
La noche del viernes 11 de marzo de 2011, en la exclusiva ciudad de Bethesda, Maryland, la tienda de indumentaria deportiva Lululemon Athletica se transformó en la espantosa escena de un homicidio.
La marca, fundada en Vancouver en 1998, experimentaba un crecimiento comercial meteórico a principios de la década de 2010. Sin embargo, la mañana siguiente al crimen, la gerenta del local, Rachel Oertli, ingresó a la sucursal y descubrió un escenario aterrador, repleto de manchas, huellas y enormes charcos de sangre. Pasaron 15 años de aquel hecho.
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Tras escuchar ruidos inquietantes provenientes del fondo del comercio, Oertli pidió ayuda a un hombre que pasaba por la calle para que inspeccionara el interior. Acto seguido, la gerenta se comunicó con el número de emergencias 911 y reportó: “Hay dos personas en el fondo de mi local. Una parece estar muerta y la otra respira”.
Los efectivos policiales encontraron a Jayna Troxel Murray, una estudiante de posgrado de 30 años de la Universidad Johns Hopkins, tendida boca abajo en el piso del pasillo trasero, ya sin vida y desfigurada por un ataque bestial. A pocos metros, en el baño de la tienda, se encontraba su compañera de trabajo, Brittany “Kia” Norwood, de 29 años, atada de pies y manos con precintos plásticos, con vida y presentando heridas superficiales. Norwood relató entre lágrimas una historia perturbadora que rápidamente sembró el terror en la comunidad.
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Según el testimonio inicial de Norwood, tras cerrar el local, ambas habían regresado para buscar una billetera olvidada, momento en el que dos hombres enmascarados irrumpieron por la fuerza detrás de ellas. En su declaración, describió a los atacantes como sujetos despiadados que profirieron graves insultos racistas, para luego violarlas y golpearlas brutalmente.
Norwood aseguró que los delincuentes masacraron a Murray mientras ella observaba impotente, viendo cómo la arrastraban del cabello por el piso. Argumentó que los asaltantes la dejaron viva únicamente porque resultaba más “divertido” abusar sexualmente de ella. La policía, creyendo estar ante una sobreviviente, inició un operativo de búsqueda monumental. Consultaron en comercios cercanos sobre la venta de pasamontañas e incluso siguieron a un individuo que coincidía con la descripción física aportada por Norwood. El impacto en el distinguido polo de Bethesda Row fue mayúsculo, ya que la zona no había registrado un asesinato en décadas. El miedo afectó la economía de los restaurantes locales, impulsó un aumento drástico en la contratación de seguridad privada y llevó a que ciudadanos un tanto exagerados, dispusieran del servicio de guardaespaldas para salir de compras o ir a trabajar. Ante la desesperación, se ofreció una recompensa de 150.000 dólares a cambio de información para capturar a los asesinos.
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Pero, en realidad, el origen de ese horrendo crimen se remontaba a un conflicto interno que estalló horas antes. Murray había aceptado el trabajo en la tienda para rodearse de personas activas y aprovechar seminarios que le sirvieran para sus estudios en Administración de Empresas. Por su parte, Norwood arrastraba un oscuro historial de robos y manipulaciones. Su ex compañera del equipo de fútbol universitario, Leanna Yust, la catalogó como cleptómana tras romper su amistad porque Norwood le robaba ropa y dinero.
También se descubrió que Norwood había huido de una peluquería sin pagar tras inventar el falso robo de su propia billetera. Los gerentes de Lululemon ya sospechaban de sus robos, pero carecían de pruebas directas para despedirla de inmediato.
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La noche del homicidio, a las 21:45, ambas cerraron la caja y procedieron a revisar mutuamente sus bolsos, tal como estipulaba el estricto protocolo de la empresa. Fue entonces cuando Murray descubrió un par de calzas robadas ocultas en la cartera de su compañera. A las 21:51, ya fuera del comercio, Murray llamó a la gerenta para informarle de la situación. Sabiendo esto, Norwood llamó a Murray con la falsa excusa de haber olvidado su billetera, pidiéndole que regresaran a la tienda. A las 22:05 volvieron a ingresar al establecimiento.
Lo que ocurrió dentro de las paredes de Lululemon fue una matanza atroz y calculada. La autopsia y los minuciosos peritajes forenses demostraron que Murray fue víctima de una crueldad indescriptible, recibiendo exactamente 331 heridas en todo su cuerpo. Mary Ripple, Subjefa Médica Forense del Estado de Maryland, detalló frente al jurado que esas 331 lesiones fueron provocadas de manera sistemática con al menos cinco armas distintas, todas extraídas de la caja de herramientas del local.
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Las armas empleadas por Norwood durante el asesinato fueron: un martillo, un cuchillo, un gancho metálico pesado para colgar mercadería, una soga y una trincheta.
Los peritajes arrojaron la escalofriante conclusión de que Murray estuvo viva y consciente durante casi la totalidad de la paliza. La forense dictaminó que la víctima padeció graves traumatismos por fuerza contundente que le provocaron múltiples huesos aplastados y severas magulladuras de impacto profundo. Su cabeza y su rostro presentaban contusiones críticas y estaban plagados de profundos cortes. Sumado a los contundentes golpes con el martillo y los elementos metálicos, sufrió decenas de puñaladas esparcidas por todo su cuerpo.
