Vivir y morir en Constitución: relatos íntimos de la batalla por la identidad de las trabajadoras sexuales en un barrio de “rotos”

Georgina Orellano cuenta, en el libro “Vidas de putas, calle, sexo y mentiritas”, la vida de “la Perrito” y de “la Diva”, y también sus muertes: mujeres trans que vivían y sobrevivían en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad de Buenos Aires. Sus historias enseñan quiénes eran, qué hacían y cómo es habitar un territorio que tiene su propio lenguaje, su propia atmósfera, su propio drama. Viaje al interior de una zona roja

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Dos personas, una con tatuajes y un cigarrillo, y otra con cuello alto, posan de pie frente a una persiana metálica gris con un marco rojo
La Perrito de Constitución, trabajadora sexual trans a la derecha de la imagen, se convirtió en símbolo de resistencia y alegría en un barrio estigmatizado

La llamaban la Perrito de Constitución. Vestía un jean gastado tiro bajo “a lo Britney Spears”, top animal print, cartera bajo el brazo. Era trans de un rubio platinado, trabajadora sexual, a veces sobrevivía haciendo sus tejes; vivió en ranchadas, bajo autopista, en plazas, en autos abandonados; zafó varias veces de la pulmonía y la neumonía; conoció cada rincón de la comisaría 16, a la que ella llamaba su “segunda casa”; atravesaba, en sus altibajos, consumo problemático de pipas y fernanditos. Pero jamás, a pesar de las mil y una cosas por las que pasó, perdió la alegría.

Así la describe Georgina Orellano en el libro Vidas de putas, calle, sexo y mentiritas, crónicas desde adentro de Constitución, una de las zonas más antiguas de Buenos Aires y hoy considerado el barrio más “peligroso” de la Ciudad. En cada evento, según la describieron sus compañeras, la Perrito era la encargada de inaugurar y cerrar la pista con sus bailes al compás de las cumbias que ella misma se encargaba de seleccionar y exigir que le pusieran. “Agarrensen todas, porque vengo con furor. Vengo curada, vengo bañada, tengo mi santo encima, así que agarrensen”, solía decirle a su grupo. La Perrito tuvo mil apodos: Kendra Porno, Mica, Kasandra. Y en plena cuarentena por covid 19, se inmortalizó como la Pandemia de Constitución. Llegó, incluso, a enojarse con otra trabajadora sexual que utilizó su apodo para una intervención cultural.

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“No son originales, no tienen talento, no me llegan ni a los talones, no son auténticas ni únicas como yo”, le dijo una tarde a Georgina —que encabeza como secretaria general desde 2014 el sindicato de trabajadorxs sexuales, AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina)—, cuando en una jornada estaban repartiendo preservativos y “nos increpó, nos exigió que interviniéramos para que dejaran de usurparle la identidad que gestó en las calles, ranchadas y calabozos”, se narra en Vidas de putas, calle, sexo y mentiritas.

Mujer con tatuajes y flequillo, vestida con top marrón y shorts negros, parada en el umbral de una puerta abierta con un cartel rojo al fondo
Georgina Orellano en la entrada de Casa Roja, el Centro de Asistencia Integral para Trabajadorxs Sexuales de AMMAR

En el invierno de 2016, a la Perrito la detuvieron en la calle, boca abajo en el piso, con los ganchos puestos y la rodilla de un policía sobre su espalda diminuta. Una realidad cotidiana para muchas de las que ejercen el trabajo sexual callejero. “La subieron al patrullero y todas las que estábamos ahí fuimos a parar esa noche a hacer guardia en la comisaría 16, que se encuentra bajo la autopista por la calle San José. Logramos entrar antes de que intentaran cerrar las puertas, e hicimos uso de las redes sociales para pedir que más personas llamaran a la comisaría y preguntaran sobre el paradero de nuestra compañera. Se presentaron referentes de organizaciones, asesores de diputados nacionales y así, metiendo presión, la Perrito salió esa misma noche, sin poder creer que toda esa gente que se juntaba afuera estaba ahí por ella. La Perrito fue nuestra mejor promoción de por qué vale la pena sindicalizarse”, reconstruye Orellano en el libro, dando cuenta de la organización colectiva.

