Liza Minnelli cumple 80 años: la vida como un cabaret, los tormentos personales y la gloria de los escenarios

Hija de la legendaria Judy Garland, estrella inolvidable de “Cabaret” y dueña de una vida atravesada por el talento, el exceso y la vulnerabilidad, la artista repasa en su autobiografía “Kids, wait till you hear this” (Chicos, esperen a escuchar esto) ocho décadas de éxitos, caídas y resurrecciones

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El título del tema Kids,
El título del tema Kids, Wait Till You Hear This coincide con el de sus memorias, cuyo lanzamiento está previsto para estos días (Facebook/Liza Minnelli)

Ahora, hoy cumple ochenta años, se ha sentado en el umbral de la edad, las piernas recogidas y unidas en un abrazo, a ver pasar su vida sin olvidos: brillos, abismos, cenizas, resucitaciones, idas, regresos, un pedazo de gloria, años aspirando el polvo de los escenarios, la música. Que no falte nada. Liza Minnelli dice que los ochenta años no la sorprendieron porque aún se siente como una chica de cinco años. Y escribió un libro de memorias que tituló: “Kids, wait till you hear this – Chicos, esperen a escuchar esto”. Así que a atajarse y a esperar no mucho: si el libro no apareció ya, sale en estos días.

También, a sus ochenta años, pone las cuentas en claro, o hace las paces, con su madre, Judy Garland, que marcó su vida y su carrera y no siempre para bien. También la marcó, aunque de forma diferente, Vincente Minnelli, su padre, otra leyenda de Hollywood. Los ochenta años deben ser una buena edad para hacer las paces con quien fuere, o para aclarar lo que está oscuro, o para descifrar lo que nunca se dijo. Y para hacer las paces con una madre, no hay edad.

Es curioso que Liza, siempre será Liza, haya clavado su infancia en sus cinco años. No fue un buen año ese para la chiquilla que había nacido célebre y todavía no lo sabía. Sus padres se habían divorciado; ella pasaba unos días con Judy y luego caminaba tres o cuatro cuadras por aquel paraíso de calles anchas que se llamaba Beverly Hills y era el corazón de Hollywood, para pasar otros días con Vincente. Eso parte el corazón de cualquier chico. Una tarde de 1951 Liza se aburre mucho en casa de Vincente, una visita tediosa, sin nada para hacer. El papá pregunta: “Liza, ¿qué querés hacer?”. Y ella contesta lo que se espera de una chica con el corazón quebrado: “No sé”. El padre cambia la pregunta: “Liza, ¿quién te gustaría ser hoy?” Y ella, deslumbrada por la posibilidad de imaginar, contesta: “Una bailarina española”.

La pequeña Liza con el
La pequeña Liza con el tutú de bailarina

Así que ahí salen los dos hacia un drugstore vecino, a comprar los bártulos, avíos y ajuares para fabricar una bailarina española: un poco de plástico negro, una seda basta de un rojo trepidante, unos aros flamencos “Made in USA” y otras chucherías de colores. En casa, la chica del corazón roto baila para un padre embobado y la nena, sin saberlo, acaba de intuir que la vida es un cabaret. Con los años, recordará a Vincente: “Estaba locamente enamorada de mi padre. Lo echo mucho de menos. Me regaló mis sueños y ese es un regalo enorme”. Muchos años después de aquella tarde española de 1951, en septiembre de 2012, la ya célebre Liza Minnelli cantará en el Luna Park de Buenos Aires enfundada en un brillante traje negro, con el cuello arropado por una seda finísima color rojo trepidante.

El corazón roto de un chico no sana nunca. Se emparcha, se recauchuta, se fortalece, crece, se ennoblece o no, late y se acelera como el de todos, pero no es lo mismo. A menudo, lo vulnerable se hace fortaleza, el talento ayuda mucho, la pasión empuja, encontrar un lugar en el mundo evita tragedias mayores, pero no siempre alcanza. El lugar en el mundo de Liza fue el escenario. Quiso bailar y aprendió a hacerlo, pero la mamá la llevó por el riel de su vida artística y Liza cantó con una voz única, potente, clara y abierta; con una fuerza descomunal, desconocida, tal vez incontrolable: un aluvión en escena. Si cantar salvó la vida a Liza, interpretar lo que cantaba le dio sentido.

