
El sol daba de lleno sobre el auto en el estacionamiento de Owensboro Health Multicare, el centro de salud de Madisonville, Kentucky, Estados Unidos. El jueves 13 de agosto de 2026 prometía ser otro día más de calor extremo en la ciudad. El Servicio Meteorológico lo había alertado: la ola de calor asfixiante duraría al menos tres días.
Stacey Fazenbaker (61) se bajó del auto apurada, llegaba con el tiempo justo para comenzar su jornada laboral. Eran las ocho de la mañana. Como médica clínica especializada en medicina funcional, con 27 años de experiencia, trabajaba a conciencia y sin pausa.
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Stacey se había graduado en la Universidad de Louisville y había hecho la residencia en su especialidad en la Trover Foundation. Por esos años también se casó con Bryan Fazenbaker (un hombre dedicado a las finanzas e inversiones) con quien tuvo a sus dos hijas: Sydni y Emmy. Su trabajo consistía en atender pacientes, desde adolescentes hasta adultos mayores y buscar las causas de sus enfermedades crónicas en la nutrición, el estrés o la falta de sueño. Un año antes de ese día fatal de agosto, ella y su marido se habían mudado cerca de Sydni. Su hija mayor, médica ginecóloga y obstetra, la necesitaba. Sydni, casada con Micah Crowell, con dos hijas pequeñas y muchos pacientes, hacía malabares para cumplir con todo. La idea de la abuela fue que sería bueno que estuvieran a mano para ayudar en la crianza de sus dos nietas o en lo que hiciera falta.

El olvido de la abuela
Ese jueves hubo algo diferente a otros días en la rutina de Stacey. Antes de ir a trabajar pasó por la casa de Sydni porque ella le había pedido que llevara a su bebé de 10 meses, Scottie Gwyn Crowell, hasta la guardería. Llegó puntual a buscarla y pusieron a Scottie en la sillita de niños, en el asiento trasero del Volvo. Apenas Stacey arrancó el auto, Scottie se quedó dormida. La médica/abuela entró en modo rutina. Su cabeza se enfocó en lo que tenía que hacer en el trabajo y se le pasó ir a dejarla a la guardería. Condujo como siempre, directo a los consultorios.
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No recordó que llevaba a Scottie. Salió de su coche y entró al centro médico para enfrentar su intensa agenda. El mecanismo de la memoria falló.
El primero en darse cuenta de que algo andaba mal fue Micah Crowell, el padre de Scottie, cuando a las 16 fue a buscarla como estaba convenido a la guardería. Le dijeron que nunca había ido. ¿Eh? Quedó descolocado. De inmediato, llamó a su esposa Sydni quien a su vez llamó a su madre.
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¿Qué habrá sentido la abuela al darse cuenta de su catastrófico error? Lo único que podemos decir con certeza es que sus compañeros de consultorio la vieron salir corriendo, a los gritos, hacia el exterior del edificio, donde estaba el estacionamiento. La siguieron. Cuando abrió y sacó a la bebé, seguramente supo que era demasiado tarde. Intentaron reanimarla, pero fracasaron. Una desesperación imposible de describir.
Las temperaturas durante el día habían alcanzado los 35 grados, con una sensación térmica de 41 grados. Dentro del auto, estimaron los especialistas más tarde, podrían haberse sentido más de 46. Un calor asesino que le generó a Scottie hipertermia extrema.
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Los bebés no tienen el sistema de regulación de la temperatura corporal tan eficiente como lo posee un adulto: en poco tiempo puede aumentarles dramáticamente su temperatura interna. Sus cuerpos pueden recalentarse hasta cinco veces más rápido que el de una persona grande. Un auto se convierte para ellos en una trampa infernal. No solo pierden agua y se deshidratan, sino que además, el calor, lesiona las células que dejan de funcionar correctamente, algo que es particularmente malo para el órgano más vulnerable: el cerebro. La situación arranca generando confusión, somnolencia, convulsiones y, finalmente, la pérdida de conciencia. Lo que sigue es una falla multiorgánica. Se desencadena, entonces, una cascada de errores fisiológicos que provoca la caída de la presión y, finalmente, sobreviene el shock y el paro cardíaco.
La policía llegó al lugar a las 16.30. La división de Servicios de Protección de los Niños del estado comenzó a investigar las circunstancias y la eventual responsabilidad de la abuela en la muerte de su nieta. Se realizó la autopsia, pero todavía los resultados no fueron publicados. El caso sigue bajo la lupa.
