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De héroe del Imperio Británico a mártir de Irlanda: la historia del hombre que terminó en la horca por traición

Roger Casement fue ejecutado en Londres después de intentar conseguir ayuda alemana para la independencia irlandesa. Había sido un prestigioso diplomático británico que denunció atrocidades en África y Sudamérica, y recibido el título de “Sir” de la Corona

Roger Casement con indios huitotos de la cuenca del río Putumayo (Biblioteca Nacional de Colombia)
Roger Casement con indios huitotos de la cuenca del río Putumayo (Biblioteca Nacional de Colombia)
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En la madrugada del 3 de agosto de 1916, las puertas de la prisión de Pentonville, en el norte de Londres, permanecían cerradas al público. En el interior del penal, un reducido grupo de funcionarios ultimaba los preparativos para una ejecución que el gobierno británico consideraba imprescindible en plena Primera Guerra Mundial. El condenado caminó con serenidad. Tenía 51 años.

Sabía que en pocas horas sería ahorcado por el delito más grave que contemplaba la legislación británica: alta traición contra la Corona. Su nombre era Roger Casement. Para las autoridades era un hombre que había colaborado con el enemigo en tiempos de guerra al intentar obtener apoyo militar de Alemania para una rebelión irlandesa. Para miles de irlandeses, en cambio, era un patriota dispuesto a sacrificar su vida por la independencia de su país. Esa contradicción lo acompañaría incluso después de muerto.

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Con el paso del tiempo, Casement dejaría de ser recordado únicamente como un condenado por traición para convertirse en uno de los grandes mártires del nacionalismo irlandés. Sin embargo, llegar hasta aquella horca había sido el desenlace de una vida extraordinaria, marcada por viajes a los lugares más remotos del planeta, denuncias que conmovieron a la opinión pública internacional y una transformación política que terminaría enfrentándolo con el mismo imperio al que había servido durante gran parte de su existencia.

Un joven irlandés al servicio del Imperio

Roger David Casement nació el 1 de septiembre de 1864 en Sandycove, cerca de Dublín, en una familia protestante de tradición militar. Su padre había servido en el ejército británico y su madre, de profundas raíces irlandesas, murió cuando Roger apenas era un adolescente. La pérdida marcó su juventud. Sin recursos para continuar estudios universitarios, comenzó a trabajar muy joven en empresas vinculadas al comercio marítimo. Aquellos primeros empleos despertaron su interés por los viajes y por las regiones más alejadas del dominio europeo.

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En la década de 1880 llegó por primera vez a África. Por entonces, el continente atravesaba uno de los períodos más brutales de su historia. Las grandes potencias europeas competían por repartirse enormes extensiones de territorio, mientras millones de africanos eran sometidos a un régimen de explotación despiadado.

Roger Casement
Casement ingresó al servicio consular británico y rápidamente demostró una notable capacidad para desenvolverse en escenarios complejos

Casement ingresó al servicio consular británico y rápidamente demostró una notable capacidad para desenvolverse en escenarios complejos. Era un funcionario meticuloso, culto y observador. Pero había algo que lo diferenciaba de muchos de sus colegas. No estaba dispuesto a mirar hacia otro lado cuando presenciaba abusos.

A fines del siglo XIX fue destinado al Estado Libre del Congo, un inmenso territorio africano administrado como propiedad personal por el rey Leopoldo II de Bélgica. Sobre el papel se trataba de una empresa civilizadora. La realidad era muy distinta. Las compañías dedicadas a la extracción de caucho imponían cuotas imposibles de cumplir a las poblaciones locales. Quienes no alcanzaban esos objetivos eran castigados con azotes, mutilaciones, incendios de aldeas o asesinatos.

Recorrió durante meses pueblos aislados, entrevistó a sobrevivientes y recopiló testimonios que describían una violencia difícil de imaginar. Lo que encontró lo conmocionó profundamente. En 1904 presentó un extenso informe al gobierno británico. El documento, conocido desde entonces como el Informe Casement, describía con precisión las atrocidades cometidas en el Congo y provocó un escándalo internacional. La presión diplomática que generó contribuyó a poner fin al control personal que Leopoldo II ejercía sobre el territorio.

Aquella investigación lo convirtió en una figura respetada en toda Europa. Muchos historiadores lo consideran uno de los primeros grandes defensores internacionales de los derechos humanos. Pero aún faltaba otro episodio decisivo.