Liza Minelli junto a su
Liza Minelli junto a su famosa madre Judy Garland

Liza cantó y contó su vida en los escenarios y en sus películas. Sally Bowles, la chica del cabaret alemán, el Kit Kat Club, que mira nacer y crecer el nazismo, mientras se enamora y, en medio de un triángulo amoroso, pelea por su amor y a su manera, también canta cada noche a ese mundo que se derrumba y a ese amor condenado al adiós, aferrada al salvavidas de su arte. Otro de sus personajes célebres y poco conocidos, Pookie Adams, la muchacha que buscaba desesperada un poco de amor en “The Sterile Cuckoo - El cucú estéril”, una película del gran Alan Pakula que en Argentina, por extraña alquimia se llamó “Los años verdes”, también era una chica de corazón roto que vestía de fuerza su vulnerabilidad: creía que las hojas del otoño eran bellas porque se estaban muriendo.

Con este film la actriz, cantante y bailarina ganó un Oscar antes de cumplir los 30 años

“Los Años Verdes” inició un raro vínculo de Liza Minnelli con Argentina. Una de las escenas más brillantes de la película encierra cinco minutos del mejor cine del mundo. Pookie Adams-Liza, encerrada en una cabina telefónica, le pide a su enamorado que no la deje: es un monumento a la actuación que le valió la candidatura al Oscar en 1969. Pero no lo ganó: se lo llevó Maggie Smith por “La primavera de una solterona”. Aquel era un año brillante del cine americano: “Perdidos en la noche”, “Ana de los mil días”, Butch Cassidy”, “¿Acaso no matan a los caballos?”, Robert Redford, Paul Newman, Dustin Hoffman, Jon Voight, Richard Burton, Peter O’Toole y siguen las firmas.

Liza no ganó el Oscar esa vez por “Los años verdes”, pero sí ganó en Argentina el Cóndor de Oro a la Mejor Actriz del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de 1970: no pudo venir al Festival, así que su premio lo retiró el coprotagonista del film, un chico llamado Wendell Burton que murió en 2017 por un tumor cerebral, a los sesenta y nueve años.

No todo lo que filmó Liza fue bueno ni escenificó su vida atormentada. “New York, New York”, por ejemplo, junto a Robert De Niro, dirigidos ambos por Martin Scorsese, con quien Liza mantuvo un romance durante la filmación, no fue una gran película; a cambio dejó un himno, la canción que da título a la película. Fue compuesta por Leonard Bernstein en 1944 para el musical “On the town”, que se hizo película en 1944. En 1977, John Kander y Fred Ebb, la arreglaron para la película de Scorsese. Liza la canta con el fervor que requiere la letra, los deseos de triunfar en la ciudad que nunca duerme, y con el consejo que le dio una vez y para siempre Charles Aznavour. Liza lo había escuchado, y visto, cantar en París, y había quedado impresionada por cómo interpretaba Aznavour sus canciones: para quien lo haya visto alguna vez, “La Boheme” es un símbolo. Liza supo que esa debía ser su vida: interpretar, además de cantar. Aznavour fue su maestro con una frase sabia: “Liza, un solo gesto por canción”.

Los actores Liza Minnelli y
Los actores Liza Minnelli y Robert De Niro con el director Martin Scorsese durante el rodaje de la película "New York, New York" en 1977

Antes de la celebridad, de sus maestros, de tropezar en el camino de su vida con el músico John Kander y el poeta Fred Ebb que fue quien le dio vida a su gestualidad y a su expresión corporal, Liza padeció la infancia y la adolescencia. Alguna vez, con aguda ironía, admitió: “No fue una gran tragedia ser la hija de Judy Garland. Tuve una infancia extraordinariamente interesante, excepto por el hecho de que no tuvo nada que ver con ser una niña”.