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Lo que quedó es una familia destruida, con sus lazos filiales en jaque. Dolor, incredulidad y angustia mezclados con bronca y atribuciones de culpas.
La pregunta se cae de madura: ¿Cómo es posible que alguien responsable tenga una conducta tan irresponsable? ¿Cómo puede ser que una médica de familia, que fue madre y que es abuela, no preste la atención adecuada y olvide de que lleva a su nieta detrás?
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Lamento lo que voy a contarles, pero el caso no es una novedad de los policiales. Conducir el auto con un bebé dormido en el asiento trasero ha resultado demasiadas veces en un infierno letal. La historia de los Crowell es el caso más reciente reflejado en las noticias, uno más de una serie repetida en todos los rincones del planeta.
Al leer la noticias, la mayoría tiende a pensar que nunca podría pasarle. Podemos tender a juzgar con severidad implacable a los responsables. Veamos algunas historias, que parecen calcadas, y notaremos cómo se nos afloja el alma ante la alarmante montaña de olvidos con dramático final. Pensar que uno no está libre de algo semejante podría ser el primer eslabón de protección frente al horror de dejar a un ser querido dentro de un “horno” con cuatro ruedas.
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Lunes 29 de junio de 2026
Unas seis semanas y media antes de lo ocurrido con Scottie, en la ciudad de Plantation, estado de Florida, un bebé de 23 meses fue olvidado por su padre dentro de su camioneta negra. El hombre se dirigió a su trabajo donde estacionó y se bajó del auto convencido de que había hecho todo lo que tenía que hacer previamente a iniciar su día laboral. Al terminar su jornada fue directamente caminando a buscar a su hijo al establecimiento A World of Discover Academy. La dueña de la guardería, Leslie Novoa, le advirtió muy sorprendida que no lo había llevado esa mañana. Fue un segundo en el que se dio cuenta de que nada estaba bien. Novoa corrió con él hasta donde había dejado estacionado el auto. Lo que vio no lo olvidará: ese hombre abrió la puerta mientras emitía gritos desgarradores.
Esa tarde la temperatura había alcanzado los 33 grados, muchos más habría dentro del coche.
A las 17.39 la policía y los paramédicos se hicieron presentes en el lugar, pero no pudieron hacer nada más que constatar que el pequeño había fallecido sujeto a su asiento infantil. Al rato, llegó la madre del bebé y se descompensó.
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Novoa fue testigo del infierno que debió atravesar esa familia que tenía tres hijos de 6 años, 4 años y 23 meses. Los conocía bien, los tres habían estado matriculados en su guardería. En un reportaje reveló que ese día no llamó a la familia ante la ausencia del bebé porque antes le habían avisado que el niño de 4 años no iría. Ella dedujo que el menor tampoco lo haría.
La cadena de suposiciones boicoteó la seguridad.

Miércoles 20 de mayo de 2026
En Brión, cerca de Santiago de Compostela, en España, ocurrió otra tragedia del estilo el 20 de mayo de 2026. El padre de familia llevó a su hijo mayor al colegio y, luego, debía dejar a Sara, la menor de dos años y medio, en el jardín maternal. Mientras iba manejando hacía el jardín maternal le entró una llamada a su celular. Se distrajo. Automáticamente se centró en otros temas y se dirigió, sin percatarse, hacia su trabajo.
Sara dormía plácidamente en el asiento posterior. Su padre estacionó y se bajó sin mirar atrás. Ese día las temperaturas alcanzaron los 38 grados.
Cuando a las 15 la madre se presentó en la guardería para recoger a su hija, le anunciaron que no había ido. Llamó a su marido quien entró en shock y corrió hacia su coche. Encontró a Sara en estado crítico. Todavía respiraba. Emergencias la trasladó a un centro de salud en Bertamiráns a donde llegó en paro cardíaco. No pudieron hacer mucho más: ella murió como consecuencia del severo golpe de calor.
La familia recibió de inmediato asistencia psicológica. El Ayuntamiento de Brión declaró dos días de duelo y pidió privacidad para la familia. Poco más se supo de ellos. Olvidos y trabajo. Distracción y modo autómata. Quien crea estar totalmente libre de estas conductas, mucho cuidado.

