Cuatro mujeres alemanas salen de una barraca llorando. Están bien vestidas. No son prisioneras. Los soldados estadounidenses las llevaron allí en camión esa misma mañana, junto con otros vecinos de los pueblos cercanos, para que vieran con sus propios ojos lo que durante años se habían negado a ver. La cámara Bell & Howell Eyemo de 16 milímetros que capturó esa imagen tenía apenas 49 segundos de película. Alcanzaron para mostrar el infierno. Era el 29 de abril de 1945. El campo de concentración nazi de Dachau acababa de ser liberado.
La impotencia paralizó a los soldados de las divisiones 42ª y 45ª de Infantería del VII Ejército estadounidense cuando, al acercarse al campo, notaron varios vagones de tren abandonados a un costado de las vías. Desde lejos, creyeron ver montones de ropa acumulada. Al acercarse, descubrieron más de dos mil cadáveres apilados.
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El tren de la muerte y el primer disparo
Esos vagones habían partido de Buchenwald con unos 3.000 prisioneros a bordo. El viaje, que debía durar pocos días, se extendió durante tres semanas. La mayoría de los prisioneros murió de sed y hambre antes de llegar. Los nazis los enviaban así para ocultar a los detenidos del avance aliado. No había tiempo de esconderlos de otra manera.
Cuando cuatro soldados alemanes se acercaron a los estadounidenses con las manos en alto, el teniente William Walsh, de 25 años, los condujo hacia uno de los vagones. Los mató con su pistola. El soldado raso Albert C. Pruitt, de 23 años, lo secundó con su rifle. Las represalias de Dachau habían comenzado.
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Dentro del campo, los soldados encontraron cerca de 30.000 prisioneros hacinados en instalaciones construidas para no más de 6.800 personas. Muchos agonizaban. Cientos de cadáveres desnudos y apilados esperaban en los hornos crematorios, que los nazis no habían tenido tiempo de usar antes de la llegada aliada.
El soldado raso Harold Porter le escribió a sus padres. “Gandhi, después de un ayuno de treinta días, seguiría pareciendo Hércules comparado con algunos de estos hombres. Es fácil leer sobre atrocidades, pero hay que verlas para creerlas. Incluso me encuentro intentando negar lo que estoy viendo con mis propios ojos”.
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Walsh reunió a decenas de guardias de las SS en el patio central del campo y ordenó al soldado William C. Curtin, de 22 años, que los vigilara. Curtin abrió fuego con su ametralladora. Otros soldados se sumaron de inmediato. El comandante del batallón, el teniente coronel Felix L. Sparks, de 28 años, corrió hasta la escena y arrancó a Curtin de la ametralladora a la fuerza. El soldado rompió a llorar de manera histérica.

El médico del batallón, Howard Buechner, se negó a atender a los guardias heridos. En la torre de vigilancia del campo, siete guardias más fueron ejecutados por tropas estadounidenses. Las represalias se extendieron por distintos puntos del recinto sin que nadie lograra detenerlas.
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El manual de torturas que nadie conocía
Durante décadas, las ejecuciones sumarias fueron el capítulo más documentado de aquel día. Pero en 2015, para el 70° aniversario de la liberación, el diario estadounidense The New Republic obtuvo y publicó las cartas que el capitán David Wilsey, anestesista de 30 años del VII Ejército, le había enviado a su esposa Emily el 8 de mayo de 1945. Esas páginas revelaron métodos que hasta entonces permanecían fuera del registro oficial.
Wilsey describió cómo sus compañeros desnudaban a los guardias de las SS, les arrojaban agua helada encima y los obligaban a permanecer en posición de firmes, con el brazo extendido en el saludo nazi, durante horas. Luego los fusilaban. En otra ocasión, los soldados alinearon a 50 guardias alemanes y los ametrallaron sin previo aviso. “Vi cómo capturaban a un soldado de las SS que habían torturado y luego le dispararon con frialdad. Dios me perdone, pero lo vi sin que la emoción me perturbara después de saber las acciones que las bestias de las SS habían realizado”, escribió.
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El propio Wilsey admitió en esas cartas haberse llevado del campo un par de gemelos, banderas nazis y joyas como recuerdos de guerra. Se presume que esos objetos habían sido confiscados a los prisioneros por los SS. El saqueo, según sus palabras, se generalizó por todo el recinto.

