
La pandemia le devolvió notoriedad a La Peste en especial y, por añadidura, al resto de la prolífica obra de Albert Camus. Novelas como El extranjero, El mito de Sísifo, Calígula y La muerte feliz, lo hicieron acreedor del Premio Nobel de Literatura, todo un logro para un huérfano oriundo de Argelia cuando esta era una colonia francesa.
Su infancia transcurrió en los barrios más pobres de Mondovi, su ciudad natal, pero por ser hijo de un ex combatiente (su padre había muerto en la batalla del Marne en 1914) pudo acceder a una beca del gobierno francés. En su discurso del Premio Nobel de 1956, agradeció a uno de sus profesores del bachillerato, Louis Germain, por haberlo iniciado en la lectura de filósofos, especialmente Nietzsche. Sin esta inquietud, que lo llevó a convertirse en uno de los intelectuales más destacados de la Francia en la postguerra, quién sabe qué habría sido de la vida de este “Pieds-noirs” (pies negros, así llamaban los argelinos a los descendientes de europeos por usar zapatos).
La tuberculosis que padeció en la adolescencia lo obligó a abandonar los deportes a los que era aficionado para concentrarse en la lectura. Todas estas experiencias juveniles sumadas a su trabajo como periodista, las volcó en su primer libro, El derecho y el revés. En este texto destaca la influencia de su abuela española y la importancia de la cultura francesa en Argelia, a pesar de conocer los excesos y arbitrariedades de las autoridades coloniales que condujeron a la guerra de independencia de Argelia.

Camus se alejó del Partido Comunista después de la alianza germano-soviética. Durante la Segunda Guerra Mundial no pudo alistarse por sus problemas de salud, pero fue un activo miembro de la resistencia a través de la revista Combat. Desde 1940 en adelante, alternó su actividad como periodista y editor con los libros que se sucedieron. Su pensamiento, en constante efervescencia, lo llevó del comunismo al anarquismo y del nihilismo a la defensa de las libertades individuales. Por su libro El hombre rebelde libró una confrontación literaria con su amigo Jean-Paul Sartre, un defensor del comunismo, doctrina que Camus consideraba una utopía y una religión inconducente para los hombres, tanto como individuos y como miembros de la sociedad.
Camus rechazó las fórmulas dogmáticas imperantes: la fe en Dios, la fe en la historia y en la razón. Aunque abandonó el nihilismo nietzscheano, tampoco abrazó el existencialismo propuesto por Sartre. Era un individualista en búsqueda de propuestas lejanas a posiciones dogmáticas. En la rebelión y en el rechazo a las ideologías proponía un camino que enuncia en la fórmula cartesiana: “Me rebelo, luego somos”. La pandemia de covid-19 desatada en 2020 revivió el ambiente descrito por Camus durante una epidemia de peste bubónica en Orán, Argelia.
La estricta cuarentena genera un ambiente de asfixiante claustrofóbica. En ese clima de incertidumbre, los individuos toman conciencia de la inevitabilidad de la muerte, lo que en un primer momento hace colapsar los lazos que mantienen unida a la sociedad. Sin embargo, Camus destaca cómo el esfuerzo de algunos individuos asiste a agrupar a la comunidad gracias a la comprensión colectiva. Este mensaje esperanzador transmitido por el texto es el que le otorga una atemporalidad a su libro. Por obras como esta, fue laureado con el Nobel a los 44 años (solo Rudyard Kipling había obtenido el mismo premio a los 42).

La tuberculosis que padecía lo empujaba a desprenderse precozmente de su precioso mensaje literario: “¿Qué podré yo llamar eternidad, sino a todo aquello que forzosamente habrá de continuar después de mi muerte?”, se preguntaba mientras suponía que esa muerte con la que había vivido tantos años habría de llegarle en un sanatorio, con los pulmones colapsados.
En ningún momento pudo imaginarse que su fin sería “tan absurdo e imprevisible”. El 9 de enero de 1960, mientras viajaba en el auto de Michel Gallimard (su editor y amigo) por la carretera Borgoña hacia París, una llanta se reventó y el conductor perdió el control del vehículo, que dio contra un árbol. La violencia del impacto fue tal que Camus falleció instantáneamente. Gallimard fue conducido gravemente al hospital, pero se salvó al igual que su esposa e hijo. Los periódicos del mundo entero lamentaron la muerte de este literato “colmado de dones y honores, que tenía una reputación intelectual incomparable”, un humanista convencido y consciente del absurdo de la condición humana.
El día previo a su muerte se había enterado del fallecimiento de un conocido ciclista, Fausto Coppi, muerto en una accidente de tránsito. “No conozco nada más ridículo que morir en un accidente de auto”, declaró Camus, antes de ser víctima de esa ridiculez. No en vano, algunos sostienen que su obra se centra en la búsqueda del sentido de un mundo que carece de él, una constante lucha contra el absurdo que lo persiguió hasta los últimos minutos de su vida. “La estupidez insiste siempre”, decía.
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