Martes 1 de julio de 2025
El verano anterior, en ese país europeo, había ocurrido algo parecido con un pequeño de la misma edad (dos años y medio). Murió después de pasar más de cuatro horas dentro del auto de su padre estacionado a pleno sol durante una ola de calor. Ocurrió exactamente en Valls, Tarragona, Cataluña.
Fue algo excepcional que el padre se ocupara de llevar a su bebé al jardín. Eso contribuyó al olvido, tanto como el silencio del hijo durmiendo cómodamente en el asiento. Eran las 10 cuando este hombre entró a su empresa Fer Valls. Al mediodía, la temperatura alcanzó los 37 grados. A las 15 una persona llamó al 112 para decir que había visto un niño en un auto. Fue el padre, a la hora del almuerzo en el polígono industrial, el que se dio cuenta de su olvido. Fue disparado hacia su auto y lo encontró inconsciente. Lo sacó y lo llevó a un sitio con aire acondicionado. Al llegar los paramédicos le practicaron maniobras de resucitación que no sirvieron de nada.
El caso fue seguido por los Mossos d’Esquadra como posible homicidio por imprudencia grave. Al día siguiente tuvo que presentarse a declarar y lo hizo acompañado por un abogado. Estaba destrozado. No quedó detenido. Todo apuntó a un accidente fatal. La pena más severa ya había ocurrido… ¿Quién puede perdonarse algo así?

Martes 20 de agosto de 2024
Hilda Ann Adame (33) trabajaba en la escuela secundaria Tom Browne de Corpus Christi, en Texas, Estados Unidos, ayudando a estudiantes en situación de riesgo. El martes 20 de agosto de 2024 salió apurada de su casa: debía llevar primero a su hija Harley, de 22 meses, hasta la guardería antes de presentarse a trabajar. Pero detrás del volante de su camioneta Chevrolet Traverse, su cabeza voló hacia pensamientos encadenados, algo que le produjo ansiedad y la llevó directo hasta su trabajo. Llegó pasadas las ocho de la mañana.
El movimiento del auto a esa temprana hora es como una mano que mece la cuna perfecta. Harley dormía tranquilamente.
Hilda no se enteró de su dramático error hasta las 13. Cuando volvió a su auto encontró a su hija inconsciente. No respondía. La sacó y la introdujo desesperada en la escuela donde tenían una enfermera que comenzó con las tareas de RCP (Reanimación Cardio Pulmonar). Fue trasladada al Hospital de Niños Driscoll donde se constató su fallecimiento a las 13.53.
Ese martes la ciudad había emitido una alerta de calor: el termómetro marcó 38,9 grados.
Hilda fue arrestada: se la acusó de lesiones corporales graves y abandono de un menor. Le impusieron una fianza altísima de 900 mil dólares que la familia no tenía. Finalmente, el juez a pedido del marido de Hilda la redujo a 50 mil dólares y ella pudo salir de la cárcel el 4 de septiembre.
Solo en 2024, en el estado de Texas según los registros, murieron 24 niños como resultado de haber quedado expuestos al calor dentro de un auto. Claro que no todos los casos fueron algo involuntario, algunos fueron dejados por sus padres deliberadamente, mientras hacían otras cosas. Esos sí que terminaron presos. Este estado lidera las muertes infantiles dentro de vehículos en los Estados Unidos: desde el año 1990, cuando se empezó a llevar el cálculo, llegan 156 muertos. Florida fue el segundo estado con 118 y California el tercero con 65. Cifras impresionantes. Y aún así siempre sobrevuela el pensamiento de incredulidad del resto: “a mí no me pasaría”.
A pesar de estos números rojos, no hay todavía una normativa para prevenir este tipo de accidentes. Sí existe gente dedicada a concientizar y que promueve hábitos responsables como el uso de sensores en los asientos de los chicos pequeños.

Miércoles 2 de septiembre de 2020
McKinlee Grace Garner tenía solamente siete semanas de vida cuando murió en Panama City, Florida, en septiembre de 2020. Fue un día en el que las temperaturas alcanzaron los 38 grados. Su madre, Megan Elizabeth Dauphin (30), admitió que había olvidado a su bebé dentro su Chevrolet Tahoe durante cuatro horas y media. McKinlee murió por hipertermia, como todos los anteriores.
Megan relató que había ido a comprar cigarrillos con su auto, con su hija y que, al volver, bajó en su casa y la olvidó durmiendo en el asiento trasero.
