
Poco después de las nueve de la noche del 12 de julio de 1967, una patrulla policial detuvo a un taxi en una calle de Newark, Nueva Jersey. Lo que parecía un procedimiento rutinario terminó convirtiéndose en uno de los episodios más trascendentes de la historia contemporánea estadounidense. El conductor, un hombre afroamericano llamado John William Smith, fue golpeado durante su arresto y trasladado a una comisaría. En cuestión de horas comenzó a correr un rumor que nadie pudo detener: el taxista había muerto a manos de la policía.
La noticia, falsa pero verosímil para una comunidad acostumbrada a denunciar abusos policiales, cayó sobre una ciudad que llevaba años acumulando frustraciones. Miles de personas salieron a las calles exigiendo explicaciones. Las protestas derivaron rápidamente en saqueos, incendios, enfrentamientos armados y una respuesta policial y militar que multiplicó la tragedia. Cinco días después, Newark era una ciudad devastada: 26 muertos, centenares de heridos, más de 1.500 detenidos y barrios enteros reducidos a escombros.
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Aunque la violencia comenzó con una detención, sus raíces eran mucho más profundas. John William Smith tenía 51 años y trabajaba como taxista desde siempre. Era conocido entre sus pasajeros como un hombre tranquilo y trabajador que recorría diariamente las calles de Newark para mantener a su familia. Como muchos afroamericanos de la época, había vivido en carne propia la segregación, la discriminación laboral y las permanentes tensiones con las fuerzas de seguridad.
Aquella noche conducía por el barrio Central Ward cuando fue detenido por dos oficiales de policía. Según la versión oficial, había adelantado indebidamente a un patrullero estacionado. Smith negó cometer dicha infracción y comenzó una discusión con los agentes.
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Lo que ocurrió después sigue siendo motivo de debate. Testigos afirmaron que los policías lo golpearon violentamente con bastones y culatas de armas antes de introducirlo en el vehículo policial. Los agentes sostuvieron que el conductor se había resistido al arresto y que fue necesario reducirlo por la fuerza.
Smith fue llevado al Cuarto Precinto –comisaría ubicada en la avenida 16 de la ciudad-. Allí continuó recibiendo atención médica debido a las lesiones sufridas durante la detención. Mientras permanecía bajo custodia, comenzaron a reunirse vecinos frente a esa dependencia policial. La tensión aumentó cuando una mujer aseguró haber visto el cuerpo ensangrentado del conductor. En pocos minutos el comentario se transformó en una versión mucho más dramática: “La policía mató al taxista”. Entonces, la indignación explotó.
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Los primeros manifestantes exigían simplemente que Smith apareciera vivo. Querían verlo salir caminando de la comisaría, una explicación, y pruebas de que el rumor era falso. Sin embargo, la relación entre la comunidad afroamericana y la policía de Newark llevaba demasiado tiempo deteriorándose como para confiar en las versiones oficiales.
Durante toda la década de 1960 las denuncias por detenciones arbitrarias, golpizas y discriminación eran constantes. La ciudad fue cambiando profundamente. Miles de familias negras habían llegado desde el sur del país buscando mejores oportunidades laborales durante la llamada Gran Migración –éxodo masivo de afroamericanos desde el sur rural de Estados Unidos hacia esta ciudad industrial de Nueva Jersey entre 1910 y 1970-. Sin embargo, encontraron barrios deteriorados, desempleo creciente y escasa representación política.
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Aunque la mayoría de los habitantes ya era afroamericana, el poder seguía concentrado en dirigentes blancos y en un cuerpo policial integrado casi exclusivamente por oficiales también blancos, muchos de los cuales ni siquiera vivían en Newark. La sensación de abandono era generalizada.
A medida que caía la noche comenzaron a romperse vidrieras. Algunos comercios fueron saqueados. Los policías intentaron dispersar a la multitud utilizando fuerza física. El resultado fue exactamente el contrario. Cada intervención de la fuerza atraía a más personas. En la madrugada del 13 de julio ya había numerosos incendios en distintos sectores de la ciudad.
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Así, las imágenes comenzaron a recorrer todo Estados Unidos. Durante el segundo día la violencia se expandió rápidamente. Grupos de jóvenes levantaban barricadas utilizando automóviles volcados y escombros. Algunos comercios eran incendiados mientras otros eran saqueados antes de prenderlos fuego.
Los bomberos tenían enormes dificultades para trabajar porque recibían disparos desde distintos edificios o eran atacados con piedras cuando intentaban apagar las llamas. La policía decidió responder con una contundencia cada vez mayor. Numerosos testimonios posteriores denunciaron disparos indiscriminados contra edificios de viviendas desde donde se suponía que podían provenir francotiradores. Investigaciones posteriores determinarían que en muchos casos nunca existieron esos tiradores y que el temor a supuestos ataques llevó a abrir fuego contra ventanas ocupadas por civiles.
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La llegada de la Guardia Nacional y de la Policía Estatal marcó un nuevo punto de inflexión. Más de 4.000 efectivos armados ingresaron en Newark equipados con fusiles, vehículos blindados y ametralladoras. Las calles comenzaron a parecer un escenario de guerra y los enfrentamientos eran permanentes. Se decretaron toques de queda y se prohibieron las reuniones públicas, pero las medidas apenas lograban contener parcialmente la violencia.

