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“Estamos en una misión para matar a tres niñas”: la amenaza ignorada que anticipó la masacre en un campamento scout

Tenían entre 8 y 10 años y habían llegado ilusionadas a su primera noche de campamento. Horas más tarde aparecieron muertas a pocos metros de su tienda. Hubo huellas, una linterna ensangrentada, un fugitivo señalado como culpable y nuevas pruebas de ADN, pero el caso permanece oficialmente impune. Los asesinatos de Lori Farmer, Michele Guse y Doris Milner marcaron para siempre a Oklahoma

Crimen niñas Camp Scott
Doris Denise Milner, de 10 años, Michele Heather Guse, de 9 y Lori Lee Farmer, de 8 años fueron violadas y asesinadas en un campamento de verano en una zona boscosa del condado de Mayes, en Oklahoma
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En la primavera de 1977 alguien dejó una advertencia escrita con letra temblorosa dentro de una caja vacía de donas. La nota, redactada en mayúsculas, decía: “Estamos en una misión para matar a tres niñas en la tienda número uno”. Quien la encontró era una consejera durante una sesión preparatoria en el Camp Scott, un tradicional campamento de verano para niñas exploradoras ubicado en una zona boscosa del condado de Mayes, en Oklahoma. La reacción fue la que suele despertar lo inverosímil: alguien creyó increíblemente que se trataba de una broma pesada.

La amenaza fue descartada. Literalmente. Terminó en la basura. Menos de dos meses después, tres niñas fueron asesinadas. El horror comenzó el domingo 12 de junio de 1977. Decenas de Girl Scouts llegaron al Camp Scott, cerca de la pequeña localidad de Locust Grove, para disfrutar de una semana de actividades al aire libre. Era el inicio de las vacaciones soñadas: fogones, caminatas, canciones y amistades nuevas.

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Entre las participantes estaban Lori Lee Farmer, de 8 años; Michele Heather Guse, de 9; y Doris Denise Milner, de 10. Las tres provenían del área de Tulsa -una ciudad en el río Arkansas en el estado estadounidense de Oklahoma, conocida por su arquitectura Art Déco, en especial en el céntrico Deco District-. Y fueron asignadas a la unidad Kiowa, compartiendo la tienda número 7, una de las más alejadas del sector donde dormían las consejeras. La ubicación resultaría crucial. Parcialmente oculta por las duchas del campamento y situada a mayor distancia del resto, aquella tienda quedaba especialmente expuesta.

El descubrimiento del horror

La primera noche hubo tormenta. Las niñas se acomodaron como pudieron entre bolsas de dormir y linternas, comentando seguramente las emociones propias de cualquier debut lejos de casa. Algunas estaban nerviosas. Otras excitadas por la aventura. Ninguna imaginaba que estaba viviendo sus últimas horas.

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Poco antes del amanecer del 13 de junio, una consejera caminó hacia las duchas para asearse antes del despertar general. Lo que vio al costado del sendero la dejó paralizada. Había bolsas de dormir amontonadas. Al acercarse descubrió que dentro estaban los cuerpos de las niñas. Dos de ellas habían sido colocadas juntas. La tercera estaba parcialmente fuera de una de las bolsas. Las tres habían sido violadas y asesinadas. Sus cuerpos fueron trasladados aproximadamente 150 metros desde la tienda donde dormían.

Crimen niñas Camp Scott
Una consejera se encontró con bolsas de dormir amontonadas cerca del sendero que contenían los cuerpos de las niñas asesinadas

El campamento entró inmediatamente en estado de caos. Las niñas fueron evacuadas. Las familias recibieron llamadas desesperadas. Los investigadores inundaron la zona boscosa buscando respuestas. Estados Unidos entero quedó conmocionado. El crimen parecía desafiar toda lógica: ¿cómo podía alguien infiltrarse en un campamento repleto de menores, secuestrar a tres niñas, atacarlas brutalmente y desaparecer sin ser visto?

La escena ofrecía pistas inquietantes. Los investigadores hallaron una gran linterna roja que se presumía había sido utilizada durante el ataque. También encontraron huellas de pisadas, rastros biológicos y una huella dactilar que nunca pudo ser identificada de manera concluyente. A ello se sumó un detalle devastador: la existencia de aquella nota amenazante ignorada semanas antes del inicio del campamento.

La indignación pública fue inmediata. Las preguntas se multiplicaban. ¿Quién había escrito la advertencia? ¿Por qué nadie reforzó la seguridad? ¿Era realmente una broma? ¿O alguien anunció el crimen con anticipación y no fue escuchado?

El sospechoso número 1

Pronto surgió un nombre. Gene Leroy Hart era una persona conocida en la región. Miembro de la Nación Cherokee, tenía antecedentes extremadamente violentos. Había sido condenado años antes por secuestrar y violar a dos mujeres embarazadas. Además, se encontraba prófugo desde 1973 tras escapar de la cárcel del condado de Mayes, donde cumplía una condena de más de 300 años de prisión.

Hart conocía perfectamente la zona. Había crecido a poco más de un kilómetro del Camp Scott. Se sospechaba que permanecía oculto en los bosques cercanos. Testimonios y elementos circunstanciales comenzaron a apuntar hacia él. Para muchos investigadores, la conclusión parecía obvia.