Megan, quien convivía con otros hijos y una adolescente de su pareja, recién se enteró de lo que había hecho cuando su hijastra, más de cuatro horas después, le preguntó por la bebé. ¿Dónde estaba McKinlee? Ella le respondió de manera automática que en el living. Por las dudas fue a mirar. No estaba ahí. Se dio cuenta de su error y salió a buscarla a su vehículo. Ya había muerto.
En este caso hubo un detalle que lo volvió diferente al resto: Megan fue investigada y en su muestra de sangre detectaron metanfetaminas. Fue arrestada y acusada por homicidio agravado. Estuvo detenida hasta que fue a juicio. Terminó admitiendo que el consumo de metanfetaminas y puso como excusa de su conducta adictiva que la droga la hacía concentrarse más en sus tareas. La fiscalía sostuvo todo lo contrario: los estupefacientes habían afectado su capacidad de juicio y su memoria. Hubo familiares y amigos que declararon a su favor y argumentaron que era una madre cariñosa, pero lo cierto es que llevaba años luchando contra su adicción y ya había tenido la visita de los servicios sociales para vigilar a los menores.
En abril de 2023, el jurado la declaró culpable luego de 22 minutos de deliberación. El 17 de mayo siguiente recibió la pena máxima: 30 años de cárcel por homicidio involuntario.

Viernes 22 de junio de 2018
Esta vez el escenario fue Montreal, Canadá. Cassius Perlot tenía seis meses cuando, el 22 de junio de 2018, su padre salió en el auto con sus dos hijos. Dejó a la mayor Bianca en el colegio. Luego, debía llevar al bebé hasta la guardería, pero en el camino se distrajo y siguió camino hasta su oficina. Cassius dormía atrás feliz. El hombre estacionó en un parking público de Griffintown y se bajó.
Si bien la temperatura no era tan intensa, hacían solamente 25 grados, dentro del auto resultó suficiente para arrebatarle la vida a Cassius en unas horas.
Su padre recién se enteró de lo que había hecho cuando fue a buscar a su hijo a la guardería y le hicieron notar que no lo había llevado. ¿Les suena? Una historia peligrosamente recurrente. Su cabeza estalló al darse cuenta de que lo había abandonado en el coche. Corrió hacia el parking, pero Cassius ya no respiraba. A las 17.35 llamó al 911.
Anaïs Perlot se enteró de lo sucedido con el llamado de su esposo que le dijo: “Me lo olvidé en el auto”.
Anaïs contó públicamente que estuvo mucho tiempo furiosa con su marido, que era incapaz de entender cómo había podido sucederle algo semejante: “Preparé el lunchbox y la mochila. Los besé al despedirlos y esa fue la última vez que vi a mi hijo vivo”. Reveló que ese día de pronto “suena mi teléfono y veo que es el padre de mis hijos. Enseguida, siento su voz. Me dice gritando que lo había olvidado en el auto. Me recuerdo gritando ¡¡¡¡Todo el día!!!!! No me estaba diciendo que había existido un accidente, me estaba diciendo que estaba muerto (...) Cuando finalmente pude verlo, parecía estar durmiendo. Estaba enojadísima con su padre, no podía comprender”. Él culpó al estrés laboral y al reciente cambio de rutina: hacía muy poco que se ocupaba de llevar a Cassius a la guardería.
En una semana el caso fue clasificado como accidente y no se culpó al progenitor. La madre continuó diciendo: “Nunca me explicó claramente que pasó por su cabeza esa mañana, no hay explicación. A partir de allí, todos los días yo intentaba levantarme para ver cómo iba a sobrevivir sin mi hijo, cómo iba a poder hacerme cargo de mi hija sin mi hijo. La pena es tan intensa que sentís que vivís dentro de un volcán inundado de tristeza y rabia y estás enojada con todo el mundo. ¿Cómo iba a enseñarle a Bianca que la vida valía la pena ser vivida?”.
Anaïs cuenta que fue justamente el tener que ocuparse de Bianca lo que finalmente la sacó de ese sitio oscuro en el que se sentía inmersa.
Mientras veía cómo seguir adelante, comenzó a alertar a otros padres, durante los días de mucho calor, para que vigilaran a sus respectivos hijos: “Es importante que los padres sepan que les puede ocurrir. Nunca hubiera imaginado algo así antes de que nos pasara”. También intenta impulsar al gobierno para que adopte medidas como asientos con alarmas. Anaïs sostiene convencida: “Aunque se salvara una sola vida, ya valdría la pena haberlo implementado”. Canadá sigue viendo cómo resolver el tema.
