Para su esposa era un hombre ejemplar y para el FBI, un asesino feroz: la caza del criminal que mataba cerca de las vías de un tren

Luego de una larga negociación con el FBI y los Rangers de Texas, el 13 de julio de 1999, Ángel Leoncio Maturino Reséndiz se entregó a las autoridades en un puesto fronterizo de El Paso. Confesó 15 muertes cometidas en los Estados Unidos porque lo engañaron prometiéndole que no sería ejecutado. En cambio, guardó silencio hasta su muerte sobre más de 180 crímenes cometidos en México

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Ángel Reséndiz
El FBI irrumpió en San Nicolás Tolentino en 1998 para buscar a Rafael Reséndiz y terminó descubriendo que el sospechoso era en realidad Ángel Leoncio Maturino Reséndiz

En sus sesenta y pico de años de existencia, don Rafael Reséndiz no había tenido mayores sobresaltos hasta que una mañana de mediados de 1998 se pegó el susto de su vida al ver su casa –poco más que un rancho– rodeada de hombres armados, calzados en chalecos antibala, con un jefe que le gritaba en español, pero con marcado acento extranjero, que saliera con las manos en alto. A decir verdad, ese día no fue don Rafael el único asustado, porque los habitantes de San Nicolás Tolentino nunca habían visto algo así. Un rato antes, cuatro camionetas negras, con los vidrios polarizados, habían entrado al pueblo a alta velocidad, levantado nubes de tierra por la calle principal hasta detenerse chirriando los frenos frente a la única plaza del lugar. Si eso inquietó a quienes andaban por ahí haciendo sus cosas, se alarmaron mucho más al descubrir que los hombres que bajaban de los vehículos no eran mexicanos como ellos sino estadounidenses, que portaban armas largas y llevaban gorras donde decía FBI, como en las series de televisión.

Los menos de cinco mil habitantes del pueblo, casi todos campesinos, nada sabían de jurisdicciones y nadie siquiera se preguntó qué hacían esos “yanquis” ahí. Sabían, sí, que a la autoridad se la respeta y por eso los primeros que fueron abordados por los agentes no dudaron en indicar una casa cuando les preguntaron por Rafael Reséndiz. Así llegaron los agentes al rancho, lo rodearon con un despliegue de gritos y armas nunca visto, y ordenaron a quienes estaban allí que salieran con las manos en alto.

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-FBI. Buscamos a Rafael Reséndiz– gritó entonces el que parecía ser el jefe.

-Soy yo– contestó don Rafael con un hilo de voz.

Los estadounidenses se miraron desconcertados: buscaban a un tipo de unos treinta o cuarenta años y el hombre que decía ser Rafael Reséndiz pasaba largamente los sesenta. Le preguntaron si no había otro Rafael y fue entonces cuando el viejo campesino cayó en la cuenta de que se referían a su sobrino Ángel, el hijo de su hermana que había criado hasta los 12 años, cuando un día se fue. La confusión venía porque desde chiquito a Ángel le gustaba que lo llamaran Rafael. Lo buscaban a él.

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Siguió entonces una larga explicación en la que a don Rafael le costó convencer de eso a los agentes, que tampoco le creyeron cuando les dijo que hacía años que no lo veía y que no lo tenía oculto ahí. “Llegaron varias camionetas y andaban por todas las calles del pueblo. Entonces fueron a buscarme cuando regresaba de ver lo de la siembra… para ese momento supe lo que había hecho Ángel”, le contó el hombre al periodista Darío Dávila, el único que lo buscó en 2006, cuando su sobrino Ángel –el que se hacía llamar Rafael- iba a ser ejecutado en una cárcel de Texas.

Después de revisar su casa e interrogarlo a fondo, el jefe de los “yanquis” le contó que a su sobrino era uno de los diez delincuentes más buscados de los Estados Unidos, un peligroso asesino en serie con más de quince muertes en su haber, todas cometidas cerca de las vías trenes y que por eso se lo conocía como “El asesino de los rieles” y también como “El asesino del ferrocarril”. Luego de escuchar todo eso, don Rafael contestó que no podía creerlo, que ese no era su Ángel, el sobrino que se fue del pueblo cuando tenía 12 años y nunca volvió a ver. “Era alegre como todos los niños. También juguetón. Los sábados me lo llevaba al campo. A la caña. ¿sabe algo? Él conoce el campo. Aquí se crio. Siempre ignoramos por qué desapareció. Una tarde ya no regresó de la escuela”, le dijo al agente del FBI, como si con esa semblanza pudiera exculparlo de los crímenes que le imputaban.

