
Liviu Librescu apoyó todo el peso de su cuerpo contra la puerta de madera de ingreso al aula 204 del edificio Norris Hall, de la universidad Virginia Tech. Esas puertas no tenían llave ni traba. Eran los escasos kilos de su cuerpo de 76 años, flaco y menudo, interponiéndose entre la furia asesina de un desquiciado armado hasta los dientes y sus queridos alumnos.
-¡¡Escapen ya!!… Salten, ¡salten de las ventanas rápido! ¡Salten ahora!, arengó con desesperación mientras esa cadena de sonidos extraños se acercaba.
Los chicos abrieron las ventanas, patearon las mallas metálicas tipo mosquitero y comenzaron a tirarse desde las aberturas del segundo piso. No había tiempo para muchas dudas, parecía más seguro saltar al vacío que enfrentarse a la lluvia de balas que parecía estar bañando el edificio.
Estaban en el Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia (más conocida como Virginia Tech), en los Estados Unidos. El reloj marcaba un poco más de las nueve de este lunes 16 de abril de 2007, frío y gris.
La mañana quedaría grabada en la memoria de todos: fue el tiroteo más mortífero dentro de un ámbito educativo en la historia de los Estados Unidos. Hoy se cumplen 19 años de esta tragedia.

El niño que sobrevivió al genocidio
Liviu Librescu (notemos el simbólico apellido del profesor que protagoniza esta historia) nació en Rumania, el 18 de agosto de 1930, dentro de una familia judía de clase media profesional. Su padre, Isidor Librescu, era abogado.
En 1940, cuando Liviu tenía unos 10 años, el rey Carol II nombró Primer Ministro de Rumania al militar Ion Antonescu. Estaba presionado para contener el caos político que azotaba al país, pero le salió mal porque poco después Antonescu le exigió abdicar y, luego, se autoproclamó “conductor” del país. Lo que hizo a continuación este militar fue sellar una alianza con la Alemania de Hitler y poner en práctica sus políticas antisemitas. Esto marcó el inicio de una fatal ola de persecuciones a los habitantes judíos. Entre ellos, la familia de Liviu Librescu. Isidor fue enviado a un campo de trabajos forzados; el resto de la familia, confinada a un gueto en la ciudad de Focșani.
La ocupación soviética en 1944 y la destitución de Antonescu por medio de un golpe de estado avalado por el rey Michael I (hijo de Carol II) hicieron que Rumania entrara en un período de transición que terminó con la abolición de la monarquía. Antonescu fue fusilado en 1946 y, en diciembre de 1947, los comunistas, respaldados por los soviéticos, exigieron la renuncia de Michael I. A partir de allí se instaló un régimen dictatorial comunista.
Se había terminado el horror nazi, pero había comenzado una nueva forma de represión ideológica y religiosa.
En ese clima hostil y sin libertades, Liviu fue creciendo y madurando. Encontró en sus estudios de ingeniería aeronáutica un buen refugio. Pronto comenzó a destacar en la agencia aeroespacial rumana.
En 1965 conoció a Marlena, otra sobreviviente del Holocausto, con quien se casó y aprendieron a sobrellevar la dictadura. Ese mismo año llegó al poder el sangriento dictador Nicolae Ceaușescu.
El sistema instaurado resultó inflexible y pretendía que los científicos juraran lealtad al Partido Comunista y al régimen. Liviu se negó, no pensaba hacerlo. Esa situación lo llevó a ser marginado profesionalmente, no tenía ninguna posibilidad de publicar sus estudios. Pero Liviu no era temeroso, así que decidió enviar sus papers a universidades del exterior de manera clandestina. El reconocimiento por sus trabajos fue creciendo a pesar de las autoridades rumanas que se negaban a dejarlo crecer o emigrar e, incluso hasta lo echaron de su trabajo porque lo consideraban un traidor.
Fue gracias a la presión ejercida por el primer ministro israelí Menachem Begin que, en 1978, Liviu fue autorizado a viajar para establecerse en Israel con su mujer Marlena y sus dos hijos, Joseph y Arieh.
Allí comenzó otra etapa de su existencia y empezó a dar clases de ingeniería aeronáutica y mecánica en la Universidad de Tel Aviv.
En 1985 le propusieron trabajar un año en los Estados Unidos como profesor visitante, en el Departamento de Ciencias e Ingeniería Mecánica de la Universidad Virginia Tech. Viajó con su familia y se sintió desde el instante cero “como en casa”. Fue nombrado profesor y lo que había sido por doce meses terminó siendo el resto de su vida.
Liviu vivió en los Estados Unidos hasta su muerte y, según los directivos de la institución en la que se desempeñaba, Liviu se convirtió no solo en un referente científico, sino también en un referente moral.

El destino escribe la historia
Liviu no solo se había recibido de ingeniero aeronáutico en la Universidad Politécnica de Bucarest (ciudad donde también había hecho una maestría en la Academia Rumana de Ciencias y estudiado Mecánica de Fluidos); era además pedagogo, profesor de aviación y matemático. Sus especialidades eran la Aeroelasticidad y Aerodinámica.
Su mujer vivió con él 42 años y lo sobrevivió seis. Cuando ocurrió la tragedia le dijo al medio ABCNews: “Tenía fortaleza interior, era un hombre fuerte. Había fuego en él, no era muy alto, pero era duro, muy duro”.
Su jefe de departamento, Ishwar Puri, comentó sobre el hecho de la fenomenal fuerza que demostró Liviu Librescu sosteniendo esa puerta: era un hombre que iba siempre “erguido como una vara”, parecía tener una “columna de acero”.