Los Perlot ya no están juntos, pero comparten el cuidado de Bianca.

Miércoles 25 de mayo de 2011
Para Kristie Reeves era solo un día más en su casa de Austin, Texas. Esa mañana, a las 9.43, ya tenía lista a su hija “Ray” (su nombre completo era Sophia Rayne Cavaliero) para que su marido Brett la llevara a la guardería: “Caminé hasta la camioneta como siempre. La puse en el asiento de atrás y le di un beso. Saludé con otro beso a mi marido y le dije que los amaba. Los vi irse por el camino y asumí que sería un día más, como todos”.
Entró a su casa y comenzó a preparar su valija para su próximo viaje de negocios. Trabajaba en una importante compañía farmacéutica. Al mediodía iría hasta la oficina de su marido para ir a almorzar con él. Era algo que hacían cada vez que ella tenía un viaje laboral. A las 13.15 Kristie pasó a buscar a Brett.
“Estábamos hablando de lo linda que estaba Ray esa mañana y cómo estaría de contenta su maestra al verla con el vestido que le había regalado para su cumpleaños cuando, de pronto, lo noté en silencio”. Kristie estacionó de inmediato y le preguntó qué pasaba: “No llegué ni a apagar el auto que él me dijo ‘creo que me olvidé algo’ y le dije ‘okey’ y di vuelta para volver. Entonces, él me dijo que pasara con luz roja, que no me detuviera. Le pregunté qué estaba pasando y, entonces, me respondió: ‘No puedo recordar haber dejado a Ray en la guardería esta mañana’”.
Pasaron muchas luces rojas más y hasta tomaron una calle a contramano. Estaban en pánico. En el camino Brett llamó a la guardería para confirmar si había dejado a su hija. Le dijeron que no lo había hecho. Llamó a su oficina y le pidió al gerente que fuera hasta su auto para ver si estaba su hija dentro. Llamó también al 911.
Cuando llegaron Ray ya había sido sacada de la camioneta, pero no respondía. Había estado allí desde las 10.30 hasta las 13.27. Los labios de la bebé eran azules. Kristie le gritaba a emergencias que se apuraran. Intentó hacerle RCP. Trece minutos después llegaron los paramédicos y trabajaron durante cuarenta minutos más. La trasladaron al hospital y la intubaron. No hubo caso. Fue declarada muerta. Cuando se lo dijeron, Kristie relató que “fue como si me vaciaran. Todo se había ido. No era una película. Ahora, era mi vida”. Encima, estaba sola; su marido estaba declarando. Brett recién llegó a las cuatro de la tarde. No había podido despedirse de Ray. Se desvaneció y debió ser medicado y sedado.
El 17 de agosto el caso fue presentado ante un gran jurado que recomendó no imputarlo. Había sido otra cosa que un accidente espantoso.
A pesar de lo ocurrido, Kristie sostuvo que no guardó rencor contra Brett: “De inmediato supe que fue un accidente. Algo que podría haberme pasado a mí. Con los años sí tengo un poco de resentimiento, no por el accidente en sí, sino por los daños colaterales que nos trajo el Síndrome de Estrés Postraumático (en inglés PTSD). Destruyó nuestro mundo entero, el familiar, el laboral. los círculos de amigos, todo. Yo también lo tengo y se acrecienta cuando llegan fechas como el día de la madre o su cumpleaños. Ni en un millón de años hubiéramos imaginado que nos podría pasar algo así. Nunca había pensado en esa posibilidad, ni había escuchado un accidente semejante. Nos habían enseñado cómo alimentar a un bebé, cómo alzarlo, cómo mantenerlo seguro, pero nunca que podíamos olvidarlo dentro del auto. Nadie nos habló del Síndrome del bebé olvidado”.
En los años que siguieron Kristie se dedicó a concientizar sobre el tema a través de una organización que fundó llamada Ray Ray’s Pledge. El 15 de septiembre de 2015 salió la Ley Ray Ray‘s que obliga a los hospitales a educar a los nuevos padres para que sepan los peligros que conlleva olvidar a un niño dentro de un auto.