Angel Maturino Resendiz asesino del ferrocarril
Antes de convertirse en el Asesino de los Rieles, Ángel Reséndiz cruzó varias veces la frontera entre México y Estados Unidos y acumuló detenciones por ingreso ilegal, robo, armas y falsificación de documentos (AP Photo/Buster Dean, Pool)

Un Ángel llamado Rafael

El operativo fue un fiasco porque los agentes del FBI –estaban actuando con el permiso de las autoridades mexicanas– no encontraron al asesino en serie que buscaban, pero se llevaron un dato revelador que los ayudaría a encontrarlo: el supuesto Rafael Reséndiz se llamaba en realidad Ángel Leoncio Maturino Reséndiz. También supieron de boca de don Rafael –el verdadero– una parte desconocida de la historia de Ángel. Les contó que había nacido el 1° de agosto de 1959, que era hijo de su hermana Virginia pero que lo había criado él. “Me lo trajeron cuando estaba recién nacido. Mi hermana Virginia Reséndiz me lo dejó. Ella tuvo que irse. No sé por qué su padre se apartó de ellos. Sólo vino una mañana y me lo dejó”, relató.

Al recordar la infancia de Ángel, dijo que lo mandaban a la escuela y que no era un chico con problemas, pero que un día, cuando tenía 12 años, se fue para no volver y no supieron más de él. Lo buscaron por todo el pueblo, pero no lo encontraron y que al final se resignaron a perderlo pero nunca lo olvidaron. “Con decirle que hasta mi madre, que ya es difunta la pobrecita, hasta le ponía ofrenda cada año, porque nunca supimos de él”, explicó.

El viejo campesino no sabía más, pero la otra parte de la historia el FBI ya la conocía. Los agentes tenían bien en claro qué se había hecho de la vida de Ángel, alias Rafael, desde que se fue del pueblo y cruzó la frontera de México con Estados Unidos por primera vez hasta que se convirtió en un asesino en serie. Porque antes de empezar a matar, el supuesto “Rafael Reséndiz” ya tenía una carrera criminal bastante frondosa.

Había pasado de un país a otro varias veces durante esos años. En territorio estadounidense tuvo varios trabajos: fue recolector de naranjas en Florida, cosechador de tabaco en Kentucky, de lechuga en California y de espárragos en Washington. Eran ocupaciones ocasionales, porque más que nada se dedicó a delinquir. Fue detenido por lo menos seis veces, por delitos tan variados como robo de autos, posesión de armas y falsificación de documentos. El Servicio de Inmigración y naturalización de los Estados Unidos lo detuvo la primera vez en 1976 por cruzar ilegalmente la frontera y lo expulsó, pero volvió enseguida. Un mes después la policía de Michigan lo detuvo por segunda ocasión y lo volvió a deportar. Tres años después, en septiembre, Reséndiz fue acusado de robo de vehículo y asalto violento en Miami, pero tras cumplir seis años en prisión recuperó su libertad y fue expulsado otra vez a México.

Volvió y en junio de 1986 las autoridades de Laredo, Texas, lo detuvieron por falsear documentos al intentar un nuevo ingreso a Estados Unidos. Un juez federal en San Antonio lo condenó a 18 meses de prisión, y al cumplir su condena fue enviado nuevamente del otro lado de la frontera. En marzo de 1989 bajo el seudónimo de Reséndez Ramírez volvió a ser detenido y enfrentó un juicio federal en Saint Louis, acusado de 16 cargos, que incluían declarar falsamente ser ciudadano estadounidense y la posesión ilegal de un arma de fuego. Lo expulsaron otra vez. Fue la última antes de que empezara a matar y se convirtiera en un temible criminal en serie, el Asesino del Ferrocarril.

Ángel Maturino Reséndiz
La investigación identificó a Ángel Leoncio Maturino Reséndiz como el Asesino del Ferrocarril, un asesino en serie vinculado con más de quince muertes cerca de las vías del tren en Estados Unidos

Matar cerca de las vías

Cuando los agentes del FBI intentaron sin suerte capturar a Ángel Reséndiz en San Nicolás Tolentino creían que la serie de crímenes del Asesino del Ferrocarril había comenzado en 1991, con la muerte de Michel White, de 33 años, cuyo cadáver fue encontrado en el jardín del frente de una casa abandonada cerca de las vías del tren en la ciudad de Lexington, Kentucky. Sería el propio asesino quien, al confesar, llevaría más atrás en el tiempo el inicio de su raid criminal, hasta 1986 cuando mató con cuatro tiros a una indigente y dejó su cadáver en una granja abandonada. Reséndiz declaró que la conoció en un refugio para personas sin techo y que viajaron juntos en una motocicleta, hasta que la mujer “le faltó el respeto”, lo que lo “obligó a matarla”. Poco después, Reséndiz buscó al “novio” de la mujer que había matado y también lo asesinó a balazos.

El cadáver de Michel White, de 33 años, fue encontrado el mes de julio de 1991 en un terreno abandonado en el centro de Lexington, Kentucky. Al confesar el crimen, Reséndiz dibujó un mapa de la escena a los agentes y les dijo que había asesinado a White porque el tipo era homosexual.

Ya no se detuvo. El 4 de octubre de 1998, irrumpió en la casa de Leafie Mason, una anciana de 81 años que vivía en Hughes Springs, Texas, y a quien asesinó con una plancha de hierro. A menos de cincuenta metros se encontraba la línea del tren Kansas City-Southern. En diciembre del mismo año abusó sexualmente, golpeó y apuñaló en su propia casa a la neuróloga pediátrica de 39 años, Claudia Benton, quien era egresada de la escuela de Medicina de Baylor. Reséndiz escapó en un tren de carga de la compañía Southern Pacific.