En muchos barrios el humo impedía ver a pocos metros de distancia. Las sirenas sonaban durante toda la noche. El miedo se apoderó de la población. Muchas familias permanecían escondidas en los sótanos mientras las balas atravesaban ventanas y paredes. Las víctimas comenzaron a multiplicarse.
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De las 26 personas fallecidas, la inmensa mayoría eran civiles afroamericanos. Muchos murieron por disparos de policías, soldados o guardias nacionales. Otros, en medio de incendios o durante enfrentamientos armados. Más de 700 ciudadanos resultaron heridos. Cerca de 1.500 terminaron arrestados. Los daños materiales alcanzaron cifras millonarias para la época. Centenares de comercios quedaron completamente destruidos y la economía local tardaría años en recuperarse.
Mientras tanto, John Smith seguía vivo. Cuando finalmente pudo hablar con periodistas confirmó que había sido golpeado durante el arresto. Sus lesiones reforzaron la indignación de quienes sostenían que el detonante de la tragedia fue otro caso de brutalidad policial. Sin embargo, ya era demasiado tarde para detener una espiral de violencia que había adquirido vida propia porque cada muerte generaba nuevas protestas. Cada disparo provocaba nuevos disturbios. Los incendios alimentaban la sensación de que Newark se estaba derrumbando.
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El gobernador de Nueva Jersey, Richard J. Hughes, mantuvo una comunicación permanente con las autoridades locales y federales mientras intentaba evitar un baño de sangre todavía mayor. Las órdenes impartidas a la Guardia Nacional fueron endureciendo el control de las calles mediante patrullajes permanentes, ocupación de los principales cruces y protección de edificios públicos e infraestructuras estratégicas.
Al mismo tiempo comenzaron discretas negociaciones con dirigentes comunitarios, pastores, sacerdotes y referentes barriales afroamericanos. Ellos sí desempeñaron un papel decisivo. Desde iglesias y centros comunitarios pidieron a los vecinos abandonar los enfrentamientos y evitar nuevas muertes. Muchos recorrieron personalmente los barrios más conflictivos hablando con jóvenes que desconfiaban tanto de la policía como de las autoridades políticas. Ese trabajo silencioso ayudó gradualmente a reducir la tensión.

La combinación entre la masiva presencia militar, el agotamiento físico de los manifestantes, el toque de queda y la mediación de líderes locales hizo que hacia el 17 de julio los disturbios comenzaran finalmente a extinguirse. No hubo un acuerdo formal ni un momento preciso que marcara el final. Simplemente la ciudad ya no podía soportar más violencia.
Cuando las tropas empezaron a retirarse, Newark ofrecía una imagen desoladora con calles cubiertas de vidrios rotos, edificios carbonizados, vehículos calcinados, negocios familiares convertidos en montañas de escombros. Y una profunda desconfianza entre la comunidad y las fuerzas de seguridad.
Las ceremonias fúnebres por muchas de las víctimas se convirtieron en nuevas manifestaciones de dolor colectivo. Miles de personas acompañaron los cortejos reclamando justicia y exigiendo que las muertes no quedaran impunes. Las investigaciones posteriores cuestionaron duramente la actuación policial y militar. Diversos informes concluyeron que muchas víctimas habían recibido disparos sin representar una amenaza y que el uso de la fuerza había sido desproporcionado.

Ese mismo año, la Comisión Kerner -creada por el presidente Lyndon B. Johnson para investigar los disturbios raciales ocurridos en distintas ciudades estadounidenses y presidida por Otto Kerner, gobernador del estado de Illinois- llegó a una conclusión contundente: los levantamientos no eran simples explosiones de delincuencia, sino la consecuencia de décadas de desigualdad, segregación residencial, discriminación laboral, pobreza y abusos policiales. El informe advertía que Estados Unidos avanzaba hacia “dos sociedades, una negra y otra blanca, separadas y desiguales”.
Las heridas de Newark tardaron décadas en comenzar a cicatrizar. La ciudad perdió población, industrias e inversiones. Muchos comercios nunca volvieron a abrir sus puertas. Numerosos barrios quedaron marcados por el abandono urbano. John William Smith continuó viviendo lejos del protagonismo que involuntariamente le había impuesto la historia. Nunca imaginó que aquella discusión de tránsito terminaría desencadenando una de las mayores revueltas urbanas del siglo XX estadounidense.
Más de medio siglo después, Newark sigue recordando aquellos cinco días como una advertencia sobre el costo de ignorar las injusticias durante demasiado tiempo. La golpiza a un taxista fue apenas la chispa. El verdadero combustible llevaba décadas acumulándose bajo las calles de una ciudad que ya no estaba dispuesta a soportar el peso de la desigualdad. Cuando finalmente estalló, dejó una lección que aún resuena en los Estados Unidos: cuando la confianza entre una comunidad y quienes deben protegerla desaparece, basta un solo episodio para convertir el descontento en una tragedia histórica.
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