Esa mañana destemplada de lunes, Liviu Librescu daba clases de Mecánica de Sólidos en el aula 204, ubicada en el segundo piso del edificio Norris Hall de la universidad Virginia Tech, en Blacksburg. Cuando comenzó el tiroteo, los alumnos estaban mirando diapositivas. Primero escucharon unos ruidos extraños, como un golpeteo con un martillo potente. Luego oyeron unos gritos. Liviu se detuvo y dijo en voz alta: “Eso no es lo que creo que es, ¿verdad?”. Uno de sus estudiantes gritó: “Sí, ¡son disparos!”.
Pop, pop, pop, pop, pop… el ambiente continuaba sonando. Ellos no sabían todavía que estaban escuchando las muertes del aula 206 (el atacante ya había matado al profesor y a nueve de los trece estudiantes). En segundos Liviu se percató de la gravedad de la situación en la que estaban: el aula que seguía podría ser la suya.
Tuvo suerte de contar con unos segundos más porque el asesino cruzó primero a la 207 donde abatió al profesor de alemán y a cuatro alumnos más.
En ese escaso tiempo Liviu logró lo imposible. Como la puerta del aula carecía de cerradura apoyó su esqueleto y lo afirmó como una estaca para trabarla. Acto seguido le dijo a sus alumnos que fueran a las ventanas y saltaran. No era tarea fácil, estaban en un segundo piso y los jóvenes desconcertados ante la situación evaluaban esa caída con temor.

Los pop, pop, pop, seguían de fondo y acercándose. Liviu insistió que tenían que hacerlo ya, que saltaran ya. Debajo había pasto y no cemento. Eso animó a Caroline Merrey (20) cuando se asomó. Primero tiró su mochila y su campera; luego se trepó y se descolgó tomándose del marco de la ventana con sus manos. Cerró los ojos y se dijo: "Acá vamos". Se soltó. Cayó al lado de un amigo que se rompió un tobillo y chillaba de dolor. Siguieron lanzándose, uno tras otro. Incluso algunos al mismo tiempo. Richard Mallalieu (23), pensó que tenía que rodar al caer, como lo veía hacer en las películas. Funcionó. Alec Calhoun, uno de los últimos en saltar, dudaba porque observó que varios de sus compañeros se habían lastimado. Los escuchaba quejarse. Detectó un arbusto y decidió que saltaría tratando de caer encima de esa mata. Lo logró sin rasguños. Hoy dice sin comas ni puntos: “Yo no estaría aquí si no fuera por él, por Librescu”. Antes de arrojarse, Josh Wargo miró hacia atrás y vio el aula que dejaba y a su profesor sosteniendo todavía la puerta del infierno.
En el aula solo quedaban cuatro personas. Tres estudiantes y Librescu. Minal Panchal, no quiso saltar, escogió quedarse al lado del profesor. Liviu recibió cuatro disparos a través de la puerta de madera durante esos minutos, pero siguió conteniendo el ingreso del tirador. Uno de los tiros le atravesó el reloj pulsera que tenía en su muñeca. Cuando finalmente cayó al piso, el asesino entró enfundado en su chaleco negro y con sus cargadores repletos de municiones. Tenía la mirada impávida. Al ver las ventanas abiertas con rabia apuntó a la sien de Liviu. Apretó el gatillo. La sangre voló por todos lados. Siguió con Minal, puso el arma en su cabeza y pop. Luego apuntó a los otros dos estudiantes que estaban cerca de las ventanas abiertas y no habían llegado a saltar. Pop, pop. Cayeron heridos. Uno de ellos, Matt Webster, estaba perfectamente lúcido, pero fingió estar muerto. Se quedó inmóvil en el suelo. Cerró los ojos y dejó de respirar. Cuando sintió que el tirador había salido del aula abrió los ojos y observó que había sangre por todos lados. La bala le había rozado el cuero cabelludo y al desviarse le había atravesado la parte superior del brazo derecho. El otro chico también estaba herido y vivo.
Ese día, un total de 22 alumnos de la 204 habían saltado de las ventanas y todos ellos sobrevivieron. En el aula habían quedado dos muertos y dos heridos.

Seung-Hui Cho, el estudiante asesino, se quitó la vida poco después, cuando la policía ingresó al edificio. Había dejado un tendal de 32 muertos. Originario de Corea del Sur, Cho había llegado a los Estados Unidos con ocho años y, al momento de sus asesinatos, era estudiante de literatura inglesa de la universidad, estaba en el último año de su carrera. Cavando en su pasado encontraron problemas de conducta, depresión y que a los 15 años había redactado un ensayo identificándose con los asesinos de Columbine, la masacre perpetrada en ese colegio secundario en 1999.
Rumano, israelí y norteamericano, Liviu Librescu fue uno de los cinco profesores que murieron esa mañana. Por su valentía recibió de manera póstuma la Orden de la Estrella de Rumania. Había escapado del salvajismo nazi, del comunismo opresor, había esquivado la muerte y la opresión, pero fue en la supuesta seguridad de un aula que ofreció su vida para salvar a decenas de jóvenes.
Un dato más imposible de pasar por alto. Ese 16 de abril se celebraba Yom HaShoah, el Día Internacional del Recuerdo del Holocaustro. Qué curioso, pero mientras escribo esta nota, la noche del 13 al 14 de abril, también es Yom HaShoa.
No puede ser una simple coincidencia.
El destino, a veces, escribe a su manera.
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