Roger Casement
Casement recogió declaraciones sobre asesinatos, torturas, violaciones, secuestros de mujeres y niños, trabajos forzados y castigos inhumanos aplicados contra comunidades indígenas

La Amazonia y una nueva denuncia

Pocos años después, el Foreign Office volvió a confiar en él para una misión especialmente delicada. Debía investigar las denuncias sobre el trato que recibían los trabajadores indígenas en la región del Putumayo, una vasta zona amazónica situada entre los actuales territorios de Perú y Colombia, donde operaba la Peruvian Amazon Company, una empresa dedicada a la explotación del caucho.

Lo que encontró resultó tan espantoso como lo visto en África. Casement recogió declaraciones sobre asesinatos, torturas, violaciones, secuestros de mujeres y niños, trabajos forzados y castigos inhumanos aplicados contra comunidades indígenas. Durante meses recorrió la selva, habló con testigos y reunió una enorme cantidad de pruebas. Su informe volvió a provocar repercusiones internacionales.

Las denuncias dañaron gravemente la imagen de la compañía y abrieron un debate mundial sobre los abusos cometidos en nombre del progreso económico. En 1911, el rey Jorge V decidió distinguirlo con el título de Sir por los servicios prestados a la Corona británica. Sin embargo, mientras el Imperio celebraba a uno de sus diplomáticos más prestigiosos, Roger Casement comenzaba a experimentar un cambio profundo en su manera de entender la política.

Las experiencias vividas en África y en la Amazonia modificaron para siempre su mirada sobre el colonialismo. Así, empezó a preguntarse si la dominación británica sobre Irlanda no compartía, salvando las enormes diferencias, algunos mecanismos de subordinación que él mismo había denunciado en otros continentes. Cada vez se involucró más en el movimiento nacionalista irlandés. Frecuentó a intelectuales, dirigentes políticos y militantes que reclamaban la autonomía de Irlanda y terminó convenciéndose de que la independencia era la única salida posible.

Aquella convicción lo llevó a tomar una decisión impensada para un hombre que pocos años antes había sido distinguido por el propio rey. Renunció al servicio diplomático británico. Y desde ese momento comenzó a recorrer un camino que, en apenas unos años, lo conduciría inexorablemente hacia el banquillo de los acusados. Porque cuando estalló la Primera Guerra Mundial, creyó que había llegado la oportunidad histórica que Irlanda llevaba siglos esperando. Se convenció que el conflicto podía convertirse en la gran oportunidad para Irlanda. Si Gran Bretaña estaba concentrada en combatir a Alemania, razonaba, el movimiento independentista podía aprovechar esa circunstancia para romper siglos de dominio británico.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Durante la Primera Guerra Mundial, Casement intentó organizar una sublevación en Irlanda (Imagen Ilustrativa Infobae)

El viaje secreto

Con esa idea tomó una decisión que cambiaría definitivamente su destino. Abandonó Irlanda y viajó en secreto a Alemania, convencido de que el enemigo de Londres estaría dispuesto a colaborar con la causa irlandesa. Su objetivo era ambicioso. Pretendía conseguir un cargamento de armas para abastecer a los rebeldes que preparaban una insurrección y, además, formar una brigada integrada por soldados irlandeses capturados por los alemanes durante la guerra para que regresaran a combatir por la independencia de su país.

El plan, sin embargo, nunca funcionó como esperaba. Aunque las autoridades alemanas aceptaron brindarle cierto apoyo, la mayoría de los prisioneros irlandeses rechazó sumarse a aquella fuerza militar. Casement logró reclutar apenas un pequeño grupo de voluntarios, muy lejos de los miles de hombres que había imaginado. Aun así, decidió seguir adelante.

En abril de 1916, Alemania organizó el envío de un barco cargado con miles de fusiles y municiones destinados a los insurgentes irlandeses. Casement, por su parte, viajó en un submarino alemán con la intención de desembarcar antes que comenzara el levantamiento. Su propósito no era participar en los combates. Por el contrario, al comprender que la ayuda prometida sería insuficiente, quería convencer a los dirigentes nacionalistas de que suspendieran la rebelión para evitar un desastre. Nunca tuvo la oportunidad.

En la madrugada del 21 de abril de 1916, apenas pisó tierra en Banna Strand, en el condado de Kerry, fue descubierto y detenido por las autoridades británicas. Pocas horas después, el barco alemán Aud, que transportaba las armas destinadas a los rebeldes, fue interceptado por la Marina Real. Su capitán prefirió hundir la nave antes que entregarla.

