La historia del “niño de Nagasaki” que cargó a su hermano muerto hasta el crematorio tras la explosión de la bomba atómica

La foto es de 1945 y fue tomada por Joe O’Donnell, pero la reveló 50 años después. En 2018, el Papa Francisco usó la imagen en postales que mandó a imprimir con la leyenda “el fruto de la guerra”

el niño de Nagasaki
La desgarradora imagen del niño que carga a su hermanito muerto (Joe O´Donnell)
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En agosto de 1945, la historia de la humanidad cambió para siempre con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La devastación fue inmediata: ciudades reducidas a escombros, decenas de miles de vidas exterminadas en segundos y generaciones marcadas por la radiación.

En medio de aquel infierno, el fotógrafo estadounidense Joe O’Donnell captó una de las escenas más conmovedoras (y angustiantes) de la posguerra: un niño japonés, erguido y en completo silencio, con el rostro endurecido por la contención, cargando sobre su espalda el cuerpo sin vida de su hermano menor mientras esperaba su turno en el crematorio. La imagen, tan cruda y profundamente conmovedora, mostraba un solo encuadre el significado de la guerra: la pérdida inocente, la dignidad ante la tragedia y el amor fraternal, siempre y a pesar de todo.

Décadas después, en 2018 y en vísperas del Día de la Paz, el Papa Francisco eligió esta poderosa fotografía —conocida como El niño en el crematorio de Nagasaki— para generar conciencia sobre las consecuencias devastadoras de los conflictos bélicos. La acompañó con un breve texto: “El fruto de la guerra”.

Nagasaki - Joe O´Donnell
Joe O´Donnell en Nagasaki, septiembre de 1945

La bomba que arrasó Nagasaki

El 9 de agosto de 1945, apenas tres días después del bombardeo atómico de Hiroshima, Estados Unidos lanzó una segunda bomba nuclear sobre Japón. El blanco era Kokura, una ciudad industrial ubicada al norte de la isla de Kyushu. Pero una espesa capa de nubes y humo impidió que los pilotos del bombardero B-29 Bockscar confirmaran visualmente su objetivo, parte del protocolo. Optaron por desviar el rumbo hacia el objetivo secundario: Nagasaki.

A las 11:02 de la mañana, el mayor Charles Sweeney dejó caer la bomba apodada Fat Man, un artefacto más potente y complejo que el de Hiroshima. En lugar de uranio, la bomba usaba plutonio-239, un químico radiactivo que producía una explosión más potente, aunque mucho más difícil de controlar, por lo que requería un sistema muy preciso para activarse. Aunque solo se utilizó una pequeña cantidad, la explosión fue enorme. Tuvo la fuerza de 21.000 toneladas de dinamita.

Una nube en forma de hongo se eleva tras la explosión de la bomba atómica "Fat Man", sobre Nagasaki, Japón, el 9 de agosto de 1945 (Fuerza Aérea del Ejército de EE.UU./Biblioteca del Congreso/ REUTERS)
Una nube en forma de hongo se eleva tras la explosión de la bomba atómica "Fat Man", sobre Nagasaki, Japón, el 9 de agosto de 1945 (Fuerza Aérea del Ejército de EE.UU./Biblioteca del Congreso/ REUTERS)

La geografía de Nagasaki, una ciudad portuaria rodeada de montañas y asentada en una zona de valles, ayudó a contener en parte la extensión del daño causado por la explosión, aunque no su intensidad. La bomba destruyó más de 7 kilómetros cuadrados, arrasó cerca del 40 % de la ciudad y provocó la muerte de entre 28.000 y 49.000 personas. En los días y meses siguientes, los incendios, la radiación y la poca atención médica hicieron que el número de víctimas siguiera en aumento. Al igual que en Hiroshima, la mayoría de los muertos eran mujeres, ancianos y niños.

“Era el infierno. Un mar de fuego. Cuerpos quemados, voces pidiendo ayuda desde edificios derrumbados, personas a quienes se les caían las entrañas…”, recordaría años más tarde Sumiteru Taniguchi, uno de los pocos sobrevivientes que pudo contar lo que vio. No existen cifras definitivas, pero estimaciones conservadoras calculan que para fines de 1945 habían muerto al menos 110.000 personas entre ambas ciudades. Otros estudios elevan esa cifra a más de 210 mil víctimas.

Nagasaki quedó marcada para siempre por la tragedia. A diferencia de Hiroshima, donde la bomba impactó en el centro de la ciudad, el blanco en Nagasaki fue un barrio más industrial, lo que salvó, de alguna manera, las zonas más residenciales. Pese a eso, la explosión fue suficiente para sellar el fin de la Segunda Guerra Mundial y demostrar el poder devastador de las bombas nucleares.

el niño de Nagasaki
La fotografía tomada en 1945 por el fotógrafo de la Marina estadounidense, Joe O´Donnell

La historia detrás de la conmovedora fotografía

“Vi a un niño de unos 10 años caminando. Llevaba un bebé en la espalda. En aquellos días en Japón, a menudo veíamos niños jugando con sus hermanitos o hermanitas en la espalda, pero este chico era claramente diferente”, recordó en una entrevista citada por Rare Historical Photos. Joe O´Donnell, un joven fotógrafo de la Marina de los Estados Unidos, enviado a Japón para documentar los efectos de la bomba atómica y responsable de la imagen tomada en septiembre de 1945.

