
A simple vista, John Worboys parecía un taxista londinense más pero, detrás de esa apariencia, se ocultaba uno de los agresores sexuales en serie más notorios del Reino Unido, conocido como “el depredador de los taxis negros de Londres”.
Durante años, Worboys utilizó su trabajo como chofer para atacar a mujeres en estado vulnerable, aprovechando la confianza que inspiraba su oficio para cometer agresiones sexuales y violaciones.
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Según las investigaciones, el hombre seleccionaba cuidadosamente a sus víctimas: mujeres que se encontraban solas a altas horas de la noche, muchas de ellas saliendo de bares o clubes y algunas en estado de intoxicación. Abusando de su posición, les ofrecía bebidas, a menudo adulteradas con sedantes, con las que lograba desorientarlas o hacerlas perder la consciencia.
Numerosas víctimas despertaron en lugares desconocidos, sin recuerdos claros de lo sucedido, lo que dificultó la identificación del agresor y la denuncia efectiva de los hechos. La policía, según datos aportados por la BBC y Sky News, menciona que llegó a atacar a más de 100 mujeres antes de ser detenido.
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Los fallos policiales que condenaron a John Worboys
La cadena de fallos institucionales comenzaron a principios de la década de 2000, cuando varias mujeres empezaron a denunciar incidentes inquietantes tras viajar en taxis negros por Londres. Las primeras denuncias no fueron asociadas entre sí: la policía trató cada caso como un hecho aislado, sin buscar un patrón común.
Muchas de las víctimas estaban intoxicadas o bajo los efectos de sustancias administradas por el propio John Worboys, recopiló Crime and Investigation, lo que provocaba que sus relatos fueran fragmentados, confusos y difíciles de reconstruir.

Las mujeres describían experiencias similares: se despertaban desorientadas, sin recuerdos claros de lo ocurrido y, en ocasiones, sin confianza en que serían tomadas en serio por las autoridades. Esto llevó a que varias denuncias iniciales fueran desestimadas o tratadas con ligereza.
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Según los informes, la policía consideraba los relatos individuales como incidentes independientes, sin sospechar que detrás de ellos se encontraba un agresor serial.
El proceso de reconocimiento de un patrón delictivo fue lento y solo se produjo cuando el número de denuncias aumentó y los detalles coincidían en un denominador común: un taxista londinense. Una vez que los investigadores comenzaron a revisar los casos en conjunto, se entrevistó nuevamente a víctimas anteriores y se recopilaron pruebas que permitieron vincular los hechos a John Worboys. Sin embargo, esta reacción institucional resultó tardía, ya que durante años el agresor pudo actuar sin ser detectado.
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La falta de sensibilidad ante las denuncias y la demora en identificar el modus operandi generó una profunda desconfianza hacia la policía. Algunas recordaron que cuando intentaron reportar las agresiones, se les dijo que sus experiencias no cumplían los requisitos legales para una intervención policial, o se encontraron con escepticismo y poca disposición a investigar a fondo.
Estos errores permitieron que Worboys extendiera su serie de ataques durante años, exponiendo las debilidades del sistema para proteger a las mujeres que recurrían a los servicios de taxi en Londres.

Desde las primeras denuncias hasta su detención pasaron ocho años. Para ese momento, la policía ya había logrado establecer la conexión entre los diferentes casos y había recopilado pruebas suficientes para identificarlo como el principal sospechoso. El taxista fue acusado de múltiples delitos de agresión sexual y violación, cometidos entre 2006 y 2008, aunque las sospechas sobre el alcance de sus crímenes eran mucho mayores.
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Durante el juicio, el testimonio de las víctimas permitió revelar el patrón de comportamiento del acusado. Las pruebas presentadas demostraron que suministraba bebidas adulteradas con sedantes a las mujeres que recogía en su taxi, aprovechando su estado de vulnerabilidad para agredirlas sexualmente. Algunas de las mujeres relataron que despertaron en lugares desconocidos.
En 2009, el tribunal declaró culpable a Worboys por 19 delitos sexuales contra 12 mujeres. Fue sentenciado a una pena indeterminada de prisión para la protección del público, con un mínimo de ocho años. Además, recibió una condena concurrente más corta por la administración de sustancias nocivas.
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Su condena más reciente

En los años siguientes, nuevas víctimas se presentaron y aportaron sus testimonios, lo que llevó a una segunda condena en diciembre de 2019. En esa ocasión, Worboys recibió dos cadenas perpetuas tras ser encontrado culpable de ataques adicionales contra cuatro mujeres, informó la BBC.
El tribunal consideró que seguía representando un peligro constante para las mujeres, y la jueza McGowan subrayó la dificultad de predecir si alguna vez dejaría de ser una amenaza. El caso también evidenció que el acusado mintió a los psicólogos durante una audiencia de libertad condicional en 2017, adaptando su relato solo a los delitos por los que había sido condenado, lo que inicialmente favoreció la percepción de bajo riesgo para su posible liberación.
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La policía y la Fiscalía de la Corona sostienen que el número de víctimas podría superar el centenar, aunque no todas las denuncias pudieron ser procesadas por falta de pruebas suficientes. El proceso judicial y la severidad de las sentencias reflejaron la gravedad de los crímenes y la necesidad de proteger a la sociedad de un agresor que se aprovechó de una posición de confianza.
En prisión, cambió su nombre legalmente a John Radford, aunque es universalmente conocido por su identidad anterior y por su modus operandi.
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