
Los espías parecen acorralados. Los agentes de Coordinación Federal les pisan los talones, los allanamientos se multiplican y el financiamiento comienza a escasear. Mientras las tropas aliadas continúan su ofensiva en Normandía y el ejército alemán colapsa en el frente oriental, el espionaje nazi nucleado en la Red Bolívar se aferra a la supervivencia en América, transmitiendo mensajes cifrados desde una Argentina que en los papeles continúa siendo neutral.
Para los cerebros del Sicherheitsdienst (SD), el departamento de espionaje de las SS hitlerianas, la situación demanda una jugada audaz. Deben evacuar a sus hombres de Buenos Aires ya que, en la jerga, les habían “sacado la ficha”, y al mismo tiempo necesitan abastecer a los espías que se quedan para mantener de pie el plan de inteligencia. Solo la Operación Jolle (Jolle, en alemán, significa pequeño bote) puede salvarlos.
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Con su nutrida comunidad alemana y su poder económico, el país había sido durante años un terreno fértil para el crecimiento del partido obrero socialista alemán -Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP)- y sus servicios de inteligencia. Desde la llegada de acorazados alemanes al puerto de Mar del Plata, con las autoridades agazajando a su tripulación como si fueran héroes, hasta el multitudinario acto del Luna Park donde se celebró la anexión de Austria al Tercer Reich, cuando 20.000 personas cantaron el Himno Nacional Argentino haciendo el saludo romano -el acto nazi más grande de la historia fuera de Alemania—, la red de espionaje había operado con total libertad, instalando estaciones radiotelegráficas clandestinas en zonas cercanas a la costa bonaerense, del Delta del Tigre a General Madariaga.

Pero los vientos políticos han cambiado porque cambió el rumbo de la guerra y la presión diplomática de los Estados Unidos resulta insostenible. Ahora los espías deben actuar antes de que los pesquisas argentinos los atrapen.
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La misión parte de Hamburgo con una embarcación que no es un acorazado ni un submarino de guerra, sino un humilde velero atunero llamado Passim. Tiene solo 16 metros de eslora y un largo historial en el secreto arte de desembarcar agentes en la clandestinidad de la noche, con éxitos probados en las costas de Brasil y del continente africano.
Lo comanda un marino de temple inquebrantable: el capitán Heinz Garbers. La misión del Passim resulta vital y su carga valiosísima.
Zarpa de África rumbo al sudeste Atlántico de Buenos Aires y navega 142 días en solitario con 50 toneladas de bienes esenciales para la supervivencia de la red. Transporta equipos de comunicaciones de última generación, destinados a reemplazar el material que los agentes federales les habían incautado en las redadas previas. También lleva suministros cruciales como drogas y medicamentos para contrabandear y continuar con la financiación de las operaciones encubiertas.
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En el corazón del cargamento viaja algo todavía más valioso que cualquier fármaco o equipo de radio. Diamantes adquiridos en Holanda. Piedras preciosas, el activo más portátil en tiempos de guerra, destinadas a ser vendidas en el mercado negro. Y también billetes, puntualmente libras esterlinas falsas de altísima calidad.
Las libras esterlinas falsificadas que transporta el velero Passim habían sido fabricadas durante la Operación Bernhard, uno de los planes de sabotaje económico más ambiciosos y audaces de la historia. El objetivo era desestabilizar la economía británica y financiar las operaciones del espionaje fuera de Europa. Los altos mandos nazis buscaron inundar el Reino Unido con libras esterlinas falsificadas para provocar una hiperinflación catastrófica, forzando la capitulación inglesa sin necesidad de un desembarco.
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Considerada la falsificación más grande de la historia, estos billetes se elaboraron en el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín, con un equipo de 140 prisioneros en su mayoría judíos expertos en artes gráficas. Produjeron más de 130 millones de libras esterlinas, unos $524 millones de dólares de 1944 o poco más de 9.000 millones de dólares actualizados a 2026. Esas libras falsificadas son las que transporta el Passim rumbo a la costa argentina.
El SD había confiado al capitán Garbers y a los espías Hansen y Schroell la tarea de trasladar el cargamento que mantendría a flote a la Red Bolívar.
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El dilema por el punto de desembarco se debatió febrilmente a través de las ondas de radio la noche del viernes 30 de junio de 1944.
El Passim ya estaba cerca de la costa bonaerense y aún no se sabía dónde podría apearse para intercambiar el cargamento: si en Necochea, Miramar o Mar del Sud, un pueblo amigo con una nutrida red de alte kameraden listos para recibirlos.
La red de radiotelegrafía de la Orga-T (el grupo técnico) debe coordinar el encuentro con el velero. Finalmente, el mensaje cifrado fijó el punto de desembarco: Punta Mogotes, Mar del Plata.
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La operación está a punto de fracasar, sin embargo. Las mareas le juegan una mala pasada a la embarcación del capitán Garbers. Al acercarse a la costa, el velero encalla en un banco de arena. La tripulación teme lo peor: quedar varados y que se haga de día; o, mucho más grave aún: naufragar. Pero la zozobra dura unos pocos minutos, el Passim finalmente logra zafar y acercarse a la playa en Punta Mogotes.
El desembarco del cargamento se concreta sin contratiempos con un bote que sale al encuentro del velero, como también el abordaje de los espías marcados que debían escapar del cerco de los agentes federales: Philip Imhoff, Heinz Lange y Juergen Sievers.
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El capitán Garbers recibe además víveres frescos -principalmente carne de res, un bien escaso en altamar- y pone proa al Atlántico con destino a casa. La misión se cumple a rajatabla y los bienes desembarcados se pierden en la noche de los tiempos.

En esos meses la policía argentina irrumpe en las viviendas de los espías alemanes y allana las estaciones radiotelegráficas hasta entonces secretas, pero más allá de incautar algunos documentos falsos en Pilar, no encuentran personas, diamantes ni equipos de radiocomunicación.
Los pormenores de la operación Jolle solo se conocen por un documento estadounidense desclasificado: German Clandestine Activities in South America in World War II, de David P. Mowry (NSA, 1989).
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Passim en latín significa literalmente “por todas partes” o “aquí y allá”. Su final es incierto. Dicen que el velero fue abandonado en las costas de Francia luego de esta expedición. También señalan que protagonizó más misiones clandestinas, y que su rastro se perdió para siempre en el archipiélago de Tierra del Fuego.
Por su valentía extrema y liderazgo destacado, el capitán Heinz Garbers fue condecorado con la Cruz de Hierro. Los espías nazis no fueron atrapados. Los diamantes nunca aparecieron. Las libras esterlinas falsas tampoco.
*El texto es un extracto del libro Salvaje Sudeste, de Facundo Di Genova
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