
Cuando caía la noche sobre Staten Island, al sur de Nueva York, el bosque de Willowbrook se convertía en un territorio de penumbras. En las casas del barrio, los padres repetían la misma advertencia que habían escuchado de niños: “No te alejes demasiado… Cropsey anda suelto”. Nadie podía decir con certeza quién —o qué— era Cropsey. Para algunos era apenas un cuento para asustar a los chicos; para otros, un ente oscuro que se escondía entre los árboles.
Indefinido, durante décadas, ese nombre circuló en susurros y advertencias: Cropsey era el monstruo del bosque, una figura que acechaba desde la oscuridad y raptaba a los niños que se alejaban demasiado de sus casas. Como el “boogeyman” —el hombre del saco o el de la bolsa, en Argentina— formaba parte del folclore popular. Pero en Staten Island la leyenda tenía un escenario inquietantemente real: los túneles, los caminos de tierra y los pabellones abandonados del hospital psiquiátrico Willowbrook, un lugar marcado por su propia historia de abusos, abandono y horror.
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Con el paso de los años, el miedo dejó de ser solo un cuento para la hora de dormir. La leyenda empezó a rozar la realidad. Desapariciones de niñas y niños, rumores sobre figuras errantes en el bosque y miradas inquietas hacia las ruinas de Willowbrook comenzaron a mezclarse con la vieja historia. Hasta que ese temor tuvo un nombre: Andre Rand, un hombre solitario que merodeaba por los mismos lugares que los vecinos habían aprendido a evitar.
Entonces la pregunta dejó de ser un juego infantil. ¿Y si Cropsey no era solo un cuento? En Staten Island, muchos empezaron a creer que el monstruo del bosque siempre había sido real… y que, durante años, había estado caminando entre ellos.
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De Frank Rushan a Andre Rand
Andre Rand no siempre se llamó así. Nació como Frank Rushan el 11 de marzo de 1944 en Nueva York, en una familia atravesada por la precariedad y la inestabilidad. Cuando tenía 14 años perdió a su padre. Poco después, su madre fue internada en el Centro Psiquiátrico Pilgrim, en Brentwood. Durante la adolescencia, Rand y su hermana la visitaban allí con frecuencia. Según recordaría años más tarde su hermana menor en el documental Cropsey (2009), en la casa no hubo abusos físicos ni sexuales. Pero la soledad, el abandono y la fragilidad familiar marcaron profundamente aquellos años.
En algún momento de su juventud, Frank Rushan desapareció y, en su lugar, apareció otro nombre: Andre Rand. Nadie sabe con certeza cuándo ni por qué lo adoptó. Ni su familia ni las investigaciones posteriores lograron explicarlo. Lo que sí quedó claro es que, desde entonces, Rand viviría siempre en los márgenes de la sociedad.
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Durante los años sesenta trabajó en la Willowbrook State School, una institución estatal destinada al alojamiento y cuidado de niños y adultos jóvenes con discapacidades intelectuales y del desarrollo. Allí era custodio, camillero y asistente de fisioterapia. El lugar ya cargaba entonces con una reputación oscura: abandono institucional, negligencia, historias de abusos que con el tiempo saldrían a la luz. Rand pasó años moviéndose entre esos pabellones. Entre esos pasillos.

Fuera del hospital su vida era igual de cambiante. Trabajó limpiando baños, conduciendo micros escolares o realizando tareas menores en instituciones públicas. Nunca logró estabilidad laboral ni construyó una red de apoyo. Algunas personas que lo conocieron lo describieron como un hombre solitario, errante, que prefería caminar por las zonas menos transitadas de Staten Island. Su presencia siempre generaba desconfianza entre los vecinos.
