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El misterioso caso de la aldea que desapareció en 1930: cabañas vacías, comida servida, perros muertos y un cementerio profanado

Se la conoce como la “Desaparición del Lago Anjikuni” y fue descubierta por un trampero canadiense que llegó a un remoto pueblo inuit, en el norte de Canadá. La falta de respuestas lo convirtió en el misterio más impactante del siglo XX

Desaparición del Lago Anjikuni
La desaparición de una aldea nuit de 1.200 habitantes, en el norte de Canadá, es uno de los misterios del siglo XX
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¿Leyenda o realidad inexplicable? La historia cuenta que los 1.200 habitantes de una aldea nuit se desvanecieron sin dejar rastros en el norte de Canadá, al borde de los lagos helados, las tundras infinitas y las auroras boreales como testigos.

En noviembre de 1930, Joe Labelle, un cazador que recorría las vastas tierras del Ártico canadiense colocando trampas y comerciando pieles, quedó atrapado en medio de una tormenta de nieve mientras cruzaba una región que conocía bien: las tierras inuit del lago Angikuni. Entonces, recordó un asentamiento en el que ya había estado y donde conocía las caras de algunos de sus habitantes, costumbres e incluso algunas palabras de su lengua. Decidió buscar refugio allí, pero al llegar, algo no encajaba... Lo primero que notó fue que no estaba el usual humo de las fogatas, tampoco escuchó los sonidos habituales del campamento. Le pareció extraño. Cuando finalmente llegó, quedó helado (y no por el frío): lo recibió una desolación inquietante, como si la vida hubiese abandonado todo el lugar de un momento a otro.

Gritó algunos nombres, buscó a las personas, esperó... pero nadie le respondió. No se escuchaban tampoco los ladridos de los perros, ni el crujir del fuego dando calor a las cabañas cercanas. Solo se oía el viento y su eco gélido. Sorprendido, pero aún pensando que quizás estaban todos refugiándose por el clima, revisó las viviendas: encontró las escopetas apoyadas en las puertas, los trineos que usaban y las pieles que iban a comerciar colgadas, secándose; la comida a medio preparar. Allí pasaba algo extraño.

“Sentí de inmediato que algo andaba mal... En vista de los platos a medio cocinar, supe que habían sido molestados durante la preparación de la cena. En cada cabaña, encontré un rifle apoyado junto a la puerta y ningún esquimal va a ningún lado sin su arma... Comprendí que algo terrible había sucedido”, contó el cazador a los periodistas locales.

Desaparición del Lago Anjikuni
Habitantes de las tierras inuit del lago Angikuni, en Canadá, antes de la desaparición

El hallazgo de un cazador y el inicio del enigma

En ese momento, Labelle, un hombre acostumbrado a la soledad del Ártico, sintió un miedo que no conocía. Sabía que los inuit jamás abandonarían sus armas, ni dejarían a sus perros sin alimento. A pesar del mal tiempo, huyó de aquel lugar y caminó por horas hasta llegar a la oficina de telégrafos más cercana para avisar a la Policía lo que había ocurrido.

Al día siguiente, las autoridades llegaron y vieron todo tal cual Labelle contó y cosas peores. En las afueras de la aldea encontraron un montículo de nieve bastante inusual. Excavaron para ver de qué se trataba y descubrieron una escena impactante: varios perros que usaban para tirar de los trineos estaban muertos. Otros cuerpos estaban comidos: por el hambre, los perros se habían devorados entre sí, aún atados a sus estacas... Esa imagen desgarradora les bastó para descartar cualquier partida voluntaria.

Pero lo más inquietante aún estaba por revelarse. En el cementerio inuit, uno de los agentes descubrió que varias tumbas estaban abiertas y que los cuerpos tampoco estaban. Las piedras de las tumbas, que habían sido cuidadosamente apartadas, sugerían que alguien (o algo que no podían explicar) había desenterrado a los muertos… y se los había llevado.

Desaparición del Lago Anjikuni
"En cada cabaña, encontré un rifle apoyado junto a la puerta y ningún esquimal va a ningún lado sin su arma...", contó el trampero

El misterio que se volvió leyenda

La noticia comenzó a circular por medios regionales primero; por los nacionales, después. El primero en publicar la historia fue The Danville Bee, en noviembre de 1930. En una entrevista, Labelle contó que eran unas 1.200 personas las desaparecidas. Aunque esa cifra fue discutida con el tiempo, la esencia del relato fue siempre la misma: un pueblo entero se desvaneció sin explicación y de un momento a otro.

Décadas más tarde, el caso logró notoriedad internacional cuando el periodista, locutor y escritor Frank Edwards habló de ese misterio en su libro Stranger Than Science (Más extraño que la ciencia), publicado en 1959. Allí, en medio de la recopilación de relatos sobre fenómenos inexplicables que originalmente formaron parte de su popular programa de radio, hizo un relato sobre el misterio del lago Angikuni y le dio una nueva dimensión. Edwards retomó la historia publicada por The Danville Bee y le agregó detalles aún más desconcertantes: luces extrañas en el cielo, objetos voladores con forma cilíndrica y teorías de abducción masiva. Eso, convirtió aquel misterio como uno de los grandes enigmas del folclore paranormal y en material frecuente para libros, documentales y foros especializados en hechos inexplicables.

Pero las teorías sobre qué pasó no se detuvieron allí: algunos sugieren que se trató de una migración forzada por alguna amenaza invisible como enfermedades, hambruna, ataques. Nunca hubo rastros por seguir, conjeturas reales ni una explicación sólida sobre qué ocurrió en verdad.

Desaparición del Lago Anjikuni
El lago Anjikuni en la actualidad (Nicolas Perrault)

Las teorías

Años más tarde, la Real Policía Montada del Canadá (RCMP) —que fue a la aldea luego de que el cazador hiciera la denuncia— emitió una versión oficial tajante: según sus registros, no hay constancia de una investigación relacionada con una desaparición masiva en el lago Angikuni. Dijeron que se trataba de una leyenda urbana sin sustento que fue alimentada por relatos orales y publicaciones sensacionalistas.

Lejos de cerrar el caso, la falta de respuestas concretas lo volvió aún más inquietante. A las declaraciones de Joe Labelle y de los primeros agentes, se sumaron relatos de otros cazadores de la región, que aseguraban haber sido perseguidos por una “fuerza invisible” en los días previos a la desaparición.

También hubo denuncias de pobladores vecinos que aseguraron haber visto “luces extrañas y azules en el cielo” (diferentes de las auroras boreales, que son verdes), y algunos operadores de radio dijeron que captaron interferencias inusuales y señales sin origen aparente durante esos días. Estos testimonios avivaron teorías que van desde abducciones extraterrestres hasta portales interdimensionales o fenómenos sobrenaturales. Se dijo de todo, pero nunca se lo olvidó.

¿El motivo? Ante la falta de cuerpos humanos, pruebas de qué pudo pasar o de rastros tangibles, las explicaciones siguieron diversificándose: sugirieron una migración forzada por alguna amenaza invisible —como una epidemia, una incursión hostil o un colapso ambiental—; otros especularon con delirios colectivos e, incluso, experimentos secretos del gobierno canadiense. Nada logró dar pruebas concluyentes y aún se mantienen las hipótesis.

Actualmente, en las orillas del Angikuni no queda ningún indicio visible del asentamiento. Solo el viento, la nieve y la memoria persistente de una historia incompleta que se niega a morir. Lo que ocurrió en ese rincón remoto del norte canadiense sigue siendo uno de los grandes misterios del siglo XX.

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