Crimen niñas Camp Scott
Gene Leroy Hart, el principal sospechoso de los asesinatos de tres niñas scouts en el Camp Scott de Oklahoma en 1977, siendo escoltado por autoridades tras su arresto en 1978

Entonces, se organizó una de las mayores cacerías humanas en la historia del estado. Finalmente, Gene Leroy Hart fue localizado en abril de 1978 escondido en la vivienda de un curandero cherokee. Fue detenido y acusado formalmente por los asesinatos de Lori, Michele y Doris. Sin embargo, el juicio celebrado en 1979 estuvo lejos de ser contundente.

La fiscalía presentó pruebas físicas y testimonios para intentar demostrar la responsabilidad del acusado. La defensa, por su parte, atacó la solidez de la evidencia, cuestionó la cadena de custodia y sembró dudas razonables sobre la identificación del autor material. Después de aproximadamente siete horas de deliberación, el jurado emitió un veredicto inesperado: “No culpable”.

La indignación por un fallo sin culpables

La absolución provocó una profunda conmoción. Los familiares de las víctimas lloraron desconsolados. Algunos simpatizantes de Hart celebraron dentro de la sala. El sheriff del condado, convencido de que habían atrapado al verdadero asesino, declaró estar “mil por ciento seguro” de su culpabilidad. Pero la certeza policial no alcanzó para obtener una condena. Legalmente, el caso volvía a quedar huérfano.

Gene Leroy Hart regresó a prisión para continuar cumpliendo la condena que ya pesaba sobre él por delitos anteriores. No obstante, nunca volvería a enfrentar otro juicio por las muertes de las tres niñas. El 4 de junio de 1979, apenas dos meses después de haber sido absuelto, murió en la penitenciaría estatal de Oklahoma tras sufrir un infarto mientras hacía ejercicio. Tenía 35 años.

Muchos pensaron que con su muerte el misterio moriría también. Pero no ocurrió así. En los años siguientes, los avances científicos permitieron reexaminar las evidencias biológicas recogidas durante la investigación original. Las primeras pruebas de ADN realizadas en 1989 mostraron coincidencias parciales con Hart. El resultado no era definitivo: estadísticamente, aproximadamente uno de cada 7.700 nativos americanos podía compartir ese perfil genético. No alcanzaba para una identificación categórica.

Décadas después, nuevas técnicas permitieron revisar nuevamente algunas muestras. Investigaciones más recientes reforzaron la hipótesis de que Hart probablemente estuvo involucrado. Sin embargo, otras evidencias se habían deteriorado irremediablemente con el paso del tiempo. La ciencia sugería una dirección, pero no ofrecía la certeza absoluta que exige un tribunal.

Por eso, oficialmente, el caso continúa sin resolverse. Nadie fue condenado por los asesinatos de Lori Farmer, Michele Guse y Doris Milner. La tragedia tuvo además un capítulo civil. Algunas familias demandaron al consejo responsable del campamento alegando negligencia: la nota ignorada, la disposición de las tiendas y las deficientes medidas de seguridad fueron parte central del reclamo. Sin embargo, años más tarde el jurado falló a favor de la organización scout.

El terror instalado

Camp Scott nunca volvió a funcionar como antes. El lugar quedó marcado para siempre. Las instalaciones fueron cerradas y el bosque recuperó lentamente el terreno ocupado por las tiendas. Lo que alguna vez representó un refugio de juegos y aprendizaje se transformó en escenario de una de las historias criminales más aterradoras de Estados Unidos.

Crimen niñas Camp Scott
Algunas familias demandaron al Camp Scott por negligencia

El caso incluso regresó al centro de la atención pública gracias a documentales y nuevas investigaciones periodísticas. Una de las voces más impactantes fue la de la actriz y cantante Kristin Chenoweth, nacida en Oklahoma, quien reveló que debía asistir a ese mismo campamento en 1977 pero una enfermedad le impidió viajar. “Podría haber sido una de ellas”, confesó décadas más tarde.

Y quizá allí resida la razón por la que estos asesinatos siguen provocando escalofríos. Porque no fueron crímenes ocurridos en un callejón oscuro ni en el margen de la sociedad. Sucedieron en un sitio concebido para proteger a la infancia. En el lugar donde padres y madres creían dejar a sus hijas más seguras que en cualquier otro lado.

Casi cincuenta años después, los nombres de Lori Farmer, Michele Guse y Doris Milner continúan flotando sobre los bosques de Oklahoma como un recordatorio incómodo de los límites de la justicia. Existió un sospechoso principal. Existieron indicios forenses que parecían señalarlo. Existió un juicio que terminó en absolución. Pero no existió una condena.

Y mientras eso no ocurra, la nota escrita dentro de aquella caja de donas seguirá siendo uno de los símbolos más perturbadores de esta historia: el anuncio de una tragedia que pudo haberse evitado y que terminó convirtiéndose en uno de los grandes misterios criminales del siglo XX.

Porque, oficialmente, nadie pagó por esas tres muertes. Y para las familias que esperaron durante décadas una respuesta definitiva, la peor condena no fue la ausencia de un culpable. Fue aprender a convivir con la sospecha de que el asesino estuvo siempre demasiado cerca de la verdad, pero nunca lo suficiente como para que la justicia pudiera alcanzarlo.

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