
Durante décadas, su nombre circuló en expedientes judiciales, informes del FBI, relacionados con el Hampa y relatos de antiguos mafiosos convertidos en arrepentidos. Los fiscales lo describieron como un asesino frío y despiadado. Los investigadores lo ubicaron en el corazón de una de las organizaciones criminales más violentas que operaron en Nueva York durante la segunda mitad del siglo XX. Las familias de las víctimas lo consideraban alguien que jamás debía volver a caminar libremente por la calle. Sin embargo, el 22 de junio de 2024, Anthony Senter abandonó la prisión.
La noticia sorprendió incluso a muchos especialistas en crimen organizado. Después de todo, Senter fue condenado a cadena perpetua más veinte años por una serie de asesinatos cometidos durante los años más sangrientos de la mafia neoyorquina. Había pasado más de tres décadas tras las rejas y su nombre aparecía asociado a una organización a la que las autoridades atribuyeron entre 75 y más de 200 homicidios.
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Su liberación reabrió una pregunta inquietante: ¿cómo un hombre condenado por una variedad de asesinatos y considerado uno de los sicarios más peligrosos de la Mafia pudo recuperar la libertad? Para responderla hay que regresar a Brooklyn, varias décadas atrás, cuando Anthony Michael Senter todavía era un adolescente problemático que crecía en un barrio donde el crimen organizado formaba parte del paisaje cotidiano.
Historia de un sicario
Anthony Michael Senter nació el 31 de marzo de 1955 en Nueva York, en el barrio de Canarsie, Brooklyn. Era hijo de Michael Senter, un inmigrante italiano originario de la región de Trentino. Su infancia estuvo lejos de ser tranquila. Sus padres se divorciaron cuando él tenía ocho años y volvieron a casarse años después, una dinámica familiar turbulenta que diversos autores especializados en la mafia describieron como un factor importante en su formación.
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A diferencia de muchos futuros hampones que provenían de familias completamente ajenas al delito, Anthony creció observando de cerca el mundo de los negocios vinculados a figuras relacionadas con el crimen organizado. Un tío suyo, Robert Senter, estaba asociado a miembros de las familias Gambino y Colombo, y era propietario de una empresa de reciclaje y recolección de residuos en Brooklyn. El joven Anthony trabajó tanto en el negocio familiar como en la empresa de su tío.
Los inicios en la mafia
Pero el trabajo legal nunca le pareció suficiente. En las calles de Canarsie conoció a quien terminaría siendo su compañero inseparable: Joseph Testa. Los dos tenían prácticamente la misma edad y crecieron en el mismo barrio. Ambos compartían una fascinación temprana por el dinero fácil y la vida al margen de la ley.
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Testa también provenía de un entorno complicado. Era uno de nueve hermanos y quedó profundamente afectado por la muerte de su madre cuando tenía apenas trece años. Los dos adolescentes comenzaron robando automóviles y participando en pequeños delitos callejeros. Antes de cumplir los quince ya acumulaban arrestos por robo de vehículos, aunque los casos fueron archivados por tratarse de menores de edad.
Su amistad era tan estrecha que terminaron siendo conocidos como los “Gemini Twins”, los Gemelos Géminis. El apodo tenía una doble explicación. Por un lado, parecían inseparables. Por otro, pasarían gran parte de sus vidas criminales vinculados al Gemini Lounge, un modesto bar de Brooklyn que se transformaría en uno de los lugares más siniestros de la historia del crimen organizado estadounidense.
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Entre mafiosos
A comienzos de los años setenta, Senter y Testa llamaron la atención de un hombre que inspiraba tanto respeto como terror: Roy DeMeo, una figura ascendente dentro de la familia criminal Gambino, una de las legendarias Cinco Familias de Nueva York. Su negocio principal incluía robo de automóviles, desarmaderos clandestinos, extorsión, usura y narcotráfico. Pero lo que realmente lo hizo famoso fue otra cosa: los asesinatos, ya que fueron muchos.
