
Viajar en carruaje en la Inglaterra georgiana no se parecía en nada a lo que muestran Bridgerton u Orgullo y prejuicio. Un nuevo estudio académico publicado en la revista Social History of Medicine desmonta la imagen romántica del transporte en coche de caballos y revela que aquellos trayectos eran, con frecuencia, una experiencia de náuseas, golpes, hacinamiento y olores corporales difícilmente soportables.
La investigación fue elaborada por Alun Withey, profesor titular de historia en la Universidad de Exeter, a partir de cartas, diarios y textos médicos de la época.
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“Para muchos, aquello no era un suave paseo por el campo georgiano”, escribe Withey en el estudio, según recoge HistoryExtra. “Era una sacudida estrepitosa y tambaleante por caminos y carreteras que eran rugosos y llenos de baches en buen tiempo, y peligrosos cuando el tiempo empeoraba”.
La diarista Anne Lister anotó en 1822 que había quedado “extremadamente sacudida” al transitar por malos caminos. Otra viajera de la misma época se quejó de estar “harta del traqueteo y los bandazos de nuestro miserable vehículo”.

Los carruajes cubiertos de cuatro caballos se popularizaron entre la élite londinense entre los siglos XVII y principios del XIX. La introducción de las diligencias en la década de 1640 amplió el acceso al transporte, aunque seguía siendo prohibitivo para las clases trabajadoras. Las rutas públicas conectaban las ciudades de Inglaterra a través de una red de posadas.
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Una diligencia típica llevaba seis pasajeros en el interior y hasta ocho en el techo, lo que convertía cualquier vuelco —que no era infrecuente— en un accidente potencialmente fatal. Los salteadores de caminos añadían otro riesgo habitual al trayecto.
Pero los peligros más cotidianos eran de otra naturaleza. El mareo era uno de los males más extendidos entre los pasajeros, y a diferencia de los marineros, quienes viajaban en carruaje no tenían posibilidad de escapar al exterior. Para 1700, el término “coach-sick” —mareado de carruaje— ya circulaba en el idioma inglés para describir esa nueva forma de náusea.
El filósofo John Locke llegó a temer por su vida en 1656 al viajar junto a una mujer corpulenta. “Si el carruaje hubiera volcado —como podría haber ocurrido— y ella hubiera caído sobre mí”, escribió a su padre, “habría muerto aplastado”.
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El hacinamiento también ponía en riesgo la decencia social. Según el estudio recogido por HistoryExtra, las mujeres que viajaban en diligencia corrían el riesgo de ser arrojadas contra pasajeros masculinos por los sacudones del camino, lo que se consideraba una violación de las normas de conducta de la época.
A todo eso se sumaba el olor. En pleno verano, antes de la invención del desodorante, el interior de un carruaje repleto de pasajeros era un espacio de olores corporales difícilmente tolerables. El filósofo Jeremy Bentham se quejó en 1777 del hedor a tabaco en un coche que compartía con un soldado, un juez y un ganadero galés, y más tarde denunció esas “cajas de vapor que llaman carruajes”.
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Algunos viajeros llevaban frascos de perfume para contrarrestar los olores de sus compañeros, aunque esas fragancias podían resultar igualmente agresivas para los demás. El resultado, según William Tullett, profesor de historia en la Universidad de York, era “una carrera armamentista de comodidad e incomodidad”, señaló al medio.
Karen Harvey, profesora de historia cultural en la Universidad de Birmingham, destacó la originalidad del enfoque de Withey. “Quiere llegar a la manera en que la gente experimentaba el viaje y esas sensaciones corporales viscerales de simplemente sentirse enferma y ser golpeada y sacudida en superficies irregulares”, explicó a HistoryExtra.
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Harvey subrayó que investigaciones anteriores sobre el transporte del siglo XVIII se habían centrado en sus implicaciones económicas, tecnológicas o sociales, pero no en la experiencia física de “una persona apretujada en un carruaje que podía ser maloliente, húmedo y atestado”.
El trabajo de Withey se inscribe en una corriente académica relativamente reciente centrada en el concepto de “embodiment” —la corporalidad— en la historia, que estudia a las personas del pasado como seres físicos sujetos a molestias, lesiones y sensaciones que moldeaban su percepción del mundo. Tullett observó que la idea de que el transporte en carruaje era incómodo “era algo que nadie había investigado para probarlo de forma definitiva”, según recogió HistoryExtra.
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Las quejas de los viajeros georgianos resultan, por lo demás, reconocibles. Niños escandalosos, charlatanes imparables, fumadores desconsiderados y hombres que acosaban con la mirada a las pasajeras femeninas eran motivos de protesta habituales en los carruajes del siglo XVIII, las mismas quejas que hoy se escuchan en el transporte público de cualquier ciudad.
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