Cinco días más tarde estalló igualmente el Alzamiento de Pascua en Dublín. La insurrección fue sofocada tras una semana de intensos combates y sus principales dirigentes fueron ejecutados. Casement ni siquiera llegó a participar. Ya se encontraba preso en Londres.

Un juicio seguido por todo el Imperio

El proceso comenzó en junio de 1916 ante el Tribunal Penal Central de Londres. La acusación era contundente: alta traición. La fiscalía sostuvo que Casement había buscado ayuda militar de una potencia enemiga en plena guerra para atacar al Reino Unido. La defensa intentó demostrar que una antigua ley de traición del siglo XIV no podía aplicarse a hechos ocurridos fuera del territorio británico. También insistió en que había intentado impedir el levantamiento al comprobar que Alemania no cumpliría sus promesas.

Los argumentos no convencieron al tribunal. El jurado lo declaró culpable. Durante las semanas siguientes se organizó una intensa campaña internacional para solicitar el indulto. Intelectuales de enorme prestigio, entre ellos Arthur Conan Doyle, George Bernard Shaw y el poeta estadounidense Ezra Pound, pidieron que se le perdonara la vida. Consideraban que sus extraordinarios servicios humanitarios merecían ser tenidos en cuenta y que una ejecución solo contribuiría a convertirlo en un mártir.

Pero el gobierno británico estaba decidido a enviar un mensaje de firmeza. En plena guerra y pocos meses después del Alzamiento de Pascua, cualquier gesto de clemencia podía interpretarse como una señal de debilidad frente al nacionalismo irlandés.

Mientras la campaña por el indulto ganaba fuerza, comenzó a circular un material que dañó seriamente la imagen pública de Casement. Se trataba de unos cuadernos personales conocidos como los “Black Diaries” o “Diarios Negros”, que contenían descripciones explícitas de relaciones sexuales entre hombres. En una época en la que la homosexualidad era considerada un delito en el Reino Unido, aquellos textos provocaron un enorme impacto.

Diversos funcionarios mostraron copias de los diarios a dirigentes políticos y a personalidades que apoyaban la petición de clemencia. Muchos retiraron inmediatamente su respaldo. Hasta hoy existe un intenso debate histórico sobre ese episodio. La mayoría de los especialistas considera auténticos los diarios, aunque durante décadas hubo quienes sostuvieron que podían haber sido alterados o utilizados con fines políticos para desacreditar a Casement e impedir que creciera la presión internacional a favor del indulto. Sea cual fuere la respuesta definitiva, lo cierto es que la controversia debilitó notablemente la campaña para salvarle la vida.

La horca

En la mañana del 3 de agosto de 1916, Roger Casement fue conducido al patíbulo de la prisión de Pentonville. Murió en la horca pocos minutos después. Fue enterrado dentro del propio establecimiento penitenciario, como establecía la legislación británica para los condenados por traición. Sin embargo, la ejecución produjo un efecto muy distinto del que buscaban las autoridades. Lejos de apagar el sentimiento nacionalista, convirtió a Casement en uno de los símbolos de la lucha por la independencia irlandesa.

La represión del Alzamiento de Pascua y las ejecuciones de sus dirigentes provocaron un profundo cambio en la opinión pública. Muchos irlandeses que inicialmente habían visto la rebelión con escepticismo comenzaron a simpatizar con la causa independentista. Pocos años más tarde estallaría la Guerra de Independencia de Irlanda, que desembocaría en la creación del Estado Libre Irlandés en 1922.

Durante casi medio siglo, los restos de Casement permanecieron en Pentonville. Recién en 1965, tras largas negociaciones entre los gobiernos británico e irlandés, fueron repatriados a Irlanda. El funeral de Estado celebrado en Dublín reunió a decenas de miles de personas. El presidente Éamon de Valera, uno de los sobrevivientes del Alzamiento de Pascua, encabezó la ceremonia junto a las principales autoridades del país para que recibiera finalmente los honores que jamás había tenido en vida.

Hoy Roger Casement ocupa un lugar singular en la historia. Sus investigaciones sobre el Congo y Sudamérica ayudaron a exponer algunos de los peores abusos del colonialismo moderno y lo convirtieron en una referencia para futuras generaciones de defensores de los derechos humanos. Para Londres fue un traidor. Para Irlanda, un patriota. Más de un siglo después de su ejecución, esa dualidad sigue definiendo su figura.

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