El 30 de abril de 1999, después de matar al estudiante Christopher Maier, asesinó a martillazos al predicador Norman “Skip” Sirnic, de 46 años, y a su esposa, Karen, de 47. Dos meses después la víctima fue Josephine Konvicka, una mujer de 73 años que también vivía cerca de las vías del ferrocarril. La policía encontró el Jeep Cherokee de Konvicka en San Antonio, Texas, y descubrió huellas dactilares en el volante que permitieron identificar a Reséndiz. Siete días más tarde le disparó a un hombre de 80 años, George Morber, y golpeó hasta matarla a su hija de 52 años, Carolyn Frederick, en Gorham, Illinois. La policía del condado de Jackson encontró nuevamente las huellas dactilares del asesino en serie en el lugar de los hechos.

Angel Maturino Resendiz asesino del ferrocarril
Entre 1998 y 1999, el Asesino del Ferrocarril cometió asesinatos en Texas, Kentucky e Illinois y dejó huellas dactilares que permitieron identificarlo

Una promesa y una entrega

Cuando supo la verdadera identidad del autor de los crímenes, el FBI lanzó una fuerte campaña pública para capturar al Asesino del ferrocarril, ya identificado definitivamente como Ángel Leoncio Maturino Reséndiz. Para capturarlo se movilizó un equipo de 200 agentes especiales, al tiempo que se ofreció una recompensa de 125.000 dólares –que luego ascendió a 150.000– para quien diera información que permitiera detenerlo.

Para reforzar la búsqueda, el caso fue llevado además al programa de televisión America’s Most Wanted, donde se pidió la colaboración del público para capturarlo. Esa transmisión resultó decisiva: el mensaje de un telespectador permitió localizar a la esposa del asesino –lo que fue una sorpresa, porque el FBI no sabía que estaba casado y tenía dos hijos– y contactarla. Julieta Domínguez Reyes –así se llamaba la mujer– juró que no sabía que su marido era un asesino y lo describió como un hombre “ejemplar” que nunca había tenido actitudes violentas, ni con ella, ni con sus hijos, ni tampoco con sus vecinos.

La policía de Texas, que colaboraba en la búsqueda, encontró a su vez a la hermana de Reséndiz, Manuela, que hizo un trato con los agentes que la contactaron: si convencía a Ángel para que se entregara, la justicia no lo condenaría a muerte. El ranger de Texas Drew Carter, a cargo del equipo policial que seguía al Asesino de los Rieles –como también se lo llamaba-, le prometió que sería una oferta imposible de cumplir, porque Reséndiz sería sometido a juicio y esa decisión sólo podía tomarla el jurado.

Así, después de tres días de negociaciones a cargo de Manuela, el 13 de julio de 1999 a las nueve de la mañana Ángel Reséndiz se entregó en un puesto de control fronterizo de El Paso, en Texas. Lo acompañaban su hermana y un hombre que dijo ser su guía espiritual.

Angel Maturino Resendiz asesino del ferrocarril
El FBI movilizó a 200 agentes, ofreció una recompensa de hasta 150.000 dólares y recurrió al programa America’s Most Wanted para capturar a Ángel Reséndiz (AP Photo/David J. Phillip, POOL)

Nada para “los gringos”

Durante el juicio, realizado en Houston el año siguiente, la defensa de Reséndiz intentó que se lo declarara inimputable por insania, pero el jurado rechazó el pedido y lo declaró culpable. Lo sentenciaron a morir. El Asesino del Ferrocarril se sintió traicionado, porque confiado en la promesa de que no sería condenado a muerte hecha por el ranger Carter había confesado todos los crímenes cometidos en territorio estadounidense.

Al saberse perdido, además de denunciar al policía que lo había engañado en una carta enviada al diario San Antonio Express News, concedió una entrevista en la que aseguró que había cometido más de 180 asesinatos, la mayoría de ellos en territorio mexicano, pero que jamás revelaría quiénes habían sido las víctimas. “No voy a darles a las autoridades la información. Van a matarme de cualquier modo, así que ¿para qué? La única cosa que puedo tener conmigo y resguardar de los gringos es la verdad”, dijo.

Esa fue la última declaración pública de Ángel Leoncio Maturino Reséndiz, el Asesino del Ferrocarril. Desde entonces guardó silencio en su celda del pabellón de la muerte de la prisión de máxima seguridad de Terrel Unit hasta que fue ejecutado con una inyección letal el 27 de junio de 2006.

Las sangrientas andanzas del Asesino del Ferrocarril dieron lugar a varias series y películas. Netflix lo seleccionó para el capítulo de presentación de la primera temporada de Catching Killers (Cazar asesinos) y La Revista People investiga produjo en 2024 la película documental Surviving the Railroad Killer, basada en el testimonio de Holly Dunn, la única persona que sobrevivió a uno de sus ataques.

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