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Con el tiempo, su imagen empezó a encajar de manera inquietante en la vieja leyenda de Cropsey. Rand solía aparecer cerca de los mismos lugares que la comunidad evitaba: los bosques, los caminos de tierra, las ruinas de Willowbrook. Pero la primera alarma pública llegó en 1983 cuando Rand se fue con once niños de la Asociación Cristiana de Jóvenes de Staten Island en el micro escolar. Les compró comida y los llevó hasta el aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey, sin avisar ni pedir permiso a sus familias. Los chicos regresaron ilesos, pero la explicación de Rand de solo pasear con ellos nunca convenció. Por ese hecho fue condenado a diez meses de cárcel por privación ilegal de la libertad.
Cuando salió de prisión y volvió a caminar por los barrios de Staten Island, el miedo ya estaba instalado. Para muchos vecinos, Rand había dejado de ser un simple excéntrico. Era algo más cercano a la amenaza que durante años había vivido en sus pesadillas.
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Cuando el miedo se hizo realidad
En julio de 1987, el miedo dejó de ser un rumor. Jennifer Schweiger, una niña de 12 años con síndrome de Down, desapareció del pueblo. La búsqueda fue inmediata. Cientos de voluntarios, familiares y policías comenzaron a rastrear la isla: calles, terrenos baldíos, zonas boscosas y, por supuesto, las ruinas de la temible Willowbrook. Durante más de un mes, la comunidad entera participó de una de las búsquedas más grandes en la historia del distrito.
Todos los dedos apuntaron contra Andre Rand.
Varios testigos afirmaron haberlo visto merodeando cerca del hospital psiquiátrico el día de la desaparición de la niña, que vivía en la zona. Las sospechas crecieron a medida que pasaban los días, cargados de incertidumbre, intriga y miedo. Hasta que, treinta y cinco días después, uno de los voluntarios hizo un hallazgo estremecedor. Al notar un sector de tierra removida cerca de las ruinas de Willowbrook, decidió cavar. Allí encontró la escena que nadie quería confirmar: el cuerpo de Jennifer, enterrado en una tumba improvisada entre los restos del viejo hospital.
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Para muchos habitantes de Staten Island, el hallazgo fue algo más que la resolución de un crimen. Fue la confirmación de un miedo antiguo: Cropsey, el monstruo de la leyenda tenía un rostro real.

Andre Rand fue arrestado en 1987, poco después del hallazgo del cuerpo de Jennifer Schweiger, mientras vivía en condiciones precarias, acampando cerca de las ruinas del hospital Willowbrook. Durante el juicio, estuvo bajo una intensa presión mediática y social. Nunca confesó el crimen, pero fue declarado culpable del secuestro de Jennifer. La sentencia fue de 25 años a cadena perpetua, con posibilidad de solicitar libertad condicional en 2037. No fue condenado por homicidio, ya que el cargo principal que prosperó fue el de secuestro.
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Pero el caso no terminó ahí.
Con los años, la policía comenzó a relacionar a Rand con otras desapariciones que habían marcado la historia reciente de Staten Island: Alice Pereira (1972), Holly Ann Hughes (1981), Tiahease Jackson (1983) y Henry Gafforio (1984). En cada caso surgían coincidencias inquietantes como lugares, horarios y testimonios que lo situaban cerca de las víctimas. Sin embargo, en ninguno se encontraron los cuerpos ni hubo pruebas suficientes para acusarlo formalmente, aunque siempre fue considerado el principal sospechoso.
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En el caso de Holly Ann Hughes, de 7 años, desaparecida en 1981, sí fue acusado formalmente y, en 2004, condenado por su secuestro tras un nuevo juicio. Con esta sentencia, su permanencia en prisión se extendió. De este modo, Rand acumula dos condenas: una por el secuestro de Jennifer Schweiger y otra por el de Holly Ann Hughes. Las desapariciones de Alice Pereira, Tiahease Jackson y Henry Gafforio siguen sin resolverse. Aunque Rand sigue siendo señalado como sospechoso en todos los casos, la falta de pruebas directas impidió que se presentaran cargos formales en su contra.
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