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El monasterio sangrante de España: doscientos monjes asesinados en un rato y un claustro que se manchaba de rojo una vez por año

Cada agosto en España se recuerda a los religiosos que, cerca de Burgos, resistieron la invasión musulmana y que, por eso, fueron “pasados a cuchillo”. Durante la Guerra Civil, el lugar se convirtió en un campo de concentración del franquismo

Una pintura a cargo del fray español Juan de Ricci homenajea a los Mártires de Cardeña.
Una pintura a cargo del fray español Juan de Ricci homenajea a los Mártires de Cardeña.
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El 6 de agosto de 953, hace exactamente 1.073 años, el general árabe Gálib llegó con su ejército al Monasterio de San Pedro de Cardeña, en España. Venía de arrasar la región: había tomado la fortaleza de San Esteban de Gormaz, había seguido hacia el norte por la vía romana que unía Clunia con Burgos, había destruido los territorios que encontró a su paso por los Cerros de Lara, Palazuelos de la Sierra y Santa Cruz de Juarros. La capital de Castilla la Vieja acababa de caer. El monasterio, a doce kilómetros al sureste de Burgos, era el blanco siguiente.

No era un objetivo casual. San Pedro de Cardeña llevaba décadas acumulando donaciones de monarcas y fieles. Entre sus muros se veneraban reliquias de San Pedro y San Pablo, San Juan Evangelista, San Vicente y Santa Eufemia. Tenía doscientos monjes, una biblioteca, cruces, cálices, campanas. Todo lo que una tropa en campaña podía querer: riqueza concentrada y enemigos desarmados.

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La historia dice que los monjes sabían lo que iba a pasar. Que el abad Esteban convocó a la comunidad, que nadie propuso huir, que celebraron misa juntos y recibieron la comunión. Cuando los soldados de Gálib llegaron y exigieron que los monjes renunciaran a su fe y abrazaran el islam, el abad y sus doscientos hermanos dijeron que no.

Los pasaron a cuchillo en el claustro, en el día de la festividad de los santos mártires Justo y Pastor. El monasterio fue saqueado. Gálib despachó un correo a Córdoba con las noticias de sus victorias y poco después llegó al sur un convoy con el botín: cruces, cálices, campanas. Los musulmanes cordobeses lo recibieron con satisfacción y festejo.

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Hasta aquí, la historia del asesinato de los monjes de Cardeña cuenta con unanimidad por parte de quienes investigaron lo sucedido. Pero hay un dato, el del año en que ocurrieron los hechos, que en la que no todos los historiadores están de acuerdo.

La lápida con errores

En el claustro del monasterio hay una inscripción en latín tallada en la segunda mitad del siglo XIII. Data los hechos en el año 872 de la Era hispánica, cuarta feria, a ocho días de los idus de agosto, es decir, del 13 de agosto, tal como correspondía según el antiguo calendario romano. Atribuye la masacre a un tal rey Zepha. Y tiene, al menos, tres errores verificables.

La lápida sobre los mártires que contiene, al menos, tres errores históricos.
La lápida sobre los mártires que contiene, al menos, tres errores históricos.

El primero: en el año 872 de la Era hispánica, equivalente al 834 del calendario cristiano, el 6 de agosto no cayó miércoles —cuarta feria— sino jueves. El segundo: no hay constancia de que el monasterio hubiera sido fundado en ese entonces. El tercero: está comprobado que en 834 no hubo ninguna expedición militar árabe al norte de Toledo.

En cuanto al rey Zepha, su nombre no aparece en ningún otro documento medieval. Los historiadores concluyeron que quien grabó la lápida tomó la palabra árabe azeipha —que significa incursión militar, de donde derivó el castellano aceifa— y la confundió con el nombre propio del comandante.

El obispo auxiliar de Burgos Demetrio Mansilla Reoyo, que cumplió funciones a mediados del siglo XX y que investigó los hechos, determinó que la inscripción contiene un “notorio error”. Hay quienes fueron más lejos y la calificaron directamente de falsa.