En aquel barrio lujoso de Los Ángeles que aún hoy es sinónimo de riqueza y de esa entelequia inentendible que se define como glamour, todos se conocían y se visitaban: las grandes celebridades del cine eran para Liza sólo sus vecinos: “Humphrey Bogart era para mí el Tío Humphrey. Recuerdo estar en el Beverly Hills Park con Mia Farrow, Candice Bergen y Tisha Sterling, todas jugando en el cajón de arena, mientras nuestras niñeras británicas hablaban de cine, vestuario, argumentos de películas y sobre cuál de sus jefes ganaría el Oscar ese año”. Su nombre, Liza, (su nombre completo es Liza May) le llegó de una canción compuesta por los hermanos Gershwin, George, (el de “Porgy and Bess” y el de “Un americano en París”) e Ira Gershwin, que era padrino de Liza.

Una foto de archivo del
Una foto de archivo del 5 de abril de 1986, junto al cantante francés Charles Aznavour en una cena en un restaurante, en París (AFP PHOTO / PIERRE VERDY)

A sus dieciséis años escapa a New York después de pasar por catorce escuelas diferentes de California. Escapa porque está harta de ser la enfermera de su madre, cercada por depresiones, por su adicción a los psicofármacos y hasta por varios intentos de suicidio: Liza fue testigo de algunos. La leyenda dice que al llegar a New York, Frank Sinatra le regaló quinientos dólares de aquellos años, inicios de los fabulosos 60, pero que ella no los aceptó. Muchos años después un escenario los vería juntos mientras cantaban “New York, New York”.

Volvió pronto a California, su madre era un imán poderoso, porque Judy le abrió las puertas de su programa televisivo “The Judy Garland show”: Liza empieza a abrirse camino en el mundo del espectáculo. En 1964 graba su primer disco, “Liza! Liza!”, que incluía una de sus canciones favoritas “Maybe this time”, de Kander y Ebb, a quienes había conocido para adoptarlos de inmediato como sus mentores y guías. Y ellos, autores de “Funny Lady”, “Chicago”, “Cabaret”, “New York, New York” y “El beso de la mujer araña”, entre otras, también la adoptaron, deslumbrados por su talento.

“May be this time”, una canción de amor desesperado, (Tal vez esta vez… tal vez esta vez, gane) estuvo a punto de no ser incluida en la versión para el cine de “Cabaret”, dirigida por Bob Fosse. Héctor Maugeri, un brillante periodista del espectáculo, entrevistó hace ya unos años a Liza en Nueva York y forjó con ella una intensa relación, envuelta en la profunda admiración del periodista por la estrella y en el afecto de la estrella por el periodista. “Liza siempre cantó en sus shows “May be this time”, era una de sus canciones favoritas. Cuando por fin, a sus veintiséis años, le llega la oportunidad de interpretar a Sally Bowles en la película de Fosse, ella le sugiere incluir en el film esa canción. Y Fosse le dice que no. Cree que la canción le va a bajar el ritmo a la película, que es un tema triste, desesperanzador. Liza le dice que se equivoca, que todo está en la manera de interpretar la canción, que ella lo va a cantar con ilusión, con una gran sonrisa porque esa muchacha, Sally Bowles, creía que su vida empezaba a cambiar. Fosse por fin dice que sí. Y “May be this time” es una de las grandes canciones de la película y un éxito de Liza hasta hoy”.

Liza Minnelli, en el papel
Liza Minnelli, en el papel de Sally Bowles, interpreta "Money", una de sus memorables canciones en una escena del clásico musical 'Cabaret'

En su visita a Buenos Aires en 2012, Liza pidió a Maugeri que la acompañara en su gira por el interior del país y hasta que fuese el manager de su último disco, “Liza at the Palace”. “Se hospedó en el Four Seasons y hablamos mucho durante varios días; habló del vínculo con su madre, a quien veía híper vulnerable, pero que sin embargo la inspiraba. Quería cantar una canción en español y, no sé cómo, le había llegado “Esta tarde vi llover”, de Armando Manzanero. Recuerdo que compré varios CD de distintos cantantes y Liza terminó por elegir la versión de Manzanero. Le escribí entonces la letra, separada casi por sílabas, y repasamos juntos la pronunciación por fonética: fue ese papel el que se llevó al Luna Park”. El 24 de septiembre de 2012, Liza Minnelli cantó, con su chalina roja, aquello de “Esta tarde vi llover / vi gente correr / Y no estabas tú…”