En 2012 Kristie quedó embarazada de mellizas. A ambas les puso de segundo nombre Rayne, en homenaje a la hija perdida. En la actualidad tienen 13 años, pero cuando eran pequeñas el matrimonio utilizó para monitorearlas una aplicación de Android que los alertaba ante cualquier emergencia. Kristie no confió en un solo sistema, armó una especie de red de la que no pudiera escaparse nada. Armaron un círculo de seguridad casi infranqueable con el que lograron sobrevivir y volver a sonreír.

Dos casos dobles: mellizos y gemelos
Los mellizos Luna y Phoenix tenían un año cuando su padre Juan Rodríguez, un ex combatiente en Irak y trabajador social en el hospital de veteranos del Bronx, los olvidó en su auto. Fue el viernes 26 de julio de 2019.
Esa mañana Juan dejó primero a su hijo mayor de 4 años en la casa de unos familiares y, luego, se fue a trabajar sin registrar que sus mellizos seguían con él, en sus respectivos pequeños asientos traseros, colocados mirando hacia atrás. Entró en el hospital a las ocho y su cerebro se desconectó para concentrarse en el trabajo del día. Dentro del edificio, el aire acondicionado funcionaba a pleno; afuera, el termómetro marcó una máxima de 42 grados.
Juan recién se percató de la tragedia cuando volvió a su coche, una caldera sobre ruedas. La escena fue devastadora. Tuvo que llamar a su esposa al trabajo para decirle que sus hijos “se habían ido”. Textual.
Juan resultó acusado por homicidio involuntario y negligencia criminal. Sin embargo, en agosto de 2019, los fiscales decidieron no imputarlo de manera formal. En junio de 2020, Juan Rodríguez se declaró culpable por haber puesto en peligro a los menores y recibió libertad condicional. Su esposa Marissa siguió todo el proceso firme, a su lado. Años después habló de la tragedia y señaló que su vida se había dividido ese día en un antes y un después de la muerte de sus hijos.
Tuvieron un hijo más y siguen siendo una familia, pero llevan el dolor tatuado en el alma con la misión de volver más segura la vida de todos los niños.
En junio de 2024, Juan y Marissa aparecieron juntos en la ciudad de Washington hablando sobre las medidas de seguridad que habría que implementar para que otros bebés no pasen por lo mismo. Ella, en el famoso programa Dr. Phil, reconoció haber perdonado a su marido.
Dos años después, el miércoles 1 de septiembre de 2021, hubo otra tragedia con los gemelos Brycen y Brayden McDaniel, de 20 meses, en Carolina del Sur, Estados Unidos. Fue su padre, Elmore Ashford McDaniel, quien se descuidó. El hombre atravesaba momentos de gran presión laboral, la guardería quedaba cerca de su trabajo y fue el encargado de llevarlos en esa oportunidad. Pero en el camino se puso a pensar en otras cosas y se olvidó de los niños. Estacionó su camioneta y se bajó. Nueve horas y media después fue caminando hasta la guardería para buscarlos: le dijeron que no los había llevado. Le cayó la ficha: los gemelos estaban en el auto. Salió corriendo hacia su vehículo, rompió la ventana y los sacó de ese horno a temperatura máxima. Estaban asfixiados. Los servicios de emergencia llegaron para corroborar el desastre.
Si bien en el exterior hacían 26 grados, las autoridades estimaron que dentro de la camioneta podrían haber hecho 49.
El sheriff Leon Lott calificó el hecho como un “accidente terrible” y no se presentaron cargos criminales contra el padre. Elmore y su esposa LaTrice siguieron juntos, cuidando a sus otros cuatro hijos mayores.
Un estudio publicado por Paediatric Child & Health en 2019 sostuvo que solamente en los Estados Unidos mueren, en promedio, 37 chicos por año por hipertermia dentro de los coches de sus padres. De la totalidad de los casos anuales se calculó que el 55 % se debió a un error de sus cuidadores; un 28 % resultó de accidentes provocados cuando los niños se subieron sin permiso a un coche; un 13 % fue dejado intencionalmente y un 4% no se pudo determinar.
Decenas de casos en Italia y una ley moderna
Casi la salvan, pero no. La pequeña de un año lloraba dentro de un auto en Marcon, Venecia, Italia. Unos compañeros de su padre que pasaron por el estacionamiento la vieron y fueron a avisarle a su padre. Era el jueves 18 de julio de 2024
Él debía haberla dejado en el campamento de verano, pero se le pasó. Alertado por otros, este hombre corrió al estacionamiento y llamó a emergencias. La niña llegó al hospital sin vida. El padre y la madre de la menor se desplomaron en el mismo sanatorio y debieron quedar internados cuando fueron informados de que no había nada más que hacer por su hija.