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La Perrito, como tantas de sus compañeras, vivió más en la calle que en los hoteles. Durmió en pisos, cartones, colchones y sillones. Se bañaba en cada chorro de agua que encontraba y compartía la información con el resto de las personas que estaban en situación de calle. Jóvenes dándose con la pipa en autos abandonados convertidos en sus viviendas, durmiendo en colchones, tapados con cartones; otros haciendo fueguito para encender una olla y poder cocinar unos menudos que habían rescatado en sus recorridas por el barrio en búsqueda de comida, ropa y solidaridad vecinal. Hubo un tiempo en que volvió con su familia, arregló sus dientes, se limpió. Pero al tiempo regresó a Constitución. “Pudo más su familia de la calle que la de sangre; extrañaba la adrenalina de correr de la yuta, de resguardar las ranchadas cuando venían los de Espacio Público a arrasar con todo”, escribe Orellano en Vidas de putas, calle, sexo y mentiritas.

Y luego, en su triste desenlace: “La Perrito se fue a vivir a un hotel con varias compañeras, ya no salía mucho a la calle porque se sentía cansada. La veíamos, escoba en mano, barriendo la vereda y nos reíamos con ella de su escena de ’Esperancita de las travas’. Nadie creía, cuando cayó internada, que no iba a volver más ni al barrio ni con sus hermanas. Había zafado de tantas que cómo se le ocurría a la maricona irse así, sin despedirse de su manada. Su cuerpo ya estaba agotado. Aguantó diez días y partió al paraíso de las putas, a bailar cumbias y a copetear con quienes le llevaban la delantera al haberse topado con tuberculosis, neumonía o pulmonía. Se nos fue la más querida de Constitución. Se fue la Pandemia”.

Dos personas sonrientes sentadas en un sofá oscuro. Una persona hace un signo de paz, la otra saluda. Una planta, un escudo y un arcoíris en la pared
La mayoría de las trabajadoras sexuales de Constitución viven en hoteles precarios, pensiones y plazas, pagando alquileres elevados por habitaciones mínimas

El otro lado de Constitución, desde el punto de vista de las trabajadoras sexuales, es una marca que Georgina Orellano, nacida en 1986 en Villa Tesei y criada en Presidente Derqui y que hoy vive allí, asume como tal: el territorio tiene su lenguaje, su atmósfera, su entidad dramática. Algo que ya había contado en su primer libro, Puta feminista, publicado en 2022 y que llegó a España, Italia, Croacia y Portugal, entre otros países. Vidas de putas, calle, sexo y mentiritas es un libro que firma ella pero asegura es colectivo. Constitución, como barrio de “rotos”: es el cotidiano de las travestis migrantes y trabajadoras sexuales, pero también de las que venden comida, trabajan de lo que pueden, yiran, duermen en la plaza y deben lidiar con los operativos que cada dos por tres lleva adelante la policía con la bandera de la “higienización” del barrio.

La historia de Constitución, en rigor, comprende muchos episodios: un pasado de familias pudientes, la llegada de los esclavos y de los migrantes, y la huida de los ricos hacia el norte cuando llegó la peste de la fiebre amarilla de 1871. En la actualidad carga con la mancha de barrio sórdido y amenazante, zona roja y esa marginalidad de bajo fondo que supo narrar Roberto Arlt. “Así lo etiquetan los medios de comunicación y los youtubers que se pasean por sus calles filmando a las trabajadoras sexuales, a las vendedoras ambulantes y a las personas en situación de calle para lograr visualizaciones en sus canales, y reforzar así el estigma social que pesa sobre este territorio y los sujetos que lo habitan. De esta manera lo presentan vecinxs que dicen que, por ser propietarios, tienen más autoridad moral que el resto, sobre todo para denunciar la presencia de colectivos migrantes e implorar al Estado su expulsión”, cuenta Orellano.

De los barrios donde se ejerce el trabajo sexual callejero —Once, Palermo, Flores, Villa Luro, Recoleta, Villa del Parque—, Constitución es el que suele concentrar la mayor cantidad de trabajadoras sexuales que se distribuyen por la mañana, la tarde, la noche y la madrugada. Desde hace algo más de una década también está la sede de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, en la que antes era una zona de trabajo sexual. Orellano dice que de allí sus compañeras fueron expulsadas por la policía, con detenciones arbitrarias por doquier.

Persona con mascarilla estampada y ropa gris sostiene un medidor metálico gris. Al fondo, un cartel amarillo con un dibujo de un coche y una persona
El trabajo sexual callejero en Constitución revela una trama de precariedad, violencia policial y organización sindical a través de AMMAR

La zona de trabajo sexual se extiende desde la estación de trenes hasta el límite de Plaza Garay, entre las avenidas Brasil y San Juan. Son doce manzanas que contienen alrededor de casi trescientas trabajadoras. Las argentinas se concentran en Plaza Garay y sus alrededores; las peruanas, cerca de Plaza Constitución; la zona de las dominicanas está casi al límite de la avenida San Juan y Santiago del Estero (cerca de Canal 13); la de las ecuatorianas, frente a la oficina de la AFIP —ahora renombrada ARCA—; las que provienen del conurbano bonaerense suelen trabajar frente a la puerta de la sede de Desarrollo Social de la Ciudad y alrededor de la terminal de trenes. Ese el mapa que reconstruyeron desde AMMAR.