En 1965, a sus diecinueve años, se convierte en la ganadora más joven del premio Tony por el musical “Flora, the Red Menace” (Flora, la Amenaza Roja”). Pero vuelve a caer en sus manos la maldita bendición de su madre. Judy Garland la invita a cantar juntas en el Palladium, de Londres. Y allí aparecen las dos, en el escenario de la vida. La madre es un ídolo, pero la hija es una revelación; ambas despliegan un duelo de gargantas potentes, de medias voces arriesgadas, de tonos asombrosos, de atletismo escénico. El público enloquece: cuando ambas saludan juntas, ovaciona a Judy y también, tal vez algo más, a esa revelación joven, vital, irresistible que es Liza. Después, una por la derecha del escenario y la otra por la izquierda, marchan a sus camarines. Pero de pronto, Judy Garland vuelve sobre sus pasos, aparece otra vez ante el público y recibe su ovación en solitario: “Ese día comprendí que no actuaba con mi mamá, sino que me enfrentaba a Judy Garland”.

Aquel desafío extraño, extravagante, tal vez instintivo y quién sabe si involuntario, duraría poco. Judy Garland murió el 22 de junio de 1969 por una sobredosis de barbitúricos. Y Liza diría después que su propia adicción a las drogas sobrevino cuando los médicos le recitaron fármacos para conciliar el sueño luego de la muerte de su madre.

Liza Minnelli, interpretando a Sally
Liza Minnelli, interpretando a Sally Bowles en la icónica película "Cabaret", posa sugestivamente sobre una silla durante una de sus memorables actuaciones en el Kit Kat Klub

La fama la atropelló después de la mano de Bob Fosse y de “Cabaret”, que fue para Liza una especia de revancha: en 1966 había hecho un casting para el musical de Broadway, pero no la eligieron, el papel fue para Jill Haworth. Ahora, cuando el cine encara las páginas que Christopher Isherwood escribió para su “Adiós Berlín”, Liza tiene en sus manos la posibilidad de crear una nueva Sally Bowles, de ojos enormes y saltones, de uñas pintadas de verde, divina decadencia, de pestañas larguísimas y de corazón roto que le sugiere a una chica judía que se haga monja, e invita a su amor en ciernes con un mejunje llamado “Ostras a la pradera”, servido en el vaso de cepillarse los dientes. El resto lo hace su voz, una mezcla de lírica trágica y perrito abandonado, que ilusiona a todo el mundo con “May be this time”. Tal vez esta vez, gane.

El mundo es de Liza y ella se lo come entero y de un bocado. Gana el Oscar junto con Marlon Brando que se lo lleva por “El Padrino” y no va a buscarlo; comparte estatuilla con Fosse, mejor director, Joel Grey, el maestro de ceremonias del “Cabaret”, como actor de reparto; Francis Ford Coppola lo gana por mejor película, la que narra la leyenda de Vito Corleone y su familia. De inmediato se convierte en una estrella mundial. El mundo entero se pregunta quién es Liza Minnelli, que irrumpe como una tromba para decir que en la vida todo es “Money, Money”, porque llega el invierno y el hambre golpea la puerta; porque grita que debemos bailar, reír y disfrutar porque todo es magnífico, hasta la orquesta, y la vida, al fin y al cabo es un cabaret.

Su energía inagotable sobre el
Su energía inagotable sobre el escenario contrastó con una vida personal marcada por pérdidas, adicciones y relaciones tormentosas

La película llega a la Argentina en el esperanzado 1972, junto con “El Padrino” y “El caso Matteotti”, en los estertores de la dictadura que se llamó a sí misma “Revolución Argentina”, cuando el retorno de Juan Perón está cerca y el país, por fin, levantará cabeza: los cines se llenan con un boom que une los nuevos éxitos de Hollywood y de Europa, dos fuerzas que parecen inagotables, con las grandes obras del año anterior: “Contacto en Francia”, “La última película”, “El violinista en el tejado”, “Verano del 42”, “La naranja mecánica”, “El conformista”, “El jardín de los Finzi Contini”, “Dos amores en conflicto”, “Muerte en Venecia”. ¿Dónde quedó aquel cine?