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El golpe letal, el que finalmente sentenció su muerte, consistió en una profunda herida de arma blanca asestada directamente en la parte posterior del cuello. Esa puñalada fue tan violenta que le seccionó por completo la médula espinal y penetró de lleno en el cerebro. Debido a la magnitud de las 331 heridas y al espantoso estado que presentaba el cadáver, la familia de Murray se vio obligada a realizar el funeral a cajón cerrado.

Mientras se desarrollaba esa macabra tortura en Lululemon, en el local contiguo de la tienda Apple, la tragedia fue completamente ignorada por los empleados del turno noche. Jana Svrzo, una empleada de Apple, escuchó claramente una discusión subida de tono a través de la pared que separaba ambos locales. Pudo distinguir la voz de una mujer que imploraba aterrorizada: “Hablame. No hagas esto. Hablame. ¿Qué está pasando?”. A esa desesperada súplica le siguieron aproximadamente diez minutos ininterrumpidos de fuertes gritos, ruidos de golpes y quejidos ensordecedores. Tras los ruidos espantosos, la misma voz volvió a escucharse pronunciando sus últimas y desgarradoras palabras: “Que Dios me ayude... por favor, ayudame”.
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A pesar del evidente tono de desesperación, ni Svrzo ni sus compañeros de turno alertaron a la policía, asumiendo erróneamente que los alaridos y los golpes eran “solo drama”. En las grabaciones de seguridad de Apple se observó a los trabajadores parados junto a la pared medianera escuchando detenidamente, para luego taparse los oídos y alejarse con total normalidad. Durante el juicio, el magistrado Robert Greenberg condenó duramente esa inacción, calificándola sin miramientos como una “indiferencia cruel”.
Con Murray ya fallecida, Norwood orquestó una alteración meticulosa de la escena del crimen. Primero se apoderó de las llaves del auto de la víctima, abandonó el establecimiento y condujo hasta un estacionamiento ubicado a unas tres cuadras de distancia. Allí, permaneció sentada sola en el vehículo durante 90 minutos, ideando al detalle la mentira de los asaltantes enmascarados. Luego, regresó caminando a la tienda para ejecutar su farsa. Sacó dinero de las cajas registradoras para simular un robo con fines monetarios. Utilizando la misma trincheta del ataque, cortó deliberadamente los pantalones de Murray para fabricar el escenario de la violación. Para justificar su propia condición de víctima, se realizó un corte en la frente y se provocó varios raspones menores en el cuerpo. El detalle más retorcido del encubrimiento consistió en calzarse un par de zapatos de hombre, talle catorce, que formaban parte del inventario del local. Con ese pesado calzado, Norwood pisó repetidas veces la sangre de su compañera asesinada y caminó estratégicamente por todo el establecimiento para sembrar enormes huellas masculinas en el piso. Finalmente, se ató las manos y los tobillos con los precintos de plástico, y se refugió en el piso del baño a esperar que llegara el amanecer.
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A pesar de sus inmensos esfuerzos, el relato comenzó a resquebrajarse rápidamente, un proceso de investigación detallado años más tarde en el libro Murder In The Yoga Store” del periodista Peter Ross Range. El detective Dimitry Ruvin notó casi de inmediato que el testimonio de Norwood resultaba guionado. Sus agresores reunían absolutamente todos los peores atributos posibles en una sola descripción: eran racistas, violadores, asaltantes y asesinos impiadosos. Además, la abundante presencia de sangre y la mecánica del asesinato indicaban claramente que el agresor provenía del entorno interno y conocía las rutinas. La mentira colapsó de forma definitiva cuando la policía científica detectó rastros innegables de sangre de Norwood en la manija de la puerta, la palanca de cambios y el volante del auto de Murray. Al verse acorralada frente a los interrogadores, y habiendo jurado anteriormente que jamás había subido a ese vehículo, la asesina intentó improvisar diciendo que los atacantes la forzaron a mover el auto durante el asalto. Cuando los detectives le exigieron saber por qué no huyó en ese preciso instante en el que estaba sola en el estacionamiento, Norwood se quedó en absoluto silencio. Fue arrestada el 18 de marzo de 2011.

El proceso judicial en su contra se llevó a cabo en enero de 2012 y se extendió durante seis intensas jornadas en los tribunales del condado de Montgomery. Durante las audiencias, el abogado defensor Douglas Wood reconoció abiertamente la autoría del crimen por parte de Norwood, pero intentó evadir la condena a cadena perpetua argumentando que se trató de un crimen pasional sin premeditación, desencadenado por una pelea espontánea al calor del momento. La defensa logró astutamente que el juez excluyera el robo de las calzas como evidencia por considerarlo “testimonio de oídas”, impidiendo así que la fiscalía le demostrara al jurado cuál fue el móvil exacto del homicidio. No obstante, el fiscal John McCarthy expuso con una enorme firmeza que la capacidad de la acusada para mentir, manipular y engañar a las autoridades era “casi inigualable”. El jurado apenas demoró una hora en llegar a un veredicto. Como relató posteriormente uno de sus integrantes, bastó simplemente con preguntar quién apoyaba la condena por asesinato en primer grado para que todas las manos se levantaran en la sala de deliberación.
El 27 de enero de 2012, el juez Robert Greenberg sentenció a Brittany Norwood a pasar el resto de su vida en prisión sin ninguna posibilidad de acceder a la libertad condicional, ordenando su traslado inmediato a la Institución Correccional para Mujeres de Maryland.
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