La voz del capellán y el silencio del ejército
El capellán del ejército David Max Eichhorn describió la escena con una frialdad que resume el estado moral de quienes observaban: “Mirábamos con menos sentimiento que si estuvieran golpeando a un perro”.
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Los prisioneros que tenían fuerzas para moverse también atacaron a sus antiguos carceleros. Walenty Lenarczyk, uno de los liberados, declaró: “Los atrapamos y los derribamos, y nadie podía ver si los pisoteaban o qué, pero los mataban ahí mismo. Durante todos esos años fuimos animales para ellos, y ese día era nuestro cumpleaños. Era nuestro segundo cumpleaños”.
Wilsey documentó uno de los episodios que los prisioneros convirtieron en acto de justicia inmediata. contra un adiestrador de perros de las SS y sus tres dóbermans. Los animales habían sido usados durante años para atacar a prisioneros que intentaban escapar. Uno de esos prisioneros fue atado a un poste, y los tres perros hambrientos lo atacaron hasta arrancarle la carne de los muslos. Cientos de detenidos lo vieron de pie, sin poder intervenir. El primer acto de los liberados fue matar a los perros y al adiestrador.
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La decisión de plantar el horror en la cara de los alemanes
Mientras todo eso ocurría dentro del campo, los oficiales de la 45ª División tomaron una decisión que quedaría registrada en los 49 segundos de película. Decidieron organizar camiones para ir a buscar a los vecinos de Dachau y de los pueblos cercanos y obligarlos a recorrer el campo.
Dachau no estaba en un territorio ocupado lejano. Estaba a 13 kilómetros al noreste de Múnich, en el corazón de Alemania. Era un infierno que durante años muchos alemanes habían elegido no ver.
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Las cuatro mujeres bien vestidas que salen llorando de la barraca en el video son el registro visual de esa decisión. Junto a ellas, dos enviados de la Cruz Roja aparecen inmóviles, sin poder procesar lo que tienen delante.
El campo que sirvió de modelo para todos los demás
Para entender la magnitud de lo que encontraron los soldados ese día, hay que retroceder doce años. Dachau abrió el 22 de marzo de 1933, menos de dos meses después de que Adolf Hitler asumiera como canciller. Se construyó sobre una vieja fábrica de pólvora, a 16 kilómetros de Múnich. En la puerta principal, forjada en hierro, se leía la frase que presidiría el campo durante toda su existencia. “Arbeit macht frei” (el trabajo los hará libres). La misma leyenda que luego aparecería en Auschwitz.

Fue el primer campo de concentración del Tercer Reich. Y fue el modelo para todos los que vinieron después.
El comandante Theodor Eicke, encargado también de diseñarlo, fijó desde el primer día el tono con un discurso dirigido a sus tropas de las SS. “No estamos aquí para tratar a esos cerdos de ahí dentro de modo humano. No los consideraremos hombres como nosotros. Cuantos más de esos perros matemos, menos tendremos que alimentar”. Ese reglamento de penalizaciones brutales, ese “Modelo Dachau”, se exportó luego a cada campo que el régimen nazi construyó durante la guerra.
De prisión política a laboratorio de exterminio
Los primeros prisioneros de Dachau fueron alemanes. Con el avance del régimen, el campo fue absorbiendo a otros grupos. Tras la ocupación de Austria en 1938, llegaron miles de presos políticos de las etnias romaníes y sinti. Después de los pogromos antisemitas de noviembre de ese año, unos 11.000 judíos alemanes fueron enviados al campo. Las SS los extorsionaban para que cedieran sus bienes antes de poder emigrar.
Con el inicio de la guerra, las condiciones se deterioraron de manera drástica. La desnutrición, el hacinamiento y la falta de higiene dispararon la mortalidad. Desde 1941, tras la invasión soviética, Dachau también se convirtió en lugar de ejecución de prisioneros de guerra. Se calcula que entre ese año y 1942 fueron fusilados más de 4.000 soldados del Ejército Rojo en el patio del búnker, a la vista de los demás prisioneros.

Ese mismo año se instalaron dos hornos crematorios. Y los médicos de las SS comenzaron a “seleccionar” a prisioneros enfermos para experimentos. El campo se transformó en un laboratorio a cargo del médico de la Luftwaffe Sigmund Rascher. Los nazis hicieron pruebas de resistencia al frío extremo, a bajas presiones de altura o infecciones de paludismo inducidas. Los sujetos de los experimentos morían o quedaban destruidos. Para 1945, más de 200.000 prisioneros habían pasado por Dachau. Según las estadísticas propias del campo, halladas por las tropas aliadas, 41.500 fueron ejecutados por las SS.
El juicio a los médicos y las condenas de Núremberg
Al terminar la guerra, en paralelo a los grandes juicios de Núremberg, una corte conformada exclusivamente por jueces estadounidenses procesó en octubre de 1946 a veintitrés médicos y personal del campo en lo que se conoció como “El juicio a los doctores”. Treinta acusados fueron condenados a muerte. Entre ellos, el doctor Klaus Karl Schilling, responsable de los experimentos de paludismo sobre prisioneros vivos.
Dentro del ejército estadounidense, las represalias de Dachau desencadenaron una investigación interna. Un abogado militar determinó que podían haberse cometido crímenes de guerra. El coronel Charles L. Decker cerró el caso sin procesar a nadie. En su resolución escribió: “Parece que hubo una violación de la letra del derecho internacional, ya que los guardias de las SS parecen haber sido fusilados sin juicio”. Pero agregó: “A la luz de las condiciones que encontraron los primeros soldados en llegar a Dachau, no se considera que la justicia o la equidad exijan emprender la difícil tarea de fijar responsabilidades individuales”.

Sparks fue llevado ante el general George S. Patton. La conversación fue breve. “He investigado estos cargos y son una porquería. Has sido un soldado ejemplar. Vuelve a casa”, le dijo Patton. El expediente se archivó.
Walsh, el teniente que disparó primero junto a los vagones y que organizó la reunión de guardias en el patio, habló del tema en una entrevista en 1990. “No creo que haya un solo SS muerto que no supiera por qué lo mataban o que no pudiera entenderlo. Cuando llegue al infierno, lo verificaré y averiguaré si de verdad lo entendieron”.
En medio de todo aquello hubo también otro momento, más pequeño y más difícil de filmar. Jack Goldman, uno de los liberados, recordó lo que sintió. “Después de que llegaron los americanos, tomaron nuestros nombres. Por primera vez, ya no éramos números”.
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