A Liza Minnelli hay que presentarla en sociedad en aquel país acaballado entre los entorchados y la ilusión. La revista “Gente” lo hace con varias páginas, una foto de apertura con la carota de Liza en primerísimo plano y un título magistral del periodista Eduardo San Pedro: “El que dice que sos fea solamente te miró”. Con el Oscar, a Liza le llegan también la fama y quién sabe si el amor. París la ve junto a Peter Sellers, él, casado, cuarenta y ocho años; ella veintisiete y en busca de un amor, como Sally Bowles. Entre ambos, todo dura nada y lo poco que queda se hunde en el alcohol y la droga, incluso los escasos minutos de gloria que para todo ser humano pronosticaba, deseaba a imaginaba Andy Warhol, una figura pop de las décadas del 70 y 80.

Fue Warhol, un irreverente indiscreto y audaz, sin el genio de Truman Capote para el chisme, quien alguna vez reveló que, en esos años, Liza llegaba a la casa del diseñador Roy Halston con un ruego en el alma: “Dame toda las drogas que tengas”. Y Halston le daba lo que tenía. Fueron los tiempos del desenfreno en Nueva York; los años de Studio 54 que hoy es algo así como un club de barrio, de la locura sexual previa al sida, de la locura insomne en esa ciudad que nunca duerme y donde todo era como vos querías que fuese.

Junto al bailarín Mikhail Baryshnikov
Junto al bailarín Mikhail Baryshnikov en el club nocturno Studio 54 en la ciudad de Nueva York

Liza Minnelli entró y salió de muchos tratamientos que intentaron frenar sus adicciones. Después de dejar uno de ellos en la clínica Betty Ford, debió reemplazar a Dean Martin en una gira que encabezaba junto a Frank Sinatra y a Sammy Davis Jr. Y, de nuevo, Liza fue la voz que salva la gira y al mundo que conocimos: algo hay en el alma de esa mujer que también canta en nosotros. Su vida estuvo oscurecida por la sombra de su madre, con la que ahora, a los ochenta, intenta aclarar las cuentas o hacer las paces. Siempre dijo y juró que su alcoholismo es hereditario y que le fue transmitido por su madre. “Es un gen, el gen del alcohol y de la drogadicción. No es un vicio, es una enfermedad. Me dicen que dejar de beber es cuestión de voluntad. Miren, tengo tres premios Tony, un Oscar y tres Globos de Oro. No creo que mi problema sea la falta de voluntad”. Su lucha contra el alcohol sigue hasta hoy: donde está Liza no puede haber ni cerca una botella, botellín o gotero que contenga alcohol.

Como le pasó a Pookie Adams, la muchacha de “Los años verdes”, el amor huyó de su lado. Liza se casó cuatro veces: todas fueron desastres. La primera vez, con Peter Allen, un músico australiano que había sido cercano a Judy Garland. Se casaron en noviembre de 1964, se separaron en abril de 1970 y se divorciaron en 1974. Allen tuvo siempre una pareja estable, el modelo Gregory Cornell a quien conoció en 1973, Cornell murió de sida en 1984 y Allen murió también de sida en 1992.

Liza casó luego con Jack Haley Jr., que era el hijo del actor que encarnó al “Hombre de hojalata” de “El mago de Oz”, la más famosa película de Judy Garland. Ambos estaban casados cuando Liza tonteó con Scorsese mientras filmaba “New York, New York” y mantenía también un amorío apasionado y candente con la estrella rusa del ballet, Mikhail Baryshnikov. Después, divorciada de Haley, se casó en 1979 con el escultor y productor Mark Gero. Perdió dos embarazos, el segundo a los cinco meses, y se divorciaron en 1992: “La incapacidad de convertirme en madre es una tragedia que nunca superaré”.

El último matrimonio fue con David Gest. Los presentó Michael Jackson, lo que no debió ser garantía de nada. Años después, Liza diría a Jackson: “¿Cómo dejaste que me casara con ese idiota?” Siempre reinó la sospecha que Gest, que era gay, iba detrás de la fortuna de Liza, que tampoco era tanta. Quien sostenía la especulación era Elton John, que algo del mundo del espectáculo conoce. Gest produjo para Liza el disco “Liza’s back” y se casaron, el novio cuarenta y ocho años, la novia cincuenta y seis, en la Marble Collegiate Church de Nueva York, una iglesia preciosa de la Quinta Avenida y la calle 29. Los padrinos fueron Elizabeth Taylor, Michael Jackson y Marisa Berenson, la actriz que personificó a la muchacha judía a quien Sally Bowles le sugiere hacerse monja en el “Cabaret” de Bob Fosse.

