“Una influencia directa del demonio”: tres niñas bailando desnudas y el diagnóstico oscurantista que provocó los juicios de Salem

Puesto a examinar a las tres niñas que habían sido vistas con comportamientos extraños en un bosque cercano a un pequeño pueblo pesquero, el 20 de enero de 1692 el médico William Griggs pronunció la frase que desató una caza de brujas que llevó a la horca a 19 personas, encarceló a más de un centenar y obligó a otras a huir para salvar sus vidas

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Litografía de George H. Walker
Litografía de George H. Walker sobre uno de los juicios de Salem

“No hay ningún problema físico que cause ese comportamiento. No hay dudas de que se trata de la influencia directa del demonio”, sentenció con la autoridad de ser el único médico del pueblo el doctor William Griggs después de revisar a las tres niñas. Corría la tarde del 20 de enero de 1692, y con ese diagnóstico a todas luces oscurantista desató una reacción en cadena de acusaciones y juicios que dejó un saldo de 18 ahorcados, un muerto en la tortura y más de 150 encarcelados. Eso fue lo que ocurrió con la caza de brujas que, a fines del siglo XVII, sacudió a Salem, una pequeña comunidad de pescadores de la colonia inglesa de Massachusetts, en lo que un siglo después serían los Estados Unidos. El caso pasó a la historia como “los juicios de Salem” y se convirtió en un ejemplo de lo que la ignorancia y la credulidad pueden hacer con un pueblo, porque allí donde se decía “brujería” lo que en realidad hubo fue un cóctel donde se mezclaron juegos sexuales adolescentes, malas cosechas, episodios de histeria colectiva, intereses económicos y hasta las alucinaciones provocadas por un hongo que fermentaba en el pan.

Todo comenzó con un hecho nimio que provocó un escándalo: tres niñas desnudas bailando en el bosque. No hacía mucho que el pastor protestante Samuel Parris había llegado a Salem desde Boston, acompañado por sus tres hijos preadolescentes, Tomas, Elizabeth y Susannah, y su sobrina huérfana Abigail Williams. Con ellos llegaron también la esclava Tituba —nativa de Barbados—, que se encargaba de cuidar a los niños, y su marido John Indian.

En poco tiempo, el religioso se había ganado un lugar de prestigio en la comunidad, pero la situación cambió de golpe cuando Elizabeth, de 9 años; Abigail, de 11, y una amiga de 12, Ann Putnam, fueron sorprendidas en el bosque danzando sin ninguna ropa que cubriera sus cuerpos mientras Tituba removía un extraño líquido dentro de un caldero que había puesto sobre el fuego.

La noticia corrió como un reguero de pólvora y para el extremismo puritano que reinaba en Salem, el descubrimiento fue un escándalo. La desnudez por sí misma ya era un pecado, los juegos lo agravaban, y la presencia de Tituba y su misterioso caldero en el lugar terminaban de pintar un cuadro demoníaco. Más todavía cuando, después de ese episodio, las niñas empezaron a tener otros comportamientos extraños: tenían convulsiones, decían cosas sin sentido, pronunciaban palabras extrañas y tenían frecuentes episodios de llanto. Para peor, otras chicas de Salem, de edades parecidas, empezaron a actuar de manera similar.

Seguramente para zafar de un inevitable castigo, cuando sus padres la interrogaron sobre su extraña conducta, la pequeña Ann Putnam esbozó una justificación infantil: “Luché contra una bruja que quería decapitarme”, les dijo. Y ahí entró en escena el bueno del doctor Griggs para hacer su diagnóstico fatal.

