
Las guerras de Nueva Zelanda enfrentaron a los maoríes con la Corona británica y los colonos en el siglo XIX, cuando el avance colonial abrió una disputa por la tierra, la soberanía y la autoridad política indígena. Según la revista National Geographic, el conflicto surgió tras el Tratado de Waitangi y se agravó cuando las promesas sobre derechos y propiedad chocaron con la anexión británica y la presión por adquirir tierras maoríes.
Fueron una serie de conflictos entre grupos maoríes y el poder británico por la imposición de la soberanía colonial y por la compra y confiscación de tierras ancestrales. Los maoríes se negaron a someterse porque defendían su territorio, su organización política y una interpretación del Tratado de Waitangi que, para muchos rangatira, les permitía conservar el control de sus comunidades, recursos y formas de vida.
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Los maoríes llegaron a Nueva Zelanda a mediados del siglo XIII desde la Polinesia oriental y ocuparon todo el territorio, organizados en tribus y subtribus. Mucho después, los europeos empezaron a asentarse a fines del siglo XVIII, primero como balleneros, cazadores de focas y comerciantes.
Misioneros y jefes maoríes pidieron la intervención británica ante el desorden en los asentamientos y el temor a nuevas agresiones extranjeras. James Busby se instaló en Waitangi y buscó alianzas con rangatira locales antes de que William Hobson llegara en 1840 con la misión de obtener el consentimiento para convertir el archipiélago en colonia británica.
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El tratado se firmó el 6 de febrero de 1840 por unos cuarenta jefes maoríes y luego por unos 500 rangatira más. Según National Geographic, muchos entendieron que la Corona gobernaría a los extranjeros, mientras ellos conservarían la autoridad sobre sus comunidades, tierras y recursos.
Del Tratado de Waitangi al despojo de tierras
La situación cambió con rapidez cuando Hobson proclamó la soberanía británica en mayo de 1840. La llegada de colonos creció hasta volver escasa la tierra y el gobierno empezó a comprar terrenos maoríes a precios ínfimos, impulsado por la Compañía de Nueva Zelanda.
La exclusión también alcanzó la política. Cuando Nueva Zelanda creó su primer Parlamento en 1852, los maoríes no pudieron votar porque ese derecho dependía de la propiedad individual, mientras sus tierras tenían carácter comunal.
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Para muchos grupos, vender la tierra significaba perder sustento, tradiciones y cultura. Ese sentimiento de traición impulsó el movimiento Kīngitanga, que nombró a Pōtatau Te Wherowhero como rey maorí en 1858, aunque los británicos nunca lo reconocieron.
Cómo se organizó la resistencia maorí

La guerra abierta estalló en 1844, cuando Hone Heke Pokai, jefe ngāpuhi y primer firmante del tratado, ordenó derribar el mástil británico en Koroāreka y saquear la localidad. La llamada Guerra del Norte terminó en 1846, pero en los años siguientes continuaron otros choques menores.
Desde 1860, la tensión aumentó en la Isla Norte. Alrededor de Taranaki Mounga, los maoríes emprendieron una guerra de guerrillas que aprovechó su conocimiento del terreno y complicó el avance colonial.
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National Geographic cita la valoración del historiador militar J.W. Fortescue, quien describió a los maoríes como los guerreros más extraordinarios a los que se enfrentaron los británicos. El mismo texto añade que se los admiraba por el trato a los heridos y por conductas en combate como pedir municiones o agua al enemigo para continuar la pelea, o enviar comida a las tropas británicas.
Orākau, el emblema de una resistencia hasta el final
En 1864 ocurrió un episodio decisivo durante el sitio de Orākau, donde casi 300 hombres, mujeres y niños se refugiaron bajo el mando de Rewi Maniapoto. Frente a ellos, el general Duncan Cameron reunió a más de 1.400 soldados.
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Cuando Cameron ofreció la rendición, la respuesta atribuida a los defensores fue: “Ka whawhai tonu mātou, Ake! Ake! Ake!”, que National Geographic traduce como: “Lucharemos para siempre”. Después, cuando los británicos ofrecieron una salida segura para mujeres y niños, Ahumai Te Paerata respondió que se quedarían a combatir junto a los hombres.
Esa misma tarde, los defensores abandonaron la posición a plena luz del día. Más de la mitad murió durante la retirada, en un desenlace que convirtió a Orākau en símbolo de la negativa maorí a rendirse.
El costo territorial y político de las guerras
Tras la campaña, los británicos confiscaron casi medio millón de hectáreas de tierras maoríes, incluso de tribus que se habían mantenido neutrales. Según National Geographic, esas áreas pasaron a conocerse como tierras confiscadas por la fuerza.
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En 1865, una nueva ley permitió la venta directa de tierras a colonos sin mediación de la Corona, en contra del Tratado de Waitangi. El novelista Anthony Trollope escribió en 1872, según recogió National Geographic: “Venderán poco a poco incluso las tierras de las que hoy estamos excluidos”.

A fines del siglo XIX, los maoríes representaban solo el 5% de la población de Nueva Zelanda y conservaban el 15% de la superficie del país. Durante el siglo XX impulsaron la autodeterminación y la recuperación de tierras ancestrales, y hoy mantienen sus reclamaciones para que el Estado de Nueva Zelanda cumpla el Tratado de Waitangi.
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