
El hombre yace en la cama, los ojos cerrados, el pecho desnudo bajo la sábana, rodeado por su familia. Therese Frare observa desde un rincón, la cámara lista. No hay llanto ni quejidos. Solo el instante: la madre de David Kirby sostiene su mano, el padre lo acompaña en silencio, y la fotógrafa dispara. La imagen que saldrá de esa habitación no es solo una fotografía. Se convertirá en el rostro global de la epidemia de sida.
La escena en Pater Noster House
David Kirby aceptó que le tomen esa imagen, pero puso un límite: “Podés fotografiarme siempre y cuando no sea para beneficio personal”. Therese Frare lo escuchó meses antes, cuando llegó como voluntaria a Pater Noster House, en Columbus, Ohio. El centro era un refugio para personas con sida en etapa terminal. Allí, Barb Cordle, la directora, alentaba a mostrarle al mundo que en ese lugar los enfermos no morían solos. Donde afuera había silencio estatal, estigma y abandono, adentro se tejían lazos de cuidado.
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Therese no era una extraña. Había iniciado un proyecto fotográfico sobre el sida para sus estudios de posgrado y se había ganado la confianza del pequeño círculo de pacientes y cuidadores. Peta, uno de los voluntarios y amigo de David, fue el puente con la familia Kirby.
Cuando la enfermedad avanzó y el final se acercaba, Peta fue quien llamó a Therese: “David se está muriendo”. La madre de David salió de la habitación y la invitó a entrar: querían que ese último adiós quedara registrado. Therese se mantuvo en un rincón, testigo de la escena. La familia intentó que David tomara agua. Él no pudo. Cuando todo se detuvo, la cámara capturó el último aliento.
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La fotografía se publicó en Life en 1990, a doble página. Ese año, David Kirby murió a los 32 años.
La lucha de David Kirby
Ocho años antes de esa foto, en 1982, la sigla SIDA había irrumpido en Estados Unidos. En 1984 se identificaron los primeros anticuerpos, y en 1986 se adoptó el término VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana). El país acumulaba miles de muertes. El miedo, el rechazo y la ignorancia rodeaban a los enfermos.
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David Kirby había nacido en 1957 y se crio en un pequeño pueblo de Ohio. Siendo un adolescente gay en la década de 1970, la vida en el Medio Oeste le resultó difícil.
La familia de Kirby reaccionó negativamente cuando les reveló su orientación sexual. Con sus relaciones personales tensas y sin una salida clara en Ohio, Kirby partió hacia la Costa Oeste a los 18 años y se integró a la vida gay de Los Ángeles. Encajó bien allí y pronto se convirtió en activista de la comunidad queer, asistiendo a manifestaciones y protestas en apoyo de los derechos de las personas homosexuales.
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David había dedicado sus últimos tres años a la militancia. Era parte de la primera generación de activistas: gays, trans, lesbianas, pero también familias, parejas y amigos. El movimiento ACT UP, nacido en Nueva York, marchaba por las calles gritando “No somos víctimas, somos personas con sida”. Las pancartas decían: “Silencio = muerte”.
Kirby decidió que quería morir en casa y contactó a su familia para preguntarle si podía regresar a Ohio. Sus seres queridos, pero el resto del pueblo lo rechazó.
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A su regreso al Medio Oeste, David Kirby recibió tratamiento en un hospital local. Sin embargo, el personal sanitario de su pequeño pueblo le tenía terror. Los médicos quemaron la ambulancia que lo trasladó al hospital, y el personal que llevaba los menús a los pacientes ingresados no dejaba que Kirby tocara el papel. Le leían sus opciones desde la puerta.
Entonces, el joven volvió a California e ingresó a Pater Noster House que era un refugio, pero también un enclave de resistencia. Therese Frare retrató el trabajo de los voluntarios, la calidez en los gestos cotidianos. La vida de David se entrelazó con la de Peta y con los padres de Kirby. Cuando la enfermedad lo venció, la escena que quedó registrada era la de una familia acompañando, no la de un hombre aislado por el estigma.
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La imagen y su viaje
La fotografía de Therese no tardó en trascender. Life la publicó en una doble página, acompañada por un reportaje sobre la realidad de los enfermos de sida en Estados Unidos. La imagen ganó premios y despertó un debate nacional. En 1991, quedó segunda en el World Press Photo.
La fuerza de la imagen no residía solo en la crudeza del cuerpo enfermo. Era el gesto del padre, la mano sobre el pecho de David, la madre sosteniendo. La escena evocaba, para muchos, la iconografía del martirio de Cristo. Oliviero Toscani, director creativo de Benetton, lo expresó sin rodeos al verla por primera vez: “Es esa. Esa es la foto. Es como Jesucristo, pero se está muriendo de sida”.
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La campaña “La realidad impacta”, lanzada por Benetton, puso la foto de David en vallas, revistas y medios de todo el mundo. La imagen fue coloreada manualmente, buscando, según Toscani, “reflejar 100% la realidad”. Pero la campaña desató un escándalo.

El uso de la imagen de David por parte de Benetton generó indignación en grupos activistas y en la opinión pública. El debate ocupó semanas de programas en televisión y columnas en diarios. ¿Era ético usar el sufrimiento de una familia para vender ropa?
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La familia Kirby respondió de manera contundente. Bill Kirby, el padre, declaró: “Benetton no nos está usando. Nosotros estamos usando a Benetton”. La madre y el padre habían dado su consentimiento tras consultar con Therese. Para ellos, la difusión masiva era exactamente lo que David hubiera querido: que el mundo viera el rostro del sida y la dignidad de quienes lo enfrentaban.
El historiador Horst Bredekamp habla de “actos de imagen”: fotografías capaces de producir efectos en la sociedad y en la memoria colectiva. La foto de David se convirtió en un acto político, en el símbolo de la epidemia de sida.

En la historia de David, Peta ocupa un lugar central. Fue cuidador y amigo, y el vínculo que permitió que Therese accediera a la intimidad de la familia Kirby. Dos años después de la muerte de David, Peta enfermó. Los padres de David cumplieron su promesa: lo cuidaron hasta el final. Therese volvió a fotografiar la escena. El círculo del cuidado se cerraba.
La publicación de la foto en Life y su uso por Benetton coincidieron con un giro en la percepción pública del sida. Hasta entonces, la enfermedad había sido asociada al aislamiento, la culpa y el rechazo. La imagen de David rodeado por su familia desafió ese estigma.
Por el sida ya murieron 36 millones de personas en el mundo desde el conocimiento de la enfermedad.
“No somos víctimas, somos personas con sida”, repetían los activistas en cada marcha. La foto de Therese Frare lo mostró de manera irrefutable.
Therese Frare nunca vendió la foto de David para beneficio propio. Su acuerdo con él había sido claro. En cada entrevista, recordó ese pacto. La intención era documentar, testimoniar, generar conciencia. Nunca explotar.
“La familia quería que el mundo viera lo devastadora que esta enfermedad podía llegar a ser”, declaró Therese años después. Pero también querían que se viera el amor y la contención. El dolor y la dignidad, juntos.
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