El diario La Repubblica informó en julio de 2024 que, solamente en Italia, tenían el registro de 11 niños muertos dentro de autos.
Un caso anterior a este ocurrió el 7 de junio de 2023, en Roma. Una bebé de un año, camino a la guardería, fue dejada por su padre en el vehículo. Otro, sucedió el martes 19 de septiembre de ese mismo año en Catania, Sicilia: el padre olvidó dentro de su automóvil a su hijo de 2 años. Ese caso fue idéntico a otro ocurrido en ese mismo lugar en 1998. Las muertes se multiplican como las figuras en un espejo facetado.
En Italia se alarmaron lo suficiente. Desde el 7 de noviembre de 2019, toda persona que transporte a un menor de 4 años, tiene la obligación de utilizar “dispositivos antiabandono” en las sillas infantiles. Está legislado e incorporado al Código de circulación.
El objetivo es que el sistema instalado le avise al adulto si deja al niño en el asiento. Un sensor que va, por lo general, en la silla, detecta el peso/presencia del bebé. Mientras el auto está en marcha no pasa nada, pero cuando el conductor apaga el motor y se aleja del auto, el sistema detecta que el teléfono o dispositivo asociado se está yendo. Es entonces cuando emite una alarma sonora y/o visual. En los sistemas más complejos hace todavía más: envía una alerta al teléfono del adulto. Y si ese adulto no responde, algunos sistemas envían de manera automática un mensaje a otros teléfonos previamente configurados. Por ejemplo, el del otro progenitor. Está pensado específicamente para que estos olvidos dejen de ocurrir. En otros países también se venden, pero su uso no es obligatorio. El Parlamento Europeo llegó a pedir que se promoviera el uso de estos dispositivos para que una barrera tecnológica pueda reparar el error de un adulto y la posible muerte de un niño, pero no se hizo.
Síndrome del bebé olvidado
Algunos fabricantes de autos han incorporado sistemas de detección de ocupantes en determinados vehículos. En Estados Unidos algunos vehículos modernos ya tienen una función Rear Seat Reminder (detección de ocupantes asientos traseros) que se ve al mirar el tablero. Pero ¿si la persona a cargo se olvida de mirar el tablero como se olvida de ver si tiene suficiente combustible? La ley italiana es la más avanzada de todas. Y no hay dudas de que los sensores más evolucionados son a prueba de casi todo: no depende solo de que el adulto se acuerde de mirar, porque ya de hecho se olvidó de su hijo, sino que puede llamar al otro adulto registrado.
Hay denominadores comunes en la gran mayoría de los casos: ocurren durante días laborables y cuando la persona tiene que asumir una tarea que no forma parte de su rutina habitual. El silencio del sueño del menor en la parte trasera y la distracción con llamadas o pantallas, contribuyen a que el conductor se disperse y se olvide que tiene a alguien a cargo.
Siempre hablamos de olvidos, no de hechos intencionales. De hecho, en los Estados Unidos acuñaron un nombre común para estos casos a partir de las investigaciones del psicólogo David Diamond: “Síndrome del bebé olvidado”. El término se extendió al resto del mundo. Se lo reconoce como un fenómeno médico y psicológico en el que un progenitor o cuidador olvida por completo que lleva a un bebé o niño pequeño a bordo del coche. Así de sencillo: un fallo catastrófico de la memoria del cerebro humano.
Nuestro órgano gris tiene dos tipos de memoria: la que anda en piloto automático haciendo actividades repetitivas sin pensarlo (algo que controlan los ganglios basales) y la que se llama memoria prospectiva, la que planea lo que vamos a hacer nuevo o diferente ese día (esto está bajo el mando del hipocampo y de las redes prefrontales y mediales). Normalmente estas dos memorias son colaborativas, pero en algunas circunstancias el “piloto automático” secuestra nuestra atención y “borra”, por decirlo de alguna manera, el resto. El estrés, la falta de sueño y los cambios recientes de agenda, colaboran en esta falta de interacción de nuestras memorias.
En cualquier caso, no hay dudas de que ayudaría prestar atención a este fenómeno sobre el que escribimos hoy y no sentirnos jamás inmunes a los olvidos.
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