La caza de brujas y
La caza de brujas y juicios desatados en Salem dejaron un saldo de 18 ahorcados, un muerto en la tortura y más de 150 encarcelados

Chivos expiatorios

Como suele ocurrir en muchos casos, los más pobres y desprotegidos son los primeros en pagar las consecuencias. Para los vecinos de Salem, las niñas de dos familias importantes —Parris era el reverendo y los Putnam muy adinerados— no podían ser culpables: alguien las había embrujado. Interrogadas, culparon a la esclava Tituba de haberlas iniciado en ritos satánicos. Por eso, dijeron, estaban bailando desnudas en el bosque. También llegaron rumores de que había otras dos “brujas” involucradas: una anciana a la que nadie quería en el pueblo, Sarah Osborne, y una indigente de nombre Sarah Good que estaba embarazada y nadie sabía de quién, un pecado imperdonable.

Era necesario hacer justicia, y el clamor popular hizo que los “jueces” John Hathorne y Jonathan Corwin —vecinos notorios pero ignorantes en materia legal— ordenaran la detención de Sarah Good, Sarah Osborne y la esclava Tituba por “afligir” a Elizabeth Parris, Abigail Williams, Ann Putnam y a otra niña llamada Elizabeth Hubbard, agregada a la lista de víctimas de sus brujerías. Además, por sugerencia de una vecina llamada Mary Sibley, el tribunal ordenó una “medida pericial”: el marido de Tituba, John Indian, debía hacer un “pastel de brujas” de harina de centeno mezclada con la orina de las cuatro niñas y dárselo de comer a un perro para comprobar si el animal presentaba los mismos síntomas que ellas. El testimonio de Sibley sobre el “extraño” comportamiento del perro fue admitido como prueba.

Con esos datos tan contundentes frente a los ojos, el tribunal les hizo una oferta a las tres acusadas: si confesaban, salvarían sus vidas, si no confesaban serían torturadas hasta que lo hicieran, y si incluso así no lo hacían serían colgadas de la horca. La esclava Tituba eligió salvar el pellejo y contar la historia que los jueces querían oír, aunque los detalles y las acusaciones fueran de su propia cosecha: “He visto al diablo en el bosque. A veces toma la forma de un hombre muy alto de pelo negro, o de perro negro, o de cerdo, y he visto a un pájaro amarillo besar el dedo de otra bruja, y Betty, Abigail, Ann Putnam, Sarah Osborne, Sarah Good ¡están al servicio de Satanás! Y he visto el nombre de otros vecinos en ‘el libro del Mal’”, confesó en la sala colmada de público.

En cambio, Sarah Osborne, que estaba muy enferma, y su tocaya, Sarah Good, se mantuvieron firmes en su inocencia durante todo el proceso. Los jueces le preguntaron a Tituba si esas dos mujeres había sido sus cómplices y, puesta a confesar todo lo que le pidieran, la esclava las señaló. Eso le valió que la penaran con apenas un año de cárcel mientras que Osborne Y Good terminaron colgando de una soga frente a todo el pueblo.

Ante la convicción de que
Ante la convicción de que las mujeres acusadas eran brujas, el tribunal les hizo una oferta: confesar para salvar sus vidas; ser torturadas hasta confesar; o ser colgadas por no hacerlo. La horca fue el destino para quienes sostuvieron su inocencia

Ejecuciones en cadena

Los procesos de brujería debieron haber terminado ahí, pero los vecinos aprovecharon la movida para cobrarse viejos odios y saldar disputas de dinero. Las acusaciones de brujería se multiplicaron. Las primeras víctimas de esta segunda tanda fueron Martha Corey, otra mujer poco querida en el pueblo, que fue ahorcada, y su marido Giles, que murió en la tortura sin que pudieran arrancarle una confesión. Poco después Tituba hizo una nueva acusación y señaló a otro vecino, John Alden, como el hombre que le había entregado “el libro del Mal”. Su destino fue también la horca.

Presionados, los jueces comenzaron a dictar las sentencias que la mayoría de los vecinos exigían. Fue el caso de Rebecca Nurse, a quien el tribunal declaró en primera instancia inocente pero luego debió cambiar su decisión y condenarla a muerte porque una turba indignada salió a la calle para protestar contra el fallo. La ahorcaron ese mismo día. El juicio permitió también cobrar una cuenta pendiente. Bridget Bishop había sido declarada inocente de brujería doce años antes, pero fue acusada nuevamente y ahorcada.