La precariedad es notoria. La mayoría vive en hoteles, pensiones, inquilinatos, casas tomadas o —las que están en situación de calle— en plazas. Por una habitación de hotel con cocina y baño compartido pagan mensualmente, como mínimo, lo que vale alquilar un monoambiente en Almagro. “Para entrar, tenés que ponerla toda junta; de lo contrario, te ofrecen abonar cada día la décima parte de ese alquiler, por lo que, al final del mes, te costó el triple —escribe Georgina Orellano—. Los hoteles suelen tener piezas diminutas, con poca ventilación y demasiada humedad. Tienen patios internos con fuentes vacías y estatuas de ángeles con cabezas rotas; altillos con ventanales de colores; sótanos con habitaciones más pequeñas aún; espacios para lavar ropa en piletones de cemento; chimeneas en desuso que suelen ser decoradas para Navidad con el pesebre del niño Jesús y para Reyes con pasto y táperes con agua que juntan lxs niñxs”.

En Constitución hay más casonas y mansiones devenidas en hoteles de familia y pensiones que edificios. Después de una ardua tarea —propietarios que les devolvían el dinero al conocer quiénes eran y portazos de las inmobiliaria en sus caras—, Orellano y sus compañeras lograron allí conseguir un espacio propio para que funcione el centro comunitario y de organización política y sindical llamado Casa Roja Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), sindicato que nació en los calabozos de las comisarías de Flores y Constitución un11 de marzo de 1994. “Lo habíamos logrado. Teníamos un local con un baño pequeño y una cocina diminuta, un portón con rejas, persianas metálicas en esa entrada y también en las ventanas. Costaba mucho levantarlas; cuando lo conseguíamos, hacían un ruido infernal. Todo tan precario pero, a la vez, sostenido con mucho amor. Lxs vecinxs de la cuadra nos dieron la bienvenida llamando a la policía, que no tardó en labrarnos un acta contravencional. Fue el primer round de muchos”, narra Orellano.

Grupo de aproximadamente veinte personas sonrientes, en su mayoría mujeres, posando para una foto alrededor de una mesa y sillas en un espacio interior con un cartel de AMMAR
La Casa Roja de AMMAR surgió como espacio de contención y lucha sindical para quienes resisten la discriminación y criminalización en Constitución

Los primeros días, en la reja de la Casa Roja, les dejaron caca de perros y un cartel anónimo: “Fuera prostitutas de nuestro barrio”. Las denuncias anónimas al 911 habilitaron la presencia casi permanente de un patrullero. “La primera colecta que hicimos fue para poder pagar la reparación de las cortinas de los ventanales, así podíamos levantarlas y dejar al descubierto que adentro del local había mesas y sillas, un pequeño escritorio con una computadora y cartelería que daba cuenta de nuestra lucha por tener derechos laborales”, se expande Orellano marcando la gestación de la Casa Roja. “Las putas, parece, somos un bien público: se nos niega gozar de la privacidad y tenemos que mostrar todo lo que hacemos para dejar tranquilas a las buenas conciencias”.

“¿Comprende usted los delitos que se le imputan?”, es la pregunta que suelen escuchar del fiscal de turno. La confianza entre ellas es el tesoro propio ante un territorio hostil: un WhatsApp que crearon como red de alerta e información, tanto como los mecanismos comunitarios de ahorros y préstamos, como “La Junta”, para combatir las deudas y la supervivencia. Sharon, Carolay, Yarutza, Yazmin, Shirley, Shakira, Yomayra, Ariadna. Son mayoritariamente nombres de putas; muchos, elegidos por las compañeras trans que desean ser nombradas de esa forma cuando van a un centro de salud o a retirar del banco la tarjeta de algún programa social, a la que lograron acceder al acreditar su situación de vulnerabilidad. “Esa lista de nombres, que para la Justicia y los medios de comunicación puede ser leída como la prueba de una actividad ilegal, para el colectivo migrante es un acto político. La única posible cuando no podés bancarizarte ni solicitar créditos, dado que la actividad laboral que realizás no está registrada o es criminalizada, como sucede con el trabajo sexual”, escribe Orellano.