Un acercamiento a la certeza

El asesinato feroz de los monjes de Cardeña no aparece en ninguna de las grandes crónicas medievales que registraron los hechos de la época. No está en el libro becerro de Cardeña, que agrupa escrituras entre los años 889 y 1085. No aparece en los anales compostelanos, complutenses ni toledanos de aquella época, ni en el Chronicon Burgense —que sí menciona el martirio de San Pelayo en Córdoba—.

La primera mención documental extensa proviene de la Crónica General de España salida del scriptorium -es decir, de las copias de manuscritos elaboradas por los monasterios de la Edad Media- de Alfonso X el Sabio a finales del siglo XIII. Y ahí aparece la primera discrepancia considerable respecto de la lápida: la Crónica alfonsina habla de trescientos monjes, no de doscientos.

El claustro en el que se produjo el asesinato de los Mártires de Cardeña.
El claustro en el que se produjo el asesinato de los Mártires de Cardeña.

Los historiadores tomaron esa diferencia como señal de que el cronista desconocía la existencia de la lápida y trabajaba con una fuente distinta. La Crónica también ubica los hechos en una época diferente: no en tiempos de Alfonso III sino en la segunda mitad del siglo X.

Es ahí donde convergen la Crónica alfonsina y los historiadores más documentados: la fecha probable es el 6 de agosto de 953.

Lo que tiene un respaldo histórico más sólido es el marco político y militar de la incursión musulmana en el Monasterio de San Pedro de Cardeña. Apenas Ordoño III subió al trono de León, alrededor del año 951, el nuevo rey se vio envuelto en una guerra contra su hermano Sancho, respaldado por el rey García de Navarra y el conde castellano Fernán González.

Los ejércitos de Abderramán III, el líder de la conquista musulmana en la región española de Córdoba, aprovecharon esas discordias internas para lanzar expediciones exitosas al norte en los años 951 y 952. Envalentonadas por esos triunfos, las tropas planearon un ataque más ambicioso para el verano de 953.

Ahmed ben-Yala, gobernador de Badajoz, y Gálib, gobernador de Medinaceli, dirigieron la campaña. Fernán González intentó negociar la paz con Ordoño III cuando ya era tarde. Fue en ese contexto donde, según la tradición más documentada, cayeron los doscientos monjes de Cardeña.

El claustro que sangraba

Los cuerpos de los monjes fueron enterrados en el mismo claustro donde cayeron, que desde entonces se conoció como “el claustro de los mártires”. Y lo que siguió, según la documentación medieval y la devoción católica construida sobre esos hechos, fue un supuesto suceso que se repitió durante siglos: cada 6 de agosto, en el aniversario de la masacre, el pavimento del claustro se teñía de sangre.

El Monasterio de San Pedro de Cardeña, a 12 kilómetros de la ciudad de Burgos.
El Monasterio de San Pedro de Cardeña, a 12 kilómetros de la ciudad de Burgos.

La Crónica de Alfonso X ya lo insinúa cuando dice que “Dios obra por los monjes muchos milagros”. El fenómeno quedó registrado explícitamente en un título nobiliario otorgado en 1473 por el rey Enrique IV de Castilla. El dominico Alfonso Chacón, en su voluminoso libro De martyrio ducentorum monachorum sancti Petri a Cardegna, impreso en Roma en 1594 como preparación para la canonización de los monjes, consignó además un buen número de presuntos milagros realizados a través de los siglos por su intercesión.

Según la tradición, el suceso de cada 6 de agosto fue ininterrumpido durante casi quinientos años y cesó poco antes de que concluyera la Reconquista. La sangre del claustro dejó de brotar cuando la causa por la que los monjes habían sido asesinados quedó resuelta con la toma de Granada en 1492.

El claustro visible hoy en San Pedro de Cardeña no es el espacio físico exacto donde ocurrieron los hechos. En el siglo XV se corrió la pared adyacente a la iglesia, de modo que las sepulturas quedaron dentro del templo, en lo que hoy se llama la capilla de los mártires.

Las ruinas y el silencio ocuparon el monasterio durante algunos años después del ataque. Fue el conde García Fernández, hijo de Fernán González, quien lo restauró y financió su nueva puesta en funcionamientopara que volviera a funcionar.

La Crónica General, el Martirologio Antiguo de Cardeña y una memoria antigua del siglo XV coinciden en atribuirle la restauración. El obispo Mansilla Reoyo señala que esa unanimidad entre fuentes distintas es una prueba adicional de que el martirio ocurrió en el siglo X: si hubiera sido en el IX, el restaurador habría sido otro.