A simple vista, la fotografía muestra una escena común de las aldeas orientales: un niño, con gesto serio y la mirada perdida, que sostiene en su espalda a su hermano pequeño. Aunque lo parece, el bebé no está dormido... Su cuerpito, inerte, cuelga sujetado con una cuerda improvisada, como si aún durmiera. El mayor espera en silencio, con los labios apretados, frente a una lápida donde los cuerpos de las víctimas de la explosión de Nagasaki eran incinerados.

Nagasaki - Joe O´Donnell
Otra de las fotografías de Joe O´Donnell en Nagasaki

O’Donnell contó 50 años más tarde —cuando reveló los negativos que durante ese tiempo guardó en un baúl— que aquel niño estuvo inmóvil durante cinco o diez minutos, de pie, sin emitir palabra alguna. “La pequeña cabeza se inclinaba hacia atrás como si el bebé estuviera profundamente dormido”, contó.

Poco después, unos hombres con máscaras blancas (los encargados de manejar los cuerpos) se acercaron a él en silencio. “Fue entonces cuando vi que ya estaba muerto... Los hombres sujetaron el cuerpo del bebé por las manos y los pies, y lo colocaron sobre el fuego. El muchacho se quedó allí sin moverse, observando las llamas”, reveló el desgarrador momento. Nadie le habló, nadie lo consoló. Una vez que el cuerpo de su hermano comenzó a arder, el niño simplemente se dio la vuelta y se marchó, caminando en completo silencio.

Nada se sabe sobre la identidad de aquel niño. Su nombre, su historia y su destino posterior nunca fueron registrados. Para muchos, esa ausencia de datos le otorga a la imagen un carácter universal y atemporal: podría haber sido cualquier niño, en cualquier guerra, en cualquier parte del mundo. Joe O’Donnell, profundamente afectado por lo que presenció en Japón, decidió guardar los negativos bajo llave y no volver a mirar esas fotografías durante años.

Nagasaki - Joe O´Donnell
Joe O'Donnell con la cámara Speed Graphic que utilizó en 1945 para documentar los estragos de la bomba atómica en Japón (Sam Parrish)

O’Donnell además fue fotógrafo oficial de la Casa Blanca durante más de dos décadas y trabajó con cinco presidentes estadounidenses, desde Franklin D. Roosevelt hasta Lyndon B. Johnson. En 1945, fue uno de los primeros en documentar la destrucción causada por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Entre sus imágenes más recordadas se encuentran la reunión entre el presidente Truman y el general MacArthur durante la Guerra de Corea, así como el cortejo fúnebre de John F. Kennedy. Su obra más conocida, Japón 1945, fue publicada en 1995.

“No podía soportarlo emocionalmente”, confesó Joe O’Donnell al explicar por qué guardó durante décadas las imágenes que tomó tras el bombardeo atómico en Japón. Conmovido por lo que había visto, ya en su vejez emprendió una campaña contra las armas nucleares, llevando su testimonio y su fotografía como advertencia. Murió el 10 de agosto de 2007 en Nashville, Estados Unidos, a los 85 años.

Nagasaki - Joe O´Donnell
El libro de fotografías de Joe O'Donnell

Pasaron más de treinta años para que la imagen del niño en el crematorio volviera a difundirse, esta vez en redes sociales y campañas pacifistas. Comenzó a circular acompañada de una frase que, aunque apócrifa, resume el impacto emocional de la escena: “Al preguntarle si no era demasiado peso para poder huir, él respondió: ‘No es un peso. Es mi hermano’”. Hoy, esa cita acompaña decenas de publicaciones en todo el mundo.

La fotografía original forma parte del Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki. “Esta foto es lo último que se ve al final del corredor que lleva a la salida y muchos pasan sin detenerse ante ella. Pequeña y enmarcada sencillamente, de unos 15 x 20 cm, está colgada cerca del puesto de souvenirs y la puerta de salida”, cuenta en la revista literaria Tokonoma la escritora Amalia Sato, quien también relató con detalle lo que muestra la imagen.

Nagasaki - Joe O´Donnell
La postal que mandó a imprimir el Papa Francisco para recordar a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, en 2018

Cuando entiende la escena, el fotógrafo estadounidense ya no puede seguir disparando su cámara: el niño desata las cintas y entrega el cuerpo a los funcionarios del crematorio, se inclina en una reverencia, vuelve a erguirse y se queda unos minutos, muy pocos, solo y en silencio. Dos hilos de sangre se deslizan de sus comisuras: tan tenso y tan exhausto está que los labios, la lengua, son almohadillas donde descargarse; otra reverencia y se pierde en medio de la multitud”, escribió Sato. O’Donnell pensó en consolarlo, pero temió romper la entereza que lo sostenía.

El fotógrafo había llegado a Nagasaki el 11 de septiembre de 1945 como sargento del cuerpo de marineros encargado de recuperar prisioneros tras la rendición de Japón. Permaneció allí siete meses y llevaba dos cámaras: una para las fotos oficiales, otra para las personales. Años más tarde se casó con una fotógrafa japonesa, Kimiko Sakai, con quien tuvo cuatro hijos. En 1995, en el libro Japón 1945, hizo públicas sus dos imágenes más estremecedoras: la del niño del crematorio y la de los niños carbonizados en una escuela.

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