Entre las vidas breves y vertiginosas, se encuentra también la de Diva. Diva vivía en la calle, hacía fila en los comedores del barrio para dar con una vianda que saciara un poco el hambre que arrastraba desde chica. Había migrado desde República Dominicana y tenía marcados todos los casilleros del estigma social y el racismo: era puta, trava, negra y pobre. Trabajaba por Palermo y aterrizó en Constitución cuando se enteró de que en este barrio no se arreglaba con la comisaría ni con la brigada. “Nos contó la guita que debía desembolsar por semana para poder trabajar tranquila. Le contamos los efectos de no arreglar: detenciones al voleo, razias, robo y procedimientos violentos en el espacio público. Decidió arriesgarse y se quedó yirando por Consti”, relata Georgina Orellano.

Una persona con rastas, chaqueta negra, vaqueros rotos y zapatillas blancas, de pie junto a un coche negro en una calle urbana con edificios
El racismo, la transfobia y la marginalidad marcan la vida de migrantes como Diva, víctima de violencia y estigma social en Constitución

Y amplía: “Desde Palermo ya habíamos recibido a Nancy, que denunció a la policía por cobrarle coimas semanales para permitirle trabajar. La Justicia le otorgó un botón antipánico y ella rajó del barrio cuando, al salir del hotel donde estaba parando, vio estacionado el auto de la brigada a la que había señalado y uno de sus ocupantes le dijo, riéndose en su cara, que ya se habían enterado de que les había clavado una denuncia. Y después algunos se preguntan por qué las putas no denuncian”.

Diva atravesaba un fuerte problema de consumo —reconocido por ella misma— que se le había ido de las manos; hacía tiempo que no publicaba ninguna foto en sus redes sociales: no quería que su familia en Dominicana la viera en el estado en el que estaba. Para ella era imposible ir al hospital, tener un lugar donde guardar la medicación o contar con una persona cercana que la acompañara. Junto con los médicos del Masantonio, desde el sindicato organizaron para visitarla una vez por semana al hotel donde Diva estaba parando con una amiga para monitorear su peso, su alimentación y si tomaba la pastilla. Diva se había convertido en una buena alumna mostrando, cada miércoles, el blíster y de cómo seguía el tratamiento a pesar de darse con la pipa uno que otro fin de semana. Los médicos reconocieron, al enterarse de su muerte, que ella iba a zafar de la tuberculosis, pero no de los efectos de la precariedad en la que habitaba.

Dos personas sentadas en una mesa de un café. Ambas sostienen y leen un libro de tapa color crema con el título 'Vidas de Putas'. Hay vasos en la mesa
Dos mujeres trans leen el libro "Vidas de Putas" de Georgina Orellano, quien documentó las vidas de las trabajadoras sexuales en uno de los barrios más conflictivos de Buenos Aires

Un viernes Georgina la había visitado con su compañera Yokhari en la puerta de un Wester Union, haciendo fila porque una de sus hermanas le había girado plata. Quería volver a ir a una peluquería, arreglarse también las uñas y comprarse una linda carterita. La felicitaron. Diva se encontraba mejor de salud, de rostro y de ánimo. Tres días después de esa última conversación, la estaban velando en Casa Roja.

A Georgina le tocó hablar con su hermana de Dominicana. Diva no tenía familia en la Argentina, se había armado una en la calle, las giras y las ranchadas. Como la suya había sido una muerte violenta, su cuerpo se judicializó y, recién cuando entregaron los resultados de la autopsia, les dieron los requisitos para retirarlo de la morgue judicial de la calle Viamonte. Ahí aprendieron de trámites judiciales para retirar un cuerpo. Diva había fallecido de un puntazo en el abdomen. Quien la hirió fue su mejor amiga, una paisana de Dominicana con la que ranchaban juntas. Así lo reconstruyó Georgina: “Estaban de gira y venían dándose con la pipa hasta que se les cortó el mambo porque se les había terminado la merca para quemar. Su amiga, una mujer cis género, le exigió que sacara de la guita que la hermana le había girado y que comprara un par de bolsitas más. Ella se negó y empezó una discusión. Cuando quiso irse, recibió el puntazo de un cuchillo Tramontina oxidado que la llevó directo a la muerte”.

Un móvil televisivo había ido a cubrir el hecho. La placa anunciaba un “ajuste de narcos”. Otras compañeras prendían velas blancas en la vereda donde acababan de levantar el cuerpo de Diva. “Las velas lloran”, le explicaron al periodista, que preguntó a qué se debía ese fenómeno místico. “A que Diva no se quería ir y quería seguir habitando esta tierra”, le contestó una amiga de ella. Poco después, cuando tardíamente comprobaron que no era por un ajuste de narcos, en la tele apareció el nuevo graph: “Horror en Constitución”.

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