Un retrato de recién casados
Un retrato de recién casados junto a su último marido David Gest, en el Hotel Regent, Wall Street, Nueva York donde darían una recepción de su cena de boda, el 16 de marzo de 2002

A la hora de sellar el matrimonio con un beso, el novio le metió la lengua a la novia hasta la campanilla en un despilfarro de pasión un poco fatua, que sorprendió hasta a los angelotes de yeso del templo. Uno de los invitados a la ceremonia también se sorprendió. Dijo: “He ido a muchas bodas pero nunca vi un beso así”. No era un angelote y menos de yeso: era Donald Trump, a quien le faltaban tres años para casarse con Melania y había visto muchas cosas en su vida, aparte de bodas.

Liza y Gest se separaron mal al cabo de un año. Él la acusó de alcohólica y golpeadora y ella lo acusó de quedarse con los dineros generados por “Liza’s back” y por la gira de la presentación del disco. Si algo no le fallaba a Elton John era el olfato. En abril de 2016, Gest fue hallado muerto en una habitación del Four Seasons de Londres. Derrame cerebral, dijo la autopsia. Tenía sesenta y dos años.

Además de sus adicciones, de su corazón roto y emparchado, de las praderas y desfiladeros de su vida, Liza enfrentó una salud frágil. Fue operada de la cadera, la rodilla, la espalda y hasta de sus mágicas cuerdas vocales. En 2000 padeció una encefalitis por la picadura de un mosquito y estuvo condenada a una silla de ruedas y aprendió a caminar de nuevo. En 2010 superó un cáncer de mama después de dos operaciones. En la ceremonia de entrega de los Oscar, en 2022, apareció en el escenario, deteriorada y desconcertada, junto a Lady Gaga y casi inmóvil en una silla de ruedas, para entregar el premio a la mejor película. Lo que contará hoy en sus memorias, “Kids, wait till you hear this”, es que fue forzada a usar la silla de ruedas por las autoridades de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood y por seguridad. Ella había elegido en cambio aparecer sentada en una de esas típicas sillas de director. Esa tontería, dicen sus memorias, la dejó destrozada frente al público e incapacitada de leer con comodidad el teleprompter. Chicos, esperen a escuchar lo que sigue.

Estuvo varias veces en la Argentina, hasta que sus huesos le permitieron volar hasta el fin del mundo, temor prejuicioso que Woody Allen no pudo vencer. Y Gabriel García Márquez tampoco. En Buenos Aires, Liza se dejó fascinar por el tango bailado, lo aprendió de los brazos de Julio Boca y de los pies de Juan Carlos Copes. En 2012, Maugeri, en tren de amistad, la llevó a sitios recónditos, a rincones simbólicos y a espectáculos de abolengo tanguero.

La vieja guerrera se ha tomado por fin un respiro. Le nefregan los ochenta porque tiene todavía cinco años, el corazón emparchado y el cuerpo machacado por una vida tempestuosa que cantó y nos regaló con el alma enriquecida de un artista del medioevo: un Miguel Ángel de la canción. Sentada en el umbral de la edad, ahora le dice adiós al pasado como en el final de “Cabaret”, de espaldas al ayer, los hombros rectos, cierto andar desasosegado, las uñas pintadas de verde, un flamear de los dedos en el aire: bye, bye.

Cuidado, a no confiarse. Si un cañón luminoso la pintara de blanco, si un cenital la guiara sobre las tablas de cualquier escenario; si sonaran tres acordes, cuatro compases, un rulo de batería, esa mujer abriría la boca, tomaría aire, tensaría sus mágicas cuerdas vocales, acomodaría sus costillas para respirar mejor y se lanzaría a cantar hasta el desgarro, hasta erizarnos la piel.

Hay cosas que nunca mueren.

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