Hasta el reverendo Parris aprovechó la movida para sacar ventaja. A instancias suyas, la pequeña Ann Putnam le contó al tribunal unos sueños donde el protagonista era el pastor George Burroughs, rival religioso de Parris. “Su espíritu aparece en mis sueños y me dice que es el líder de los adoradores de Satanás, que mató a sus dos primeras esposas y que embrujó a los soldados que combatían a los indios en las fronteras de Maine”, relató la chica y con esa sola prueba Burroughs terminó también colgando de la horca.

Para los primeros meses de 1693 —un año después de la confesión de la esclava Tituba—, los acusados y enjuiciados llegaban casi a doscientos. Además de Giles Corey, muerto en la tortura, 14 mujeres y otros cuatro hombres fueron ejecutados en la horca. Alrededor de 150 vecinos de Salem estaban en prisión y otros veinte debieron escapar para no ser juzgados y condenados.

Una década después de los procesos de Salem, en 1703, el tribunal del Estado de Massachusetts rechazó casi todas las pruebas presentadas durante los juicios. En 1706 Ann Putnam pidió perdón a su iglesia y a las familias de quienes ayudó a morir en la horca: “Lo hice engañada por Satanás”, explicó, lo que no significó consuelo alguno para los muertos.

En 1711, la Justicia colonial ordenó pagar indemnizaciones a las familias de las víctimas del juicio. Desde entonces, los tribunales de la colonia rechazaron, sin siquiera considerarlas, todas las acusaciones de brujería o satanismo contra grupos o personas.

Tumba de Samuel Sewall, en
Tumba de Samuel Sewall, en Boston, juez de los juicios de brujas de Salem de 1692-1693, quien posteriormente emitió una confesión pública asumiendo la culpa y la vergüenza de los procesos y pidiendo perdón (AP Photo/Steve LeBlanc)

Histeria, hongos y otras yerbas

Los juicios de Salem fueron producto de una serie de ingredientes que combinados, sobre una base de ignorancia y oscurantismo, produjeron un cóctel explosivo y mortal. Con los años se tejieron varias hipótesis para explicar el comportamiento de las niñas que desencadenó el proceso. Para 1692, Sigmund Freud aún no había nacido y mucho menos elaborado su concepto de “histeria de conversión”, en el que un trauma psíquico provoca síntomas físicos. Ese podría haber sido el caso del comportamiento de las niñas, pero si bien es aplicable a un caso individual es difícil trasladarlo a una situación colectiva.

Al analizar el caso de “las brujas de Salem”, el psicólogo norteamericano Benjamin Radford ensaya una hipótesis: “La gente toma señales sociales de otras personas. Entonces, una persona comienza a sentirse rara y se desmaya o tiene temblores, y otras personas a su alrededor la ven y, a veces, asumen esos síntomas. Así es como la histeria colectiva puede pasar de una persona, a tres, a treinta y a cientos de personas. Esta imitación es sutil e inconsciente”, dice.

Otra posibilidad sobre el factor desencadenante, que explicaría el carácter colectivo del comportamiento de las niñas, puede buscarse en el pan que fabricaban la esclava Tituba y otros vecinos de Salem. Según esta hipótesis, las niñas se comportaban de esa manera incoherente e inexplicable porque estaban afectadas de ergotismo, una enfermedad producida por la intoxicación por cornezuelo, un hongo que crece en el centeno, con el que Tituba fabricaba el pan. Este hongo contiene un alcaloide, la ergotamina —de la que deriva el LSD— , que puede provocar alucinaciones, convulsiones, gangrena y, en algunos casos, la muerte. Así, las niñas se habrían contaminado al consumir pan de centeno en mal estado.