Los investigadores sostienen que la banda de DeMeo estuvo vinculada a decenas de homicidios. Algunas estimaciones hablan de más de 75 víctimas confirmadas y otras elevan la cifra por encima de las 200. Para los jóvenes Senter y Testa, DeMeo representaba una oportunidad. Ingresaron a su organización alrededor de 1974, cuando apenas tenían diecinueve años. Comenzaron robando automóviles para una enorme red de exportación ilegal de vehículos. Eran eficientes, disciplinados y absolutamente leales.
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Roy DeMeo valoraba esas cualidades. Con el tiempo empezaron a participar en tareas cada vez más delicadas y violentas. Dentro del Gemini Lounge funcionaba una metodología de asesinato tan macabra que décadas después continuaría siendo estudiada por criminólogos y periodistas especializados.

El relato de los crímenes
Según los testimonios presentados en los juicios federales, las víctimas eran atraídas hasta un departamento utilizado como sala de ejecución. Allí eran sorprendidas por un disparo en la cabeza. Inmediatamente después se las apuñalaba en el corazón para acelerar el drenaje de sangre y facilitar el posterior desmembramiento. Los restos eran cortados, empaquetados y eliminados en distintos puntos de la ciudad. Aquella práctica llegó a ser conocida como el “Método Géminis”.
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Anthony Senter fue señalado como uno de sus principales ejecutores. A medida que avanzaban los años setenta, su reputación dentro de la organización creció enormemente. Era considerado un excelente generador de dinero gracias al robo de vehículos. Pero también se ganó fama de hombre extremadamente violento. Distintos testimonios lo describieron como impulsivo, temperamental y capaz de reaccionar con una ferocidad desproporcionada ante cualquier provocación.
La lealtad hacia Joseph Testa era absoluta. Uno de los episodios más citados ocurrió después de que Testa resultara gravemente herido durante una pelea. Según diversas reconstrucciones, Senter buscó al agresor y lo golpeó salvajemente en represalia. Aquella historia alimentó aún más la leyenda de los Gemelos Géminis.
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Las aventuras de los Gemelos Géminis
Durante años parecieron intocables. La Mafia seguía siendo poderosa debido a que los eventuales testigos desaparecían y las pruebas se convertían en escasas. Los cuerpos, muchas veces, jamás aparecían. Pero el imperio de Roy DeMeo comenzó a resquebrajarse. Las investigaciones federales se multiplicaron y las escuchas telefónicas avanzaron. Además, los colaboradores judiciales empezaron a hablar. Y la presión sobre la familia Gambino creció de manera insoportable.
En 1983 ocurrió un hecho decisivo. Roy DeMeo apareció asesinado dentro del baúl de un auto. Nunca se esclareció judicialmente quién lo mató. Sin embargo, durante décadas circularon versiones según las cuales algunos integrantes de su propia organización habrían participado en el crimen para cumplir órdenes superiores de la mafia. Entre los nombres mencionados recurrentemente aparecieron los de Senter y Testa.
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Tras la muerte de DeMeo, los Gemelos Géminis se acercaron a la familia Lucchese y continuaron desarrollando actividades criminales. Pero el cerco judicial ya estaba cerrado. En 1984 fueron incluidos en una gigantesca acusación federal que describía décadas de delitos: homicidios, extorsiones, narcotráfico, robo de vehículos y crimen organizado.

¿Será justicia?
El juicio tardó años en concretarse. Cuando finalmente llegó, los fiscales presentaron un caso devastador. En 1989 Anthony Senter fue declarado culpable de racketeering –actividades criminales organizadas- y diez asesinatos. Se le impuso una condena a cadena perpetua más veinte años adicionales. Joseph Testa recibió exactamente la misma sentencia. Muchos creyeron que jamás volverían a salir. Parecía una conclusión lógica ya que la magnitud de los crímenes era enorme. Además, la imagen pública de Senter estaba asociada a algunos de los episodios más brutales de la historia mafiosa estadounidense.