Una canonización que tardó siglos

El reconocimiento oficial de la Iglesia fue un proceso lento y accidentado. Los trámites para la canonización comenzaron a mediados del siglo XV, cuando el abad Pedro del Burgo viajó a Roma con el beneplácito del rey Juan II y un informe del obispo Alonso de Cartagena sobre los hechos ocurridos en el monasterio. El trámite quedó paralizado sin explicación registrada.

Muestra Cristina Santander INTERIOR
Una ilustración del Cid Campeador. Según los registros históricos, el cadáver del héroe estuvo en el Monasterio de Cardeña.

Cien años después, el embajador Diego Hurtado de Mendoza retomó las gestiones ante la Santa Sede, incluyendo en ellas el intento paralelo de canonizar al Cid Campeador. La vinculación del Cid con Cardeña era real: según el Cantar de Mio Cid, Rodrigo Díaz de Vivar dejó a su esposa Jimena y a sus hijas en el monasterio cuando partió al destierro.

Cuando murió en Valencia en 1099, Jimena quedó al frente de la ciudad. Pero la invasión de los almorávides, provenientes del norte de África, obligó a la retirada en 1102 y fue entonces cuando se trasladó el cuerpo del guerrero a Cardeña. La tumba fue profanada por las tropas napoleónicas en 1808; los restos peregrinaron décadas hasta llegar a la Catedral de Burgos en 1921. En el monasterio queda un monolito que señala el lugar donde, según la tradición, fue enterrado Babieca, el caballo del Cid.

Hurtado, el embajador que se ocupaba de las gestiones ante el Vaticano, tuvo que abandonar Italia durante la guerra de 1551 a 1559, y con él se perdieron los manuscritos del archivo del monasterio.

En 1586 el proceso se reanudó bajo el abad Hernando Correa, con el patrocinio de Felipe II. La documentación fue presentada ante la Sagrada Congregación de Ritos en 1590. Pasaron doce años y cuatro Papas. El 11 de enero de 1603, ya en tiempos de Felipe III, el papa Clemente VIII publicó la autorización de la inclusión de los monjes de Cardeña en el martirologio romano. No fue una canonización plena sino una autorización de culto.

El monasterio lo celebró con una capilla dedicada a los Santos Mártires y con una semana entera de actos y solemnidades religiosas. El culto a los monjes se extendió a pueblos de las diócesis de Valladolid y Palencia, y las reliquias fueron solicitadas por las catedrales de Burgos, Santiago, León, Palencia, Osma, Badajoz, Santander, Canarias y México.

La respuesta popular había precedido hacía mucho a la institucional por parte de la Iglesia. Fueron a Cardeña en peregrinación el rey Enrique IV en 1473, Isabel la Católica en 1496, Felipe II en 1592, Felipe III en 1605 y Carlos II en 1677.

El monasterio hoy

San Pedro de Cardeña sobrevivió siglos de guerra, saqueo, restauración y abandono. En medio de la desfinanciación de la Iglesia por parte del Estado español durante el siglo XIX estuvo más de cien años sin monjes. Lo ocuparon brevemente los trapenses en 1880, los escolapios entre 1888 y 1901, y los capuchinos entre 1905 y 1921. En 1933 llegó una comunidad cisterciense. La Guerra Civil lo convirtió en campo de prisioneros. En 1942 la vida monástica se restableció definitivamente y en 1948 obtuvo el título de abadía.

Hoy lo habita una comunidad de monjes trapenses que cada año el 7 de agosto —fecha en que la Iglesia de Burgos celebra el martirio— conmemora lo que ocurrió en ese claustro. El pavimento ya no se tiñe de sangre. Las sepulturas están dentro de la iglesia, en la capilla de los mártires, y no en su camposanto.

Pero la memoria del episodio sigue ahí, sostenida por una inscripción con errores, una crónica con un número distinto de víctimas, y la certeza compartida de que en algún 6 de agosto del siglo X, en ese lugar, doscientos hombres —o incluso trescientos, según quién cuente la historia— se negaron a renunciar a su fe y fueron asesinados por eso.

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