Una placa en memoria de
Una placa en memoria de Goodwife Ann Glover o Goody Glover, ahorcada por brujería en Boston en 1688. Esta placa se encuentra en la fachada de una iglesia católica en el barrio North End. Es uno de los recordatorios de un período oscuro en la historia de la ciudad (AP Photo/Steve LeBlanc)

Y el vil metal…

Las teorías sobre cuáles podrían haber sido los factores desencadenantes del extraño comportamiento de las niñas de Salem no alcanzan para explicar la verdadera “caza de brujas” que desató y sus terribles consecuencias. El factor “demoníaco” en el contexto de fanatismos religiosos aparece como un elemento insoslayable: es una manera básica de explicar lo inexplicable, hallar culpables y buscarle una solución, en este caso las ejecuciones de mujeres y hombres acusados de brujos.

Además, en las acusaciones se vislumbra la rivalidad entre los dos referentes religiosos de la comunidad, el reverendo Parris, acusador, y su colega George Burroughs, uno de los acusados que terminó en la horca. Los principales acusadores de Martha y Gilles Corey son los Putnam, enemigos acérrimos desde que el patriarca de la familia Putman propuso crear una nueva iglesia en Salem y los Corey encabezaron a quienes se oponían porque eso implicaba pagar más impuestos.

Otro aspecto poco conocido del proceso de Salem es el destino de las propiedades de los acusados. Cada vez que el juez Corwin encarcelaba o condenaba a la horca a un sospechoso de brujería, su sobrino confiscaba sus bienes. La ecuación podría leerse así: yo les doy una bruja, ustedes me dejan su dinero. Así, el caso de “las brujas de Salem” va mucho más allá de ser el resultado de una superstición demoníaca, sino que se muestra como un rompecabezas muy complejo.

Emerson Baker, autor de Una tormenta de brujería, un documentado libro sobre el juicio, lo planteó de esta manera: “Se necesitó una tormenta perfecta de causas y problemas para crear lo que fue, con mucho, la mayor caza de brujas en la historia de Estados Unidos. Los factores que influyeron fueron: un clima notablemente malo, que llevó a malas cosechas e inflación; dificultades económicas; faccionalismo político y religioso; inseguridad política en la colonia; preocupación por el declive de la devoción religiosa; y pánico por la guerra frente a los franceses y sus aliados indígenas wabanaki. Como los franceses eran católicos y los indígenas, paganos o habían adoptado el catolicismo, se trataba de una crisis a la vez religiosa, militar, política y económica. Todos estos problemas, juntos, crearon una atmósfera en la que la gente creía que Satanás estaba suelto en Massachusetts”, explicó.

Copias de documentos consultados por
Copias de documentos consultados por Arthur Miller para escribir "Las brujas de Salem"

Los nuevos brujos

Los hechos de Salem ocurrieron cuando la “caza de brujas”, con un saldo de más de 50.000 víctimas —en su mayoría mujeres, pero también hombres—, había sido prácticamente abandonada en una Europa que comenzaba a iluminarse con los descubrimientos científicos. Por esa razón, muchos los ven como el rebrote tardío de una creencia oscura en una colonia alejada de las luces.

Sin embargo, hay algo de fondo que se sigue repitiendo más de tres siglos después, aunque no encarnado en brujas sino en otras credulidades. Tal vez por eso, Arthur Miller escribió en 1950 su obra maestra, Las brujas de Salem, para denunciar las persecuciones del senador Joseph McCarthy contra unos nuevos hechiceros del Averno, los comunistas.

Por estos días no faltan las nuevas creencias que buscan señalar conspiraciones maléficas con el fin de demonizar a supuestos enemigos. Para comprobarlo basta detenerse a escuchar las teorías de los terraplanistas, las denuncias de los antivacunas y los discursos mesiánicos de algunos líderes políticos para justificar sus acciones. Son tan oscurantistas como el diagnóstico del doctor Griggs que desató la fatal cacería de brujas en Salem.

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