Sin embargo, existía un detalle jurídico fundamental. Sus delitos habían sido cometidos antes de que el sistema federal estadounidense eliminara la libertad condicional para determinadas condenas. Esa circunstancia terminaría resultando decisiva décadas después. Los años de prisión transcurrieron lejos de los titulares. Mientras otros mafiosos colaboraban con la justicia o concedían entrevistas, Anthony Senter prácticamente desapareció de la vida pública. Así, permaneció encerrado durante treinta y cinco años.
El mundo cambió radicalmente a su alrededor. Cuando ingresó en prisión, internet no existía para el público general. Los teléfonos celulares eran una rareza. Las redes sociales, inimaginables. Pero Nueva York seguía dominada por las viejas familias mafiosas. Cuando salió, encontró un país completamente diferente.
En 2022 la Comisión de Libertad Condicional de Estados Unidos aprobó su futura liberación. Las autoridades argumentaron que había observado las normas penitenciarias durante décadas y que su salida no representaría un peligro para el bienestar público. La decisión provocó indignación y familiares de víctimas se manifestaron y protestaron. Antiguos investigadores cuestionaron la medida. Incluso Rudy Giuliani –famoso exalcalde de Nueva York que impuso la “tolerancia cero”- que había participado en la acusación contra la banda de DeMeo cuando era fiscal federal, manifestó públicamente que Senter debería haber muerto en prisión.
La libertad del mafioso
Pero la decisión ya estaba tomada. A fines de 2023 fue trasladado a un centro de reinserción y posteriormente recuperó la libertad condicional. Entonces apareció una nueva incógnita. ¿Qué ocurrió con Anthony Senter después de salir? La respuesta es tan intrigante como frustrante. Prácticamente nada se sabe de su vida actual. A diferencia de otros exmafiosos que escribieron libros, abrieron canales de YouTube o concedieron entrevistas, Senter desapareció nuevamente de la escena pública.
Los medios estadounidenses apenas registraron su salida. No existen declaraciones extensas conocidas. No hay proyectos públicos. No hay apariciones mediáticas relevantes. La información disponible indica que quedó sometido a condiciones de supervisión propias de la libertad condicional federal. Esa ausencia alimenta todo tipo de especulaciones. ¿Se retiró definitivamente a una vida anónima? ¿Mantiene contacto con antiguos miembros del crimen organizado? ¿Posee información inédita sobre decenas de homicidios nunca resueltos? ¿Conoce la verdad completa sobre la muerte de Roy DeMeo?
Nadie parece tener respuestas concluyentes. Lo que sí está claro es que Senter representa una conexión con una época que parecía enterrada, en la que la mafia neoyorquina dominaba barrios enteros con guerras internas, desapariciones, asesinatos por encargo y pactos de silencio. Hoy tiene más de setenta años. Ya no es el joven ladrón de autos de Canarsie. Tampoco el temido ejecutor que recorría Brooklyn junto a Joseph Testa. Pero su nombre sigue provocando escalofríos entre quienes estudiaron aquella historia.
Porque detrás de Anthony Senter no hay solamente un hombre que recuperó la libertad. Hay una sombra con decenas de crímenes. La de un imperio mafioso que sembró terror durante años y que acumuló secretos que probablemente nunca lleguen a conocerse por completo. Mientras las familias de las víctimas continúan preguntándose si la justicia fue suficiente, él vive en libertad por primera vez desde la presidencia de Ronald Reagan. Lejos de las cámaras, de los tribunales y de los titulares de los medios de comunicación. Pero no de la leyenda oscura que construyó durante una de las etapas más violentas de la historia de la Mafia estadounidense.
Quizás allí resida el aspecto más inquietante de esta historia: después de treinta y cinco años de prisión, uno de los hombres más temidos de la era de Roy DeMeo volvió a caminar por las calles. Sin embargo, nadie sabe con certeza qué piensa, cómo vive o qué recuerdos conserva de aquellos años en los que el Gemini Lounge era considerado uno de los lugares más peligrosos de Estados Unidos. El silencio, después de todo, siempre fue una de las reglas fundamentales de la mafia.
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