicia.

Condenas y un fallo histórico

El Operativo Cóndor conmocionó a la dictadura de Onganía. A la par de esa acción, el entonces canciller Nicanor Costa Méndez intervenía ante la Asamblea General de la ONU y Buenos Aires recibía la visita del príncipe Felipe de Edimburgo, el esposo de la reina Isabel II. La Casa Rosada emitió un comunicado en el que calificaba a los 18 jóvenes como “facciosos” para desmarcarse de ese operativo.

Buenos Aires, Córdoba, Rosario y La Plata fueron escenario de grandes manifestaciones en apoyo del Comando. Detrás de esas concentraciones estaban, sobre todo, la CGT y la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Del otro lado del Atlántico, el gobierno británico multiplicó su cantidad de marines destinados a las islas: pasaron de 6 a 40 efectivos.

Dos meses después del Operativo Cóndor, la Justicia federal procesó a los 18 militantes por “privación de la libertad personal calificada” y “tenencia de armas de guerra”. El procesamiento dejó asentado que los hechos ocurridos en Malvinas no eran delito “por tratarse de territorio nacional”. Quince de los participantes fueron liberados tras nueve meses de prisión preventiva. Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez pasaron tres años en la cárcel, entre Ushuaia y Devoto.

Después, la Cámara Federal de Bahía Blanca confirmó las sentencias pero ordenó que se restituyeran las siete banderas a Dardo Cabo. “Las banderas argentinas, por el hecho de haber tremolado sobre una porción irredenta de tierra de la Patria, no son ni pueden ser consideradas instrumento de delito. Por ello corresponde su oportuna devolución a quien ha demostrado actuar como su propietario”, decía el fallo.

Años después del operativo, Cabo se unió a Montoneros. La dictadura lo fusiló en 1977, en medio de un simulacro de fuga. Giovenco murió en 1974 luego de que le explotara una granada; integraba la Concentración Nacional Universitaria (CNU). Salcedo, Tursi y Rodríguez murieron en enfrentamientos armados durante los 70. Castillo fue secuestrado y desaparecido en la ESMA, y sobrevivió a ese cautiverio clandestino.

María Cristina Verrier, que se había casado en la cárcel con Dardo Cabo, custodió las siete banderas en su casa durante más de cuarenta años. En 2012, las donó formalmente al Estado. Esas banderas fueron instaladas en el Patio Islas Malvinas de la Casa Rosada, en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur que funciona en el predio de la ex ESMA, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional, en el Museo del Bicentenario, en la Basílica de Nuestra Señora de Luján, en la Basílica de Nuestra Señora de Itatí y en el Mausoleo de Néstor Kirchner, en Río Gallegos.

El Gobierno encabezado por Javier Milei descolgó la que estaba en Casa Rosada y tampoco está exhibida, desde hace algunas semanas, la que podía verse en el Museo Malvinas.

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